El Juego de Mefistófeles Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

No encontraba en su mente respuesta para aquello, pero sin ser llamado, el recuerdo de su beso en el despacho, de la urgencia que sintió en aquel momento y de la noche que compartieron en una de aquellas habitaciones donde ella había atendido a tantos clientes, se coló en su memoria.

No, se dijo a sí misma, no se estaba enamorando de Sandro; era un sujeto arrogante, imprudente y que tendía a instrumentalizar a las personas a su alrededor. Jamás podría enamorarse de alguien así.

A su mente llegaron como en oleadas las advertencias del sujeto cómico ese que tenía pintas de todo menos de agente del gobierno.

¡Por Dios! No se imaginaba a ese hombrecillo rodando por el suelo con un arma o midiendo fuerzas con otro.

Debía alejarse de todo aquello, tal y como se lo había advertido, aunque tampoco debía olvidar que luego intentó reclutarla como informante.

Aquella preocupación que sentía por su seguridad, a la par de la suya propia, era solo eso: preocupación por la seguridad de alguien más, alguien sumamente terco, por cierto, que no solamente insistía en exponerse, sino en arrastrar en su caída a varias personas más.

Aquello último a Oriana le parecía sumamente egoísta, vomitivo.

Una vocecilla en su interior formuló entonces un pensamiento tan evidente como perturbador: ¿por qué no lo denunciaba entonces?

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Sandro sostenía la hoja de bloc entre sus dedos y le daba vueltas distraídamente, sin decidirse aún a leerla. Preveía su contenido, pero no lograba reunir el valor de confirmar sus sospechas; hasta que finalmente hubo de obligarse a sí mismo a leer:

Mi muy amado y travieso querubín:

Puede que te cueste creerlo, pero este momento es más difícil para mí que para ti. Durante estos años he caminado a tu lado, sin importar lo agreste del terreno, las piedras en el camino o, en ocasiones, el fango hasta las rodillas, dejando de lado si lo notabas o no.

La mayor parte de las veces no lo notabas, y no te culpes a ti mismo, querido, no es esa mi intención; al fin y al cabo no escucharías ni a tu propia conciencia si intentara evitarte probar tus límites y tentar al destino.

Eres como un chiquillo tratando de comprobar de dónde viene el fuego y quizás eso es lo que más amo y a la vez temo de ti.

Y entonces, algunos de los que te acompañan —espero que no solo yo— vemos las llamas acercarse y tememos que puedas quemarte y, en el proceso, tememos también por nosotros.

Ha llegado para mí ese momento, caro mío, el momento en que, ante tu insistencia en desafiar al destino, pienso más en mí que en nosotros.

Que conste que no he llegado a este límite por deseo propio.

¿Quién más que yo sabe todo el amor que guardo por ti en mi interior?

Tanto que, si hoy hago esto, es justo por ese amor, porque tú me condujiste hasta aquí y te reitero nuevamente mis aprensiones y mis advertencias, esperando que esta vez sí obtemperes, porque puede que al final no quede nadie a tu alrededor dispuesto a correr el riesgo de perderse junto a ti.

Tuya siempre y donde quieras:

Brendy

Al leer la última línea sintió algo en el ojo; lo dejó fluir. Por primera vez en mucho tiempo Sandro permitía a una lágrima resbalar por su mejilla.

Tomó la hoja de bloc y la acercó a sus labios, como si toda Brenda, su esencia, pudiera estar condensada en aquellas palabras de exquisita caligrafía, su caligrafía.

Y, en efecto, si dejamos atrás en nuestros actos o en algo que sale de nuestras manos parte de nosotros mismos, Brenda aún no se había ido del todo.

—Brenda, Brenda, Brendy, cara mía…

Siempre pensó que quienes caminaban junto a él comprendían el fuego y estaban dispuestos a acercarse a sus llamas tanto como él.

Era justo ahora cuando entendía que no era así; jamás había sido así.

No lo era para Brenda, quien fue tan indulgente con él hasta el punto de imaginar que legiones de almas le acompañaban, cuando, excepto por ellas dos, se encontraba completamente solo.

Aquellas reflexiones trajeron a Oriana a su mente. Trató de apartarla, pero su imagen seguía allí.

“Me tomaste aquí como si fueras uno de mis clientes”.

Aquellas palabras resonaban ahora en su mente.

No, contigo es diferente, le dijo a Oriana en su mente.

Al traerla a la mente sonrió de manera ladina, como solía hacer.

Quizás ella fuera distinta, tanto como había juzgado a Brenda; quizás ella no sucumbiera a las mismas aprensiones, por las que no podía culpar a su cara aunque quisiera.

Pero en aquel punto comprendía, en el fondo, que aquello era algo que esperaba más de lo que comprendía.

Tomó la carta y la dobló delicadamente, colocándola en el cajón superior; pero entonces lo pensó mejor. Su lugar era otro. La tomó nuevamente y la llevó al bolsillo de su chaqueta; allí debía permanecer: junto a su corazón.

Tomó entonces su cajetilla de cigarrillos turcos.

Hacía tiempo que no volvía a aquello, pero qué más daba, la ocasión lo ameritaba.

Lo hizo; sentía al rato la caricia perfumada del cigarrillo en su garganta y entonces, al compás de las volutas de humo que danzaban en el aire, una llamada entró a su móvil.

Marcaba Desconocido, como siempre, pero Sandro no tenía a casi nadie en su agenda.

—¿A qué debo el honor esta vez? —preguntó sin mucha convicción. Sabía que cualquiera de ellos podía ser; era una pregunta genérica.

—Alguien a tu alrededor no logró esquivar el sheol; en tus manos está que esto pare —fue la lacónica respuesta que obtuvo, antes de que se colgara la llamada.

Era increíble. ¿Tanta era la confianza de esos sujetos en su eficiencia que se arriesgaban a revelarse a sí mismos con sus metáforas?

Pero, en el fondo, comprendía de qué se trataba; comprendía qué había sucedido y sabía justo a quién…

a alguien que, justo como él, no escuchaba advertencias a tiempo, aunque a diferencia de él, sin experiencia para caminar entre las llamas sin quemarse.

Sandro no esperaba tener que llegar a aquellos límites.

Hacía tiempo que no trillaba aquellos caminos, pero ya iba siendo hora: debía pasar de las llamas a las sombras, terreno donde tenía también experiencia, aun cuando lo disfrutara menos…

nadie más que no estuviera preparado tenía por qué arriesgarse acompañándolo.

Seguiría solo a partir de allí, tan solo como siempre había estado.

Lo otro que hizo fue tomar de su cómoda una pequeña cajita de nácar. Al abrirla tomó de su interior una sortija de oro macizo, con una cabeza de león por piedra y un pequeño acicate en su aro exterior.

Abrió una diminuta compuerta que daba acceso a un canal que se extendía a lo largo de toda la sortija. Entonces tomó una jeringa ya cargada, también de su cómoda, y vertió dentro del canal un líquido lechoso.

Su siguiente paso fue tomar un bulto negro de uno de los cajones y dirigirse a la caja fuerte, la cual vació una vez abierta.

Era increible que tuviera que sacar todo aquel capital que había construido en años y salir de allí con él como un fugitivo.

Finalmente, en momentos en que el cuerpo de Iris reposaría sobre la fría bandeja de autopsias, tomó su móvil y marcó otro número, esta vez sin los filtros acostumbrados.

—Policía de Baltimore, ¿quién al habla? —se escuchó una joven voz femenina.

Sandro tomó aire.

—Llamo para denunciar al Black Rose Club, un establecimiento de damas de compañía aquí mismo en Baltimore —explicó.

Hubo un silencio de algunos segundos al otro lado de la línea; se escuchaba un ruido de teclas.

—Esa denuncia ya ha sido registrada en nuestro sistema esta mañana —explicó la joven.

—¿Quién? —preguntó Sandro escuetamente.

—Como comprenderá, señor, no puedo darle esa información —explicó la joven—. ¿Cuál es su nombre?

Sandro interrumpió la comunicación en aquel preciso momento.

No hacía falta obtener su nombre. Sandro ya tenía más que claro de quién podría tratarse, y lo más irónico es que no podía culparla en lo absoluto.

Esbozó una media sonrisa.

—Bien jugado, Oriana —expresó para sí.

Entonces miró a su alrededor, tratando de recordar cada detalle de aquella oficina que durante todos esos años había sido más su hogar que su propia mansión.

Se calzó el anillo con parsimonia y se escabulló de allí hasta ninguna parte; sustrayéndose por primera vez en mucho tiempo, no solo de aquel espacio desde el cual ordenaba sus dominios, sino también del ojo público.