El Juego de Mefistófeles Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Martínez se movió unos pasos apenas, para mantenerse en el papel. Alrededor, los clientes continuaban circulando con sus carritos, como si ellos se hubieran congelado en aquella escena, como dos estatuas de cera. A lo lejos se oían pitidos de caja y reclamos; por las bocinas llamaban al conserje.

—Usted le conoce, son cercanos ya —insinuó.

Oriana no supo al principio a qué se refería, hasta que… no. ¿No estaría hablando en serio?

—No puedo espiarle —negó Oriana—. Sería inconveniente, en más de un sentido.

Martínez dejó los productos.

—En más de un sentido —repitió de manera reflexiva—. ¿Entiende lo riesgoso que puede ser involucrarse?

—Quizás mejor que usted, que me propone justo eso —le recriminó pasando junto a él con el carrito.

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Mientras se preparaba en el camerino para un baile, a Oriana no dejaba de darle vueltas en la cabeza el encuentro en el supermercado con aquel sujeto. ¿En verdad podía un agente del gobierno ser lo suficientemente cínico como para proponerle esa clase de instrumentalización?

Escuchó a otra de las chicas mencionar a Phoebe. Fue una conversación casual, mas no su impacto en ella.

“Ya no es seguro allí, hay miradas que matan, en más de un sentido”.

Las palabras del agente venían ahora a la mente de Oriana como agujas. Claro, ¿cómo no se había dado cuenta antes? Phoebe no fue despedida por razones administrativas, sino para evitar que las palabras de Martínez cobraran sentido en ella.

Suspiró hondamente y se apoyó en la cómoda como si se sintiera desfallecer. Aquello era peor de lo que imaginaba. ¿A qué estaba jugando realmente Sandro? Y más importante aún, ¿quiénes pagarían realmente el costo?

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Desnuda sobre la cama de aquella lujosa suite de hotel, Iris se esperezaba como un gato, mientras a su lado Merritt tomaba champán de su copa.

Era una suite espaciosa decorada en tonos rosa y verde pastel, con mobiliario de fórmica y acuarelas de paisajes.

Su piel nacarada estaba húmeda ahora, debido a la transpiración reciente; había sido una sesión maratónica, de final decepcionante. Era algo que debía haberse esperado; ya no sabía por qué insistía en buscar un resultado distinto.

Los flácidos dedos de Merritt recorrían distraídos su largo surco coronado de hirsutos y escasos vellos azabache. Iris presionó su mano allí.

Aquello era solamente por salir del club, se repetía Iris, tratando de convencerse a sí misma; luego de pescarlo definitivamente ya tendría bastante de donde escoger.

Un mensaje al móvil de Merritt lo hizo incorporarse a medias y alargar el brazo hasta la cómoda.

Pulsó sobre el ícono:

Barril virado —vamos por ti.

Aquellas fueron las únicas palabras que vio.

—¿Ocurre algo, querido? —preguntó Iris a su lado—. ¿De qué se trata?

Merritt disimuló todo lo que pudo.

—Nada, asunto de negocios —expresó sin mucha convicción.

Iris se volvió entonces en la cama, confiada y ensimismada.

Merritt pudo contemplar entonces el largo y definido surco de su espalda, sus hoyuelos de Venus…

aquella chica era sin duda un deleite, un bocado más que apetitoso para cualquier paladar; aunque también era arribista y tonta, tanto que ni siquiera se tomaba la molestia de disimularlo.

Aquel último pensamiento lo sobresaltó internamente.

Esa chica era tonta, por más lista que se creyera.

La constatación de aquel hecho incrementó sus temores justo en aquel momento.

Intuía que quien sea que lo hubiera amenazado lo alcanzaría a través de aquel rastro; eso representaba ella en aquel momento: un bocado ponzoñoso, un rastro hacia él.

El cargamento no pudo perderse así de la nada. Entonces fue cuando Merritt lo recordó; debió ser durante aquella borrachera… ¡Maldición! ¡Ese sucio traidor!

Merritt sonrió entonces. Iris seguía de espaldas a él; probablemente se había dormido. Era una lástima; hubiera querido conocerla un poco más, quizás disfrutar más tiempo de su compañía…

Pero ahora mataría dos pájaros de un tiro: se desharía de la filtración y le devolvería la pelota a ese bastardo.

Tomó su corbata entre ambas manos y comenzó a tensarla.

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Brenda había tomado ya una decisión y no estaba dispuesta a dejarla de lado, ni siquiera por Sandro, que seguía empeñado en jugar al gato y al ratón sin tener claro quién jugaba qué rol.

Aquella misma tarde se habían enterado de lo del puerto.

Sandro había tratado de convencerla con su presencia de ánimo agrandada y su exceso de confianza; pero aquello iba más allá de ambos.

Ya se lo había dicho una vez, no escuchó.

Le amaba, sí, en un sentido platónico; ambos eran para el otro el amor ideal, su pasión nunca consumada. Pero había ocasiones en que se debía decidir qué se estaba dispuesta a arriesgar por amor y qué no.

Era curioso: en todo el tiempo que llevaban de conocerse, aquella era la primera vez que le escribiría, y era para despedirse.

¿Por qué, si había sido siempre tan elocuente en su presencia, batallaba con las palabras ahora?

Naturalmente no le escribiría una carta impresa; su relación no merecía un gesto tan impersonal.

Cuando hubo terminado, regó sin querer la hoja de bloc con una lágrima, la cual se enjugó algo nerviosa.

Luego, por primera vez desde que estaba allí, hizo una transacción digital, la misma que esperaba garantizara su futuro y su propia seguridad lejos de todo aquello.

Entonces se incorporó, apagó el equipo y las luces, trasponiendo aquel umbral por última vez en su vida.

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Entre aquel grupo de hombres, reunidos en algún lugar de Europa, no cundía ni el pánico ni la preocupación; todo allí era estrategia.

Eran sujetos que estaban acostumbrados a actuar en las sombras y a dirigir todo desde allí; rara vez aceptaban un no por respuesta, y cuyos intereses se anteponían con frecuencia a sus principios.

Se hacían llamar escuetamente La Organización. Todo mundo sospechaba a qué se dedicaban, pero nadie se atrevía a pregonarlo en voz alta.

Allí, en medio de aquel grupo reunido entre caros óleos y espejos venecianos, se estaba llevando a cabo una votación.

Parte de la carga se había perdido y alguien tenía que pagar, así de simple.

Era un grupo de hombres que no veía sus pérdidas como errores colectivos, sino que siempre encontraba un chivo expiatorio.

Un retrato de Merritt presidía en aquella ocasión la sala y, uno por uno, aquellos hombres iban marcando cruces; algunos, no obstante, se abstuvieron. Entre los que sí marcaron el retrato se encontraba Weber.

Un anciano canoso que se encontraba en la silla principal se incorporó y habló entonces:

—Bien, caballeros, parece que la mayoría ha hablado. La decisión está tomada.

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Aquella misma noche, las patrullas rodeaban el Sunny Place, uno de los hoteles más céntricos y sofisticados de Baltimore. Los destellos rojos y azules de las patrullas herían el aire y varios oficiales colocaban cinta amarilla en el perímetro.

Dentro, en la habitación 315, McGiff se acariciaba la barbilla intrigado, mientras un forense buscaba huellas en la cómoda y en otras superficies.

En el centro de aquella cama, rodeada del lujo y en contraste con la quietud del rosa pastel de las paredes, el cuerpo de una mujer alta y de cabellos azabache esparcidos sobre la almohada se exhibía voluptuoso en su rotunda y carnal desnudez, por vez última.

Sus ojos color miel, hace apenas unas horas colmados de vida y ambición, miraban ahora a la nada.

Iris era ahora la reina del espectáculo que siempre quiso ser; lástima que no pudiera ser ya consciente de ello.

En su cuello, que alguna vez se adornó de gargantillas y cadenas, exhibía ahora marcas rojo violáceas.

— ¿Quién la encontró? — inquirió McGiff.

— Una de las empleadas de servicio a la habitación; está siendo interrogada en este momento.

McGiff se dirigió al ventanal, desde donde se podía contemplar una de las mejores vistas de Baltimore.

—¿Creen posible que esté aún aquí? —preguntaba McGiff a su equipo, de vuelta de la ventana.

—Probablemente no —observó el forense—. Su deceso se produjo hace unas cuatro horas.

McGiff suspiró levemente. Aquella ciudad sin duda se estaba volviendo inhabitable desde hacía ya tiempo; sin embargo, esto era muy distinto: primero una incautación de un arsenal en el puerto y luego aquello.

Esto no tenía nada que ver con lo que el departamento estaba acostumbrado a lidiar; sin embargo, McGiff no alcanzaba a comprender cómo ni por qué.

—Se activa el protocolo de búsqueda a partir de ahora —ordenó entonces, sin sentirse del todo seguro de que pudieran atrapar a nadie.

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Oriana tenía dificultad para dormir nuevamente. Estaba teniendo demasiada tensión con todo aquello. Debía tomar una decisión de manera urgente, ya que cada segundo que la postergara más en peligro se colocaba.

Fue hasta la nevera por un vaso de agua.

Demonios, casi cinco meses de trabajar en aquel club comprometiendo su seguridad debido a los negocios turbios de Sandro y seguía viviendo en aquel departamento rentado y todo ruinoso en una de las peores zonas de la ciudad.

¿Debería volver con su madre y sus hermanos ahora?

Era estrecho también allí y tenían aún más dificultades que ella para llegar a fin de mes, pero al menos estaría lejos de todo aquello.

¿Qué diablos le pasaba? Su seguridad, por decirlo de una manera eufemística, pendía de un hilo y ella se encontraba allí haciendo reflexiones en lugar de solo largarse y ya.

Pero no podía largarse así sin más, la encontrarían; tenía la impresión de que él estaba envuelto en más de lo que podía controlar.

Sandro podría estar acostumbrado a sortear aquella marea negra y a vivir todo el tiempo como si estuviera a punto de acercar el fósforo a la mecha; pero ella era otra cosa y además no le debía nada… entonces, ¿por qué se sentía tan comprometida con él y con el club?