El Juego de Mefistófeles Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Bajo el manto negro azabache de la madrugada, las tranquilas aguas del puerto de Baltimore reflejaban el amarillo dorado de la luna llena.

No era una ronda particularmente agitada, todo lo contrario.

Sin embargo, para los oficiales aduaneros la cosa era distinta; habían sido prevenidos acerca de la llegada de un cargamento de armas de contrabando.

El oficial de enlace de la policía metropolitana también se encontraba allí.

Gracias a la filtración producida por el propio Merritt, sabían que aquel cargamento llegaría en abril, aunque ignoraban la fecha; por lo cual se había redoblado la vigilancia desde el primer día de aquel mes.

Próximo a las 2 de la madrugada, el Rode Tulp, un buque de la marina mercante holandesa, atracó en el puerto.

Cuando el capitán entregó el manifiesto de carga a los oficiales de aduana y estos procedieron a la inspección de las bodegas para su comprobación, todo parecía normal.

La carga parecía ser lo que decía en el manifiesto: vegetales enlatados y pimentones.

Pero a uno de los oficiales se le ocurrió de repente inspeccionar una de las cajas inferiores de la estiba, al fondo de la bodega. Una vez que los estibadores del puerto lograron sacar una de aquellas cajas, el oficial notó que era demasiado pesada para contener solo vegetales.

—Perfecto, todo en orden —mintió el oficial de aduanas— voy por el formulario de desembarco, ya vengo.

El oficial le hizo una breve seña, casi imperceptible, al enlace policial y este presionó tres veces el interruptor de su radio de comunicaciones, de forma que ni el capitán ni sus hombres se enteraran de lo que ocurría.

El oficial de aduanas fue aparentemente por la forma. Quince minutos después, cuatro unidades de la policía metropolitana de Baltimore rodeaban las vías de acceso al puerto.

—Aseguren todos los accesos —ordenó McGiff a sus hombres.

McGiff no había acabado aún de pronunciar esta orden cuando una bala pasó rozando en trayectoria limpia a unos escasos centímetros de su cara.

El capitán se agachó rauda e instintivamente tras la puerta de su vehículo y accionó el interruptor de la radio.

—¿Cuántos niños exploradores tenemos, muchachos?

Elevó lo suficiente la cabeza y el brazo para responder a una ráfaga en dirección a las patrullas más cercanas a él.

—Unos seis o siete, cuando mucho —fue la respuesta que obtuvo.

Las luces de la sirena daban a la escena un toque tenue como de elegancia urbana, lo cual contrastaba con todo aquel jaleo.

En medio de la conmoción se escuchaban gritos en neerlandés; un sujeto se quejaba como si hubiera sido alcanzado.

Los agentes más cercanos al barco avanzaban cubriéndose las espaldas; a pesar de llevar cascos y chalecos, eran hombres que sabían extremar las precauciones.

Uno de ellos se expuso y disparó dos veces, siendo alcanzado de vuelta por un impacto.

—Demonios —gritó, sosteniéndose el brazo y retirándose a resguardo.

Otro oficial rodaba por el suelo mientras disparaba, asegurando el avance de sus compañeros.

Dos hombres a bordo de un camión de carga intentaron abandonar el puerto, pero fueron interceptados por una de las patrullas y obligados a abandonar el vehículo.

La resistencia de los atacantes tardó un poco más de lo usual, pero finalmente fueron también reducidos y llevados a otra de las patrullas.

Los sujetos fueron conducidos hacia una patrulla.

—¿Se encuentra bien, Scott? —indicó McGiff.

—Sí —confirmó este— ha sido solo un roce superficial.

McGiff se acercó con el fiscal del distrito hacia la bodega del barco, blandiendo la orden de cateo frente a él.

El oficial de aduanas comprobó el documento.

—Pueden proceder —autorizó.

Los estibadores sacaron en total 200 cajas sospechosas; los oficiales de aduanas forzaron las cajas con sus herramientas.

McGiff tuvo que hacer todo su esfuerzo para disimular la palidez de su rostro. En sus treinta años de servicio policial había presenciado varias cosas comprometedoras, pero jamás en toda su carrera había visto algo así.

Lo que aquellas cajas mostraron al ser abiertas iba más allá de un simple encargo privado: allí había armas de distintas clasificaciones y calibre, todas de grado militar y de muy alta sofisticación.

Había de todo lo necesario para proveerse frente a un apocalipsis: fusiles de asalto, ametralladoras AK-47, lanzagranadas, granadas cegadoras…

y lo más inquietante, cohetes detectores de calor y misiles de corto y mediano alcance.

Los oficiales debían permanecer allí de guardia mientras los agentes de aduanas completaban el inventario del cargamento, antes de su traslado a los almacenes del precinto.

Solo la luna y el mar permanecían allí impasibles, como testigos mudos de una de las más espectaculares operaciones de incautación que se hubieran visto jamás en aquel puerto.

********

Era su segunda vez en el despacho de Sandro durante aquel mes.

Iris se sentía triunfadora; no creía haber roto ninguna de sus tontas reglas desde su última reunión, no había tenido ningún encuentro hostil con la estirada de Oriana y, encima, había sido una de las que más clientes se había llevado a las habitaciones desde la última supervisión.

Iris conectó entonces los puntos en su mente. Aquello debía ser por celos. ¡Eso era! Sandro estaba celoso de Merritt. ¿Quién lo iba a suponer?

—Debo aclararte desde ya que no te mandé a llamar por ninguna falta —expresó Sandro, como si estuviera leyendo sus pensamientos— sino más bien para hacerte una advertencia.

¡Lo sabía!, pensó Iris. Aquello era el séptimo cielo para ella. No solo había cautivado a Merritt, sino que además había conseguido poner celoso al imperturbable de Sandro. ¡Caramba! ¿Quién diría que después de todo siempre tuvo la solución a sus precariedades al alcance de su mano?

—¿Tan pronto te vas a poner celoso, cariño? —expresó con ternura performativa—. Me decepcionas; pensé que al menos esperarías a vernos formalizar.

Jugaba con las palabras, pareciendo aún más dueña de sí y de sus atributos. Sandro, sin embargo, no parecía más impresionado que en la ocasión anterior; el impulso que lo movía esta vez era muy diferente.

—Esto no es un juego, Iris —le advirtió Sandro—. Las cosas son mucho más complicadas de lo que las ves y él es parte de ellas.

Las aletas de la nariz de Iris se ensancharon, a la par del fruncimiento de su ceño.

—Querido, te suponía más listo —continuó—, pero resultaste ser una decepción. ¿No notaste acaso que desde que llegué aquí siempre me he mostrado dispuesta a arriesgarlo todo por una vida como la que merezco?

Sandro la estudió con más detenimiento; se veía algo más radiante y producida.

—Siempre lo supe, estás dispuesta a arriesgar todo por escalar —repitió Sandro—, pero solo los insensatos negocian esos objetivos con su propia seguridad.

Iris soltó una carcajada.

—¿Ahora te preocupas por mí, cariño? —inquirió con sorna—. ¡Qué tierno! Pero ya es algo tarde, ¿no te parece?

—Te equivocas —la corrigió Sandro—. Aún no es tarde, para ti. Merritt no vale tu vida.

—La ambición de los tontos es ciega; la de los listos es prudente —añadió Sandro.

Iris alzó la cabeza.

—Sigues resentido por la oportunidad que perdiste —se burló Iris, haciendo un gesto tierno—. Lástima, porque eres todo un caramelo, debo admitirlo.

Salió muy oronda y taconeando antes siquiera de que él la autorizara a retirarse.

—Ah, por cierto —añadió volviéndose—, disfruta tu pequeña aventura con esa estirada. Espero que te dure...

En esta ocasión sí se marchó de veras.

Apenas al sentir cerrarse la puerta, Sandro se incorporó para asegurarla y procuró su teléfono. Las piezas comenzaban ya a moverse; debía actuar rápido.

********

—¡Vaya que es usted reincidente! —se escuchó decir a Masterson al habla—. ¿Y qué pequeño problemita tiene ahora?

Sandro pensó muy bien las palabras.

—Hay otro agujero en el cazo —dijo finalmente.

Se oyó un carraspeo desde el otro lado de la línea.

—Está usted teniendo demasiados problemas como este últimamente —le informó Masterson—. Me imagino que a estas alturas entiende perfectamente los términos de nuestra relación.

Sandro apretó el puño sobre la mesa.

—¿Van a intervenir o no? —presionó—. Es sangre en sus manos, no en las mías.

—Perfecto, haremos lo que esté en nuestras manos —le aseguró Masterson—. ¿De quién se trata?

Sandro entregó el nombre de Iris.

—Procuren que no sea demasiado tarde… para ella.

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Sandro, Sandro, Sandro.

Oriana no podía dejar de nombrarlo en su mente durante aquellos días.

Pensó en lo de la semana pasada. Solo veía la constatación última de su debilidad… carne contra carne, sus pezones en sus manos, sus dedos expertos recorriendo todo su cuerpo.

Si no era capaz de controlar sus respuestas frente a Sandro, ¿era acaso mejor que él? ¿Tenía derecho a hacerle reclamo moral alguno?

Sandro la había tomado en una de las habitaciones de su club, para Oriana el mensaje era más que claro: la consideraba de su propiedad, justo como todo lo demás que tenía allí.

Su mente no tenía respuesta para aquello.

Trató de convencerse de que era solo su cuerpo, de que sus sentimientos no estaban involucrados en el proceso… tonta.

La observación de un perfil bastante familiar la sacó de sus propios pensamientos.

¡Vaya!, pensaba Oriana. Aquel investigador seguía haciéndose el encontradizo. Allí estaba junto a ella, aparentando comparar precios en la góndola de los cereales.

—Se vería más natural si usa el verificador —señaló Oriana.

Martínez la miró con gesto inexpresivo.

—El performance es para los demás —aclaró.

—Con más razón —fue la divertida respuesta de Oriana.

Martínez siguió rebuscando en la estantería.

—¿Qué pasa con el club? —preguntó Oriana intrigada.

Martínez carraspeó.

—Ya no es seguro allí —declaró—. Hay miradas que matan… en el sentido más literal.

Oriana dejó de seleccionar productos para observarle de hito en hito.

—¿Qué quiere de mí exactamente, señor…?

—Mi nombre no importa —fue todo lo que oyó por respuesta.