Tres días antes de la desaparición
Tres días antes de la desaparición
Siete de la mañana.
Carla se despertó sin entender nada. Nada tenía sentido. La enfermedad de Valèria no encajaba con el tema del Camello del Valle. De hecho, parecía complicarlo todo todavía más.
Contempló la cama y vio que su hija seguía durmiendo plácidamente a su lado. Jan ya se había levantado. Poco a poco, despertó a la niña con un beso tierno y le dijo:
—Buenos días, dormilona, ¿has dormido bien?
Abajo, en la cocina, Jan había empezado a hacer crepes. Era un desayuno que solo preparaba en ocasiones especiales.
Lo veía como un acto de dignidad, de lucha, de sonreír a la vida a pesar de todo. Si su hija había heredado aquella enfermedad, lo afrontarían como fuese. No sería como con su padre, esta vez ya sabían a qué demonio debían derrotar. Por eso valía la pena celebrarlo. Por haberlo detectado a tiempo.
Hoy era un día para estar feliz.
Minutos después, Carla y Valèria llegaban a la cocina.
—¡Crepes! —exclamó la madre—. ¿Has visto, Valèria?
La niña lo observó totalmente inexpresiva, sin ninguna ilusión, hasta que Jan le preguntó:
—¿Cómo ha dormido Peludo hoy?
Se hizo el silencio. Jan y Carla lanzaron una mirada a su hija, a la espera de su reacción, mientras la pregunta flotaba en el aire. Y entonces su hija alzó la vista, sorprendida.
—Creo que bien —respondió, y poco a poco esbozó una sonrisa sincera, al tiempo que se le iluminaba la cara—. Ha dormido muy bien.
Sus padres no pudieron evitar sonreír, acababan de vivir aquel cambio de actitud casi como una bendición.
—Me alegro —dijo Jan, y con naturalidad se apresuró a añadir—: Pues una crepe para los dos.
Se volvió y, con agilidad, cogió una crepe de la isla central y la depositó en el plato que estaba sobre la mesa. Valèria sonrió todavía más y se sentó.
—La compartirás con Peludo, ¿verdad? —preguntó Jan mientras le ponía el tarro de crema de avellanas delante.
—Sí —contestó ella, pasándose la lengua por los labios—. Gracias.
—Por cierto —dijo él entonces—, ya he llamado al hospital, tenemos hora pasado mañana para las pruebas. —Y, dirigiéndose a su hija, añadió—: Ya verás, Valèria, te harán una revisión que te irá superbién.
La niña asintió con la boca llena.
—Perfecto —respondió Carla, sin dejar de observar a su pequeña tribu con los ojos brillantes.
A continuación, al mirar a su marido, se dio cuenta de que este se había puesto la camisa y los pantalones que usaba para ir a la oficina.
—¿Hoy vas a Barcelona? —le preguntó.
Jan asintió.
—Tengo una reunión importante que solo puede ser presencial, pero vuelvo por la tarde.
Carla se lo tomó como una señal.
—De acuerdo.
Tenía que aprovechar que Jan estaba fuera para quedar con Arthur y ver de una vez por todas al Camello del Valle. Debía cerrar como fuese su línea de investigación. Porque el interrogante de la droga en el desván seguía sin respuesta. La teoría de la enfermedad no lo resolvía.
A las ocho de la mañana, Ilona pasó a buscar a Valèria y, una vez que se marcharon, Jan subió a su estudio para coger sus cosas e irse a Barcelona.
—Que vaya muy bien —le dijo Carla, asomando la cabeza por la puerta.
—Igualmente —contestó al tiempo que metía el portátil en la cartera—. ¿Qué planes tienes tú hoy?
Carla se encogió de hombros.
—Análisis de datos —mintió—. Quieren lanzar una campaña nueva para TikTok.
Jan cerró la cartera y se dirigió a la puerta, acercándose a ella.
—Quería decirte que siento mucho no haberte hablado antes de la enfermedad de mi padre.
—No te preocupes.
—No, quizá podríamos habernos ahorrado todo esto.
Carla suspiró.
—Tranquilo, no pasa nada, de verdad. —Lo besó con ternura—. Todos nos equivocamos.
Jan esbozó una leve sonrisa y se colgó la cartera en el hombro.
—Cualquier cosa nos llamamos.
—Que pases un buen día.
A continuación, Carla se dirigió a su estudio y Jan bajó por la escalera de caracol. Ella esperó hasta que el sonido del coche se extinguió entre las calles de Arcavell y entonces llamó a Arthur.
—¿Voy? —preguntó en inglés.
—Marc dice que sí —respondió Arthur, contento de oírla—. Hasta ahora, guapa.
Marc se encontraba delante de su bungalow mientras veía llegar el coche de Carla.
Tenía un nudo en el estómago. Sabía que el hombre al que debía ver hoy, el camello al que estaba a punto de delatar, pertenecía a un grupo con mucho poder e influencia llamado la Empresa.
Todo debía ir como la seda, no podían cagarla.
Si algo se torcía, no sería ni la primera vez ni la última que la Empresa cosía a balazos a alguien que se pasaba de listo.
Carla bajó del Toyota y saludó a los dos chicos. Cuando la tuvo delante, Marc le repitió:
—Carla, te lo pido por favor, no quiero problemas con este tío.
—Tranquilo —intervino Arthur—. Ya lo hablamos; mientras tú te reúnes con él, yo me quedo dentro del bungalow con ella. Le sacaremos una foto con el móvil y ya está.
Marc puso cara de no tenerlas todas consigo y lanzó una última advertencia a Carla:
—Si nos la juegas…
Carla negó con la cabeza de inmediato. Tenía claro que aquel no era el lugar para hacerse la heroína.
—No te preocupes, Marc —dijo, y, mientras lo decía, Carla sintió el peso del cuchillo en la parte posterior de los pantalones y rogó a los dioses para no tener que utilizarlo.
A medida que pasaba el tiempo, la tensión aumentaba.
—Entra ya —dijo Marc, mirando el reloj.
Carla entró en el bungalow sin protestar y se sentó al lado de la ventana, buscando un buen lugar para sacar la foto.
Bajó la persiana veneciana, de manera que solo se viese de dentro afuera, y permaneció un buen rato en aquella posición, viendo como en el exterior Marc no paraba de ir de un lado para otro, delante de Arthur.
—¿Te das cuenta de lo sospechoso que es todo esto? —le preguntó de pronto—. Primero esta tía pasa de ti durante años y luego, cuando la encuentras, lo primero que te pide es poder ver la cara de un dealer .
Arthur abrió los brazos.
—¡Ya te lo explicó ella misma, Marc! Este tío se cuela en su casa. ¡Encontró paquetes con la «E» de «Empresa» en el desván! ¿Qué más pruebas quieres?
—¿Y cómo sabemos que es verdad? ¿Eh? ¿Acaso has visto tú esos paquetes? ¿Cómo sabemos que no se ha hecho poli en todo este tiempo y que este bosque no está petado de agentes que esperan para actuar? ¿Cómo sabemos que no acabaremos en la cárcel nosotros dos también?
Dentro del bungalow, Carla escuchaba aquella conversación con suma preocupación; no quería que las cosas se complicasen.
—No te preocupes —insistió Arthur—. Yo estaré a su lado y la vigilaré todo el tiempo. Si veo que hace algún movimiento extraño o que avisa a la policía, la detendré de inmediato. Créeme.
Pero la conversación se interrumpió de forma abrupta. Un coche, en el límite del prado, apareció asomando el morro por el camino.
—Ya está aquí —anunció Marc—. Corre, ten cuidado y ve a vigilarla.
Arthur entró rápidamente en el bungalow. Se situó al lado de Carla, delante de la ventana, y entonces, de manera inconsciente, la observó de arriba abajo y se dio cuenta de que era un momento bastante íntimo para los dos.
Carla, en cambio, clavó la vista en el exterior, manteniendo las tablillas de la persiana abiertas con los dedos y sintiendo que los nervios empezaban a dominarla.
Fuera, a Marc le reverberaba el corazón en los oídos. Jugar con un camello de aquella magnitud era una temeridad. Miró hacia el coche y, con toda la naturalidad que pudo, levantó la mano y le sonrió.
Carla vio desde la ventana que Marc echaba andar hacia el coche, alejándose de su campo de visión.
Inquieta, abrió más la persiana y apoyó la cara contra el cristal. Pero no tardó en constatar que tenía un problema: el coche acababa de aparcar detrás de uno de los bungalows y no se veía nada.
Fuera, el Camello salió del vehículo y le devolvió la sonrisa a Marc.
—¿Qué tal? —preguntó con su voz grave.
Marc se encogió de hombros.
—Como siempre —dijo, y fue a darle un abrazo—. Listo para ver lo que me traes.
—Hoy no te decepcionaré, Marc, ya verás.
En el bungalow, Carla tenía la mejilla pegada al cristal.
—¡No veo una mierda! —le soltó a Arthur, que estaba justo a su lado.
La impotencia la desbordaba. Tenía a escasos metros a la persona que guardaba droga en su casa, pero no podía verla porque le tapaba una maldita caseta prefabricada. Se hallaba situado en un ángulo muerto que lo hacía invisible desde todas partes.
Aquella era quizá la única oportunidad que tendría para descubrir qué relación tenía la droga con su casa. No podía dejarla escapar. Debía hacer lo que fuese necesario.
Lo que fuese.
—Tienen que moverse —sentenció Carla mirando a Arthur, y se enderezó.
Marc y el dealer se encaminaron al maletero del coche. El Camello lo abrió y le enseñó los paquetes con la característica «E». Marc cogió uno y lo sopesó.
—Genial —dijo—. Quiero un gramo.
El dealer se sorprendió.
—¿Solo? Es de la mejor calidad que he tenido nunca, Marc.
Marc lo pensó detenidamente y concluyó:
—Sí, solo uno.
—Como quieras, como quieras —contestó el Camello—. Serán treinta euros.
Carla acababa de darse cuenta de que solo había una solución: debía salir de aquel bungalow.
—No veo nada —repitió y, como si fuese una sentencia, se dirigió a la puerta.
Al percatarse, Arthur pegó un bote.
—¡Eh! —La agarró del brazo.
—¡Te digo que no veo nada! —exclamó ella, quitándoselo de encima.
—¡Hemos quedado en que no saldrías de aquí! —dijo Arthur, que la cogió y la sentó en el sofá de un empujón.
—¡Necesito verlo! —susurró Carla. Estaba a punto de explotar. Llevaban demasiado tiempo hablando. Si no actuaba ya, el Camello se iría sin que hubiera podido verle la cara—. ¡Para eso estoy aquí, ese era el trato! Y no veo nada, tú mismo lo estás comprobando.
Arthur se sentó en el sofá, al lado de Carla, con aire conciliador.
—Marc me mata como salgas fuera.
—Por favor, Arthur —repuso ella, mirándolo fijamente a los ojos, y cambió el tono por uno de decepción—. Cuando te conocí… me pareciste diferente.