El juego del silencio Doce días antes de la desaparición #3
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Doce días antes de la desaparición #3

La ceremonia fue preciosa. Subieron al altar los amigos ciclistas del padre de Jan y leyeron un repertorio de anécdotas de las excursiones que habían hecho juntos: salidas por la carretera de la Rabassada, por puertos remotos del Pirineo, calambres en los gemelos, carrilleras de cerdo para almorzar, patinazos bajo la lluvia…

Al oírlas, las doscientas personas que, por distintos motivos, se habían congregado en la iglesia pudieron imaginar que el padre de Jan seguía allí, un poco, entre todas ellas, riendo, bromeando y diciéndoles adiós de forma pausada.

Carla escuchó todas aquellas historias y pensó que Jan se parecía mucho a su padre, aquel humor, aquella energía.

Lo miró de reojo durante un buen rato y acabó cogiéndole la mano.

Al cabo de unos minutos, el cura pronunció su nombre y Jan subió al altar.

La luz de las vidrieras lo envolvió y el murmullo de la gente, expectante, se hizo audible.

Entonces, delante de todos, sacó una guitarra y cogió el micrófono.

Antes de tocar, explicó, con una firmeza envidiable, que interpretaría la canción que su padre y él solían cantar en verano, cuando iban de vacaciones al camping. Era Let It Be , de los Beatles.

Con solo los primeros acordes, los ojos de todos los presentes se llenaron de lágrimas. Cada nota que emitía aquel instrumento se clavaba en el corazón de todas las personas congregadas con una fuerza terrible.

Al acabar, Jan siguió el féretro a una cierta distancia mientras, despacio, iba saliendo de la iglesia. Fuera, el día había cambiado, unas nubes negras lo habían cubierto todo y la lluvia caía en gotas gruesas.

Por la noche, Carla acompañó a Jan a casa. Por aquel entonces, él vivía con su madre en un piso pequeño, pero que de pronto se había vuelto enorme por la ausencia que reinaba en él.

Los dos jóvenes fueron a la habitación que había visto crecer a Jan, llena de pósters del Barça, y se sentaron en la cama individual. Hacía apenas unos meses que salían juntos; Carla no sabía si le incomodaba su presencia, y le preguntó si quería que aquella noche se quedase a dormir con él.

—Me encantaría —respondió Jan—. Pero has terminado los exámenes hoy… y no sé si este es el ambiente que más te apetecerá ahora mismo. —Jan la miró a los ojos y añadió—: Por cierto, ¿cómo te han ido?

—Bien. El de hoy, en especial, muy bien.

—¿De verdad? —dijo él, ilusionado—. ¡Por fin una buena noticia! Me alegro mucho.

Ella sonrió.

—Seguro que mi padre te ha enviado mucha suerte desde allí arriba, ¿sabes?

—Seguro.

—¿Y cuándo sabrás las notas?

Carla se preguntó si, en su lugar, ella estaría haciendo lo mismo o si, en cambio, estaría llorando desconsoladamente. Su padre se había suicidado hacía poco más de tres días y él le preguntaba por los exámenes.

—No hace falta que hagas eso —se le escapó, de súbito.

Jan la miró.

—¿Hacer el qué? —preguntó.

Carla dudó unos segundos si continuar o no por aquel camino pedregoso que había iniciado.

—Intentar cuidarme, o hacer que esté bien todo el tiempo —dijo, y ya lanzada, añadió—: Todos tenemos derecho a estar mal.

Jan alzó las cejas, sorprendido.

—Siempre lo haces y es muy bonito —continuó ella—. Siempre cuidas de todo el mundo. Pero también… tienes que dejarte cuidar.

Jan guardó silencio, en una pausa larga, en una nube de pensamientos, mientras reflexionaba sobre sí mismo.

—Es que quiero dejar de pensar en todo eso un rato —murmuró después—. Ha sido un día muy largo y me esperan unas semanas aún más intensas de… de duelo. —Se le quebró la voz.

Carla lamentó de pronto haber hecho aquel comentario, y estaba a punto de pedirle perdón cuando él continuó:

—Lo más duro será acompañar a mi madre, que se ha quedado sola y sigue en este piso de mierda donde todo nos recuerda a él… —Tragó saliva al darse cuenta de que ya estaba hablando de nuevo de ayudar a los demás.

Hizo un esfuerzo por pensar en sí mismo, por preguntarse qué sentía él realmente, y al final le susurró, con una voz que Carla apenas alcanzó a oír:

—Me da… Me da mucha rabia que se rindiera así… y que nos haya dejado.

Pero las lágrimas no le dejaron seguir hablando.

Ella lo abrazó, permitiendo que aquel río que brotaba, ahora sí, desde el fondo de su corazón se llevara todo el dolor que sentía. Y él lloró y lloró durante horas. Liberándose, sintiendo que por fin dejaba ir todos los fantasmas que retenía en su interior.

Carla no le había visto nunca así, siempre era Jan quien se preocupaba por ella y quien se hacía el fuerte por los dos. Sin embargo, en aquella ocasión fue ella quien cogió el timón y lo ayudó a navegar, a su lado, hasta que la tempestad amainó.

Un par de horas más tarde, Jan se enjugó las lágrimas y dijo:

—Gracias. Es la primera vez que lloro desde que mi padre no está.

Y, al ver que ya era plena madrugada, se tumbaron en la cama e intentaron dormirse abrazados.

Carla lo observó largo rato mientras respiraba cansado, y supo que Jan era la persona más buena que había conocido nunca.

Admiraba de todo corazón aquella capacidad que tenía para cuidar siempre de todo el mundo.

Había estado con otros chicos antes, pero con ninguno había sentido lo mismo que sintió con Jan aquella noche. Lo sintió dentro de ella, como si fuera una bombilla verde que se encendía, como una vocecita que le susurraba que aquel chico sí sería capaz de pasar el resto de su vida a su lado.