Cinco días antes de la desaparición #2
Finalmente, Carla vio una cafetería que no había visto nunca.
Una cafetería de tonos azules y rosas, con algunos elementos dorados y pasteles en la vitrina, situada al final de un paseo.
Le pareció lo bastante elegante y lo bastante solitaria para entrar y dejarse llevar por el torrente de sus pensamientos.
Así que aparcó el coche y se encaminó en esa dirección.
Una vez dentro, pidió un té a la camarera y se sentó a la mesa más apartada que encontró.
Tal y como había sospechado, la cafetería estaba vacía.
Era el lugar idóneo para recluirse dentro de su caparazón durante un buen rato, para acomodarse en su cueva interior, el único lugar en el que nadie podía hacerle daño.
Pero entonces, cuando estaba dando el primer trago a aquel té caliente y sanador, la puerta del establecimiento se abrió haciendo tintinear los pajaritos de porcelana que colgaban del techo. Carla alzó la cabeza y vio a la persona que acababa de entrar.
El hombre la miró entonces y se dirigió hacia ella con paso firme.
—Buenos días —dijo Arthur con una sonrisa.
Mientras, en la Era Vella, hacía rato que Jan había entrado en su estudio y se había sentado delante del portátil, al lado de la estufa. A su espalda, el enorme ventanal proporcionaba una vista espectacular del valle; las montañas aún blanqueadas por el frío se recortaban a poca distancia.
Jan abrió una nueva pestaña y siguió su búsqueda. No sabía por dónde empezar, pero estaba seguro de que iba por buen camino.
En la cafetería, Carla estaba consternada.
—No creas que me rendiré tan fácilmente, ahora que te he encontrado —continuó Arthur sonriente todavía.
Y, haciendo caso omiso de la expresión que adoptaba ella, se sentó en la silla acolchada de delante.
De fondo, sonaba una plácida playlist de jazz que casi ironizaba con el estado de ánimo de Carla, que miró a su alrededor en busca de ayuda. Pero estaban solos. A aquellas horas de la mañana no había ningún cliente. Incluso la camarera que la había atendido había entrado en la cocina.
—Carla —siguió Arthur, sin quitarle el ojo de encima—, quiero que me lo cuentes todo. ¿Por qué te fuiste de Barcelona?
Carla se quedó unos instantes observándolo, preguntándose qué demonios había visto en la persona que tenía delante. Por qué demonios lo había hecho. Quizá habían sido aquellos ojos, quizá aquel acento, quizá aquella espalda ancha y musculada.
—No puedo, Art. Están siendo unos días muy difíciles —murmuró, tratando de calmar la ansiedad. Tratando de reunir toda la firmeza del mundo. Toda la seguridad. Toda la autoestima.
Pero no lo logró.
—Carla —exclamó Arthur—. Carla, ¿estás bien?
Carla cogió la taza de té con manos temblorosas y se la acercó a los labios, para beber, para resguardarse. Para intentar, como siempre desde hacía años, mostrarse fuerte.
Pero no pudo evitar que se le escapase una lágrima y le resbalase mejilla abajo.
—Carla… —murmuró Arthur, al darse cuenta de la tristeza que la asolaba.
El inglés se levantó y fue a sentarse a su lado. Le pasó un brazo por la espalda y la abrazó con ternura. Ella le dejó hacer, lo necesitaba.
Las dos acercaron la cabeza y el cuerpo, percibiendo el olor del otro, conectando con bellos recuerdos de una época pasada.
Al cabo de unos minutos, Carla se apartó de los brazos de Arthur, que se quedó mirándola con el corazón roto.
—¿Estás así por mi culpa? —le preguntó el inglés—. No quería…
Carla negó con la cabeza.
—No es por ti —dijo mientras se enjugaba las lágrimas—. No es nada.
—Quiero ayudarte —balbució él—. Ya sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad?
Carla alzó la vista y por unos segundos lo miró a los ojos como si pudiera ver dentro de su alma.
Necesitaba sentir el apoyo de alguien. Días atrás había temido que fuese él quien hacía daño a su hija, pero esa teoría se había venido abajo al saber que había llegado a Arcavell apenas cuarenta y ocho horas antes.
Quien los acosaba hacía mucho más tiempo que actuaba.
—Creo que alguien ha estado entrando en nuestra casa —soltó finalmente.
Arthur se quedó atónito.
—¿Cómo? ¿Cómo lo sabes?
Carla resopló, sin saber por dónde empezar.
—Mi hija tiene golpes por todas partes.
—¿Qué?
—Y un día encontré una caja llena de droga también; nos desaparece la comida… Estamos desesperados.
Arthur puso los ojos como platos.
—Un momento, ¿has dicho droga?
—Sí, encontré una caja llena de paquetes de cocaína —dijo, abatida—. Al día siguiente queríamos llevarla a la policía, pero ya no estaba. Habían vuelto a llevársela.
—¿Y cómo eran esos paquetes?
Carla se lo quedó mirando, un poco extrañada por la pregunta.
—No lo sé, así. —Formó un rectángulo con las manos—. Más o menos…
—Carla —dijo él, poniéndose cada vez más serio—, ¿hay algo más que recuerdes? Es importante —insistió.
Carla hizo memoria.
—Tenían una letra «E» escrita a mano, con rotulador permanente. Todos los paquetes la tenían.
—Joder. Lo sabía. No me lo puedo creer.
—¿Qué pasa? —preguntó Carla.
—Tengo que enseñarte una cosa —dijo levantándose de un salto—. Ven, tienes que acompañarme.
Jan seguía delante del ordenador.
Había sacado un cuaderno e iba apuntando los datos más importantes que encontraba. Estaba estrechando el círculo cada vez más, pero había algo que aún fallaba.
Se reclinó y se frotó los ojos con las manos. ¿Cuál era el elemento que lo relacionaba todo?
Carla y Arthur salieron de la cafetería y cogieron sus respectivos coches. El inglés le había insistido en que fuera en su pick-up , pero Carla se negó. Quería tener su propio vehículo, no pensaba renunciar a su vía de escape.
Así pues, los dos vehículos partieron de la Seu d’Urgell y cogieron la autovía en dirección oeste.
Quince minutos más tarde, la camioneta se desvió hacia la derecha y enfiló un camino sin asfaltar, lleno de baches y barro.
El Toyota de Carla la siguió, saltando de un lado al otro mientras se adentraban en el bosque.
Después de un tiempo conduciendo, el camino se ensanchó y los coches pisaron un prado de hierba verde. En lo alto de aquel llano, se veía un pequeño camping, con siete u ocho bungalows de color blanco, bastante viejos y castigados por el mal tiempo.
Arthur aparcó y bajó del coche.
—Es aquí —anunció, señalándole una de las casetas.
Carla asintió mientras empezaba a seguirlo a pie. El inglés entró en el bungalow, y Carla, dominando los nervios, lo imitó.
Una vez dentro de la caseta, Carla vio que era más acogedora de lo que se esperaba. El espacio era pequeño y estaba desordenado, pero había alguna planta, alguna lámpara de luz cálida, algún cuadro. Se notaba que la persona que vivía allí había querido convertirlo en un hogar.
—Carla, este es Marc —dijo Arthur señalando a su amigo, que estaba sentado delante de una mesa—. Creo que ya os conocéis.
Carla estrechó la mano al hombre al que había visto en dos ocasiones en la plaza Mayor de Arcavell y al que había confundido con Arthur. Por primera vez desde que lo tenía delante, no llevaba el característico jersey de color verde.
—Encantado —dijo Marc con una sonrisa.
—¿Podrías enseñarnos un paquete? —preguntó Arthur.
Marc se rio, sorprendido.
—¿Queréis montar una fiesta? —Y miró a Carla—. ¡Me gusta esta chica, Art! ¡Has hecho bien! ¡Bienvenida a la familia!
—No —lo interrumpió Arthur—. Venga, enséñanoslo.
Marc se dirigió al fondo del bungalow y rebuscó en un armario, del que sacó chaquetas y objetos diversos.
Mientras lo esperaban, Carla se dio cuenta de que Arthur la observaba sonriendo todo el tiempo, ligeramente ruborizado.
Intentó no pensar en ello y miró el resto de la estancia.
Le sorprendió que hubiese tantas fotos de Marc y Arthur juntos.
Se les veía felices, siempre medio abrazados, haciendo caminatas, viajes, bañándose en el río…
— Voilà! —dijo Marc por fin, y volvió con un paquete gris de cocaína, idéntico a los que Carla había visto en el desván.
Ella lo cogió y lo examinó con detenimiento. Tenía la misma textura, la misma medida y una «E» con la misma caligrafía escrita con rotulador azul permanente.
—¿Era así? —preguntó Arthur.
Carla asintió, boquiabierta.
—¿De dónde lo habéis sacado?
—Marc dice que lo pasa un camello de por aquí, ¿no es así?
—Sí —respondió Marc.
—¿Y quién es ese camello? —preguntó Carla enseguida.
—Pues un tío al que conocí cuando llegué —contó Marc—. Hace un par de meses.
Dos meses antes
La Seu d’Urgell
Marc acababa de trasladarse al Pirineo para encontrar a Carla, el amor platónico de su amigo.
Marc había accedido a ayudar a Arthur de inmediato, sin pensárselo, porque era la excusa perfecta para salir de Barcelona e irse a vivir en plena naturaleza.
De hecho, lo experimentaba como un gran momento de su vida.
Por fin se marchaba de la ciudad. Por fin iba a parar a un lugar donde sabía que estaría bien: en la montaña. Entre los árboles. En plena naturaleza.
Pero tenían una misión.
Los dos empezaron a buscar a Carla por los pueblos de la zona. Por todas partes enseñaban el reel de GreenEnergy y preguntaban por ella; pero no tardaron en darse cuenta de que la tarea más sería complicada de lo que creían.
La infinidad de pueblecitos que había en la región dificultaba mucho el desenlace de aquella historia de amor.
Por mucho que preguntasen, a nadie le sonaba aquella chica del vídeo, ni las casas ni los bosques que aparecían en él.
Y los que lo reconocían daban informaciones erróneas: se equivocaban de pueblo o decían que era una vecina, la hermana de alguien, una conocida…
, pero, cuando la encontraban, nunca era Carla.
Con una frustración cada vez mayor, los dos amigos decidieron separarse: Marc se instaló en un viejo bungalow en las afueras de la Seu d’Urgell, mientras que Arthur buscaba por otras zonas del valle y dormía en hostales y en el coche.
Cada fin de semana se reunían y hablaban de los progresos que habían hecho.