Capítulo 7 #4
—Pero yo lo sabía… —susurró contra su pecho.
Sandro apoyó su frente sobre la coronilla de ella.
—Saber no siempre significa poder cambiar el rumbo de otro.
Aún con los ojos anegados, Oriana intentaba ordenar sus pensamientos.
Pensó en Phoebe. Y todo volvió a complicarse.
Phoebe había aceptado su despido. Se había alejado. Incluso permaneció bajo protección policial. Pero Phoebe era distinta. Accesible. Capaz de escuchar. Tan accesible que a veces resultaba demasiado moldeable.
No todos eran así.
No todos querían escuchar.
Desde el principio, Iris la había buscado para confrontarla, para medir fuerzas, para mantenerla a la defensiva.
Quizás —solo quizás— ella había hecho incluso más de lo que le correspondía al intentar abrirle los ojos aquella tarde en las duchas.
No de la forma directa en que probablemente lo hizo Sandro, pero lo había intentado también.
Y, al fin y al cabo, no eran amigas.
Entonces algo extraño sucedió; quizás fue el momento de vulnerabilidad compartida, quizás el consuelo mutuo... el asunto fue que, sin saber cómo, la situación comenzaba a írseles de las manos a ambos.
Las caricias que hace unos momentos eran solidarias se transformaron en urgentes y reclamaban ser correspondidas; las manos de Sandro recorrían su cara y sus brazos, como si buscaran en su piel respuestas más cálidas e inmediatas que las verbales.
A la lumbre de la estufa, sus orbes eran como hogueras cálidas también, y su tacto quemaba. ¿O procedía aquella sensación de las ansias contenidas en sus propios cuerpos?
Cuando sus labios se encontraron, los nervios y la desesperación comenzaron a ganarles a partes iguales. Oriana abrió la boca, invitando a Sandro a explorarla, y sus lenguas ahora sostenían la misma confrontación que antes sostenían sus juicios durante sus debates en la oficina.
Sandro apenas si tomaba en cuenta en ese momento su lesión.
Primero fue la blusa, luego la camisa, luego caer del tronco y rodar sobre las frazadas ya en el suelo. Oriana entonces elevó la apuesta; el sonido del cierre de Sandro se abrió paso en el aire con la misma urgencia que en la tela.
—¿Estás segura? —le susurró.
Ella lo presionó de la espalda.
—Nunca he estado más segura en mi vida —mintió.
Y eso fue todo lo que necesitó decir.
Sandro sostuvo su mirada un instante más, como si buscara en sus ojos alguna señal de duda. Tal vez la encontró… o tal vez decidió no verla.
Con un gesto lento, retiró de su regazo el plato con el sándwich apenas mordido y lo dejó a un lado, como si aquel pequeño resto de normalidad ya no tuviera lugar entre ellos.
La distancia que hasta entonces habían mantenido pareció evaporarse de pronto.
En medio de aquella vorágine de deseo que comenzaba a envolverlos, una vocecita interior aguijoneaba a Oriana.
No debes, le decía.
Recuerda que aún no confías del todo.
Te arrepentirás después.
Aquellas voces la llamaban a oponer resistencia, a recuperar el control que siempre había procurado mantener. Pero su cuerpo reaccionaba en una dirección completamente distinta, dejándola aún más a merced de Sandro… o quizás de algo que llevaba demasiado tiempo conteniendo.
Y entonces pasó: su lucha terminó resolviéndose en favor de una situación que no le daba todo el consuelo que buscaba, ni eliminaba sus inseguridades; pero que era, sin embargo, lo único real en medio de toda aquella vorágine de contradicciones: se tenían uno al otro en aquel momento, o al menos sus cuerpos físicos.
Para Sandro tampoco era sencillo.
¿Qué le estaba pasando?
Siempre había sido dueño de sí mismo con todas las mujeres con las que había estado. La cercanía, el deseo, incluso el afecto… todo eso le resultaba familiar.
Pero con Oriana era distinto.
Había algo en ella —en su desafío constante, en su forma de mirarlo como si aún no hubiera decidido del todo qué pensar de él— que desarmaba cada una de sus defensas.
Cuando volvió a mirarla, la distancia entre ambos ya no existía.
Afuera, el viento nocturno se deslizó entre los árboles, haciendo crujir suavemente la madera de la cabaña. Dentro, la estufa seguía ardiendo con su lumbre constante, arrancando destellos dorados a las paredes y a la frazada que los cubría.
Se amaron allí, en aquella atmósfera de intimidad compartida, en un espacio que antes había sido símbolo del trabajo y la sencillez.
Oriana trataba de ser cuidadosa con su lesión, en los pocos momentos en que fue dueña de sí. Él se resentía un poco aún, pero sus ansias le ganaban.
La luz de la estufa arrancaba reflejos cálidos a sus cuerpos, mientras sobre ellos se extendía un cielo de estrellas bajo el cual, en aquel mismo instante, miles de otras personas imaginaban historias y tejían sueños propios.
Por unas horas, el mundo exterior —con sus persecuciones, sus deudas pendientes y sus peligros— pareció quedar suspendido.
Ajenos al devenir del tiempo y, por un momento, dichosamente distraídos de su complicada e incierta situación.
Aunque ninguno de los dos podía saber todavía qué preguntas les esperaban cuando llegara el amanecer.