El juego del silencio Tres días antes de la desaparición #2
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Tres días antes de la desaparición #2

—¿Qué quieres decir?

Y, en ese momento, Carla notó la hoja del cuchillo en la espalda.

—No sé, más independiente, más seguro de ti mismo.

Arthur frunció el ceño.

—¿Perdona? ¡No me vengas con chorradas!

—Arthur, ¡solo quiero ir hasta el siguiente bungalow y verle la cara! —exclamó, y lentamente se llevó una mano a la espalda y cogió el mango de madera de nogal pulida del cuchillo.

—Te he dicho que no, Carla…

Carla advirtió un matiz de duda en su voz y decidió atacar.

—¿Sabes por qué me enamoré de ti, Arthur? —lo dijo en tono sensual, al tiempo que se acercaba a él—. Porque vi que eras distinto…

—No empieces —repuso él, rehuyéndole la mirada.

—Espera, deja que te lo explique —insistió ella, y poco a poco se sacó el cuchillo de los pantalones—.

¿Te acuerdas? Eras un chico lleno de ilusiones, con ganas de montar tu propia escuela de yoga en Inglaterra, un joven que desafiaba la voluntad de unos padres conservadores que no entendían sus ideales…

—Se le arrimó aún más, al tiempo que metía el cuchillo debajo de un cojín del sofá, a centímetros de él—.

Dime, ¿sigue ahí dentro ese chico? —Le apoyó la mano libre en el pecho, donde notó el latido de su corazón acelerado, mientras, despacio, acercaba sus labios a los de él—.

¿Sigue ahí el hombre del que me enamoré?

Arthur asintió en silencio y acercó su boca a la de ella. Sus labios se tocaron en un beso tierno y delicado. Arthur acarició las piernas de Carla y la atrajo hacia sí. Pero entonces ella dijo:

—Espera. Primero necesito verle la cara.

Se deslizó hacia la puerta, la abrió y salió corriendo del bungalow.

En medio del camping, la transacción estaba a punto de cerrarse. Marc se había sacado la cartera del bolsillo y buscaba los billetes. Ante él, el Camello lo miraba impasible.

A solo unos metros de su espalda, Carla avanzaba con pies de plomo por la hierba del camping, arrimándose a las fachadas de los bungalows.

Ya tenía el móvil en la mano, listo para hacer una foto al dealer .

Arthur la seguía, pegado a ella como su sombra, preparado para saltarle encima si hacía falta.

Y entonces Carla se detuvo, consciente de que lo tenía justo delante. Tomó aire y asomó la cabeza por encima de una antena parabólica.

Y entonces lo vio. Al hombre que guardaba droga en su desván.

Se quedó petrificada. Era imposible. Lo conocía perfectamente. Desde hacía años. Conocía su rostro, su manera de moverse, su manera de pensar; conocía su olor, el color de sus ojos… Apuntó con el móvil y fotografió a Jan.

Fue una noche muy tensa en la Era Vella.

Carla había empezado a comerse la ensalada sin ser capaz de mirar a su marido a los ojos.

Todo lo que sostenía a su familia, toda la confianza que los había unido durante años, se había venido abajo de forma violenta ante aquel descubrimiento.

Se sentía traicionada. Se sentía sola frente a la situación de Valèria.

Cada vez que lo miraba no podía ver más que la imagen que había fotografiado hacía escasas horas.

No podía quitarse de la cabeza aquella idea espantosa: su marido era un traficante.

Por fin entendía por qué Jan no había tenido nunca en cuenta que ella hubiese encontrado la droga en el desván al tratar de aclarar lo que le ocurría a su hija.

Simplemente lo había descartado desde el primer momento como posible amenaza.

Y la verdad era que, desde aquel punto de vista, la cuestión de la enfermedad ahora cobraba mucho más sentido.

Era el único elemento que continuaba intacto.

Aun así, Carla estaba enfadada. Porque Jan no había confiado en ella para contárselo y había fingido que no sabía nada de la droga. Incluso había intentado hacerla desistir, quitárselo de la cabeza, negárselo, hacerla pasar por loca, distraerla con una absurda videollamada a su madre…

Y, por si todo eso fuera poco, todavía estaba el tema de Arthur.

Unas horas antes

Camping de la Seu

Justo después de fotografiar a Jan, Carla volvió al bungalow con Arthur y esperó pacientemente a que el supuesto dealer se marchase. Entretanto, el inglés se acercó a ella y empezó a comérsela con los ojos. Era evidente que no sabía que aquel camello era su marido.

—Entonces ¿todavía me quieres? —acabó preguntándole con los ojos brillantes de la ilusión.

Carla miró a Arthur y por unos instantes lamentó haberlo utilizado.

—Arthur, yo… —Pensó que no le convenía hacerlo enfadar. Aún tenía que salir de aquel camping y, de momento, estaba en sus manos—. Debo pensarlo…, tengo muchas dudas.

A continuación, Marc entró en el bungalow y Carla se levantó de inmediato.

—Muchas gracias —dijo—. A los dos. No sé si podré hacer algo con esta fotografía, pero al menos es algo.

Y, sin alargarlo más, se apresuró a despedirse y se marchó de aquel camping.

Enfrente de Carla, en la cocina, Jan se comía la lechuga y el tomate sin decir nada. Seguía preocupado por Valèria, pero debía reconocer que hoy había sido un muy buen día. Había vendido medio kilo de cocaína a una decena de clientes.

Días atrás había cometido el grave error de dejar la caja de la droga en el desván, y Carla la había descubierto.

Deprisa y corriendo, había tenido que levantarse a medianoche y cambiarla de escondite, justo a tiempo para que, al día siguiente, cuando su mujer lo había obligado a subir al desván, no la encontrasen.

Todo había estado a punto de saltar por los aires, pero había terminado bien.

Al fin y al cabo, ¿cómo iba a saber que su mujer acabaría dando con ella?

Al menos ahora tenía la seguridad de que estaba bien escondida.

Había cavado un agujero junto a un camino, entre unos arbustos, y estaba seguro de que era imposible que nadie la detectara.

—¿Qué tal ha ido por Barcelona? —le preguntó Carla sin previo aviso.

Valèria se encontraba delante de él, sentada, sin probar la cena. Volvía a tener aquella expresión fúnebre que empezaba ya a definirla.

—Bien, como siempre —respondió Jan con naturalidad.

A Carla le dio rabia, a saber cuántas veces le había mentido de aquella manera. Ya estaba totalmente acostumbrado.

—¿Habéis hecho la reunión?

—Ha sido más bien una venta. Nos aprobaron el presupuesto que presentamos y hoy hemos hecho la entrega —respondió, y acto seguido pinchó una aceituna del centro de la mesa y se la metió en la boca—. Ya sabes cómo son estos clientes… Una panda de tiquismiquis. ¿Y vosotras dos? ¿Qué tal por aquí?

—¿Y cómo se llaman esos clientes? —prosiguió Carla.

Jan puso una cara rara.

—Vaya, qué interés más repentino, ¿no?

—Me apetece saber qué hace mi marido —contestó con una sonrisa forzada.

—Había varios, Winslow Corp, Cortés, SA… —respondió él sin inmutarse.

Carla le sostuvo la mirada.

—¿Sabes qué he hecho yo hoy? He ido a un camping de por aquí.

Jan frunció ceño.

—Valèria —dijo Carla sin dejar de mirar a Jan—, ese camping te gustaría mucho. Está lleno de caravanas, de bungalows… Y no queda lejos de aquí.

Al escucharla, Jan se quedó petrificado.

En cuanto su hija se acostó, Carla abordó el tema sin rodeos. Se encontraban los dos en el dormitorio, poniéndose el pijama, cuando ella se plantó:

—¿Qué cojones haces vendiendo droga?

—¿Qué?

—¡Por favor! —exclamó Carla, indignada—. ¡Te he visto con mis propios ojos!

—Pero ¿de qué coño hablas?

Carla se llevó una mano a la frente.

—¿En serio?

Cogió el móvil y, a continuación, le enseñó la imagen en la que se le veía claramente entregando la droga. Jan abrió la boca, desarmado.

—¿Cómo…? —balbució—. ¿Cómo has…?

—He acabado en aquel camping por error. Me he equivocado de salida y te he visto allí. ¡He flipado, Jan!

A Jan no le cuadraba nada. Era la casualidad más increíble de la historia.

—Jan —dijo Carla con un hilo de voz—, tengo miedo. Siento que estoy sola. ¿Hasta dónde llegan tus mentiras?

—Cálmate, Carla, un momento.

—¿Cómo sé que no eres tú quien pega a Valèria? —le espetó, sin poder aguantarlo más.

—¿Qué?

—¿Cómo sé que no te colocas y le pegas, Jan? ¡Dímelo! ¡¿Quién eres?!

—¡Carla, no! ¡No me he drogado nunca! Pero ¿qué dices? —Se le acercó y bajó el tono—: Jamás le pondría la mano encima a nuestra hija.

—Pues cuéntamelo todo —exigió Carla—. Dime, ¿cuánto hace que eres camello? ¿Desde cuándo trabajas para la Empresa? ¡Me han dicho que son unos asesinos!

Jan se tapó la cara con las manos, avergonzado.

—Pues hará cinco o seis años —acabó reconociendo, incapaz de mirarla a los ojos.

—¿De verdad? —exclamó Carla, atónita.

—Sí. Justo después de que dejases tu supertrabajo en Infinity Assegurances.

Cinco años antes

Barcelona

Se acercaba Navidad y toda Barcelona estaba llena de luces, de cancioncillas y de la melancolía vaporosa que solo aparece durante esas fechas.

Jan salió del trabajo y echó a andar por las calles, abatido. Había sido un día muy largo. Llevaba la corbata desajustada, la americana arrugada, y balanceaba el maletín con suma desidia. Lo único que le apetecía era llegar a casa, cenar y dejarse caer en el sofá.

Pasó junto a un Papá Noel que pedía limosna y se zambulló en el metro para afrontar el largo paseo subterráneo que conducía hasta su andén.

Entonces, al empezar a cruzarse con otras personas que caminaban en dirección contraria, advirtió que todos tenían la misma cara que él.

La misma expresión de abatimiento, de mala leche, de rendición.

—¡No puede ser! —dijo entonces una de aquellas caras—. ¿Jan? ¿Jan Costa?

Jan salió de aquel estado de somnolencia y aislamiento interior en el que hacía mucho rato que se había sumido y prestó atención al hombre con aires de grandeza que tenía delante.

—¿No me reconoces? —le soltó, exhibiendo una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Soy Richy! ¡Ricard Moreno! ¡Del instituto!

Al instante, un montón de recuerdos que Jan daba por olvidados se reavivaron ante sus ojos.

—¡Hostia, Richy! —exclamó, y los dos se estrecharon la mano.