El Juego de Mefistófeles Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Solo Lizzy quedó junto a ellos, su postura impecable, cada movimiento medido y controlado.

—Recuerda, Bruzzo —advirtió, su voz fría y precisa—: si no cumples, te encontraremos.

Sandro esbozó una media sonrisa, sereno y seguro:

—Y yo estaré preparado —replicó Sandro, sin variar ni un momento la inflexión de su voz.

Lizzy los observó un instante más, evaluando con meticulosidad, antes de retroceder hacia la furgoneta y reunirse con su equipo, dejando atrás el crujir de la madera vieja y el silencio del aserradero.

Oriana permaneció inmóvil, respirando hondo, dejando que la tensión y la adrenalina del momento se asentaran.

Por un instante, el murmullo del bosque parecía envolverlos y, en esa quietud, comprendió algo crucial: en un mundo tan gris y peligroso como aquel, no todo es blanco o negro, y el hombre frente a ella, con todos sus matices, podía ser tanto su mayor riesgo como su única esperanza.

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Cuando se apagó el eco del último motor, ambos quedaron unos segundos descolocados, atrapados entre el alivio y la incredulidad. El bosque y el aserradero, con sus troncos húmedos y tablones crujientes, parecía haberse tragado todo sonido, dejando un silencio casi tangible.

Sandro fue el primero en romperlo, su voz sorprendentemente calmada:

—Relájate un poco —recomendó, con una sonrisa ligera—. Las condiciones son precarias, pero tengo aquí unas frazadas, asientos y algo de provisiones… ¿Te preparo un sándwich?

Se movía por la estancia con naturalidad a pesar de tener un brazo vendado, rebuscando entre cachivaches; parecía como si aquel lugar ruinoso fuera su propio salón. Cada crujido de madera bajo sus pies parecía normal para él, mientras Oriana aún sentía que cualquier sombra podía ocultar un peligro.

Ella lo observaba entre severa e incrédula, los brazos cruzados y la respiración todavía acelerada. Sus ojos evaluaban cada movimiento, tratando de descifrar si aquel gesto era sinceridad o una trampa calculada.

—No sé si confiar en ti —murmuró, más para sí misma que para él—. Todo esto… es demasiado.

Sandro ladeó la cabeza y la miró con esa mezcla de calma y control que siempre lo hacía parecer inquebrantable.

—No tienes que decidir ahora —dijo con suavidad—. Solo siéntate, respira y acepta que, por esta noche, al menos, estamos del mismo lado.

Hizo una pausa, tomando un par de frazadas limpias de una pila y acercándolas a un rincón.

—Vas a terminar friéndote de frío —comentó mientras acomodaba un tronco para que se sentara—. Mejor cubiertos y sentados.

Oriana suspiró, y con un toque de ironía mezclado con alerta, dijo:

—Esto no es una piyamada, Sandro.

Él sonrió, con una chispa de complicidad en los ojos, consciente de que la broma había sido rechazada, pero disfrutando del momento de cercanía. Por un instante, se quedó mirándola, midiendo su reacción.

—¿Ah, no? ¡Qué lástima, ya tenía preparados algunos juegos de mesa!

Oriana suspiró, entre severa e incrédula, y finalmente se dejó caer en uno de los troncos polvorientos, sin bajar completamente la guardia. Sus manos jugaron con los bordes del tronco mientras observaba cómo Sandro se movía entre los cachivaches.

Él preparaba un sándwich con movimientos meticulosos y casi ceremoniosos, como si el ritual cotidiano pudiera devolverles un instante de normalidad en medio del caos.

Cada gesto parecía calculado, pero no por arrogancia: había algo de cuidado en la manera en que organizaba los ingredientes, como si intentara transmitir calma sin pronunciar palabra.

—Mira, reconozco que tu colaboración con la justicia salvó muchas vidas, pero eso no quita que en el proceso fuiste egoísta, lastimando a mucha gente, incluyéndome —dijo Oriana, sin apartar la mirada de su rostro, midiendo cada palabra.

Sandro asintió lentamente, sin perder la calma, con apenas un leve arqueo de ceja que parecía reconocer la justicia del reproche.

—Tienes toda la razón —admitió—. No puedo borrar lo que hice ni el dolor que causé… pero puedo intentar que nada de eso vuelva a ocurrir.

Hizo una pausa mientras la miraba, dejando que el silencio llenara el espacio.

En ese breve instante, la cercanía, la desconfianza y la chispa de reconocimiento mutuo crearon una electricidad apenas contenida.

Oriana notó cómo sus manos temblaban un poco al ajustarse sobre el tronco; él, al pasarle el sándwich, rozó ligeramente sus dedos.

Ninguno dijo nada, pero el contacto fue suficiente para subrayar lo que ambos sentían sin necesidad de palabras.

El silencio se prolongó, tenso y cálido, mientras los dos respiraban, compartiendo aquel momento de tregua en medio de un mundo que no les daba garantías. La piyamada podía esperar, pensó Oriana, pero algo en su interior reconocía que aquel instante sí era suyo.

—Siempre he vivido con el cuchillo en la garganta —dijo Sandro, con voz firme pero tranquila—, y no pretendo justificarme por eso. No solía calcular a quién podía herir… hasta que te conocí. Algo cambió.

Oriana frunció el ceño, los brazos cruzados.

—Eso no devolverá la vida a Iris, y lo sabes.

—Lo sé —admitió él, suspirando—. Iris no merecía acabar así.

Nadie lo merece. Pero… ella siempre supo en qué se estaba involucrando.

Sabía los riesgos de este negocio, sabía la clandestinidad, conocía el tipo de clientela que atraemos.

Nadie la obligó a involucrarse con Merritt.

Ni siquiera conmigo. Antes de que todo esto sucediera, intenté advertirle.

La llamé a mi oficina, le mostré los peligros, le ofrecí una salida… y aun así eligió seguir su camino.

Oriana apretó los labios, luchando contra la indignación y la incredulidad.

—¿Y eso lo hace menos responsable? —preguntó, con voz temblorosa—. Porque si no hubieras convertido tu club en una trampa para peces gordos, nada de esto habría pasado.

Sandro la miró directo a los ojos.

—Lo sé —dijo con honestidad—. No puedo cambiar lo que pasó, ni borrar el dolor que causé.

Pero tampoco puedo ignorar que mi objetivo siempre fue atrapar a quienes representan un peligro mayor, proteger vidas que podrían haber sido destruidas si hubiera actuado distinto.

Lo que ocurrió con Iris… fue trágico, pero no un acto de maldad deliberada.

Fue la consecuencia inevitable de un mundo donde la línea entre víctima y riesgo es difusa.

Oriana se quedó en silencio, procesando cada palabra. Por primera vez, entendió la complejidad de su posición: un hombre que había cometido errores y causado daño, pero que también había actuado bajo la lógica de un mundo donde “jugar limpio” era un lujo que nadie podía permitirse.

—Entonces… —susurró finalmente—, todo esto es… una zona gris.

Sandro asintió, casi con un gesto de alivio.

—Exacto. Y en esa zona gris es donde debemos aprender a movernos si queremos sobrevivir.

Oriana respiró hondo, su mente aún dividida entre juicio y fascinación.

Aceptar la complejidad de Sandro no significaba aprobarlo; significaba entenderlo.

Y, por primera vez, su corazón y su cabeza parecían moverse en una misma dirección: mantenerse alerta…

pero no cerrar la puerta a lo que pudiera surgir entre ellos.

********

La soledad los rodeaba, y únicamente el ulular de los búhos y el canto de los grillos interrumpía la quietud nocturna, o más bien se integraba a ella.

Los dos estaban sentados en los troncos bajo mantas, al calor de una pequeña estufa de leña que Sandro alimentaba con astillas de la propia madera del lugar. La luz titilante reflejaba sus rostros, creando sombras danzantes en las paredes desnudas del aserradero.

—Espera un momento, voy a inspeccionar todo —comentó Sandro incorporándose.

—Voy contigo —propuso Oriana.

Sandro hizo un gesto firme con la mano.

—Debes permanecer aquí.

Se incorporó entonces para vigilar el perímetro; aún no podía garantizar la seguridad de ambos. Después de todo, Sandro no creía que La Organización fuera a ceder en su intento de recuperar el móvil.

Vio a su alrededor todo, alumbrando con el foco que llevaba; solo se veía la quietud de los árboles frente al haz de luz, con sus copas ligeramente mecidas por la brisilla nocturna.

Revisó entonces algunas trampas para lobo y estacas que había disimulado entre la hierba; cualquier desgraciado que osara poner sus plantas allí pagaría caro su osadía.

Sandro entendía que, de aparecer alguna amenaza, poca resistencia podía ofrecer, con sus fuerzas menguantes y un brazo vendado por herida de bala; por eso se felicitó por haber colocado aquellas trampas.

Solo después de una segunda inspección, volvió a entrar en el aserradero.

—Todo parece estar bien —anunció, sentándose nuevamente en el tronco.

Oriana se extrañó un poco; habían pasado por todo un maremagnum, pero ¿en verdad eran necesarias todas aquellas precauciones?

Era paradójico para Oriana, pero aquel lugar, con todo y su aparente caos, sus carencias y su ubicación en medio de ninguna parte, la hacía sentirse más segura y protegida que en cualquier espacio lujoso de Baltimore.

Pensó en los excesos del Black Rose, ahora bajo embargo judicial, y los comparó con aquel refugio improvisado: corrupción y ambición de poder frente a la tranquilidad y la intimidad que la envolvían aquí.

La noción de intimidad la hizo dudar. ¿Intimidad compartida? ¿Con Sandro? Su corazón se aceleró solo de pensarlo. No quedaba de otra.

—Diez liras por tu pensamiento —comentó Sandro, rompiendo el silencio, con una chispa de complicidad en los ojos.

Oriana enarcó una ceja.

—¿Conoces ese dicho?

—Mi difunto nonno solía repetírmelo cuando me notaba distraído —explicó Sandro, depositando una astilla cuidadosamente en la estufa.

Oriana imaginó la escena: un chico pelicastaño soñando frente a montañas azules o un campo infinito, y un anciano a su lado tratando de enfocar su mente. Difícil imaginar que aquel hombre calculador alguna vez había sido un niño inocente.