Capítulo 6
Sobre la mesa de autopsias, el cadáver de Iris era testigo de deliberaciones con las que probablemente nunca hubiera querido tener nada que ver en vida. Paradójicamente, justo allí había recobrado algo de su antigua dignidad.
—¿Nada aún? —quiso saber el forense, previo a la entrega del reporte.
El oficial a cargo movió la cabeza de un lado a otro.
—Sin familiares a quienes contactar y sin identificación de trabajo —comentó—, y su carnet de identificación no aporta gran cosa.
El forense emitió un suspiro de impotencia.
—Aquí tampoco hay mucho de donde tirar; se trata de un estrangulamiento clásico —explicó el forense.
Sin embargo, pareció recordar algo de repente, según se notaba en su gesto.
—Espere, tal vez no todo esté perdido —comentó—. Nuestro fetichista misterioso nos dejó un regalito.
El forense le entregó al oficial a cargo la fotografía ampliada de una huella. Este la tomó y la incluyó en el sobre, esperando que, quizás por un milagro, aquella mujer revelara póstumamente algo de su identidad.
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Se había desatado todo un infierno mediático en la ciudad, entre noticiarios y periódicos cubriendo la noticia de la clausura por parte de la policía de Baltimore del Club Black Rose, propiedad del excéntrico magnate Sandro Bruzzo.
Todas las chicas recibieron protección policial, así como evaluaciones médicas y psicológicas.
En la investigación posterior, abierta por la fiscalía, un nombre salió a relucir como corcho en agua salada: Edward Phillips, uno de los concejales de la ciudad.
Sin embargo, había aún un gran ausente en toda esta historia: el propio Sandro, quien continuaba prófugo.
Para Oriana todo fue un mayor infierno que para las demás; la ejecución del allanamiento, la orden de cateo, hubo de responder a las preguntas, ante la ausencia de Sandro y Brenda y considerando que fue ella quien interpuso la denuncia.
—El homicidio de su compañera no nos reveló mucho —le comentó el capitán McGiff—, pero su denuncia facilitó bastante las cosas.
Oriana sonrió de dientes para afuera, pudiendo apenas mantener la compostura ante tanto fingimiento. Estaba segura de que las autoridades locales estaban al tanto del negocio de Sandro desde hacía tiempo y, como siempre, se hacían de la vista gorda.
Lo admitía: no logró llevarse bien con Iris, pero por más que la adversara, estaba clara en una cosa: ella no merecía esto; no merecía que su vida fuera usada como moneda de cambio, un daño colateral de un juego demasiado peligroso sobre el que Sandro ya había sido advertido.
La muerte de Iris no sería en vano después de todo, y Sandro pagaría por contribuir a segar su vida y poner en riesgo a todos allí, incluyéndola.
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Masterson carraspeó y se reclinó en el asiento mientras discutía los detalles del reporte del arsenal incautado.
Al menos la mitad de estas armas irían a parar a manos de los White Premium, un grupo supremacista blanco y neoconfederado que planeaba una insurrección en Dakota del Sur próximamente; el resto de las armas tenían como destino algunos grupos de narcoterroristas que operaban en territorio estadounidense.
—Me costó lo suyo convencer al viejo McGiff —declaró Masterson—, pero al final entendió que esto era demasiado queso para él solo.
Martínez veía las cifras en el reporte algo estupefacto; apenas unas horas fue lo que los salvó del desastre.
—¿Está enterado de las noticias? —preguntó entonces casualmente.
—Desde luego —expresó Masterson—, pero tanto usted como yo debemos tener claro que no somos el paracaídas de Bruzzo.
Martínez suspiró, con los ojos entornados.
—Nada de esto llevará nuestras iniciales —añadió Masterson con énfasis.
Cuando Martínez volvió a hablar, consiguió apenas que su gesto y su voz no delataran su frustración.
—Cuando le hablé fue para convencerla de colaborar con nosotros —explicó—; jamás pensé en este desenlace.
Masterson asintió levemente.
—¿Qué era lo que no imaginaba? —preguntó Masterson—. ¿Que eligiera una tercera opción o que fuera más lista que usted?
Martínez no supo qué responder.
—¿Cuál cree que sea su suerte? —inquirió.
Masterson se reclinó en su sillón.
—Volveremos a saber de él, no lo dude —aseveró—, aunque no será por los canales acostumbrados.
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Cuando Martínez se hubo retirado, Masterson aseguró la puerta de su despacho y se aflojó ligeramente el nudo de la corbata.
No parecía alterado, pero sus ojos tenían esa quietud particular de quien acaba de tomar una decisión estratégica.
Tecleó un número con parsimonia, midiendo cada dígito.
La llamada fue atendida al segundo tono.
—¿Erin Perl?
Se trataba de una alta operativa de la Agencia Central de Inteligencia.
—¡Masterson! Vaya, qué honor —respondió ella. Su voz arrastraba ese sarcasmo educado de quienes nunca olvidan favores pendientes.
—Necesito información cruzada. Algo delicado. ¿Han detectado movimientos israelíes recientes en territorio continental?
Silencio al otro lado. Luego:
—¿Israelíes? ¿Te refieres al Mossad? No teníamos constancia de nada formal.
—Pues empieza a tenerla.
Otro silencio. Más largo.
—¿Es oficial o estamos hablando de… zonas grises?
—Digamos que alguien decidió invitar a más comensales a la mesa sin avisar al anfitrión.
Erin soltó una breve risa nasal.
—Eso suena caro.
—Y grande. Demasiado grande para que una sola agencia lo gestione.
Hubo una pausa calculada.
—De acuerdo —cedió ella finalmente—. Te debo una. Haré un par de llamadas y te pondré en contacto. Pero si esto es lo que parece, no podremos quedarnos al margen.
—No espero que lo hagan. Solo asegúrate de que, cuando empiecen a repartirse las porciones, no nos dejen las migajas.
—Hecho.
—Perfecto. Ha sido un placer, Erin.
Cuando Masterson colgó, permaneció unos segundos mirando la pantalla apagada del teléfono.
Su determinación se afianzó.
Sandro no era el único que sabía mover piezas fuera del tablero visible. Si los israelíes pretendían elegir socio en aquella partida, él se aseguraría de que tuvieran alternativas atractivas.
Y esta vez, la elección no sería tan obvia.
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Sandro recibió una llamada en su móvil; número desconocido y probablemente filtrado. Se lo pensó un momento antes de contestar; aun así, se trataba de alguien insistente. Claro, ya podía imaginárselo.
—¿Qué tal, SEÑOR MERRITT? —comentó con cierta sorna.
Del otro lado se escuchaba un leve jadeo, que luego se interrumpió bruscamente.
—¡Enhorabuena por usted, SEÑOR brUZZO! —expresó Merritt—. Creo que ambos estamos hasta el cuello de...
Sandro se preguntaba: ¿por qué un tipo con tan pocos escrúpulos como Merritt los tenía, sin embargo, para cortarse en medio de una grosería?
—¿Qué quiere? —inquirió Sandro, con evidente fastidio.
—Debemos tener una reunión por los viejos tiempos; me encuentro ahora en una ratonera, pero aún conservo buen whisky —expresó Merritt—. Tengo la manera perfecta en que ambos podemos superar este ligero... escollo.
Sandro no podía contener las ganas de vomitar. Entendía que sin duda había caído bajo en la vida, pero lo de aquel cerdo era otra liga. Una mujer acababa de morir por sus manos y aquello era solo un «escollo».
—Perfecto, tengamos una reunión de exalumnos.
—Bien pensado; aún sabe usted apreciar lo bueno... Mis chicos le conducirán hasta aquí desde donde se encuentra... Relájese por una vez, hombre.
Sandro sin duda lo estaba, tanto que expuso su ubicación.
—¡Así me gusta! —expresó Merritt con suficiencia—. Le espero por segundos.
Tras interrumpir la comunicación, Merritt se reclinó en la silla desvencijada.
El ambiente posturbano de aquella vieja fundidora abandonada contrastaba bastante con el lujo al que estaba acostumbrado en estos últimos años.
Pero Merritt era un sujeto anfibio y conocía muy bien aquellos ambientes también.
—¿Tenemos todo a punto? —preguntó a uno de sus hombres.
El sujeto, aplicando el retroceso de su semiautomática, le confirmó con un leve asentimiento de cabeza.
—¡Perfecto! Entonces tendremos una pijamada muy divertida aquí.
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Durante aquella mañana en Jerusalén, los buses siguieron circulando como de costumbre; la gente en la calle hizo su vida de la manera usual, sin temer por ella en primer lugar.
La policía israelí vigilaba desde hacía meses, como buitre, el puerto de Tel Aviv. Era evidente que las agencias internacionales habían soltado algún hueso al fin; aunque ellos no eran perros, sino hienas.
En su oficina, Shlomo Cohen marcó un número con total convicción; desde allí, todas las llamadas tenían cuatro filtros.
—Pendiente —respondieron del otro lado.
—Ejecutar —fue la escueta respuesta emitida desde el cálido y apacible levante mediterráneo.
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Allí donde se encontraba, Sandro vio llegar un blindado, a cuya puerta, abierta para él, bajó un sujeto de rostro tan inexpresivo que parecía cincelado. Trepó ágil y confiado, con su sonrisa de viejo jugador, seguido de aquel individuo.
En aquel momento, su atuendo distaba bastante de los llamativos y elegantes trajes de diseñador que solía usar. A quien lo viera allí, con una playera corriente y vaqueros gastados, le parecería que se había arruinado.
Dentro, otro individuo, igual de inexpresivo, se encontraba a su lado. No había, por supuesto, comunicación con el conductor y las ventanas se oscurecieron aún más; justo al cerrar, la luz se encendió.
Los sujetos que le rodeaban en el asiento lo vigilaban entre cautos e intimidantes.
—¡Relájense, chicos! —expresó jovial Sandro—. Somos amigos, después de todo, ¿no?
Por supuesto, no hubo respuesta.
El vehículo empezó a avanzar tan sigilosamente como había llegado a aquel bosque en medio de ninguna parte.
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—¡Señor Merritt! —expresó Sandro con todo el entusiasmo que fue capaz de fingir—. No se imagina qué oportuna ha sido su llamada.
Sandro llegó extendiendo la mano; los hombres de Merritt desconfiaban.
Mostró la mano desnuda frente a ellos.
—Por favor, somos civilizados —expresó—. ¿Vamos a evadir esta elemental cortesía de caballeros que nos separa de la vorágine de allá fuera?
Merritt asintió con la cabeza al grupo.