Capítulo 6 #3
Solo entonces se permitió Sandro abandonar el árbol y continuar su camino entre el follaje, renqueando aún levemente, sintiendo el pulso en sus sienes y sosteniendo su brazo dolorido.
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Un grupo de hombres tan bien armados y profesionales como los que tenía a su cargo Merritt llegó por la tarde, dos días después, a la fundidora abandonada en las afueras de Baltimore, donde este se ocultaba.
Aquellos hombres se habían infiltrado en territorio estadounidense, procedentes de los más variados rincones de Europa.
Moviéndose de manera sigilosa, como sombras, aquellos sujetos se mostraron, sin embargo, bastante extrañados de lo desierto que estaba todo.
Delante de la fundición encontraron un Jeep blindado.
Ocultándose detrás de él, en los rincones, con las armas en alto, los cazadores se dispusieron a entrar al edificio.
El líder del escuadrón de cazadores abrió entonces las puertas delanteras de par en par; el chirrido de los goznes oxidados casi les taladró los oídos. Penetraron entonces todos allí de improviso y con las armas apuntando.
Un olor inconfundible a carne manida precedió su entrada.
Lo que vieron entonces debió de haber quedado en su memoria por mucho tiempo, por más que se tratara de entrenados y probablemente despiadados sicarios del crimen organizado.
En aquel amplio recinto, lleno hasta reventar de escombros y chatarra, no encontraron más que los cuerpos de Merritt y cinco de sus hombres; cada uno con una expresión más horrenda que el siguiente y entrando ya en la primera etapa de la descomposición.
Parecía obvio que aquellos sujetos habían sido envenenados; lo extraño era cómo.
El líder transmitió entonces para la organización.
—Alguien ya se encargó —explicó, captando toda la escena.
El rostro tras la pantalla adoptó una amplia sonrisa de satisfacción.
—Mejor aún —expresó—. Ya saben qué deben hacer.
El líder del escuadrón asintió y escrutó los bolsillos de Merritt en busca del teléfono; su gesto entonces se ensombreció.
—No está —explicó.
El gesto del hombre en la pantalla fue más sombrío aún que el de ellos.
—Encuéntrenlo —ordenó, sin variar la inflexión de su voz—, al precio que sea.
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Oriana había extremado precauciones durante aquellas semanas, incluso antes de ser informada de que estaba bajo protección policial. Caminaba siempre alerta, consciente de que no sabía cuándo se trataba de «los buenos» y cuándo de «los malos».
En más de una ocasión, cuando sentía una corazonada, sacaba distraídamente su polvera, fingiendo corregir su aspecto, y si detectaba un vehículo sospechoso en el pequeño espejo circular, variaba discretamente la ruta, sin levantar sospechas.
Aquella tarde en específico, se trasladaba hacia el supermercado para reponer sus provisiones, entendiendo, por supuesto, que ninguna precaución estaba de más.
Tras el cierre del Black Rose, la fiscalía de Baltimore había solicitado una auditoría de los bienes del club con fines de embargo; además, se preparaba un voluminoso expediente contra Sandro —ya declarado prófugo— para ser presentado ante el Departamento de Justicia.
Pero aquello era lo de menos. La investigación del Expediente Black Rose había destapado una red de corrupción y encubrimiento que alcanzaba hasta el ayuntamiento, encarnada en la figura del concejal Edward Phillips, quien trabajaba simultáneamente para Sandro y para Merritt.
Oriana había sospechado de ellos desde el principio y ahora sus intuiciones comenzaban a confirmarse.
Por supuesto, se habían dictado órdenes de captura contra Sandro y Brenda. El Departamento de Justicia la había citado como testigo de excepción, un rol que la exponía a peligros aún mayores.
Todo aquel caos en su vida y en la de las demás chicas era responsabilidad de una sola persona.
Oriana no podía dejar de sorprenderse del alcance del egoísmo y la falta de escrúpulos de Sandro.
Sin embargo, de manera paradójica, tampoco podía dejar de sentirse fascinada por él: por su magnetismo, por aquellos debates cargados de elegancia y flirteo que habían sostenido en su oficina, por el lado humano y vulnerable que le había mostrado en la casi cita de la cafetería de Joe…
y, por supuesto, por aquel beso. Sus lenguas se habían entrelazado en una danza ritual, sus almas conectadas por un instante, sus corazones latiendo al unísono. Aun recordarlo la desarmaba.
Quería amarlo, pero no podía; quería despreciarlo, pero algo en él la atraía de manera inevitable.
¿Qué lugar ocupaba exactamente Sandro en su vida?
No lo sabía aún. Solo estaba segura de una cosa: aquel hombre la había arrastrado hasta su juego, y ahora no le quedaba otra que aceptar el reto y aprenderse las reglas.
Aun así, el peligro estaba presente. La policía estaba cerca, sí, pero él…
él podía aparecer en cualquier momento, y no necesariamente como alguien dispuesto a protegerla.
Oriana apretó la mandíbula y respiró hondo, recordando que debía mantenerse fría, alerta y siempre un paso adelante.
Su corazón aún latía por él, pero su cabeza sabía que la única manera de sobrevivir era mantener la distancia.
Oriana notó entonces un pequeño incidente que, para cualquier otro, hubiera pasado desapercibido, pero no para ella, debido al agudo olfato estratégico que había desarrollado: el sedán negro estacionado en la intersección se retiró discretamente.
Aquello fue todo. Entre este acontecimiento y el siguiente pasaron solo unos treinta segundos: apenas a unos cuantos pasos del supermercado, a pesar de todo lo atenta y precavida que se encontraba, no alcanzó a notar, sin embargo, la furgoneta blanca, cuya puerta se abrió de golpe a su lado y de la cual dos pares de brazos la succionaron hacia dentro, como si se tratara de un agujero negro.
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Martínez y la compañera que le habían designado caminaban acompasadamente por los salones del Black Rose, casi desierto ahora, con excepción de los técnicos que realizaban el inventario de bienes.
El Departamento de Justicia había solicitado la asistencia del FBI.
El oficial de enlace les proporcionaba en aquel momento todos los detalles que manejaba.
Resultaba difícil de creer que aquellos mismos salones que antes tuvieron tanto ambiente tuvieran hoy funcionarios inspeccionando todo y su mobiliario cubierto por sábanas.
Para Martínez, la razón detrás de aquello era clara: nadie escapa al brazo de la ley y, por más que tarde, la justicia en llegar finalmente alcanza a los que pretenden burlarla.
Sandro se creía intocable y ahora empezaba a pagar caro el precio de aquel acto de arrogancia.
Martínez reconocía lo difícil que resultaba, para un agente de una institución que solía operar apenas en los márgenes de la legalidad, hablar en aquellos términos, pero alguien debía ensuciarse las manos y las rodillas para mantener a flote el orden legal, y ese alguien eran ellos.
—Esta es toda la evidencia que hemos reunido hasta ahora —anunció el oficial de enlace, tendiéndole una gruesa carpeta.
Martínez tomó la carpeta y le dio una hojeada superficial.
—Perfecto, ahora veamos los libros de contabilidad —propuso finalmente.
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El equipo de ejecución de Merritt, sobreviviente del desastre en la fundidora, estaba apostado discretamente en un paso lateral de la carretera, aguardando su oportunidad.
La Organización había anticipado movimientos estratégicos y les había dado instrucciones precisas: recuperar el móvil a toda costa, pero sin arriesgarse en exceso.
Cualquiera que se dirigiera por allí debía usar esa carretera, y a esos hombres ni a la Organización les cabía en la cabeza que alguien pudiera haber eliminado, no solo a un peligroso traficante de alto perfil, sino también a sus cinco hombres armados, actuando solo, sin ningún tipo de apoyo logístico. Imposible.
—Esto no puede haberlo hecho una sola persona —susurró uno, con un hilo de incredulidad—. Tiene que ser un operativo… alguien que esté entrenado para esto.
Quienes lo estuvieran siguiendo, sin duda, volverían a pasar por allí.
Cual tigres agazapados tras su presa, los sicarios se mantuvieron a la espera: cualquier vehículo con el perfil que sospechaban los conduciría directamente hasta el móvil, mientras sus mentes calculaban la magnitud de lo que parecía un milagro bélico.
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Mientras la furgoneta circulaba, Oriana evaluaba sus posibilidades; vio que se trataba de cinco sujetos.
Pero veía poco realista la opción de abrir la puerta y saltar de su asiento; dos de aquellos sujetos se encontraban a su lado y no tenía, además, suficiente espacio para maniobrar y, encima de todo aquello, no tenía ninguna experiencia lanzándose de vehículos en marcha.
Oriana comprendió entonces que su única opción posible era mantenerse colaborativa y luego tratar de negociar con aquellos sujetos, aunque de momento no se le venía a la cabeza qué podía tener para ofrecerles.
En esos pensamientos iba concentrada, cuando de repente quien iba delante, dando instrucciones al conductor, se volvió hacia ella.
Oriana temió lo peor en aquel momento; siempre había pensado que, ante la inminencia de la muerte, todos somos cobardes por más valientes que nos creamos, pero confundimos nuestra impotencia con valentía.
En el fondo sospechaba que para aquellos sujetos valía más viva que muerta; si quisieran matarla, ya lo hubieran hecho. Sin embargo, aquellas reflexiones no lograban calmar su angustia del todo.
Fue entonces cuando quien fuera que estuviera sentado allí se bajó la caperuza.
Oriana no podía dar crédito a sus ojos.
—¿Lizzy?
La interpelada le dedicó una sonrisa discreta.
—Ah, perdón, de seguro no es ese tu verdadero nombre.
—Ciertamente no, pero puedes seguir llamándome así si quieres —aprobó esta.
Oriana debió mantenerse cauta, ya que no sabía en realidad de qué lado se encontraba ella.