El Juego de Mefistófeles Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Sandro estrechó las manos de todos, dejando para el final a Merritt, por supuesto.

Aunque el vigor de su apretón lo desconcertó un instante —una presión firme, acaso excesiva—, lo atribuyó enseguida a simple cortesía entusiasta.

—De modales exquisitos, como siempre —le halagó Merritt—. La dureza de las circunstancias no le hace perder el toque.

Sandro miró a su alrededor; había escombros, chatarra, ventanas rotas. Menudo nido de ratas al que había ido a parar.

—Lo veo jubiloso —añadió—; pareciera que se le compuso el ánimo de camino.

Sandro carraspeó levemente.

—No está errado, aunque sus chicos se tomaron sus funciones un poco más en serio de lo normal.

Merritt fue hasta un rincón de donde tomó una lujosa licorera y dos vasos. Un perfecto contraste con todo el caos y la ruina que los rodeaba.

—Mis niños también tienen buenos modales —observó—; es solo su forma de saludar.

Merritt escanció el licor en los vasos, pasándole el suyo a Sandro con la mayor ceremonia.

Sandro dio un sorbo de la manera más confiada.

—Bien, señor Merritt, me tienen halagado sus finas distinciones —expresó Sandro—; sin embargo, entiendo que el tiempo es oro para ambos, ¿no?

Merritt hizo una seña aparentemente imperceptible para Sandro y aquellos cuatro sujetos alzaron sus semiautomáticas apuntándole.

—Efectivamente, señor Bruzzo, el tiempo es oro para ambos, especialmente para usted a partir de este momento.

Sandro no se movió un palmo ni perdió su semblante sereno, rodeado como estaba.

—¿Ha escuchado alguna vez hablar de César Borgia, señor Merritt? —preguntó entonces, luego de una larga pausa, con su voz mejor templada.

De repente, aquellos hombres que se sentían tan confiados e intimidantes tras sus armas comenzaron a experimentar rigidez y náuseas; apenas podían ya apuntar con sus armas, mucho menos tirar del gatillo.

La cabeza les daba vueltas, la visión se les nublaba; todos aquellos hombres, y Merritt incluido.

Dos de ellos dejaron caer sus armas, por no controlar el temblor de sus manos; el sonido sordo del metal rompió la tensión del momento o tal vez la incrementó con su claro tintineo.

—Los Borgia eran la crema y nata de la política italiana renacentista, pero, aparte de su ingenio, otra de las artes por las que eran conocidos era su pericia inigualable como envenenadores y, según rumores, una de sus técnicas predilectas era, por supuesto, la del anillo della morte.

Sandro alzó su mano, mostrando el brillo de su flamante sortija de cabeza de león.

—No tuve el honor de descender de los Borgia —continuó en tono frío, caminando teatralmente entre ellos—, pero, aun así, heredé de mis antepasados el conocimiento de estas vetustas técnicas.

Para cuando había acabado de hablar, todos los hombres de Merritt yacían en aquel suelo polvoriento y agrietado.

—Basss... ttttaaaarrrrrr... ddooo —alcanzó a decir Merritt antes de sucumbir.

Su rostro contorsionado y rígido inspiró el aire por última vez.

Sandro suspiró entonces aliviado y tomó de manos de uno de aquellos sujetos el arma. Con el brazo izquierdo tomó el móvil de Merritt y se lo echó al bolsillo.

Entonces, desplazándose hacia una de las ventanas traseras de aquel complejo y trepando por ella, no sin cierta dificultad, Sandro Bruzzo cayó del otro lado cuan largo era, golpeándose fuertemente en las caderas.

—¡Maldición!

Con frecuencia olvidaba que ya no era tan joven como cuando podía hacer estas cosas con toda naturalidad.

Apenas pudiendo caminar del dolor, se internó en el bosque circundante con la pistola aún en mano, rogando porque el resto de los hombres de Merritt no notaran el desastre que dejó hasta que se hubiera puesto fuera de su alcance.

No bien había caminado unos pocos pasos entre los árboles cuando recordó algo más. Tomó entonces el móvil de Merritt de su bolsillo y lo apagó, sustrayendo además su batería y colocándola aparte. Entonces sí, suspiró de alivio y se permitió continuar, renqueando entre los árboles.

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En algún lugar de Europa, usado como centro de operaciones por La Organización —así eran conocidos simple y llanamente—, un sujeto al frente de un monitor perdió contacto con una ficha —así llamaban a sus miembros operativos—. El sujeto gris aquel revisó la última ubicación conocida de aquel móvil.

Aquel era un sistema de GPS redundante que La Organización instalaba en los móviles de las fichas, sin su conocimiento ni consentimiento expreso; muchos de ellos lo sospechaban, pero aun así no podían hacer nada al respecto.

Una vez que se entraba a formar parte de La Organización, ellos controlaban cada aspecto de la vida de sus miembros; las fichas, bueno, en realidad ya no tenían vida fuera de ellos.

—Objetivo localizado, proceder según el protocolo —tecleó el sujeto en su ordenador.

El mensaje llegó a cada uno de los miembros del consejo principal, cuyo presidente sonrió de lado al verlo; ya tenían a la rata, ahora solo necesitaban preparar el cerco.

********

Los tres sujetos del blindado, incluyendo al conductor, comenzaban ya a sospechar que algo sucedía allí dentro. No era lo que percibían, sino todo lo contrario: era demasiado el silencio.

—Vamos —apremió el conductor a los otros dos.

Aplicaron el retroceso a sus armas y se bajaron del vehículo, avanzando con cautela hacia el edificio.

Cuando entraron, fue solamente para confirmar sus sospechas, ya que pudieron comprobar de primera mano todo lo dejado por Sandro a su paso.

—¡Maldición!

—¿Por qué? —preguntó el conductor del blindado, con una leve sonrisa—. Ese imbécil nos vino de perlas, después de todo.

Uno de los otros dos intervino entonces.

—¿Creen que la gente de la que huía este tipejo nos recomp...

El conductor del blindado hizo un breve gesto de asentimiento.

Aunque algo confusos al principio, los otros dos captaron en algunos segundos la ventaja que les aportaba este nuevo contexto.

El conductor escrutó entonces los bolsillos de Merritt en busca de su móvil; no lo llevaba.

Su mueca de frustración no pasó desapercibida para los otros dos.

—Lo tomó —informó.

El silencio que los rodeaba parecía cómplice.

—Recuperémoslo —propuso uno de ellos.

—Ya viste de qué es capaz ese sujeto, ¿no? —le cuestionó sarcásticamente el otro.

Se hizo un silencio aún mayor.

—Ellos estaban desprevenidos; nosotros no —concluyó el conductor, avanzando nuevamente.

Y entonces los otros dos siguieron, sin protestar, a su nuevo líder de facto.

********

Aunque ya casi recuperado del impacto, Sandro renqueaba levemente aún, pero sabía que no podía bajar el ritmo si quería ganar tiempo antes de que esos otros sujetos vinieran a cazarlo.

Apoyándose entre los árboles, se obligaba a continuar a pesar de la incomodidad, sin darse margen siquiera de comprobar el impacto del golpe en su cadera.

Se apoyaba en algunos árboles durante el trayecto, con el arma aún en mano.

Aquel era, sin duda, un bosque de una belleza sobrecogedora: una fiesta de colores verde, naranja y rojo pastel; los troncos blanquecinos de los árboles se elevaban gráciles al cielo, cual delicadas modelos en una pasarela infinita, y la quietud, solo interrumpida por el canto de los pájaros, completaba un paisaje que, en otro contexto, se hubiera detenido a contemplar y disfrutar.

Un paisaje cuya belleza contrastaba con lo siniestro de sus presentes circunstancias y con la carnicería de la que pudiera llegar a ser testigo.

El leve crujido de una rama y algunas voces quedas lo sacaron abruptamente de sus leves reflexiones.

Aplicó el retroceso, se ocultó tras un árbol y aguardó allí con el arma en alto; muy a su pesar, el palpitar de su corazón lo traicionaba.

Solo seis balas era lo que lo separaba de enfrentar prematuramente su destino.

No era, por supuesto, la primera vez que enfrentaba una situación como aquella, pero sí había pasado el tiempo suficiente como para desacostumbrarse, aparte de que su cuerpo no era ya el mismo.

Cuando uno de aquellos sujetos se puso al alcance, a unos cuarenta metros de su posición, Sandro no perdió la oportunidad; el disparo fue certero: el hombre cayó como un pesado fardo sobre el colchón de hojas debajo de él.

Los hombres restantes dispararon en respuesta tras constatar la situación debido al grito del compañero caído. Al volver a descubrirse y disparar, Sandro se cobró otra víctima. Sin embargo, no fue lo suficientemente rápido como para evitar que una bala le alcanzara el brazo izquierdo.

Sandro apretó los dientes, conteniendo una maldición, permitiéndose apenas palpar el músculo para comprobar la magnitud del daño; apenas si logró soportar el dolor.

Calculando que al sujeto restante le quedarían a lo sumo tres balas y corriendo el riesgo de que le quedara aún otro cargador completo, se expuso dos veces de manera rápida y repetida, de forma que el tipo agotara todas sus reservas.

Entendía que estos tipos no eran tan tontos; sin embargo, esperaba que su frustración y posible inquina fueran superiores a su previsión.

Su apuesta, aunque arriesgada, funcionó: tres proyectiles surcaron el aire en su dirección sin dar con su objetivo, aunque uno de ellos pasó rozando a apenas centímetros de su cara.

Sandro solo tuvo entonces que forzarse a ser paciente, intuyendo que, le quedaran o no más reservas, aquel bastardo tendría por fuerza que exponerse en algún momento u otro, delatando así su posición.

Lo hizo, y aquel fue su último error: al abandonar de manera ágil la gran roca tras la cual se encontraba, intentando sin duda ganar ángulo para disparar de vuelta o huir, fue alcanzado dos veces por sendos disparos procedentes de detrás del árbol.

Sandro no lograba apuntar tan bien como antes, debido al músculo desgarrado; sin embargo, uno de los disparos resultó ser lo suficientemente letal.

Esperó entonces algunos minutos más, hasta que la calma usual del bosque le confirmó que ya todo había pasado.