El juego del silencio Cinco días antes de la desaparición #3
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Cinco días antes de la desaparición #3

—Es imposible —le dijo Marc al cabo de un tiempo—. No vamos a encontrarla nunca, tenemos que aceptarlo.

—No —replicó Arthur—. Debemos continuar un poco más. Quizá esté en el pueblo siguiente, quién sabe. ¡No podemos rendirnos ahora, por favor!

Como la búsqueda se alargaba por momentos, Marc, de forma casi involuntaria, empezó a hacer vida por la zona. Aquellos valles tenían un encanto que le fascinaba, y la gente que fue conociendo, jóvenes abiertos y sociables, lo cautivó aún más.

Pronto comenzó a asistir a raves clandestinas que se celebraban en medio del bosque casi todos los fines de semana: montaban altavoces de grandes dimensiones en algún lugar apartado y la gente bailaba y se colocaba al ritmo frenético de la música hasta perder el sentido.

Era de los eventos más multitudinarios que se hacían en la comarca.

Como terminó sabiendo Marc, sin embargo, todo aquel auge, toda aquella fiebre por la música electrónica y por el descontrol, era bastante reciente.

Había empezado a desatarse hacía pocos meses, gracias a un personaje misterioso que había salido de la nada y que ofrecía drogas a unos precios bajísimos. Lo llamaban el «Camello del Valle».

Intrigado por las historias que contaban, Marc acabó consiguiendo su teléfono y una tarde lo llamó.

El hombre se presentó personalmente en el bungalow en su coche.

Era inteligente, callado y con talento para los negocios.

Abrió una caja de cartón bastante grande y le ofreció todos los tipos de drogas imaginables.

Marc se quedó boquiabierto. El servicio era impecable.

Ni siquiera había tenido que moverse de casa.

A partir de ahí fueron transcurriendo las semanas, y las compras de Marc se repetían cada vez con más frecuencia. La droga de aquel camello era golosa, barata y extremadamente adictiva.

—¿Por qué todos los paquetes llevan la letra «E»? —le preguntó un día, en una de sus visitas.

El Camello lo miró y sonrió.

En el bungalow, Carla escuchaba tensa la historia.

—¿Y por qué llevan la letra «E»? —le preguntó a Marc.

—Me dijo que era la «E» de «Empresa». Una banda de narcotraficantes —aclaró él al tiempo que se echaba atrás el pelo largo—. Cuando me lo dijo, me quedé acojonado, la verdad. Yo ya había oído ese nombre en Barcelona otras veces. Sé que son gente muy peligrosa.

—¿Peligrosa? —dijo Carla.

—Sí. Por eso este tío ofrece esos precios, ¿sabes? —añadió Marc—. Porque se han comido a la competencia. Tal cual. No les da miedo nada. Torturas, asesinatos… No hay nadie que les haga sombra.

Carla quedó perpleja unos segundos, asimilando la magnitud del desastre que tenían encima.

—¿Quién es el Camello del Valle? —dijo—. Necesito saber quién es urgentemente. Creo que ese tío se mete en mi casa.

Marc enarcó las cejas, sorprendido. Miró a Arthur durante unos instantes y volvió a mirar a Carla.

—Si quieres, el próximo día que quiera pillar un gramo te aviso.

—Sí. Por favor. Es muy importante —contestó Carla rápidamente.

Carla le dio su número de teléfono a Arthur y se despidieron con un largo abrazo.

—Gracias por ayudarme —dijo.

—Lo que necesites —le respondió este, deteniendo la mirada en sus labios.

Pero Carla salió del bungalow a toda prisa y subió al coche. Tenía la sensación de que empezaba a rozar la verdad con la punta de los dedos.

Llegó la noche a la Era Vella. Por las ventanas se veía una noche clara, de luna llena.

Carla insistió de nuevo en que Valèria tenía que dormir con ellos aquella noche, argumentando que no podían dejarla sola, y Jan se mostró de acuerdo enseguida.

Cuando ya se quedó dormida, los padres bajaron la escalera y se sentaron en el sofá, junto a la chimenea. Delante de ellos, las llamas iban devorando los troncos con pequeños chasquidos.

—¿Estás bien? —le preguntó Jan—. Te he visto muy callada durante la cena.

—Es por todo esto de Valèria. A veces siento que me supera.

En realidad, Carla no podía dejar de pensar en el Camello del Valle. Estaba hecha un mar de dudas. Sabía que no podía contar nada a Jan de lo que habían acordado hacía pocas horas en el camping, porque hablarle del Camello implicaba hablarle inevitablemente de Arthur.

—Por cierto —le dijo él—. ¿Has visto algo raro en el colegio?

Carla se llevó una mano a la frente al recordarlo.

—Ha sido… horrible —comenzó—. Los niños tenían miedo a Valèria.

Y a ella… creo que le gusta. Le gusta asustarlos.

Deberías haberla visto, Jan. Se paseaba por el patio con el pelo tapándole la cara.

—Se frotó el rostro en señal de preocupación y añadió—: Sinceramente, no me imagino que nadie se atreva a hacerle daño. Los niños ni se le acercaban.

—Dios mío —dijo él—. ¿Por qué demonios se comporta así?

—No lo sé —contestó ella, sin dejar de pensar en el Camello del Valle y en la Empresa—. No lo sé.

—Yo hoy he estado buscando información. Es que tengo una teoría —continuó Jan sin darse cuenta de los dilemas que tenía su mujer—.

Cuando haya encontrado lo que busco, te lo enseño todo.

—Dejó escapar un suspiro y agregó—: De momento, quizá podríamos llevarla al médico…

Ya sabes, para que le hagan pruebas. Al menos nos servirá para descartar que el problema no venga de ella misma. Siempre será mejor que no hacer nada.

—Tienes razón —dijo Carla, que tenía la esperanza de que todo se solucionaría si detenían al Camello—. Intentémoslo.