Capítulo 7 #3
Mientras contemplaba el fuego, Oriana notó cómo el calor se reflejaba suavemente en los ojos de Sandro. Sin darse cuenta, sus manos rozaron las de él al pasarle otra astilla, un contacto breve, eléctrico, que ambos dejaron sin comentar.
—Hay algo que desde hace tiempo he querido preguntarte —dijo finalmente, su voz algo más firme que sus pensamientos.
El perfil de Sandro a la lumbre se mostraba sereno, inmutable.
—Adelante. Tenemos todo el tiempo para nosotros ahora —respondió.
Oriana reunió valor y respiró hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos.
—¿Cómo te convertiste en… regente de un burdel?
Sandro la miró un instante, evaluando la pregunta, el silencio llenando el espacio entre ellos. El crujido de la leña y el suave zumbido de la estufa parecían amplificar la tensión.
—¿Te hablé alguna vez de mi tío Andrea? —inquirió Sandro.
—Creo que sí —recordó Oriana—. ¿El que te trajo a América y completó tu crianza? Me hablaste de él en la cafetería de Joe.
Sandro asintió levemente.
—Lo que no te dije fue a lo que se dedicaba en Italia —puntualizó.
Oriana cambió de posición sobre el tronco y se acurrucó aún más bajo la gruesa frazada.
—Era la vergüenza de la familia —comenzó Sandro a relatar—, bueno, de una familia que se había pasado al bando nazi de manera disimulada en tiempos de la guerra, para conservar lo poco que le quedaba del título y las propiedades...
Oriana apenas elucubraba aquello; ella nunca había vivido ninguna guerra y, por tanto, no podía constatar cómo ese ambiente podía distorsionar las prioridades, pero sí podía imaginarlo.
—Era un sinvergüenza y un derrochador, que dilapidó su parte de la ya menguada herencia familiar y entonces, vagando sin una lira en un Nápoles ocupado, empezó a ganar comisiones trabajando para algunas chicas locales, hasta que llegó a trabajar para al menos seis de ellas simultáneamente; luego, con las rentas, compró una casona ruinosa y abrió su primer negocio con ellas seis, atendían mayormente a oficiales alemanes...
Podía entender al tío Andrea; era un contexto difícil y se acababan de arruinar, aquello fue circunstancial. Sin embargo, lo de Sandro era otra cosa muy distinta.
—¿Qué tienen que ver las circunstancias de tu tío allá en Italia con las tuyas? —le cuestionó Oriana.
Sandro apretó los labios con amargura.
—La tierra de las oportunidades, claro —ironizó—.
¿Incluso para nosotros, que llegamos apenas con lo que traíamos puesto y lo que quedaba de nuestra casa a Harlem Park?
¡Menudo lugar! Cuando mi tío falleció, casi un año después de mi tía, la ferretería apenas se mantenía a flote, y con eso solo alcancé a cubrir precariamente la universidad…
administración financiera; jamás logré emplearme.
El ambiente laboral era una selva, y más aún para un italiano recién llegado.
Tuve que buscar caminos poco convencionales, ofrecerme como acompañante para damas elegantes, moviéndome con discreción y estrategia…
fue entonces cuando recordé la honrosa y antigua ocupación de mi tío, y comprendí que, para sobrevivir, debía aprender a leer a las personas, anticipar movimientos y calcular riesgos.
Oriana no supo qué contestar. Aún no podía validarlo por completo, pero debía admitir que su situación de entonces era demasiado compleja como para juzgarlo a la ligera.
Más aún si él mismo había tenido que abrirse camino y empezar desde lo más bajo.
No era tan sencillo como decir: “Él explotó chicas”.
Ella llevaba ya cinco años trabajando como acompañante antes de llegar al Black Rose, y conocía de primera mano aquel mundo; no estaba allí contra su voluntad, ni lo estaban las demás.
Que la industria careciera de la etiqueta de legalidad era otra cosa.
Al fin y al cabo, no todo lo “legal” es justo.
—Aún tengo algunas reservas con respecto a tus decisiones y cómo terminaron afectando a otros —reconoció Oriana—, pero comienzo a entender por qué las tomaste y, de todos modos, no es a mí a quien corresponde juzgarte.
Oriana vio entonces cómo Sandro bajó levemente la cabeza.
—Gracias por escucharme e intentar comprenderme —expresó—, significa mucho para mí.
¿Era su imaginación o sentía su voz algo quebrada? No, seguro era su imaginación. Era imposible que Sandro, precisamente Sandro, se diera el lujo de mostrarse vulnerable, sobre todo ante ella.
—Sandro, mírame —pidió Oriana.
Él así lo hizo y a ella le pareció notar, a la luz de la lumbre, cómo sus ojos brillaban apenas un poco más de lo usual.
—¿Quieres otro sándwich? ¿Té? —preguntó de repente, incorporándose.
El gesto fue tan súbito que a Oriana le resultó sospechoso, pero, naturalmente, no dijo nada. Prefería darle su espacio y permitirle conservar su orgullo intacto.
Mientras Sandro lidiaba en silencio con sus emociones, moviéndose aquí y allí para buscar el pan, el cuchillo, los vegetales y el aderezo, Oriana no se sentía con el valor suficiente de reconfortarlo sin exponerse a revelar de paso sus propios demonios.
Se le ocurrió entonces que la única víctima real en todos aquellos acontecimientos fue Iris y que no tenía ningún derecho a perdonar a Sandro por ella; pero, en el proceso, se dio cuenta de algo aún más incómodo: Sandro trató al menos de convencerla, mientras que ella solo aprovechó la oportunidad para contender con ella.
Cuando Sandro volvió con dos sándwiches y jugo en una bandeja sostenida con su brazo derecho, se sintió inseguro ante su gesto tan sombrío.
—¿Fue por algo que dije? —preguntó entre preocupado y jovial.
Su ánimo parecía haberse compuesto; el trabajo y la acción parecían reafirmarlo.
Esta vez fue a Oriana a quien le costó escrutarlo.
Se acurrucó aún más en la frazada, tratando de ocultar su inseguridad.
Sandro acercó un poco más la estufa; era evidente que había malinterpretado el gesto.
—En este punto no estoy segura de si fuiste solo tú quien abandonó a Iris a su suerte —expresó finalmente.
—¿Qué intentas decir? —comentó, pasándole el plato con el sándwich.
Oriana puso el plato en su regazo, sin siquiera mirarlo.
—Tú al menos trataste de hacerla recapacitar; yo estaba más ocupada en contender con ella...
Sandro acercó su mano a su hombro; no se sentía como un gesto calculado, fue pura distracción.
—Oriana... —la nombró sin encontrar las palabras correctas.
—¡No la salvé! ¿Entiendes? —continuó, dando esta vez rienda suelta a sus emociones—. ¡No lo hice!
Ahora las lágrimas resbalaban libres de sus mejillas; luego siguió el llanto franco.
Esta vez Sandro no pudo ignorarlo más; acercó su tronco y la sostuvo con su brazo sano, como si arrullara a una criatura. Oriana dio rienda suelta a su frustración y culpa en sus brazos.
Él solo acariciaba su cabeza contra su pecho, mientras sostenía sus manos. En un momento apartó delicadamente su rostro.
—¡Escúchame bien, cara mía! —la interpeló con firmeza, pero sin dureza—. No podías obligarla a ver lo que no quería ver. Yo lo intenté… y tampoco lo logré.
Acarició su cabello con más lentitud.
—Hay decisiones que uno toma cuando ya está convencido de su propia versión del mundo. Iris estaba convencida.
Oriana temblaba todavía entre sus brazos.