El juego del silencio Doce días antes de la desaparición
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Doce días antes de la desaparición

Doce días antes de la desaparición

Aquella mañana, toda la familia Costa se levantó muy temprano.

La noche anterior, Carla había sido la primera en irse a la cama, aduciendo que aún la afectaba el mareo.

En realidad, eran la ansiedad y la angustia, que se elevaban en su mente en oleadas ominosas.

Se había pasado toda la noche revolviéndose entre las sábanas, preguntándose una y otra vez si el hombre al que había visto era él o no.

Antes de la reunión de cada mañana, Carla decidió ir a ver a su hija. Lamentaba haberse acostado antes que ella y no haberle dado las buenas noches. Sorprendentemente, la encontró en el balcón que daba al patio, un espacio que casi nunca utilizaban.

Carla abrió la puerta de cristal y al salir vio que fuera se estaba genial. Debido a que se encontraba en la parte posterior de la casa, el sol aún no lo tocaba y un vientecillo suave le acariciaba la piel. Justo debajo, se oía a las gallinas de Florenci, que cacareaban.

—Buenos días, cariño —le dijo su madre.

Valèria estaba en el suelo del pequeño balcón, atareada con algo. Cuando su madre se le acercó para darle un beso en la cabeza, descubrió que recortaba un plástico de color amarillo con unas tijeras.

—Cuidado, no te cortes, ¿eh? —le dijo alarmada—. ¿No deberías estar preparando la mochila? ¿Qué es eso?

—Estoy haciendo una figurita —respondió la niña—. Es un regalo, mira. —Y le enseñó el plástico con forma de persona que estaba creando.

—Qué bonito. ¿Un regalo para quién?

—Para mi nuevo amigo —contestó Valèria sin inmutarse, y volvió a recortar.

—Ah, ¿sí? —dijo Carla con curiosidad—. ¿Y quién es tu nuevo amigo?

Valèria giró la cabeza para mirarla a los ojos y puso mala cara.

—Es que… no quiere que hable de él.

—Por favor… —insistió su madre—. No se lo contaré a nadie.

Valèria se lo pensó.

—Vale —respondió finalmente, y luego susurró—: Me ha dicho que lo llame Peludo.

Carla enarcó las cejas.

—¿Peludo? ¿Y dónde lo has conocido? ¿En el colegio?

—No. —La niña se encogió de hombros—. Aquí, en casa. —Y acto seguido se puso a recortar de nuevo.

Carla se quedó unos segundos sin palabras.

—Valèria —dijo, seria—, ¿cómo que en casa?

Valèria asintió con la cabeza sin dejar de trabajar.

—Sí… Vino a mi habitación anoche, cuando tú dormías.

Carla abrió la boca. No entendía nada. Hasta que, de repente, Valèria soltó una carcajada.

—Es un juego, mamá —añadió—. ¡A Peludo solo puedo verlo yo!

Carla también esbozó una sonrisa y comprendió que era un amigo imaginario.

—¿Y ahora está aquí? —preguntó al aire—. ¡Hola, Peludo! ¿Cómo estás?

Valèria soltó una risa traviesa.

—Creo que Peludo se ha ido —dijo, y volvió a recortar tranquilamente—. A lo mejor te lo presento algún día. Es que es un poco vergonzoso, ¿sabes?

A unos cuantos kilómetros de aquel balcón, Ilona se levantaba con una resaca monumental.

La tarde anterior, después de dejar a Valèria en su casa, había ido a la plaza de Arcavell y la había encontrado de lo más engalanada.

La mayoría de los que habían estado decorándola ya habían vuelto a casa, pero todavía quedaban cuatro conocidos.

Sin pensárselo dos veces, Ilona fue a sentarse con ellos y estuvo bebiendo pacharán hasta las cuatro.

Al día siguiente por la mañana, se levantó sintiendo que toda la juventud se había evaporado de su cuerpo, y lo peor era que tenía que ir a trabajar.

Con una dificultad enorme, la maestra consiguió salir de la cama y meter los pies en las pantuflas.

No obstante, cuando se irguió, sintió que toda la habitación daba vueltas.

Pero Ilona mantuvo la calma, no era la primera vez que se veía en esa situación.

Fiel al protocolo que había elaborado con el tiempo, se dirigió despacio hacia la cocina, con los ojos entrecerrados y tanteando las paredes, hasta que encontró la botella de ratafía.

Entonces la destapó y brindó consigo misma.

—A grandes males, grandes remedios —declamó. Y se amorró a la botella.

A las ocho y media, Carla se había recluido en su estudio y había empezado la reunión de cada mañana.

Mientras, Valèria y su padre esperaban fuera, en la calle, a que la maestra apareciera.

Contemplaban un día gris y frío. La niebla iba instalándose entre las casas de Arcavell, cubría las chimeneas y engullía las fachadas.

La calle, desierta, mojada por el rocío, permanecía en un silencio que solo se atrevía a romper el repique ocasional de algún cencerro.

Jan miró el móvil y pensó que quizá Ilona se había olvidado. Esperaría diez minutos más y, si no llegaba, llevaría él mismo a la niña al colegio. Pero, justo después de contemplar esa posibilidad, el Peugeot 206 apareció en lo alto de la curva con la estridencia habitual de su motor.

La maestra se detuvo delante de ellos, alterada y con prisas. Aquella mañana, Ilona no se bajó del coche ni le buscó la mirada con la dulzura del día anterior. Todo lo contrario. Saludó rápido a Jan con la cabeza, sin soltar el volante, y evitó el contacto visual todo lo posible.

—¡Vamos, Valèria! ¡Deprisa! —gritó desde el coche—. ¡Que me he dormido! ¡Y aún tengo que preparar la clase!

Segundos más tarde, las dos salían disparadas hacia la Seu d’Urgell.

Jan entró en casa. En la mesa del comedor se encontraba Carla, que ya había acabado la reunión. Se había preparado un café y estaba trabajando en el ordenador con las gafas puestas. Al verlo entrar, miró el reloj.

—Qué tarde ha llegado hoy Ilona, ¿no?

Jan puso los ojos en blanco.

—Fatal —admitió. Hizo una pausa mientras se le acercaba y le dijo—: ¿Qué tal te encuentras?

—Pues creo que mejor. He pasado una noche un poco inquieta, no sé si fue algún virus estomacal o qué, no me había pasado nunca.

—Quizá sea vértigo. Es bastante común… Podrías ir al médico para que te eche un vistazo, no estaría mal.

Pero Carla, que sabía perfectamente lo que le ocurría, se apresuró a cambiar de tema.

—Sí, si vuelve a pasarme pediré hora. Por cierto, ¿trabajamos juntos hoy? —le preguntó con una sonrisa.

Jan se fijó en la mesa y entendió por qué se había instalado allí abajo y no en su estudio.

—Me encantaría —respondió.

Se dieron un beso breve y Carla empezó a apartar los cuadernos y bolígrafos que tenía esparcidos para que se sentase delante de ella.

En el coche, Ilona conducía en una nube etílica de felicidad y autoestima.

Con la radio a todo volumen y cantando cada canción como si le fuese la vida en ello, la maestra recorría las calles del pueblo a toda pastilla, prácticamente como si estuviese dentro de un videojuego.

La niebla era densa, pero se conocía cada rincón de Arcavell como si fuese una extensión de su propio organismo.

En el asiento de atrás, una Valèria divertida por el espectáculo matinal se agarraba a la sillita con las dos manos para no perder el equilibrio mientras el Peugeot rugía cada vez más fuerte.

En el asiento del acompañante, el móvil de la maestra iba de un lado al otro, a merced de cada curva.

De pronto se iluminó y en la pantalla apareció, grande y centrado, el símbolo inequívoco del amor.

Ilona acababa de hacer match . Al oír la melodía que lo indicaba, la maestra, sin aflojar la marcha, retiró una mano del volante y cogió el aparato, emocionada de ver cómo sería el hombre que acababa de caer en su telaraña virtual, compuesta de fotos en biquini en la playa de cuatro años antes.

En el momento en que abrió su perfil, el Peugeot se salió de la carretera y fue directo hacia un terraplén que tenía una caída de diez metros.

Cuando el coche abandonó el asfalto, empezó a pisar las piedras del lado del camino y todo él se puso a traquetear con violencia.

Ilona comenzó a chillar, pues vio que iban directas al precipicio.

Dejó el móvil y cogió el volante con ambas manos, intentando girar con todas sus fuerzas, al tiempo que pisaba el pedal del freno hasta el fondo.

El coche derrapó por encima de la hierba mojada, totalmente fuera de control, hasta que se estampó contra algo sólido que lo detuvo en seco.

Ilona tardó unos segundos en darse cuenta de que lo que había detenido la caída era el porche de madera que había en la entrada del pueblo. A continuación, debido al impacto, las maderas del techo se desplomaron con un estrépito terrible.

Con el derrumbe, la moto que había debajo, la de Jan, se vio empujada por la columna cuando esta venció y, al estar cerca del terraplén, Ilona vio perfectamente cómo se precipitaba de arriba abajo y desaparecía ante sus ojos.

—Madre de Dios —exclamó.

Entonces una descarga de adrenalina irrumpió en sus venas y se puso a hiperventilar. Habían estado a punto de morir, pensó, se habían salvado por los pelos.

Luego se volvió hacia Valèria. La niña seguía sentada en la sillita.

Aparentemente ilesa. Le buscó sangre o cualquier rastro del accidente con la mirada, pero parecía encontrarse bien.

De hecho, no paraba de reírse, ajena al peligro de muerte que habían corrido.

Tampoco daba la impresión de haberse percatado de que la moto de su padre acababa de caer por el barranco y de que a esas alturas debía estar hecha puré entre las rocas.

La maestra, que seguía borracha, decidió impostar una sonrisa.

—¿Nos hemos despertado o no, Valèria? ¡Es que esta mañana tenías una cara de dormida que no veas, chica! He pensado: monta un numerito, porque ¡si no se pasará el viaje roncando!

—¡Otra vez! ¡Otra vez! —gritaba Valèria, fuera de sí, dando golpes con las manos y los pies.

—A ver, si te portas bien, luego igual repetimos —respondió Ilona, rezando porque no volviera a pasar nunca por una experiencia semejante.