El Juego de Mefistófeles Capítulo 8
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Capítulo 8

Reunidos en su mesa ovalada, bajo las arañas de cristal y multiplicados hasta el infinito por los espejos prolijamente enmarcados, los miembros de la Organización escuchaban el informe sin interrumpirlo. Nadie levantaba la voz. No hacía falta.

El cargamento había sido interceptado y decomisado.

La misión había fracasado en recuperar el móvil de Merritt.

Bruzzo seguía con vida.

La joven que lo acompañaba también.

Uno de los hombres, impecable en su traje gris marengo, acomodó apenas el nudo de su corbata.

—Parece que nuestros elementos están decididos a sobreestimar a sus objetivos —dijo con una serenidad que resultaba más hiriente que el enojo.

Otro, sin levantar la vista del informe, se quitó los lentes y los limpió con parsimonia.

—O quizás los estamos subestimando nosotros… —murmuró—. Dos agencias distintas orbitando el mismo incidente no es una coincidencia menor.

Un silencio breve se extendió como una mancha de tinta sobre el mármol pulido.

El presidente se incorporó. No golpeó la mesa. No alzó la voz. Simplemente habló, y el murmullo del aire acondicionado pareció apagarse.

—Caballeros, estamos perdiendo el enfoque —expresó, incorporándose de su asiento—. No permitamos que los árboles nos oculten el bosque.

Todos miraron casi al unísono en su dirección. ¿Un enfoque nuevo entonces?

—Fuera por sus manos o por las nuestras, lo importante es que Merritt ya no nos causará más quebraderos de cabeza y recuerden que nunca fue parte de nuestro propósito que esta operación se saldara con la vida del señor Bruzzo y de esa joven; de hecho, vivos y vigilados nos son más útiles.

Un nuevo silencio reinó en la sala.

—¿Y lo del cargamento y la información que tienen ahora? —se escuchó una voz al fondo de la mesa.

—Ciertamente un revés —admitió el presidente—, aunque no de la magnitud que ellos suponen. En cuanto a la información, lo importante no es tenerla, sino qué tanto puedes hacer con ella.

Hubo un ligero murmullo.

—Sigamos permitiéndoles subestimarnos, nos conviene bastante —añadió—, y así de paso los tanteamos a ellos.

Algunos intercambiaron miradas.

—¿Lo dejamos correr? —preguntó alguien al fondo.

El presidente negó levemente.

—Lo dejamos vivir.

La frase quedó suspendida.

—Activen protocolo de observación pasiva. Nivel tres. Sin interferencia. Sin presión. Sin contacto.

—¿Y si intenta algo?

—Entonces habremos ganado tiempo suficiente para anticiparlo.

Cerró la carpeta con suavidad.

—Hay piezas que se eliminan. Y piezas que se observan. El señor Bruzzo… es una pieza interesante.

La reunión concluyó con la misma ceremonia y anonimidad con que comenzó.

********

Un rayo de sol se colaba travieso por una de las rendijas de ventilación rotas del aserradero. Su luz creaba interesantes efectos de claroscuro sobre la desnudez de ambos.

Oriana acurrucó la cabeza en el hueco del hombro de Sandro, teniendo todo el cuidado que podía con el cabestrillo. Este último cubrió sus cuerpos con la frazada.

Podía sentir cada latido de su corazón y vibrar al calor de sus transpiraciones.

Recorrió en su mente todo el intervalo desde que lo conoció. En aquellos primeros días —que ahora parecían tan lejanos— él le resultaba francamente antipático. Y ahora, apenas seis meses después, yacía cómodamente en sus brazos.

Y allí estaba precisamente el problema, pensó de repente.

Aquello no era un amor que hubiera nacido con calma. Había surgido de la confrontación, de las heridas abiertas y del trauma compartido.

Por mucho que comprendiera su modo de proceder y que incluso terminara identificándose con partes de su historia, no podía dejar de pensar que —quisiera él o no— toda aquella conmoción tenía nombre y apellido.

Si sus caminos no se hubieran cruzado, probablemente ella seguiría viviendo en precariedad; eso era seguro.

Pero al menos no habría terminado escondiéndose de una peligrosa banda internacional en un aserradero perdido en medio de la nada.

No importaba si eras capaz de amar o no; lo importante era que fueras capaz de mantener a los que amas al margen de tus contradicciones y conflictos, y esto último Sandro no era, y posiblemente jamás podría garantizarlo.

De repente, un pensamiento incómodo se coló en su mente sin invitación.

¿Y qué tal tú?

¿Era acaso mejor que Sandro, o se trataba simplemente de que la vida no le había deparado suficientes situaciones que pusieran a prueba su propio sentido moral?

Precariedad familiar, trabajo prematuro, incursión en la industria del acompañamiento y consolidación en ella… siempre había ocupado el lugar de la víctima. Un lugar que, visto desde fuera, podía parecer más sencillo.

Pero tampoco lo había escogido realmente.

Del mismo modo en que Sandro, probablemente, tampoco había escogido las circunstancias que lo habían llevado hasta allí.

Lo sintió tan taciturno como ella. Desde debajo de su barbilla escrutó su rostro, mirando al techo.

—Diez dólares por tu pensamiento —propuso esta vez ella.

El silencio se impuso por unos minutos más. Solo se escuchaba el leve silbido del viento colándose por las rendijas del aserradero y el latido firme del pecho contra el que Oriana descansaba.

—Oriana —la nombró finalmente.

Ella soltó una risita suave.

—Estoy aquí mismo, por si no lo notas.

Sandro pareció vacilar un momento antes de continuar.

—¿Lo nuestro es real para ti? —le oyó decir.

Oriana parpadeó, sorprendida. ¿Estaban acaso sus pensamientos sincronizados?

—Bueno, te seré sincera —dijo tras un momento—. A mí misma me sorprende que hayamos llegado a esto… y, sin embargo, aquí estamos.

Hizo una pequeña pausa, como si probara las palabras antes de dejarlas salir.

—Supongo que eso tiene que significar algo.

Aquello era, en cierto modo, justo lo contrario de lo que su propio pensamiento le dictaba.

Sandro guardó silencio un instante más.

—Yo, en cambio… no tengo claro que siquiera te merezca —expresó finalmente.

Oriana levantó ligeramente la cabeza y lo observó. Durante un momento no dijo nada. Luego, con gesto distraído, trazó con la yema del dedo una línea sobre su pecho, siguiendo el ritmo de su respiración.

—Bueno —murmuró con una pequeña sonrisa ladeada—, por suerte para ti… esa no es una decisión que te corresponda tomar a ti solo.

Después apoyó nuevamente la frente contra su hombro, cerrando los ojos, mientras el silencio regresaba entre ambos; pero ya no era el mismo silencio de antes.

********

Había pasado ya una semana en aquella dinámica: comían sándwiches, tomaban jugo y se hacían confidencias.

Sandro incluso había improvisado una ducha con un tanque elevado y agua que traía de un arroyo cercano.

Ambos probaban sus dotes de cocineros en la estufa, usando hierbas silvestres como condimentos; incluso tuvieron la suerte de encontrar albahaca, con la cual Sandro preparó en dos ocasiones platos de pasta.

Pero, sin importar qué tan bien se la estuvieran apañando, había algo que para Sandro no iba bien. Aquella situación no era sostenible a largo plazo, ni siquiera a mediano plazo, y los del FBI tardaban con lo de la logística de su traslado.

El embargo del Black Rose apenas le había dejado fondos, y quienes podían ayudarle se encontraban en Italia.

Esos eran los pensamientos que asaltaban a Sandro mientras buscaba champiñones silvestres en una sección de bosque cercana, con Oriana esperándole para la sopa que le había prometido.

De repente, otro pensamiento de signo muy distinto se cruzó en su mente, insidioso, pero certero.

¿Tenía derecho a llevarse a Oriana consigo?

Porque, por mucho que hubiera empezado a sentir algo por ella desde el Black Rose, por mucho que se hubieran compenetrado en aquellos días, no podía dejar de pensar que aquello era una situación de excepción. Él la había arrastrado consigo hasta aquel punto.

¿Tenía derecho a seguir haciendo depender su vida de su voluntad?

¿No era ese el ciclo con el que tenía que romper, el de hacer a todo el que le importaba cómplice de sus errores?

Se quedó inmóvil un instante.

Espera.

¿Acababa de admitir que Oriana le importaba?

¡Sí!

¡Demonios, sí!

Aún no sabía por qué, y eso era quizás lo que más le atormentaba.

Hasta conocer a Oriana, había tenido éxito en convencerse a sí mismo de que no necesitaba a ninguna mujer en su vida, que no fuera para satisfacer sus necesidades inmediatas.

Pero luego llegó Oriana a desafiar aquella cómoda convicción.

¿Sería acaso por la compatibilidad? Aunque ella no lo admitiera, para Sandro ahora estaba más claro que nunca lo que antes solo intuía: Oriana estaba hecha de la misma madera que él.

Era suspicaz, resiliente y capaz de nadar en aguas infectas sin apenas mancharse.

¡Sí! Definitivamente era su alma gemela, y eso que apenas le daba crédito a ese concepto.

Pero su euforia se apagó tan rápido como había llegado. Precisamente porque le importaba —acababa de darse cuenta— debía hacer aquello.

Dejó la cesta con los champiñones en el suelo y apoyó la espalda contra una robusta encina. Luego sacó el teléfono y, tras activar los filtros apropiados, marcó un número.

La llamada tardó unos segundos en conectar.

—¿Qué tal le va en su retiro? —preguntó la voz de Masterson al otro lado, después de las introducciones.

—No me quejo, por ahora —respondió Sandro—. Pero creo que tenemos un problema, Houston.

Del otro lado hubo una pausa calculada.

—Señor Bruzzo —replicó finalmente Masterson—, le recuerdo que ya no tenemos ninguna relación de codependencia.

Sandro también sabía manejar las pausas.

—¿Recuerda que tengo mil maneras de filtrar toda esta operación a los medios? —inquirió con calma.

Masterson carraspeó.

—Y hay graves riesgos para usted si lo hace —puntualizó.

—¿Qué tal si decido correrlos? —presionó—. Después de todo, ni siquiera soy ciudadano estadounidense. Imagino que un escándalo internacional sería… incómodo para todos.

Otra pausa.

Más larga esta vez.

Finalmente, Masterson suspiró.

—Perfecto, Bruzzo. ¿Qué más quiere de nosotros para dejar de zumbar en nuestros oídos?

Sandro inspiró hondo.

Aquí vamos.