Epílogo
Aquella era una más de las encantadoras y soleadas tardes en el paisaje isleño de Capri, con sus coquetos hotelitos boutique alineados en torno a la tranquila costa mediterránea.
Eran en su mayoría edificios de líneas rectas y en colores pastel, algunos con algo de mampostería.
Cientos de veleros surcando aquellas verdiazules aguas completaban aquel idílico paisaje isleño del Mare Nostrum.
Uno de aquellos hotelitos destacaba por su nombre particular, Sandroria, pero su nombre no era la única novedad, sino su concepto; no era un hotel familiar, tampoco era un alojamiento para parejas: era un hotel y spa especializado en despedidas de solteros.
Por supuesto, allí también tenían que arreglárselas para navegar por entre las sinuosas aguas del sistema legal sin ahogarse.
En la oficina, un relajado Sandro, cincuentón desde hacía ya unos meses, completaba algunas llamadas relativas a la logística del negocio, mientras contemplaba con los ojos entornados la imagen de su boda sobre su escritorio: Oriana más radiante que nunca, en aquel fabuloso vestido de organdí y él de tuxedo negro con solapas rojas, perdido en su mirada; los invitados salían de aquella capilla de San Leo, en su Romagna natal, pregonando que eran los novios más guapos que jamás hubieran visto.
Cerca del mediodía, Sandro recibió una visita en su despacho. Se recostó aún más en su sillón, mirando a su mujer entrar, con los ojos entrecerrados para verla como en un filtro de ensueño.
—¡A trabajar, flojo! —exclamó Oriana en un italiano razonablemente comprensible.
Sandro le sacó la lengua.
Se había dedicado a aprender casi desde el inicio de los dos años que llevaba allí y ya casi lo dominaba; claro, es que tratándose de Oriana nada era imposible: no había obstáculo que lograra cruzarse en su camino y saliera indemne.
Oriana era su socia en el negocio a partes iguales; era ella quien se entendía con las chicas y con todo el funcionamiento interno del local, mientras que Sandro manejaba la parte administrativa.
Habían pensado seriamente en dejar todo aquello cuando llegaron allí, pero no: la tentación era superior a sus fuerzas; estaban tan hechos a sus antiguas vidas que ninguno de ellos podía ya estar sin siquiera una pequeña nota de color y riesgo en ella; la zona gris los definía tanto que ya no podían estar fuera de ella.
Ahora bien, Sandro había decidido ya dejar de colaborar con la justicia de manera encubierta, y no solo por el bien de ellos dos.
—¿Y cómo ha amanecido hoy nuestra pequeña fierecilla?
Se refería, por supuesto, a Camilla, que a veces les recordaba su pronta llegada con pataditas matutinas. Por suerte, todo iba bien con las revisiones.
—Inquieta y temperamental —comentó Oriana, sosteniendo la velluda mano de Sandro sobre su vientre—. ¿De quién lo heredará?
Ambos se miraron y soltaron una carcajada.
—Debemos parar, por ella —decía una vez más Oriana.
—Ya veremos qué pasa más adelante... —respondió Sandro, de la manera acostumbrada.
Oriana hizo un gesto de resignación; aunque por ambos, ya que ella tampoco se decidía.
—Hablé con mi madre esta mañana, envía saludos —expresó.
—Alguno de estos días podríamos invitarlos —propuso Sandro.
Oriana asintió de manera gestual, aunque no se los imaginaba allí.
—Yo también he tenido una llamada interesante hoy —comentó Sandro—. ¿A que no adivinas de quién?
Oriana propuso algunos nombres, pero no atinaba.
—Era Brendy, se ha establecido en Los Ángeles.
Oriana le sonrió levemente.
—Bien por ella —comentó—. Salúdala de mi parte la próxima vez que hablen.
Luego de que la conversación se extinguió, tras repasar los pendientes del día, se perdieron uno en la mirada del otro por unos segundos; todavía hacían eso muy a menudo, como un par de adolescentes.
—Ven aquí —pidió Sandro, tirando suavemente de ella.
Oriana colaboró para quedar presa de sus brazos sobre el sillón.
—¿Qué sería de mí sin ti? —comentó Sandro, acariciando su rostro.
—¿Quieres averiguarlo? —inquirió Oriana, adoptando un gesto de intriga.
Sandro soltó una carcajada.
—Y a propósito de dependencias... he recibido noticias muy interesantes de cómo terminó lo de Baltimore —expresó.
—¿Cómo terminó? —inquirió Oriana, con gesto de fastidio.
—Remataron el Black Rose y también mi mansión y, con ello, establecieron un fondo de indemnización para las chicas —explicó—; naturalmente, la peor parte me la llevé yo: si vuelvo a pisar EE. UU., termino en una prisión federal. Phillips fue destituido y enfrentará juicio próximamente.
Oriana lo miró sugerente.
—Apuesto a que te hubieras visto sexy con el uniforme naranja.
Sandro la pinchó en los flancos; ella reía.
—¿Y lo mío? —la escuchó preguntar.
—El fiscal retiró tu citación y alguien más testificó en tu lugar, creo que otra de las muchachas.
Oriana se acurrucó aún más entre sus brazos.
—Eso quiere decir que todo concluyó.
—En EE. UU., aquí ya veremos —expresó Sandro, pensativo.
Un discreto pero insistente sonido de claxon los sacó de su breve momento de intimidad. Sandro fue a asomarse a la ventana de su despacho.
—¡No me digas! —comentó Oriana, haciendo una mueca.
Sandro asintió también con un leve gesto de contrariedad.
Habían quedado, desde su partida de Estados Unidos, en no ocultarse nada.
********
Sandro bajó a la calle y subió a su Alfa Romeo azul metálico, dispuesto a seguir a quien quiera que condujera aquel coche negro.
Circulaban ambos por aquellas estrechas callejuelas empedradas, surcadas de casitas de dos niveles con ventanas de madera, celosías y parterres de flores, hasta que el vehículo que precedía a Sandro se detuvo en una trattoria de la calle principal.
Sandro también aparcó allí; debía admitir que tenía buen gusto, el servicio allí era excelente.
Sandro entró y tomó asiento en una mesa, frente a un hombre larguirucho, de unos sesenta años, que le había hecho una discreta seña.
—Señor Fierezze, como siempre, me impresionan sus modales —expresó Sandro.
—El placer es mío, signor —comentó el interpelado, haciendo una discreta reverencia con la cabeza—. Capri es una excelente opción para retirarse.
Sandro pidió la carta de vinos, consciente del verdadero sentido de sus palabras, pero sin hacérselo notar.
—Es muy buena la idea que ha tenido —comentó el señor Fierezze—, muy original, le auguro mucho éxito con este concepto.
Sandro tomó uno de los palitos aderezados con parmesano de la cesta sobre la mesa, tendida con el típico mantel rojo a cuadros.
—Así es, le da a los pobres desgraciados la oportunidad de ver qué tanto se están perdiendo antes de cometer el gran error de su vida.
Ambos rieron discretamente.
—Baltimore también es un excelente lugar.
Sandro no mostró ningún gesto de sorpresa.
—Ya sabe, debemos evolucionar.
El señor Fierezze acomodó sus gemelos.
—La evolución es un fenómeno muy interesante, señor Bruzzo; siempre ocurre por presión del ambiente —comentó— y suele favorecer al más apto.
—Lo del más apto depende del ambiente; los dinosaurios eran antes los más aptos, hasta que unas criaturas en apariencia débiles y pequeñitas, llamadas mamíferos, los reemplazaron —comentó Sandro, sonriendo.
El camarero llegó con el vino y empezó a acomodarlo junto a ellos, con las copas, retirándose después de descorchar.
—¿Me permite hacer los honores?
Sandro hizo un gesto cortés con la mano.
—He escuchado que espera una hija —comentó Fierezze, escanciando el vino en la copa que le pasó Sandro.
—Caramba, llevaba tanto tiempo fuera de Italia que no había caído en cuenta de lo pequeña que es —bromeó Sandro, tomando la copa de sus manos.
Ordenaron antipasto de camarones y raviolis; aquello casi parecía una cita.
—Los niños son el futuro y los padres deberían permanecer con ellos físicamente para que así sea.
Sandro apenas se inmutó.
—Siempre y cuando sus padres sean fuertes y listos, no hay ningún inconveniente.
Ninguno de los dos había variado la inflexión de su voz; sin embargo, el aire allí se podía cortar con un cuchillo.
El camarero trajo los platos.
—Cuando uno tiene quien le importe tiende a volverse más... vulnerable.
Sandro probó sus raviolis.
—¿Se enteró usted, de casualidad, señor Fierezze, de la lamentable pérdida de Merritt y sus hombres y la peculiar manera en que ocurrió?
—Sí, una tragedia, sin duda —se lamentó Fierezze—, y a la vez solo un giro de la fortuna.
Sandro sonrió ampliamente.
—La fortuna solo favorece a los audaces, señor Fierezze.
El señor Fierezze se incorporó apenas habiendo tocado su antipasto y pagó la cuenta.
—Un placer, señor Bruzzo, no esperaba menos de usted —comentó.
—Y algo más que espero: que Capri siga siendo un lugar tranquilo para usted y su familia.
Sandro alzó su copa.
—Y para La Organización también.
Algunos parroquianos entraban y otros se retiraban; un grupo de turistas era acomodado en sendas mesas.
—Pruebe el postre, le recomiendo la casata de vainilla, piña y frambuesa o los duraznos al coñac —comentó Fierezze—, esta casa es famosa por ellos.
********
—¿Lo pusiste en su lugar? —inquirió Oriana mientras tomaban el fresco en el balcón, frente a las tranquilas aguas.
Sandro acariciaba su mano.
—Eso espero.
Un gesto sombrío cruzó el rostro de Oriana.
—Dime que todo esto culminará algún día.
Sandro suspiró y permaneció callado en la contemplación de los veleros y yates.
—De eso no podemos estar seguros —comentó finalmente—, pero lo que sí sé es que el futuro dependerá de nuestra fortaleza y nuestra unión.
Y siguieron allí frente a los céfiros del Mediterráneo, dueños de sus silencios, de sus inquietudes, de sus alegrías, su amor y de un futuro tan incierto y caprichoso como las aguas que tenían delante.