El juego del silencio Tres días antes de la desaparición #4
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Tres días antes de la desaparición #4

Entre la espada y la pared, empezó a buscar cómo arreglarlo todo. Fue a hablar con su jefe y le pidió trabajar de comercial de manera telemática.

—Llevas muchos años en la empresa, Jan. Así que por nosotros no hay ningún problema.

—Levantó un dedo que parecía una morcilla y añadió en un tono que pretendía resultar amenazador—: Pero tendrás que llamar a los clientes desde tu casa y a veces desplazarte en tu propio coche, eso tenlo claro; nosotros no podemos ofrecerte un coche de empresa.

—No hay ningún problema —dijo él, sabiendo que ya tenía resuelta la mitad de la ecuación.

Después, aquella misma tarde, cogió el móvil y llamó a su segundo jefe, Richy. Le explicó brevemente que se mudaban al Pirineo, pero que quería seguir trabajando para él.

—¿Crees que sería posible? —preguntó, cruzando los dedos.

—¡No jodas! —exclamó Richy con una alegría inesperada—. ¡Jan, tío, eres el mejor, joder! ¡Nos irá de perlas tener a alguien ahí arriba!

—¿De verdad?

—Sí, sí, sí —respondió el otro, cada vez más eufórico—. Pero escúchame, tenemos que vernos. Quiero explicártelo bien.

Al día siguiente, los dos antiguos compañeros de clase volvían a encontrarse en el puerto, a altas horas de la madrugada. Como siempre, descargaron las cajas de la lancha para meterlas en la furgoneta, con el resto de los hombres.

—¿Ya habéis escogido algún pueblo? —le preguntó Richy una vez que todas estaban descargadas. A su alrededor, los hombres empezaban a desamarrar la lancha y a recoger los jerséis que habían dejado en el suelo por el calor que suponía aquel esfuerzo físico.

—Aún no —respondió Jan.

—De acuerdo. Pues te explico. —Richy le hizo un gesto para que lo siguiese hasta la furgoneta—. Esto solo funcionará si escogéis algún lugar que esté cerca de la frontera entre Francia y Andorra.

—Creo que no habrá ningún problema —dijo Jan, ya que aún no había decidido nada con Carla.

—Bravo —respondió Richy, y entonces anunció en tono triunfal—: Pues ha llegado el momento de que sepas qué contienen las cajas, Jan.

Se encaminó al maletero de la furgoneta y abrió una.

Jan se quedó boquiabierto. Estaba llena de droga.

Con un discurso rápido y enérgico, Richy le contó que él era uno de los fundadores de la Empresa, un grupo que se dedicaba al tráfico y contrabando de cocaína, éxtasis y marihuana.

La droga, le explicó, salía directamente de América Latina, gracias a los contactos que había hecho cuando vivía allí.

Viajaba a bordo de pesqueros industriales o barcos de carga debidamente sobornados hasta llegar al Mediterráneo y, una vez ahí, en alta mar, las lanchas recogían las cajas y las llevaban al puerto para ser distribuidas por toda Barcelona.

A diferencia de los grandes cárteles mexicanos, la Empresa estaba formada por un número muy reducido de personas que se ocupaban de todo el traslado.

De esta manera, como los intermediarios eran los mínimos, el precio de venta al cliente final era irrisorio.

—Nos hemos comido el mercado, colega —le dijo orgulloso, ignorando su cara de estupor—. No hay nadie que pueda igualarnos.

Richy se pasó la mano por el pelo repeinado y continuó con su explicación:

—Y, si ahora tenemos a un hombre como tú en el Pirineo, cerca de la frontera, podrás convertirte en nuestra puerta hacia Europa —añadió, triunfal—.

Aquellas montañas están llenas de caminos y carreteras que siempre se han utilizado para el contrabando.

Solo tienes que conseguir contactos al otro lado de la frontera y podremos reabrirlos. ¡Será la puta ruta de la seda, chaval!

Jan estaba petrificado, era incapaz de decir nada.

—Si conseguimos entrar en Francia o en Andorra… —prosiguió Richy, con los ojos brillantes de ambición—. ¡Imagínatelo! Podemos triplicar o cuadriplicar las ganancias actuales. ¿Lo entiendes? Puedes hacerte millonario.

—Pero, Richy… —balbució Jan—, Richy, no sabía que… No quiero colaborar con un negocio como este… Yo no sabía…

Richy, sin embargo, alzó las cejas.

—Jan, pero ¿qué dices?

—Que no… Yo no quiero traficar, no…

—¡Jan, escucha, te estoy dando la oportunidad de tu vida! ¡Piénsalo! —Alargó la mano y se la apoyó en la espalda—. Jan, yo sé que eres un hombre de familia, imagínatelo. ¡Ni Carla ni Valèria ni tus putos nietos tendrían que preocuparse por nada nunca más!

—No —exclamó—. No quiero esto; no quiero acabar en la cárcel…

A su alrededor, los demás hombres ya empezaban a subirse a la furgoneta y a la lancha, listos para marcharse.

—Jan, amigo mío —dijo Richy en tono amable—.

Verás, es que no es tan fácil. Tenemos delante una oportunidad que no dejaremos escapar.

¿Me entiendes? Además, estás en deuda con nosotros, Jan.

Te hemos acogido cuando lo has necesitado, te hemos dado un sueldo, te hemos ayudado a salvar a tu familia de la ruina, ¿lo recuerdas? Ahora no puedes dejarnos así como así.

Jan no era capaz de mover ni un músculo, hasta que, con todo el valor que fue capaz de reunir, dijo:

—Ya podéis meteros vuestro dinero por el culo. —Y se quitó su brazo de encima.

—No, Jan —repuso Richy, inmutable, esta vez en tono severo—. No lo entiendes. No tienes elección.

Pero entonces un grito resonó por encima de sus cabezas. Inmediatamente, Jan, Richy y todos los hombres de la Empresa miraron hacia el lugar de donde procedía la voz y vieron que se acercaba corriendo un vigilante de seguridad.

—¡Alto! —dijo, enfocándoles con la linterna—. ¡Que no se mueva nadie!

El hombre llegó hasta donde estaban y sacó una porra.

—¡Que no se mueva nadie! —repitió desgañitándose—. ¡Ahora mismo aviso a la policía!

Los hombres de la Empresa lo observaron y, al ver que iba solo y sin ningún arma de fuego, se echaron a reír. Pero fue Richy quien pidió calma.

—Buenas noches, señor —dijo el dealer con voz cálida, acercándosele poco a poco—. Tampoco querríamos que las cosas se complicasen de manera innecesaria. ¿Quizá no ha recibido el sobre, igual que sus compañeros?

Jan observó que el vigilante miraba a Richy, asustado. Se le veía inexperto.

—¡Alto! —repitió, levantando la porra—. No des un paso más.

De nuevo se oyeron carcajadas.

Richy, a pocos metros del guardia, se giró hacia Jan y sonrió.

—Mira, Jan, hoy estás de suerte —dijo—. Vas a ver lo que les pasa a los que se interponen en los planes de la Empresa.

Con un gesto casi teatral, despacio, sabiendo que nada podría detenerlo, Richy se llevó la mano a la cintura y sacó una pistola.

Al verla, el guardia dio un paso atrás, aterrado.

Cinco balas salieron del cañón y atravesaron el corazón, el estómago y los pulmones del vigilante, que cayó al suelo con un golpe fuerte y quedó tendido sobre un charco de sangre.

—¡Rápido! ¡Vámonos! —gritó el conductor de la furgoneta.

Todos los hombres que había en el puerto se apresuraron a salir corriendo, pues sabían que aquellos tiros podían haber alertado a la policía. Jan, envuelto en una nube de consternación, también acabó subiendo a la furgoneta, que empezó a circular a toda velocidad por el muelle.

—Pues bien —le dijo Richy, sentado a su lado, con apariencia impasible pese a lo que acababa de hacer—. A partir de ahora tendrás que hacer lo siguiente.

Al cabo de un tiempo, Jan, Carla y Valèria se mudaron a Arcavell, y Jan, a regañadientes, se convirtió en el Camello del Valle. Empezó a suministrar coca, éxtasis y marihuana en toda la Seu d’Urgell y en el resto de los pueblos y las aldeas de la zona.

De vez en cuando Richy subía a los Pirineos, entregaba más droga o recogía el dinero. Como prácticamente no había intermediarios, podía permitirse los precios más bajos que se habían visto nunca en aquella comarca. En un abrir y cerrar de ojos, Jan se creó su monopolio.

Por otro lado, Richy también le organizaba reuniones con dealers y señores de la droga franceses y andorranos.

Él tenía que ir y ofrecerles un presupuesto.

A fin de cuentas, seguía haciendo su trabajo de comercial, igual que en su otro trabajo, lo único que variaba eran los clientes, las cifras y el producto.

Cuando Carla se acercaba a su ordenador y le preguntaba qué hacía, ni siquiera tenía que mentirle, dejaba que mirase tranquilamente las largas tablas de datos que ocupaban toda la pantalla. Resultaba casi imposible distinguir si eran de un trabajo o del otro.