El juego del silencio Doce días antes de la desaparición #2
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Doce días antes de la desaparición #2

Acto seguido, la maestra se bajó del coche e inspeccionó la magnitud del accidente.

Dio una vuelta y vio que tenía un golpe muy importante en el morro y arañazos nuevos a un lado.

Presentaba bollos considerables, pero la amalgama de raspones, grietas y abolladuras que aquel pobre coche había ido acumulando con los años hacía que, en general, no se notase demasiado.

Después, Ilona levantó la cabeza y comprobó que nadie hubiera presenciado el incidente.

Con la niebla era difícil, pero además le pareció que estaban solas.

A esas horas no solía haber ningún vecino por allí.

De modo que, como si no hubiese pasado nada, se subió de nuevo al coche, que arrancó con un quejido, dio marcha atrás y continuó hacia el colegio.

En el comedor, Jan y Carla habían empezado a trabajar uno frente al otro, cada uno atareado en su ordenador. Carla había abierto las redes sociales de GreenEnergy y, como cada mañana, había analizado las estadísticas del contenido que iban colgando.

Descubrió, para su sorpresa, que el reel que ella misma había grabado hacía unos meses estaba funcionando la mar de bien.

En aquel vídeo, de treinta segundos, salía Carla de cintura para arriba.

Mirando a la cámara y esbozando una sonrisa, decía: «¿Te imaginas una Barcelona así de verde?

» y, a continuación, aparecían varios vídeos cortos de Arcavell y de la naturaleza que lo rodeaba: los bosques, los saltos de agua, los caballos, las vacas…

Luego volvía a salir Carla, que, de broma, seguía: «Bueno…

, ¿o casi tan verde? Pues hazlo posible con GreenEnergy BCN, la única startup que trabaja por una ciudad más sostenible.

GreenEnergy, el futuro es solar. ¿Te apuntas? ».

Carla observó emocionada la gran cantidad de reproducciones y likes que había tenido; había batido todos los récords de la empresa. Hasta que, sin previo aviso, notó el pie de Jan, delante de ella, buscando el suyo bajo la mesa. Carla se rio y le respondió de la misma manera, sin dejar el trabajo.

Hicieron piececitos, como dos adolescentes, durante un buen rato, hasta que, ya desconcentrados, Jan le dijo a Carla:

—¿Cómo vas?

—Pues distraída —protestó ella—. ¡Contigo delante es imposible hacer nada!

Jan se levantó y fue a buscarle los labios con un beso tierno. Ella lo cogió de la camiseta para que no se despegase y el beso fue a más. Se echaban de menos. Desde que Valèria les había confesado que los oía, no habían vuelto a encontrarse.

Carla estaba a punto de levantarse y de proponerle que fueran a la habitación, pero en ese momento una imagen irrumpió en su mente. Durante un segundo. Fue un flash, un destello, que llevaba impresa la cara del hombre al que había visto el día anterior en medio de la plaza.

—¿Qué pasa? —preguntó Jan al ver que se echaba hacia atrás de forma abrupta—. ¿Estás bien?

—Nada, sí —dijo ella, llevándose una mano a la frente—. Nada, ya está. Vuelvo a estar un poco mareada.

Después de cenar, Carla salió a la calle a tirar la basura. La noche era fría. La oscuridad cubría el pueblo como un manto lleno de estrellas. Levantó la mirada y contempló la única constelación que reconocía, la Osa Mayor. Brillaba con más fuerza que nunca.

Aprovechó aquellos minutos de soledad para pensar y analizar la situación. Hacía dos días que tenía visiones y empezaba a preocuparse. ¿Qué demonios le estaba pasando? Lo había tenido todo bajo control durante años.

Se adentró en aquellos callejones oscuros, mientras se preguntaba qué podía haber actuado como detonante de aquel caos mental.

A su alrededor todo era calma y nocturnidad, asistía al son del Alto Pirineo.

Sus pasos resonaban por las callejuelas y se perdían más allá del pueblo mientras repasaba una y otra vez los hechos de las últimas horas.

Carla cruzó el puente, acuciada por el frío. En la lejanía empezaban a chirriar algunos grillos. Luego giró a la derecha, ajena a aquellos dos ojos que repasaban su figura de arriba abajo.

Dobló por un callejón aún más oscuro y estrecho que los demás, y enfiló el último tramo para llegar al contenedor.

Era un espacio entre dos paredes medianeras, sin ventanas, sin farolas, un lugar de tinieblas en el que nadie podía ver lo que pasaba.

Fue allí donde una sombra colosal se interpuso en su camino.

Carla ahogó un grito, consciente de que ya no tenía escapatoria.

Clavó la vista en aquella silueta gigantesca y cayó en la cuenta de que no podía ser nadie más que Florenci.

—¡Joder! —gritó ella—. ¿Quieres matarme de un susto?

El propietario de la Era Vella no retrocedió ni un centímetro.

—Tres… —empezó a balbucear—. Tres muertas.

Carla se estremeció. Pensó que nunca le había hablado directamente, aquella era la primera vez.

Hasta entonces, Florenci siempre la había rehuido, siempre se mostraba avergonzado delante de ella.

Las primeras veces que fueron a ver la casa, antes de decidir si se quedaban allí, Florenci no se había atrevido a mirarla a los ojos en ningún momento.

Todas las palabras se las dirigió a Jan.

—Tres gallinas muertas —murmuró.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, alterada.

Carla sabía que el hombre tenía algún trastorno mental y pensó que no le apetecía nada quedarse a solas con él.

—Las habéis matado —dijo él, alzando la voz cada vez más—. ¡Las habéis matado!

Carla estaba a punto de contestarle cuando Florenci hizo un gesto inesperado.

—Ven —le indicó, y giró sobre sí mismo, todo lo grande que era, para encaminarse hacia el final de las paredes medianeras.

Carla lo siguió extrañada hasta debajo de una farola, donde la luz dibujaba una aureola sobre la calle empedrada.

Allí, el Oso extendió su manaza y le enseñó un montón de trozos de plástico.

Carla, atónita, lo reconoció al instante: era la lámina que había estado recortando su hija esa mañana en el balcón.

—El corral estaba lleno —añadió Florenci—. Lo habéis tirado dentro para matarlas.

—¡No! —exclamó ella.

Entonces, una imagen extraña le cruzó la mente durante unos segundos: se imaginó a Valèria haciendo pedazos aquel plástico y lanzándolo balcón abajo a propósito, con malicia, para que las gallinas, que estaban justo debajo, se lo comiesen. Primero había roto el cristal y ahora eso.

—Es un error, Florenci —volvió a exclamar, borrando aquella idea terrible de su cabeza—. Debe de haber sido un accidente.

—Se lo han comido —repuso Florenci—. Se lo han comido creyendo que era trigo. Tres gallinas muertas.

—Tranquilo, Florenci —reiteró Carla, al ver que el hombre daba un paso hacia ella—. Tienes razón… Sí que es nuestro eso…

El Oso gruñó y volvió a avanzar.

—De acuerdo, tranquilo —dijo Carla, abriendo las manos para detener su paso—. Dime cuánto valen y te lo pagamos.

—Veinte euros por gallina —sentenció enseguida.

—De acuerdo —respondió ella—. Iré a pagártelo en cuanto pueda. Lo siento mucho, ¿me oyes? No volverá a pasar.

Poco después, Carla volvía a entrar en casa aún alterada después de aquel encuentro. Fue hacia Jan, que estaba en la cocina haciendo la cena, y se lo contó todo.

Jan estaba empezando a asustarse, Carla lo vio enseguida. Primero por los mareos que había sufrido recientemente, y ahora que Florenci hubiese estado a punto de hacerle daño era la gota que colmaba el vaso.

—Seguro que no me habría hecho nada —le dijo ella, restándole importancia—. Yo creo que es un buen hombre, en el fondo. Ya sabes cómo nos ayudó con el tema del alquiler de la casa.

Pero Jan seguía inquieto, así que Carla fue a abrazarlo. Él era así, la mayoría de las cosas le importaban un rábano, pero su familia era intocable, era el tesoro más grande que tenía. Era su tribu.

Carla lo estrechó entre sus brazos y pensó que ojalá pudiese contárselo todo. Ojalá pudiese explicarle el origen de los mareos; ojalá pudiese mirar aquellos ojos llenos de bondad y acabar con el gran secreto que los separaba desde hacía tantos años. Pero sabía que era imposible.

Quince años antes

Barcelona

Hacía mucho tiempo que no entraba en una iglesia, pensó Carla mientras corría por las calles de Barcelona. Tenía veinte años, estaba en tercero de carrera y acababa de hacer el último examen del curso. Por eso llegaba tarde.

No sabía con exactitud qué hora era, pero, al doblar la esquina, ya no tuvo ninguna duda. La entrada estaba hasta los topes. La multitud se veía apagada, la mayoría vestían de negro y guardaban un silencio tan respetuoso que, cuando Carla se acercó, le formó un nudo en la garganta.

Advirtió que la gente, de pie y apretujada, también llenaba el interior de la iglesia, extendiéndose como una marea que llegaba hasta el altar.

Empezó a disculparse y a pedir paso, metiendo los codos y el cuerpo poco a poco entre los familiares.

Tardó un buen rato, la nave era larga y profunda.

Pronto la luz que entraba por las vidrieras y el olor de las velas flotaron por encima de su cabeza.

Oyó el sonido distante de un sacerdote que leía el evangelio y, de vez en cuando, las notas del órgano.

A medida que atravesaba la multitud, atisbó lo que buscaba.

Estaba en primera fila, delante del altar.

Primero le acarició la espalda y Jan se dio la vuelta.

Tenía los ojos enrojecidos, aun así le sonrió.

Se fundieron en un abrazo largo y sentido que expresaba por sí solo todas las palabras que en aquel momento no era capaz de articular.