El juego del silencio Cinco días antes de la desaparición
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Cinco días antes de la desaparición

Cinco días antes de la desaparición

El sol despuntó sobre un Arcavell cubierto de escarcha. Parecía mentira cómo podía cambiar el tiempo en cuestión de días allí arriba. En una sola semana podías ver todas las estaciones del año.

El frío cortante de aquella mañana había hecho que incluso dentro de la Era Vella hubiesen vuelto a encender la chimenea y a ir con sus jerséis.

Carla, Jan y Valèria desayunaban en la mesa de la cocina, en silencio. Incapaces de decirse nada. Los padres, ahora sí, estaban desesperados. La noche anterior la niña no había querido contarles nada.

La noche anterior

La Era Vella

—Me lo he hecho jugando con Peludo —se limitó a repetir, una y otra vez, intentando restarle importancia—. Ha sido jugando a su juego.

Incapaces de arrancarle ni una palabra más de los labios, sus padres decidieron llevarla a la cama. Mientras la ayudaban a ponerse el pijama, Carla dijo:

—Hagamos una cosa, hoy duermes en nuestra cama, ¿vale?

Jan le lanzó una mirada que decía: «Me parece genial, bien pensado».

La llevaron a su cama y contemplaron cómo, en cuestión de minutos, la niña se dormía profundamente. Entonces, con movimientos pausados, entornaron la puerta y se alejaron unos metros por el pasillo.

—¿Quién demonios es Peludo? —preguntó Carla a Jan a continuación, susurrando para no despertarla.

Él negó con la cabeza y respondió, hundido:

—No lo sé. No sé qué está pasando.

Carla se frotó la cara con las palmas de las manos.

—Tenemos que llamar a la policía —concluyó—. Hay alguien que entra en nuestra casa, se come nuestra comida, guarda droga en el desván y pega a nuestra hija. ¡Esto es demasiado grande para nosotros, deben encargarse ellos!

Jan sintió que aquellas palabras se le clavaban con dolor. Carla tenía razón, no había reaccionado a tiempo y ahora aquel monstruo había adoptado una dimensión abominable.

—Pero hay algo que no cuadra —dijo Jan al cabo de unos momentos de reflexión—. ¿Por qué iba a querer alguien guardar droga en casa de otra persona?

Carla enarcó las cejas, sin comprenderlo.

—Hombre, para que la policía no lo pille con la droga en su casa —saltó—. ¡Que es lo que nos pasará a nosotros si no lo denunciamos pronto!

—No, pero esconder droga en casa de otro es correr riesgos innecesarios —adujo Jan con determinación—.

El dueño de la droga sabía que nosotros podíamos descubrirla en cualquier momento.

En todo caso, le saldría más a cuenta guardarla…

, no sé, en un descampado o en algún lugar abandonado…

Pero ¿aquí? Tenerla aquí no tiene ningún sentido; cada vez que quiere cogerla se arriesga a que lo descubramos.

Carla se dio cuenta de que tenía razón.

—¿Y por qué nos roban comida? —prosiguió Jan—. Puestos a robar, que se lleven joyas o dinero, ¿no? Pero ¿embutido? ¿Tomates? No se sostiene por ningún lado. Además, la comida enseguida se nota que la has cogido, es algo a lo que recurres a diario.

—Pues a ti te la han colado unos cuantos días —repuso Carla, resentida todavía.

—Tienes razón, lo siento —dijo él, y acto seguido frunció el ceño—. Pero no sé, Carla, creo que se nos escapa algo, y me da la sensación de que si llamamos a la policía será peor.

Carla lo observó.

—¿Por qué?

—No lo sé, es como un presentimiento —contestó Jan y, a continuación, bajó el tono—. ¿Y si fuese todo cosa de Valèria? Robar la comida y…

—¿Traficar? —exclamó Carla—. ¿Drogarse? ¿Te has vuelto loco?

—No, ya sé que no, pero ¿y si hubiese alguien que ordena a Valèria que lo haga? Alguien que la tiene bajo control… Alguien que le pega si no cumple con lo que le pide…

Carla sintió un escalofrío.

—¿Tú crees? —preguntó.

—Por eso no avisaría aún a la policía —continuó Jan—. Por si podemos poner en peligro a nuestra hija.

Carla tomó aire. Empezaba a darse cuenta de que tal vez la amenaza era mucho más grande de lo que se había imaginado.

—De acuerdo —cedió, armándose de valor—. Pero de todos modos no pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo le salen moratones por todo el cuerpo. Tenemos que hacer algo.

—Tienes razón —respondió Jan.

Carla pensó unos segundos y dijo:

—Mañana iré al colegio. Es el único momento del día en que no sabemos qué le pasa.

—Buena idea —contestó Jan, y de pronto pensó en Ilona con un punto de terror—. Sí, es posible que allí pasen cosas raras.

Al día siguiente, la familia desayunaba en silencio. Por dentro, los padres pensaban en la noche que habían pasado, con Valèria durmiendo plácidamente entre los dos. Tanto Jan como Carla habían intentado conciliar el sueño, pero les había costado mucho.

Tras desayunar, se prepararon para el nuevo día: Carla subió a su estudio para la reunión de las ocho y Valèria fue a buscar la mochila. Entretanto, Jan abrió la puerta a Ilona.

—Buenos días, guapo —le dijo esta con una sonrisa—. Oye, la foto que te pasé…

Pero Jan ni siquiera esperó a que acabara la frase.

—Ilona —la interrumpió, y con la voz apagada añadió—: Alguien ha pegado a Valèria.

Ilona se estremeció.

—¿Qué?

Jan se encogió de hombros.

—No sé, no entendemos nada, pero tiene hematomas por todas partes. —Dejó escapar un largo suspiro y agregó—: ¿Tú sabes si en el colegio hay alguien que pueda haberle hecho daño?

—Claro que no —dijo ella enseguida, y con voz dulce continuó—: No le quitamos nunca el ojo de encima. Puedes estar tranquilo.

Pero Jan no quería darse por vencido.

—¿Y no podría ser que hubiera ocurrido algún día y estuvieras despistada? ¿Algún día que estuvieses de resaca, por ejemplo?

La maestra alzó las cejas.

—¿Perdona?

—Fue la fiesta mayor, ¿no? Igual algún día ibas más cansada de lo normal.

Ilona abrió la boca.

—¿Me estás diciendo que no soy una buena profesional?

Jan se encogió de hombros.

—No, Ilona —repuso—. Solo te pregunto si has visto algo raro.

—Y de paso me llamas alcohólica.

—Eso lo has dicho tú.

La maestra se cruzó de brazos, indignada, y durante unos segundos estuvo a punto de contarle que su hija tampoco era la santa que él creía; que un día la había amenazado, en el coche, con hacerle daño si no dejaba de flirtear con él.

Pero se dio cuenta de que era mejor callarse.

—En el colegio seguro que no ha sido, Jan, te lo garantizo —respondió finalmente—. No hay nadie que pueda hacer una cosa así. Somos profesionales.

Al cabo de unos segundos, salió Valèria y la conversación se cortó en seco. Las dos se despidieron y se encaminaron al coche.

Con aquellas palabras, tanto Ilona como Jan constataron que su fuego acababa de apagarse prácticamente del todo.

Cuando se marcharon, Jan regresó adentro y se dirigió a la cocina.

Se lavó la cara con agua fría e intentó calmarse.

Se quedó unos segundos observando el patio a través de la puerta de cristal.

Miró a las gallinas; se las veía tranquilas, felices…

Y pensó que, si pudiesen hablar, seguro que contarían muchas cosas.

Como, por ejemplo, qué había ocurrido el día que su hija había recibido aquel primer golpe en la cabeza.

Y fue entonces cuando se le ocurrió una idea.

—¿Cómo ha ido con Ilona? —preguntó Carla, que justo entraba en la cocina—. Me ha parecido oíros discutir.

Jan puso los ojos en blanco.

—Dice que es imposible que haya pasado en el colegio.

Carla resopló.

—Yo no me lo creo —dijo al tiempo que se ponía el abrigo—. Pienso ir de todos modos, quiero ver cómo son los compañeros de clase de Valèria. ¿Vienes?

Pero Jan negó con la cabeza.

—Creo que no —respondió—. Quiero comprobar una cosa.

Ella se quedó mirándolo.

—¿Qué cosa?

—Te lo cuento esta tarde —dijo—. Tengo un presentimiento.

El rostro de Carla permaneció inmutable.

—Ya verás. —Jan fue hacia ella y le dio un beso en los labios—. Será mejor si cada uno investiga por su lado.

Eran las nueve de la mañana cuando Carla cogió el coche y puso rumbo a la Seu.

Se dirigió al colegio de primaria de Valèria y estacionó en el aparcamiento de delante. Hacía un día frío y ventoso. Todo parecía saturado de la misma tristeza que le calaba el corazón.

Esperó dentro del coche un buen rato, casi una hora, mirando por las ventanillas y escuchando la radio.

Cuando dieron las diez, el ruido de los niños que salían al patio la activó. Había llegado el momento.

Bajó del coche y fue hasta la reja que rodeaba el recinto. Buscó un lugar entre los árboles que había a un lado, procurando que no la viese ningún niño. Y entonces se pasó un buen rato escrutándolos a todos, en silencio, buscando a Valèria.

Y la encontró.

Con el corazón roto, vio una imagen que ninguna madre del mundo querría ver.

Su hija estuvo completamente sola todo el tiempo.

No tenía ni un solo amigo. Deambulaba por el patio sin relacionarse con nadie, y, cuando se encontraba con otros niños, estos susurraban y salían corriendo, apartándose de ella, asustados.

Y lo cierto era que Valèria tenía un aspecto inquietante: se había soltado las trenzas que le había hecho su madre antes de salir de casa con todo el amor del mundo y se había dejado caer el pelo por delante del rostro. Tapándoselo.

Carla la observó hasta que se acabó el recreo, sintiendo una gran impotencia en su interior. No lo entendía. Le habían dado todo, la habían ayudado siempre, pero era evidente que Valèria había empezado a desarrollar algunos problemas graves.

Volvió a subirse al coche y circuló por las calles de la Seu sin rumbo, pensativa.

No tenía ganas de volver a casa y ponerse a trabajar.

Tampoco tenía ganas de fingir que su vida seguía como si nada.

Solo quería despertarse de una vez por todas de aquella pesadilla.

Que volvieran a ser la familia perfecta que habían sido tiempo atrás.