El Juego de Mefistófeles Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Justo en medio de la primavera, los árboles se veían más verdes y exuberantes; algunas flores silvestres se asomaban traviesas entre ellos y los trinos de los pájaros eran cautivadores; sin embargo, en aquel momento no tenía tiempo para contemplar a gusto aquel espectáculo.

¿Habría osos o lobos en aquella zona de bosque?

Lo más probable fuera que no, ya que no habían escuchado rugidos en toda aquella semana y no se notaban sus huellas.

Luego de media hora de caminata, al fin llegó a la carretera, donde hizo autoestop por unos minutos, sin tener suerte en las dos primeras ocasiones.

Oriana se rio internamente por unos segundos, ya que si ella estuviera en el lugar de los pocos conductores que circulaban por allí, también seguiría de largo. Ella iba con el pelo aún a medio secar, la ropa estrujada y ajada y un aspecto que en general no inspiraba confianza a nadie.

¿Sería aquello una señal? ¿Estaba todo el universo conspirando contra su relación con Sandro? Jamás había compartido aquellas ideas, pero nunca se sabe.

Finalmente logró su cometido: dos granjeros que transportaban sus coles y zanahorias hacia un almacén en Towson le hicieron un lugar detrás; iba incómoda entre cajas de aquellas hortalizas, pero nada de eso le importaba en aquel momento; ni tampoco el hecho de estar transportando una pequeña fortuna en su bolso, nada que no fuera la noción de encontrarse cada vez más cerca de Sandro.

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Luego de agradecer a los granjeros al llegar a Towson, Oriana no perdió un minuto en dirigirse a la estación de autobuses.

Ya de camino hacia Baltimore, Oriana reflexionaba en cómo para cualquier otra persona que no estuviese en sus zapatos, aquellas dos horas llenas de incidentes y peripecias le habrían cambiado la perspectiva, pero en su caso no hacían más que incrementar su determinación; como si se tratara de una prueba más de la solidez de sus sentimientos.

Al llegar a Baltimore, tuvo sensaciones aún más extrañas que durante su traslado allí.

La propia ciudad donde había vivido durante más de diez años le parecía ahora totalmente ajena a su experiencia, como si hubiera llegado allí por primera vez; como si la propia ciudad también respondiera a su urgencia.

Aquellos eran los mismos lugares por los que transitaba en bus durante todos aquellos años, pero simplemente no parecía reconocerlos.

Finalmente llegó a su destino: las oficinas locales del FBI.

Apenas podría contar todo lo que tuvo que explicar solo para que la dejaran entrar en recepción, en medio de protocolos y filtros de seguridad.

Allí no había ningún elemento decorativo, excepto alguna que otra planta de interior. Era el típico ambiente de oficina estatal.

—¿A quién dice que busca, señorita...? —preguntó el joven.

—Soy Oriana Vance y busco a Brian Masterson —explicó ella muy calmadamente.

El joven marcó un número.

—¿Quién le autoriza? —preguntó al rato.

—Sandro Bruzzo —fue la escueta respuesta que obtuvo de labios de Oriana.

Nuevamente el joven tomó el auricular.

—Puede pasar —indicó al rato.

Después de dejar su carnet de identidad y pasar por el identificador biométrico y otro detector de armas, Oriana por fin se vio en el ascensor, de camino a la oficina de Masterson.

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—Me temo que el paradero del señor Bruzzo es clasificado —escuchó decir a Masterson con su parsimonia habitual.

Oriana apretó los labios. ¡No podía ser que tanto esfuerzo fuera en vano! ¡Perdería a Sandro para siempre! A menos que...

Oriana ensayó en Masterson su mirada más intimidante y directa.

—Señor Masterson, Sandro Bruzzo es un fugitivo y yo soy técnicamente una de sus víctimas —expresó—. ¿Qué tanta inmunidad tendría el FBI si yo acudiera a otras instancias? Podría al menos armar un alboroto que no convendría a nadie.

Masterson parecía reflexivo.

—Aeródromo ejecutivo de Martin State —anunció Masterson—. Será escoltada desde aquí.

Ya se había vuelto, cuando escuchó nuevamente a Masterson a sus espaldas.

—Ambos negaremos este encuentro —le escuchó decir.

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El operativo que la condujo hasta el aeródromo era aún más reservado que lo típico en los agentes del gobierno, lo cual a Oriana le venía de perlas en aquel momento, ya que no se encontraba en ánimos de dialogar.

Los cuarenta minutos de recorrido le parecieron dilatarse infinitamente, cual si se tratara de alguna paradoja espacio-temporal. Veía todo como en cámara lenta: el vehículo, el operativo en su traje, el paisaje en la ventanilla.

Llegaron entonces a una amplia explanada, donde ponía “Aeródromo de Martin State”. Aún desde la ventanilla vio algunos jets que se encontraban aquí y allá; solo uno estaba presto a despegar. ¿Cómo sabría si sería el suyo? En aquel momento no se encontraba para racionalizar nada.

En circunstancias distintas, a Oriana le hubiera sorprendido su propia actitud.

Por poco se asfixia con el cinturón y el agente tuvo que ayudarla con la portezuela. Corriendo sobre el pavimento de la pista, le alcanzó a ver de espaldas subiendo los peldaños de la escalerilla.

Por primera vez en su vida sentía como si la voz le faltara.

—¡Sandro!

Él permanecía de espaldas, pero sin moverse un milímetro.

¿Sandro indeciso? ¡Vaya! ¡Vivir para ver!

—No tendremos otra oportunidad —le gritó.

¡Qué dramática! Se iba a Italia, no a Andrómeda.

—¿Tampoco de arrepentirnos? —preguntó Sandro, aún sin volverse.

El viento ondeaba el pelo azafranado de Oriana.

—Quizás —aventuró Oriana—, pero te aseguro que, al menos de mi parte, no será esta.

Aquello era todo lo que Sandro necesitaba escuchar.

Se volvió y Oriana contemplaba su perfil como si fuera la primera vez: su dorado cabello revuelto, sus ojos ambarinos, su barba incipiente, su amplio y sonriente rostro. Su cuerpo de padre soltero de mediana edad.

Recorrió los peldaños de vuelta con su calma habitual, pero su fachada se le hizo añicos al tenerla en frente. ¡Demonios! ¿Por qué no podía ser tan dueño de sí como siempre ante ella?

Sus ojos estaban acuosos, tanto que no pudo resistir echarse en sus brazos como un niño pequeño que esperara a su madre luego de un largo viaje. Ella le retuvo allí, llorosa también.

Se había quedado sin palabras.

—No digas nada, el momento es suficiente.

A Sandro apenas le salía la voz.

—Oriana —su nombre sonaba casi musical en su voz rota—, no imaginas cuánto temí...

Ella lo interrumpió con un dedo en sus labios.

—No soy el indicado para ti —negó, enjugando sus lágrimas.

El piloto apremiaba desde la puerta. Sandro extendió la mano en su dirección.

—Me parece, querido, que esa decisión no te corresponde —expresó.

—Vamos adentro, tenemos mucho que contarnos de camino a Italia —añadió, conminándole a subir la escalerilla junto a ella.

A Sandro le parecía que cada peldaño que subía no fuera hacia aquel jet, sino hacia el cielo.

En el último peldaño, Oriana recordó algo.

—¿En qué lo reinvertiremos? —expresó, exagerando la duda, al devolverle los billetes.

Sandro soltó una risa.

—Tú mandas, cara mía —expresó—. ¡Aunque no debes acostumbrarte!

********

Martínez se acariciaba la barbilla.

—Supongo que hay una razón tras una decisión tan… inusitada —comentó, cauto.

Entonces Masterson hizo algo que Martínez no le había visto hacer desde que lo recibió por primera vez en aquella oficina.

Abrió el sobrio y discreto armario lateral de fórmica y sacó de allí aquella prolija licorera y dos vasos, haciendo luego los honores.

—¿De qué ocasión se trata, señor? —comentó Martínez, recibiendo el vaso.

Masterson dio un largo sorbo a su trago.

—¿De qué forma es más probable que se pierdan sus llaves: si las tiene dispersas o en un llavero?

Martínez reflexionó apenas unos segundos; luego asintió al captar el sentido.

—Parece entonces que esa joven nos ha vuelto a salvar el día.

—Así parece, Martínez —concedió Masterson—. Lo demás no es de nuestro interés.

Masterson elevó su vaso y lo chocó con el suyo.