Capítulo 6 #4
El silencio reinó de nuevo, sin que Oriana se atreviera a romperlo. ¿Podría confiar en Lizzy? Aquella era sin duda una apuesta arriesgada, pero ya vería dónde la llevaba, tanto literal como figuradamente.
—Ya tendrás las respuestas que buscabas —le dijo Lizzy escuetamente.
La furgoneta seguía avanzando más allá del extrarradio de Baltimore.
En circunstancias distintas, Oriana se hubiera permitido disfrutar del paisaje, pero en aquellos momentos solo era una cinta de distintos tonos de verde que se sucedían sin solución de continuidad, como si se tratara de una anaconda infinita.
Oriana reflexionó entonces en las palabras de Lizzy: sí, probablemente tendría las respuestas que buscaba, ¿pero a cuáles preguntas?, y lo más importante, ¿de cuáles labios y a qué costo?
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Una llamada sonó en una de las altas oficinas del Departamento de Justicia. Tanto el número como las siglas en el identificador dejaban claro que no era una comunicación cualquiera.
— ¿Sí?— fue la escueta introducción.
— La testigo ha sido sustraída… bajo orden federal.
Un silencio pesado llenó la línea. Luego, la comunicación se cortó abruptamente.
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La furgoneta avanzaba por la carretera casi vacía cuando uno de los hombres, sentado de espaldas al conductor, levantó dos dedos sin girarse.
Lizzy miró el espejo lateral.
Un todoterreno negro seguía a distancia constante desde hacía varios kilómetros. No se acercaba. No se retrasaba.
Profesional.
Asintió.
—A la derecha.
El conductor tomó un desvío de grava que se internaba entre árboles bajos.
Avanzaron lo suficiente para quedar ocultos tras una curva natural del terreno.
No se detuvieron de inmediato; continuaron unos metros más, lo justo para que el todoterreno tuviera que comprometerse a entrar si decidía seguirlos.
Se detuvieron.
Todos descendieron en silencio, aplicando el retroceso a sus armas.
Oriana hizo el ademán de bajar, pero Lizzy la detuvo con una leve presión en el hombro.
—Dentro. Pase lo que pase.
No era brusca. Era definitiva.
El equipo tomó posiciones a ambos lados del sendero. No se movían más de lo necesario. No apuntaban nerviosos. Esperaban.
El motor del todoterreno se acercó y disminuyó velocidad al entrar en la curva. No dudaron: también eran cautos.
El primer disparo fue limpio y calculado. El parabrisas estalló del lado del conductor.
El todoterreno respondió de inmediato. No hubo desconcierto. Las puertas se abrieron casi al unísono y cuatro hombres descendieron buscando cobertura en abanico, disparando hacia las posiciones probables.
Las balas desgarraron la maleza.
Uno de los hombres del equipo de Lizzy cambió de posición rodando tras un tronco caído. Otro flanqueó por la izquierda. La respuesta fue precisa, controlada.
Un atacante cayó al intentar ganar altura tras el vehículo. Otro respondió con fuego sostenido, obligando a Lizzy a cubrirse.
No eran improvisados.
El intercambio fue breve, pero intenso. Polvo, hojas astilladas, olor a pólvora.
Entonces, en medio del cruce, uno de los atacantes hizo lo inteligente.
No disparó.
Corrió.
Aprovechó el ángulo muerto y se dirigió directo a la furgoneta.
Oriana solo vio la puerta abrirse de golpe antes de que una mano firme la sacara al exterior.
El hombre la colocó delante de él con rapidez experta, el antebrazo cerrándole el cuello, el arma presionada contra su sien.
No gritaba. No temblaba.
Retrocedía con cálculo hacia la cobertura del todoterreno.
Lizzy levantó la mano y el fuego cesó al instante.
Silencio.
El hombre habló en un inglés claro, apenas acelerado por la respiración.
—Armas al suelo ahora o despídanse de ella.
Su tono no era histérico. Era medido.
Oriana sentía el cañón frío clavado en la piel. El latido le golpeaba los oídos. El hombre ajustó ligeramente la presión del brazo, cerrando la tráquea lo suficiente para recordarle su fragilidad.
Lizzy no apartaba la vista de él. No parecía nerviosa, pero tampoco confiada.
El atacante dio otro paso atrás.
—No quiero matarla, pero lo haré si tengo que.
No apartó la mirada de Lizzy al decirlo.
Y entonces ocurrió algo mínimo.
La mano que sujetaba a Oriana cambió apenas de posición para reafirmar el agarre. El arma descendió un centímetro. Solo uno.
Esta es mi oportunidad.
Oriana giró el torso con violencia y lanzó un codazo directo a las costillas flotantes.
El hombre perdió aire en un jadeo involuntario. El brazo se aflojó lo suficiente como para permitr que Oriana se dejara caer hacia un lado. Lo hizo.
El disparo de Lizzy sonó en el mismo segundo, seco y preciso. El hombre quedó inmóvil antes de tocar el suelo.
Nadie celebró.
Uno de los agentes avanzó con cautela, apartó el arma del atacante y comprobó pulso. Negó con la cabeza.
—Claro.
Los demás aseguraron perímetro y comenzaron a revisar el todoterreno.
Como si aquello hubiera sido una operación más.
Oriana permaneció donde estaba, las piernas incapaces de sostenerla del todo. El aire entraba en ráfagas cortas. Sus manos temblaban sin control.
Había estado a un segundo.
A un solo segundo.
Lizzy se acercó y la observó unos instantes.
—Respira.
No era consuelo.
Era disciplina.
Y Oriana obedeció, sabiendo que acababa de entender algo que ningún interrogatorio podría enseñarle: en ese mundo, la muerte no grita. Calcula.
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La furgoneta se detuvo en un lugar agreste y polvoriento en medio de una amplia sección de bosque, a la cual se llegaba por un sendero de tierra.
Una edificación ruinosa se alzaba ante ellos, a cuyos costados se apilaban varios troncos húmedos y mohosos. Oriana no pudo evitar sentir un ligero estremecimiento. ¿Sería prudente aprovechar la oportunidad para escapar?
Lizzy fue la primera en bajar de la furgoneta, luego sus hombres.
—Permanece allí —pidió nuevamente Lizzy a Oriana, al verla intentar bajar.
Oriana vio a los hombres aplicar el retroceso a sus armas, poco antes de ver a Lizzy desaparecer tras la puerta de la construcción; el ritual se repetía, aunque esta vez más por cautela que por amenaza.
Después de lo que le pareció una eternidad, Lizzy volvió a salir y le hizo seña con la mano para que se acercara.
Oriana bajó entonces lentamente de la furgoneta, del brazo de uno de los hombres; aún le temblaban las piernas.
El sujeto se decidió a acompañarla; no hubo palabras, solo evaluación y comprensión de la situación.
Cuando llegaron frente a la puerta del edificio y Oriana traspuso finalmente su umbral, apenas pudo dar crédito a sus ojos.
En el centro de aquella ruinosa y desordenada estancia, entre sierras gigantescas abandonadas y sentado con toda naturalidad sobre un tronco, se encontraba él, el responsable indirecto de todos aquellos desgraciados sucesos.
Sandro Bruzzo la saludó con su habitual imperturbabilidad y con un cabestrillo en su brazo izquierdo.