Capítulo 8 #2
—Necesito que garanticen protección a Oriana Vance.
El silencio al otro lado se prolongó unos segundos.
—¿Eso es todo? —preguntó Masterson.
—Por ahora.
Hubo un leve chasquido, como si el agente acomodara el auricular.
—Podemos ofrecerle algo parecido a protección —dijo finalmente—, aunque no en los términos que usted imagina.
Sandro frunció el ceño.
—Explíquese.
—La señorita Vance ya está… en ciertos radares —respondió Masterson con cautela—. Digamos que su situación no ha pasado desapercibida para algunas agencias.
Sandro sintió cómo algo frío se instalaba en su estómago.
—¿Y eso qué significa exactamente?
—Significa —continuó Masterson— que, mientras usted permanezca fuera del mapa, probablemente ella también lo estará.
Otra breve pausa.
—Pero si alguno de los dos decide reaparecer… digamos que muchas miradas volverán a interesarse en ustedes.
Sandro comprendió el mensaje. No era protección, era observación.
—Entonces manténgalos mirando en otra dirección —respondió finalmente.
—Eso, señor Bruzzo —dijo Masterson con una calma que no prometía nada— es algo que usted tendrá que ayudarnos a conseguir.
La línea quedó en silencio un instante más; luego la llamada se cortó.
Sandro bajó el teléfono lentamente.
El viento movía las copas de los árboles sobre su cabeza; permaneció allí unos segundos, apoyado en la encina, mirando la cesta con los champiñones en el suelo.
Finalmente la recogió.
Oriana lo estaba esperando para la sopa, y al menos por ahora, eso tendría que bastar.
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—Es la mejor sopa de champiñones que he probado en mi vida —comentó Oriana, sorbiendo las últimas cucharadas.
Sandro era un excelente cocinero, pero en realidad ambos habían colaborado en aquella maravilla culinaria.
Oriana tenía la cabeza reposada sobre su regazo y una mano descansando sobre su propio estómago, satisfecha.
—Haces sopas como una abuelita —lo elogió con una sonrisa perezosa—. Hasta podría acostumbrarme a esto el resto de mi vida.
—¿Podrías?
Sandro se quedó inmóvil un instante, como si aquella frase hubiera sido más de lo que esperaba oír.
No sabía si aquello significaba un leve atisbo de proyecto en común y, de ser así, ¿no se estaría Oriana mintiendo a sí misma?
Hasta hacía apenas una semana, tenía demasiadas dudas razonables, y ahora se mostraba de aquella manera.
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El sol se filtraba por debajo de los párpados de Oriana, pintando un panorama de intenso carmesí dentro de su cabeza.
Volteó el rostro hacia un lado y, aún con los ojos cerrados, buscó por instinto la calidez del cuerpo de Sandro a su lado en la colchoneta.
La ausencia la hizo abrir los ojos de golpe.
Permaneció quieta unos segundos, obligándose a serenarse. Tal vez había salido a cortar leña… o a buscar más hierbas silvestres.
Sí, sin duda debía ser eso.
Ya iba a recostarse de nuevo cuando notó una hoja de bloc cuidadosamente doblada bajo las sábanas.
Movida por una aguijoneante corazonada, la desdobló ansiosa.
Mi muy amada Oriana:
Eres la mujer más maravillosa que he conocido en mi vida: fuerte, valiente, decidida, inteligente… Quizás ni siquiera podría terminar de enumerar tus virtudes si lo intentara.
Antes de conocerte yo era como un gato ciego, lanzando zarpazos aquí y allá sin entender del todo la amenaza que tenía enfrente ni medir las consecuencias de mis actos.
Pero tú me enseñaste a valorar a las personas y a asumir responsabilidad. Y también me enseñaste algo aún más importante: me enseñaste a amar… o, mejor dicho, a amarte.
Y es precisamente por esa razón que hoy debo tomar esta decisión. Una decisión que me desgarra por dentro al escribir estas líneas, quizás más de lo que a ti te costará leerlas.
Puedo amarte en el presente, sí. Pero no soy dueño de tu futuro. No siendo quien soy ahora, ni después de todas las heridas que he causado.
Lo único congruente para mí —la única forma en que puedo seguir adelante sin lastimar a nadie, sobre todo a ti— es continuar como el lobo solitario que siempre he sido.
Bajo las sábanas no solo encontrarás esta carta, sino también lo suficiente para volver a tener una vida en Baltimore… o donde quieras.
No te preocupes por las personas que nos seguían. Ya tienes toda la protección que necesitas. Además, es a mí a quien quieren.
A partir de ahora, la amistad será nuestro único vínculo. Y si algún día volvemos a encontrarnos… será eso lo que celebremos.
Si ese día llega, espero que sea cuando ya no tengas que huir por mi culpa.
Tuyo siempre,
Sandro Bruzzo
A Oriana le temblaban las manos mientras sostenía la hoja de bloc.
No lo podía creer.
Tuvo que releerla una segunda vez, y luego una tercera, como si las palabras pudieran cambiar de sentido si las miraba el tiempo suficiente.
No cambiaron.
Apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula le dolió y, de pronto, rompió la carta en pedazos.
Los trozos de papel cayeron sobre la colchoneta como una pequeña lluvia blanca.
Entonces sus ojos se anegaron y ya no pudo contenerse más. Lloró largamente, con el rostro hundido entre las manos, dejando salir todo lo que había estado conteniendo desde que había empezado aquella pesadilla.
No sabía cuánto tiempo pasó, pero cuando por fin levantó la cabeza, tenía el rostro atravesado de lágrimas y la respiración todavía entrecortada.
Y entonces, sentada allí en la colchoneta, tuvo un momento de lucidez.
¿No era eso, después de todo, lo que había querido desde que comenzó todo aquello?
Que terminara, que la pesadilla terminara, y que su conclusión incluyera a Sandro saliendo de su vida.
Sí.
Sin duda.
Se repitió aquello varias veces, tratando de convencerse, de imprimirse seguridad.
Volvería a Baltimore y empezaría de nuevo.
No tenía dinero, es cierto… pero tenía derecho a tomar aquello que Sandro le había dejado. Después de todo, no sería una dádiva.
Sería una compensación.
Buscó bajo las sábanas y encontró el paquete de billetes.
Los contó con dedos todavía temblorosos.
Doscientos mil dólares.
Lo suficiente para empezar de cero, donde quisiera.
Miró nuevamente los billetes en sus manos. Jamás había tenido una suma así, ni siquiera en sus mejores rachas como escort o trabajando en el propio club de Sandro.
Pensó entonces en todos los años que tendría que ahorrar, en toda la disciplina que habría necesitado, en todo aquello de lo que habría tenido que privarse para alcanzar una suma como aquella.
Como aquella que tenía ahora, justo en sus manos.
Se acabaría el pagar alquileres. Podría comprar un pequeño departamento o tal vez un bungalow modesto. Quizás incluso le sobrara algo para amueblarlo con lo básico.
Con un poco de suerte, y algunas recomendaciones de su hermana —con la que apenas se comunicaba—, podría conseguir un trabajo de cajera.
Y empezar a vivir una vida digna.
Como las personas que no tienen que esconderse.
Ni temer.
Una vida normal.
Se repitió aquello una y otra vez, como un mantra.
Una vida normal.
Pero cuanto más lo repetía, menos sentido parecía tener.
¿Cuándo había sido normal su vida?
¿Cuando su padre se marchó una tarde para no volver jamás?
¿Cuando tuvo que empezar a cuidar niños apenas diez años menores que ella para ayudar a mantener a sus hermanos?
¿Cuando casi terminan enviándola a una casa de acogida?
¿O cuando tuvo que empezar como escort porque no logró conseguir trabajo después de la secundaria, que a duras penas consiguió terminar?
Guardó silencio.
Entonces una vocecilla comenzó a abrirse paso en su mente.
Primero tenue.
Luego cada vez más insistente.
Para Sandro tampoco había sido fácil.
Todo lo contrario.
Sus oportunidades de tener una vida normal habían sido incluso menores que las de ella. Y todo lo que tenía ahora era el resultado de decisiones dolorosas… decisiones que ni siquiera ella había tenido que tomar.
Ella al menos no había quedado huérfana en su más tierna infancia.
No había tenido que enterrar después, apenas saliendo de la juventud, a los parientes que la criaron.
No había perdido una fortuna ni tuvo una carrera a la cual renunciar.
Tampoco había vivido los traumas de la ruina… o de la inmigración.
Y entonces surgió el pensamiento definitivo, el que estaba por encima de todas las tribulaciones que Sandro había tenido o tendría.
No habría tenido que enamorarla.
—Esa fue una de las pocas cosas que te salió bien, cretino —murmuró.
Y era cierto.
Dolorosamente cierto.
Si lo racionalizaba, Oriana jamás se habría enamorado de un sujeto como Sandro Bruzzo.
Pero ¿quién manda en el amor?
Levantó la vista lentamente.
Sus ojos se detuvieron en los fragmentos dispersos de la carta.
Comenzó a reunirlos uno por uno, reconstruyendo las frases con paciencia, como quien restaura el edificio de su propia vida.
Fue entonces cuando una línea llamó su atención.
Continuar como el lobo solitario que siempre he sido.
Oriana se quedó mirando aquellas palabras durante varios segundos.
Luego negó lentamente con la cabeza.
—No —susurró.
Sus dedos se cerraron sobre el papel.
—No lo harás.
El silencio del aserradero volvió a imponerse alrededor.
Entonces surgió la pregunta inevitable: ¿cómo demonios iba a encontrarlo?
Y fue ahí cuando lo recordó. Sandro hablaba de protección. Ya sabía justo lo que debía hacer.
No podía llamarlo. Sandro nunca le había dado su número y, dadas además todas las precauciones que tomaban allí, intuía que no podían llegar llamadas abiertas y, para colmo, la recepción allí era pésima.
Debía darse prisa si quería alcanzarlo. Se duchó con aquel precario sistema que Sandro había instalado, se vistió colocándose apenas lo que llevaba puesto desde que llegó allí —no quedaba de otra, ya que relevaba estas piezas— y salió de allí, no sin antes tomar los billetes.
No tenía idea de cómo demonios iba a llegar a Baltimore. Sandro se había ido en su todoterreno. Lo que sí tenía claro, no obstante, es que debía ir.
Por suerte, la carretera quedaba cerca, o al menos así le pareció cuando llegó allí hacía una semana —ahora parecía un año— con Lizzy y su equipo. Y, para aumentar su suerte, el sendero aún conservaba huellas de neumáticos.