El juego del silencio Tres días antes de la desaparición #3
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Tres días antes de la desaparición #3

—¿Qué tal, bro ? ¿Cómo estás? —le preguntó Richy, con una energía que Jan encontró un pelín exagerada.

Se veía a la legua que la vida había tratado bien a Richy desde la última vez que se habían visto, años atrás.

Iba muy elegante teniendo en cuenta que era un martes por la tarde y que estaban en el metro: llevaba una chaqueta cara y unos pantalones ajustados que marcaban unas piernas esculpidas durante horas en el gimnasio.

Además, desprendía algo que Jan no supo identificar, una especie de aura, una especie de energía insolentemente juvenil, optimista y feliz, que Jan también había tenido hacía años, pero que había perdido en algún momento del viaje.

—¿Qué es de ti? —le preguntó Richy.

—Genial, la verdad —respondió, intentando imitar su código—. No me puedo quejar, ahora trabajo de sales agent —añadió, sin saber muy bien por qué acaba de traducir al inglés su modesto cargo de comercial.

—¡Qué guapo, tío! —dijo Richy. Y curiosamente su comentario sonó sincero, sin un ápice de burla ni de ironía—. Tío, ahora que te veo, ¿te acuerdas de cuando pusimos pegamento en la silla del profe de Música? ¿Te acuerdas? ¡No pudo levantarse en media hora! ¡Aquello sí que fue la hostia!

Jan no pudo evitar reírse.

—Sí que me acuerdo —contestó—. ¡Y que echaron la culpa a Toni Rifà!

—¡Coño, al Caratrompeta!

Sus carcajadas resonaron en aquel túnel lleno de zombis. Al oírlas, Jan pensó que hacía mucho tiempo que no se reía tanto.

—Oye —le dijo Richy de pronto—. Ya sé que es tarde…, pero ¿y si vamos a tomarnos una cerveza?

Jan puso mala cara.

—Gracias, pero es que debería ir…

—¡Venga, hombre! —saltó el otro—. ¡Vamos aquí mismo, a la salida del metro, y nos tomamos una! ¿Qué te voy a robar? ¿Veinte minutos?

Jan dudó un instante. En casa lo esperaban tanto Carla como Valèria.

—Lo siento, ahora mismo no puede ser.

—Jan, tío, sal de la rutina. ¡La vida es para disfrutarla! Desconectemos un ratito. Va, por favor…

Jan miró la hora en el móvil y dijo:

—Venga, veinte minutos.

Se abrazaron por los hombros, como si volviesen a ser los dos amigos de clase que habían sido, y se dirigieron a la salida del metro. Dieron cuatro pasos por la acera y se sentaron en la terraza del primer bar que encontraron.

Cuando lo tuvo delante, Jan se dio cuenta de que Richy llevaba un ostentoso reloj en la muñeca.

—¿Y tú? —le preguntó Jan—. No me has dicho a qué te dedicas.

Richy dio un trago a la cerveza y dijo:

—Soy transportista.

Jan se quedó quieto unos segundos y después estalló en carcajadas.

—Pero ¿qué dices? No me lo creo, tío. ¿Desde cuándo va un transportista con un reloj así?

Richy también se rio.

—¡Te lo juro! Bueno, más o menos. O sea, trabajo en una empresa que se dedica a transportar mercancías. Yo superviso que los intercambios se hagan correctamente.

—Vale, vale. Pues me alegro —exclamó Jan, que no acababa de creérselo, y le propuso un brindis—. ¡Por el Caratrompeta!

—¡Por el Caratrompeta!

La conversación se alargó más de lo previsto.

Habían sido grandes amigos en el instituto y tenían miles de batallitas para recordar.

Además, Jan debía reconocer que Richy le parecía una persona encantadora.

Era atento, simpático e inteligente, pero lo justo para no resultar pedante.

Repasaron media etapa escolar y hablaron de todos los compañeros a los que recordaban, incluso los buscaron en las redes y comentaron las caras que tenían ahora.

Cuando ya llevaban tres cervezas, Richy le contó que se había pasado buena parte de aquellos últimos años viviendo en América Latina.

—¿América Latina? —dijo Jan—. Comiendo tacos y bailando salsa, ¿eh?

Richy se rio.

—¿Y tú tienes pareja? ¿Hijos?

—Pues… —respondió Jan, sonriendo y creando un poco de expectación.

—No me lo puedo creer… —repuso Richy—. ¿Tienes un puto hijo?

—¡Sí, tío!

—Estoy flipando.

—Tengo una hija de un año y medio. Valèria.

—¡Un año y medio! ¡Qué fuerte, enséñame fotos!

Jan le tendió el móvil y Richy observó a su familia.

—¿Esta es tu pareja? —le dijo, señalando a Carla—. ¡Qué guapa, chaval! ¿Os va bien?

Pero entonces Jan no pudo evitar hacer una mueca.

—Pues no muy bien, si te soy sincero —le respondió de golpe.

La conversación se torció al instante. En pocas palabras, Jan le reconoció a su antiguo amigo que estaban siendo unos días complicados; que Carla había decidido abandonar su prestigioso trabajo en Infinity Assegurances para encargarse de las redes sociales de una startup que no llevaba ni dos años en marcha.

Y le contó también que la diferencia entre un sueldo y el otro era abismal.

Le dijo que ahora acusaba cargar con todo el peso de la economía familiar sobre sus hombros y que era una sensación horrible. Además, todo eran gastos.

—Con la llegada de Valèria parece que tengamos un agujero en el bolsillo: que si escuela infantil, que si pañales, que si cochecitos…

—le contó—. Y, por si fuera poco, el mes que viene nos suben el alquiler del piso a casi dos mil euros.

—Dejó escapar un suspiro y añadió—: Sinceramente, no sé cómo nos las apañaremos.

Mientras lo contaba, Richy lo miraba con el corazón roto. Lo escuchó educadamente, sin interrumpirlo, dando sorbitos de vez en cuando a su caña. Cuando acabó, se quedó observándolo durante un buen rato y le dijo:

—Yo podría conseguirte un sobresueldo.

Jan arrugó el entrecejo.

—¿Un sobresueldo?

Richy se hurgó en los bolsillos y le entregó una tarjeta.

—Este es mi contacto. Ven el jueves al puerto, a las cuatro de la mañana, y esperas delante del espigón. Si alguien te pregunta algo, di que vas de mi parte. Ellos ya te dirán qué tienes que hacer.

El jueves siguiente, Jan se presentó en el puerto.

Era una noche fría de invierno. Las embarcaciones se balanceaban en el agua negra entre crujidos y chirridos. Jan las miró mientras caminaba por el espigón, helado, buscando a las personas que le había dicho Richy.

Cuando llegó al final de la pasarela, se sentó en una piedra y escrutó el horizonte.

Estaba completamente solo. El agua se mecía con calma bajo las estrellas, dormida y murmurando.

Tuvieron que pasar cuarenta minutos hasta que advirtió el primer indicio de movimiento.

Fue una lancha que aparecía a toda velocidad por un lado del mar, dejando tras de sí un rastro de líneas espumosas.

Pasó por delante de él y entró en el puerto. Jan se levantó y se acercó.

—¿Eres Jan? —le preguntó uno de los ocupantes mientras amarraba la lancha.

—Sí —respondió. Estaba a punto de preguntarles qué tenía que hacer cuando lo interrumpió un motor a su espalda.

Se trataba de una furgoneta negra. Entró en el puerto y recorrió el muelle a gran velocidad hasta aparcar justo delante de la lancha. Conducía Richy.

El transportista bajó a toda prisa y lo saludó sin extenderse mucho.

—Ayúdanos a subir esto —le indicó—. ¡Rápido!

Jan vio que los hombres retiraban el toldo que protegía la cubierta de la lancha y debajo aparecieron un montón de cajas de cartón.

En cuestión de segundos, se organizaron en una cadena y empezaron a sacar aquella mercancía con rapidez para meterla en la furgoneta.

Jan fue moviendo aquellas cajas grandes y pesadas sin hacer preguntas.

Habría un centenar. Estuvieron media hora, sin parar, a un ritmo agotador.

Mientras trabajaban, no paraban de hacerse comentarios como «¡daos prisa! », «¡espabilad!», «¡venga!».

Para cuando acabaron, Jan estaba muerto, hacía mucho tiempo que no hacía un ejercicio tan exigente. Pero valió la pena: Richy fue hacia él y le entregó un fajo de billetes.

—¿Todo esto? —le preguntó, ante la cantidad de dinero que tenía en las manos.

Su amigo le guiñó el ojo.

—Si algún día quieres volver a ayudarnos, ya tienes mi número —dijo con una sonrisa.

A continuación, unos se subieron a la furgoneta y otros a la lancha, y desaparecieron a toda velocidad. Dejando a Jan solo de nuevo mientras la calma regresaba al puerto.

A partir de aquel día, Jan empezó a trabajar cada vez más a menudo para aquellos hombres.

Era dinero fácil, sumas cuantiosas, que le evitaba tener que preocuparse más por los gastos.

Podían afrontar el alquiler del piso, la escuela infantil de Valèria e incluso permitirse algún capricho de vez en cuando, como comprarse la moto de cross con la que hacía años que soñaba.

Aun así, si no tenía cuidado, la gente de su alrededor no tardaría en hacer preguntas.

Su principal preocupación era Carla. No quería contarle nada, entre otras cosas porque era evidente que aquel negocio no era legal: las carreras, la hora, los gritos, el nerviosismo…

No sabía qué contenían aquellas cajas de cartón, pero tenía la sensación de que era mejor no saberlo.

Por eso decidió tomar medidas. Por un lado, le dijo a su mujer que le habían subido el sueldo en el trabajo de comercial y, por otro, comenzó a esconder los billetes que le sobraban por todos los rincones del piso: detrás de la nevera, bajo una baldosa, entre las páginas de algún libro…

Nunca contó el dinero, pero sabía que empezaban a tener un buen colchón por si algún día se torcían de repente las cosas.

Todo iba bien hasta que un día Carla se plantó.

—Necesito salir de Barcelona —le dijo, visiblemente afectada—. Tenemos que irnos ya.

A Jan se le desencajó la cara.

—¿Por qué? —protestó. Aquel era el peor momento para irse, nunca había ganado tanto dinero, en toda su vida—. Aquí estamos muy bien. ¡No encontraremos ningún otro sitio como Barcelona!

Era la eterna discusión, el sueño de Carla, que le había dicho cientos, miles de veces que quería mudarse al Pirineo.

—Jan —dijo Carla—, llevo demasiado tiempo esperando. Si no nos vamos ya, me iré sin ti y me llevaré a Valèria.

Jan no había previsto que le diera aquel ultimátum. Probablemente, Carla no lo decía en serio, pero tampoco quería jugársela, no era su estilo. A fin de cuentas, su familia lo era todo para él.