Capítulo 7
Oriana miró primeramente a Lizzy y luego a Sandro. ¿Era acaso aquello una broma? Porque, de serlo, era una muy cruel.
—¡Llévenme de vuelta! —pidió a Lizzy y su equipo.
Lizzy no esquivó su mirada.
—Lo haremos —concedió en tono neutral—, pero antes es necesario que escuches a Bruzzo.
Oriana lo pensó un momento. ¿Qué perdía al escuchar lo que tenía que decir Sandro? E incluso, debía admitir que ella misma buscaba respuestas urgentes con respecto a todo aquello en que, quisiera o no, ya estaba involucrada, y si era Sandro quien las tenía, ¿por qué no escucharlo?
Como si siguiera el curso de sus pensamientos, Sandro habló entonces.
—Tienes todo el derecho a volverte —concedió Sandro—, pero eso no evitará que sigas en peligro y, encima, ignorando la razón.
Entonces Oriana hizo un gesto de resignación y se sentó en otro tronco cercano.
—Adelante, soy toda oídos —propuso—. ¿De qué tratarás de convencerme?
Al rato comprendió que aquello sonaba a predisposición, pero no podía pedirle al aire que le regresara sus palabras y mucho menos a los oídos y la mente de Sandro.
Sandro suspiró y bajó levemente la cabeza. En el fondo de su pensamiento, Oriana temía estar siendo demasiado dura con él.
—¿Qué sabes de mí exactamente? —le cuestionó.
—Eres un proxeneta. Y no voy a fingir escándalo por eso.
Llevo cinco años en este mundo, Sandro. Sé perfectamente cómo funciona…
y no todas las mujeres estamos ahí porque alguien nos encadene —admitió—.
Mi problema es que o diriges una red criminal o estás involucrado en ella y usas tu negocio para eso, exponiendo a mucha gente inocente en el proceso, incluyéndome, porque tú, Sandro Bruzzo, me involucraste en esto sin siquiera preguntarme.
Sandro hizo la cabeza a un lado; debía admitir que estaba en su derecho y que él, en su lugar, se sentiría igual de indignado, usado inclusive.
—Nada de eso es falso —admitió Sandro con calma—. Y, sin embargo, no es toda la verdad.
Oriana no apartó la mirada.
—Hace cinco años —continuó—, el Black Rose se convirtió, sin que yo lo planeara, en punto de encuentro para alguien que el Bureau llevaba tiempo intentando alcanzar.
Hizo una pausa breve.
—Yo decidí colaborar. Ellos decidieron no cerrarme el negocio.
Oriana frunció el ceño.
—¿Un trato?
—Un equilibrio —corrigió él—. Ellos obtienen acceso. Yo sigo operando. Cuando aparece algo que supera mis intereses… lo comunico.
Lizzy permanecía en silencio.
—Merritt era el tercero —añadió Sandro—. Y el más peligroso hasta ahora.
Oriana frunció el ceño.
—Espera… ¿era? ¿Estás diciendo que tú…?
Sandro sostuvo su mirada.
Asintió.
—Merritt movía armas. Muchas, hacia lugares donde no debían estar. El Bureau llevaba años detrás de él. Y, aun así… no era la cabeza.
El silencio se hizo más denso.
A Oriana le costaba respirar con normalidad.
Podía aceptar que Merritt fuera un criminal.
Lo que no podía aceptar era lo otro.
—¿Y quién decidió que debía morir? —preguntó al fin, con voz baja.
Sandro no respondió de inmediato.
Lizzy permanecía a un lado, brazos cruzados, observando.
—¿Y ella? —añadió Oriana, señalando apenas con la mirada.
Hubo un intercambio fugaz entre Lizzy y Sandro.
—Digamos que este asunto excede al Bureau —dijo él con calma—. Hay rutas que sostienen conflictos que nadie quiere ver en los noticieros. Y hay quienes prefieren que desaparezcan.
—¿Y Phillips? —preguntó Oriana, todavía tratando de ordenar el rompecabezas.
Sandro inclinó la cabeza, casi divertido.
—Phillips nunca estuvo en esta liga. Quiso aprovechar el caos… y calculó mal.
Hizo una pausa breve.
—Pero quien lo hizo caer fuiste tú.
Oriana lo miró sin comprender durante un segundo.
—¿Qué?
—Tu denuncia —dijo él con sencillez—. Forzó una revisión interna. Siguieron el rastro. Tiraron del hilo. Phillips quedó expuesto.
El aire pareció espesarse.
—Yo solo intentaba protegerme —murmuró ella.
—Y lo hiciste —respondió Sandro—. Pero en este mundo, cada movimiento tiene consecuencias que no siempre vemos.
Oriana aún tenía una duda que le carcomía la mente.
—¿Cómo podías lavar dinero para esos hombres si tu propio negocio era también ilegal?
Sandro sonrió ampliamente.
—¡Tan suspicaz como siempre, cara mia! —la elogió—.
En aquel esquema, el Black Rose no se vendía como una tapadera, sino como un nodo donde se concentraban todas sus finanzas.
La contabilidad que llevábamos era, por supuesto, opaca, lo que hacía imposible rastrear el dinero y les daba a esos sujetos una falsa sensación de seguridad.
Oriana suspiró entonces; sentía agotamiento mental de toda la información de tan alto calibre que había tenido que procesar en tan poco tiempo. Pero, con todo y eso, tenía algo claro: no aprobaba a Sandro, pero podía entender sus motivos.
—Ahora escucha bien —pidió—: no puedes volver allá fuera y mucho menos para declarar en la corte, ya que estás tan marcada como yo.
Oriana enarcó las cejas.
—¿Marcada? —inquirió—. ¿Por alguno de esos sujetos a los que timaste?
—Por la Organización.
Oriana, que siempre era tan suspicaz y adelantada a todo, parecía ahora un niño recibiendo su lección.
—¿Cuál organización?
—Una peligrosísima logia de crimen organizado, radicada en Europa y con tentáculos en todo el mundo; tanto Merritt como Weber pertenecían a ella —intervino Martínez.
Oriana se quedó quieta por un momento, pero luego no pudo evitar que copiosas lágrimas resbalaran de sus mejillas.
—Si no te hubiera conocido...
En realidad, ni siquiera ella misma sabía si aquellas lágrimas eran de miedo, frustración o ira.
Lizzy le acercó un pañuelo desechable.
—Créeme que yo hubiera sido el primero en desear que nuestro encuentro jamás se produjera y ahorrarte todo este mal rato —reconoció—, pero no lograremos nada lamentándonos ahora.
Oriana lo contempló a través de sus lágrimas; escrutaba su rostro buscando algún rastro de inseguridad o miedo. Si lo tenía, lo estaba disimulando muy bien.
********
Oriana observaba el teléfono de Merritt y las carpetas encriptadas que Sandro acababa de entregar. Lizzy y Martínez permanecían junto a ella, evaluando la situación con precisión clínica, conscientes de que cualquier error podía escalar más allá de aquel aserradero.
—Es suficiente por ahora —dijo Lizzy, cerrando el dispositivo—. Lo importante son los archivos, no cómo los conseguiste.
Oriana sintió que el estómago se le contraía.
Estaban negociando sobre la muerte de dos personas con la misma serenidad con la que otros discutirían cifras en un informe.
No le agradaba Iris, era cierto, pero no merecía aquello.
Y Merritt… por más esqueletos que guardara en el armario —incluida la propia muerte de Iris—, seguía siendo un ser humano.
—Pero… esperen. ¿Y Merritt? —preguntó, incapaz de contenerse.
Lizzy y Martínez la miraron como si acabara de formular una pregunta irrelevante en medio de una operación activa.
—Eso no es parte de esta conversación —respondió Lizzy, sin inflexiones—. Lo único relevante aquí es la información.
Oriana buscó en Martínez algún atisbo de incomodidad, una sombra de desaprobación. No encontró nada. Solo un leve asentimiento profesional.
—Necesitamos la ubicación —añadió él con tono neutro—. Hay que contener la situación antes de que trascienda.
Sandro le pasó a su teléfono la ubicación del escondite de Merritt.
El mensaje era claro: la muerte no era el problema. El problema era el ruido.
Sandro dio un paso adelante, cruzando los brazos y clavando la mirada en ambos.
—Hagámoslo claro —dijo con calma, pero firme—. Yo entrego la mitad de los archivos, ustedes me dejan a mí y a Oriana fuera de esto, sin interferencias. Los archivos restantes se entregarán desde Italia. A cambio, ustedes garantizan que no me persigan ni me detengan mientras abandonamos el país.
Lizzy asintió, sin perder la compostura.
—Ese es el acuerdo —confirmó—. Pero cualquier intento de regresar a EE. UU., y la protección termina de inmediato.
Martínez intervino, evaluando al italiano con la mirada de un profesional:
—Lo entendemos, Sandro. Mientras se cumpla el pacto, tu seguridad y la de Oriana están cubiertas. El interés real son los archivos y la información contenida en ellos, nada más.
Sandro dio un paso más cerca, su tono firme y calculado:
—Entonces dejemos otra cosa clara: no es solo un pacto de conveniencia. Si alguien intenta interferir mientras estamos fuera, sabrán inmediatamente quién movió la ficha correcta. No acepto riesgos innecesarios para mí ni para Oriana.
Oriana lo miró, percibiendo la autoridad que emanaba: un hombre que no solo sobrevive, sino que maneja la presión y las agencias a su alrededor.
Por primera vez entendió que su seguridad no dependía solo del Mossad ni del FBI, sino también de él y de su capacidad de imponerse incluso frente a poderosos intereses internacionales.
—Entonces… —dijo Oriana, exhalando lentamente—, mientras respetemos las reglas, puedo quedarme aquí contigo, sin que nadie interfiera.
Sandro asintió con la habitual calma, pero esta vez con un dejo de control:
—Exacto. Y recuerda, cualquier movimiento fuera de lugar y todo esto se termina. No hay segundas oportunidades.
Oriana comprendió que aquel pacto no era pasivo ni circunstancial: era un tablero en el que ambos tenían poder y responsabilidad, y que sobrevivir significaba aceptar las reglas de Sandro… y aprender a jugar con ellas.
—Por cierto, ¿cómo va tu brazo? —preguntó Lizzy de manera casual.
—Excelentemente, el Mossad prepara a sus agentes en todo… —expresó Sandro, dirigiendo una mirada maliciosa a Martínez, que este ignoró.
Entre el bosque y la ruinosa edificación del aserradero, Oriana tomó una decisión silenciosa: aceptar la complejidad de aquel juego, reconocer que Sandro no era solo peligroso, sino también imprescindible para su supervivencia, y mantenerse alerta mientras exploraba la delgada línea entre confianza y fascinación.
—A partir de aquí, se hacen responsables de sí mismos —anunció Martínez con voz firme, antes de girarse y marcharse con su equipo.