Capítulo 5
Bajo la adusta mirada del presidente desde su retrato, Masterson le pasó a Martínez una fotografía; debió haberse imaginado aquello.
Diablos, creí haber tomado todas las precauciones.
—Tenía información sensible —mintió Martínez.
—Ella podría haberle entregado cualquier baratija a cambio de algo más de seguridad —advertía Masterson.
Martínez asintió en su mente; eso era justo lo que él temía al principio.
—Los cabos que ató fueron una excelente combinación.
Masterson lo miró como si lo estuviera evaluando por primera vez.
—¿En serio, Martínez? —le escrutó— ¿Comprometió información sensible por una conjetura?
Martínez quiso explicarse y también quería replicar, reprocharle lo inflexible de su pensamiento. No hizo ni lo uno ni lo otro.
—Deme una buena razón para no sancionarlo.
Veintidós años de servicio ininterrumpido y más de 15 casos resueltos en el proceso; la respuesta llegó nítida a su mente, sin embargo, esquivó sus labios.
No obstante, conocía demasiado bien a aquel sujeto, casi tanto como para tenerlo de compañero de tragos, aunque su relación nunca traspuso aquellos espacios.
Al cabo de algunos segundos, Masterson manoteó al aire.
—De todas maneras su intuición parece correcta —comentó al final— aunque no creo que ese infeliz la valga, es solo un peón en un juego que no entiende.
Por supuesto, se encontraban a puertas cerradas y aseguradas.
—Manténgase sobre esa pista —indicó Masterson.
El jefe no validaría ninguna conjetura, por genial y plausible que fuera; aquello solo podía significar una cosa: el único tonto allí era él mismo.
A Masterson le llegó en aquel momento un archivo temporal.
—Ya era justo —se quejó.
Compartió el archivo con Martínez.
—Tuve que rascar muchos huevos y cobrar muchos favores en la agencia para obtener este filete —explicó Masterson.
—Comprendo —comentó Martínez secamente.
—No, no comprende —negó Masterson— este es un corte que ni siquiera yo mismo debería tener en mi plato y que podría costarme la carrera.
—¿Cuál es el punto, entonces? —se atrevió a preguntar Martínez.
Le pareció captar un brillo en la mirada de Masterson. ¿O serían solo cosas suyas?
—Solo abra el documento —pidió Masterson.
Martínez sacó su móvil y presionó el ícono correspondiente.
Aquella chica, justo ella, a la que tantas veces había visto en el club, una de las chicas de Sandro, mostraba en la imagen el gesto más adusto que le hubiera visto; tras ella asomaba un símbolo que la ponía a competir en otra liga muy distinta a la suya: una ménora enmarcada en un círculo y rodeada de caracteres hebraicos.
El temporizador seguía corriendo regresivamente; al llegar a cero la imagen desapareció de su móvil y también del ordenador de Masterson.
—Es un ratón jugando con dos gatos —comentó Martínez.
Por supuesto, no se refería a Phillips. Phillips apenas entendía el tablero.
Masterson asintió en silencio y de manera discreta.
—Puede retirarse y recuerde que oficialmente está sancionado —le advirtió a Martínez.
Martínez le obedeció. Estaba algo renuente, pero se imponía la disciplina. Aseguró la puerta y salió tras ella, llevándose sus vacilaciones con él.
Una vez que la puerta se hubo cerrado, Masterson marcó un número y esperó. Al abrirse la comunicación, Masterson, tras un protocolar saludo, les pasó la información del cargamento.
—Entendido, señor —asintieron desde el otro lado— mantendremos la vigilancia.
—Hágame sentir orgulloso —rogó Masterson antes de colgar.
Al otro lado de la línea, quien tomó la llamada hizo a su vez otra llamada, en esta ocasión interna. Sobre su escritorio reposaba una placa con letras doradas: Departamento de Policía de Baltimore —Terence McGiff— Director.
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Oriana se preparaba ya para salir; últimamente había tenido una buena racha de clientes generosos, que la retenían hasta tarde. Aquello era así para todas; en ocasiones una tenía una buena racha mientras para las demás era tiempo de sequía, y viceversa.
Iba saliendo de la zona VIP cuando sintió unos pasos acompasados.
Apenas trasponer el umbral de la puerta, casi se choca de frente con él.
Sandro estaba dando una última inspección antes de retirarse.
Era la última persona a la que esperaba encontrarse. Una rabia sorda se empezaba a apoderar de ella en presencia de su jefe, una que ya apenas podía disimular. Pero aquello no era lo único que sentía al verlo, por más que insistiera en negarlo.
—¡Caramba! Me sorprende encontrarte a estas horas —le comentó— te debe estar yendo muy bien.
Oriana se mordió ligeramente el labio inferior.
—A mí, en cambio, no me sorprende encontrarte aquí —expresó— los cargos de conciencia lo hacen a uno desvelar.
Sandro suspiró.
—Mírame.
Ella no hizo caso.
—¡Que me mires, te digo!
Ella así lo hizo. Le pareció ver en su mirada un gesto suplicante.
—No tienes idea de lo que verdaderamente significa esto.
Oriana intentó zafarse, y aun cuando Sandro no la estaba presionando fuerte, el impacto de su propia fuerza lo empujó aún más en su dirección.
Craso error.
Intentó recuperar el equilibrio de vuelta, reordenar sus pensamientos, repetirse como un mantra todo lo malo que ese hombre había hecho; mas lo que hizo en cambio fue buscar por instinto sus cálidos labios y entregarse por completo en sus brazos.
Maldición, no era la primera vez que su mente y su cuerpo entraban en duelo frente a Sandro y, por supuesto, al igual que aquella otra ocasión, en su oficina, su cuerpo ganó el duelo.
Para Sandro no era menos complicado. ¿Por qué no podía contenerse frente a alguien que lo prejuzgaba tanto? Apenas pudo formularse aquella pregunta entre caricias devoradoras y besos urgentes, con la ambrosía del paladar de Oriana embriagando sus sentidos.
—¡Deténme en este instante, Oriana! —le suplicó— ¡Deténme o nos arrepentiremos luego!
No hubo respuesta, o al menos, verbal. Oriana se posesionó aún más de sus labios y de sus brazos. Era como una autómata; aún tenía sus reservas sobre lo que estaba haciendo, sobre él; sin embargo, tales aprensiones se veían lejanas en el fondo de su mente.
Abrazada a Sandro, maniobraba ahora como posesa sobre los botones de su camisa y casi le arranca el pantalón.
El aliento caliente y jadeante de ambos casi les quemaba y su corazón bombeaba en sus sienes.
Sandro se apoderó de sus pechos con su lengua perversa; Oriana se oyó a sí misma gemir.
Llevó luego su mano a su entrepierna y se la sostuvo allí casi con desesperación. Sandro exploró su surco con toda la delicadeza que pudo, hundiendo luego sus dedos en su delicioso jardín.
Oriana le bajó entonces el bóxer, apoderándose de su miembro.
—¡Maledizione! ¡Diavolo! —exclamaba Sandro entre gemidos.
Y eso fue todo lo necesario… ya que ambos rodaron por el colchón como en una sinfonía, con Sandro apenas logrando colocarse la protección.
¿Era aquello frustración compartida? ¿Ansiedad por el porvenir? ¿Deseo acumulado y apenas contenido? Ninguno de los dos lo sabía; lo único que tenían claro en aquellos momentos era que se pertenecían el uno al otro y lo demás no importaba.
Cuando todo terminó, fue como si Oriana fuera lanzada bruscamente a la piscina de la realidad.
—Esto no debió suceder —se lamentó.
Sandro trató de tomarla nuevamente entre sus brazos.
—¡Esto no debió suceder! —repetía ahora con mayor convicción.
Sandro empezaba a sentirse incómodo.
—Sin embargo sucedió, y ninguno tuvo el valor de evitarlo.
Puedo refutar eso, pensó Oriana, pero al rato recapituló. ¿Podía en realidad?
—¡Qué conveniente para ti!
—¡Me tomaste aquí como si fueras uno más de mis clientes! —gritó— ¿Eso es lo único que soy para ti?
Sandro se mordió el labio; era mejor eso a decir lo que tenía en mente.
—Te llevo a tu casa, es ya demasiado tarde —expresó, tratando de desviar el tema.
—No soy tu damisela en peligro.
Esta vez no hubo concesiones.
—¡Que te llevo, te digo! ¡No seas irracional!
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En medio de la bruma matinal del parque Pattison, a través de un sendero franqueado por pinares y alamedas, Sandro trotaba lo más vigorosamente que podía.
Era terco, pero no inflexible, al menos no como antes; aquella era una ventaja ganada con los años.
Había aprendido a ajustar su ritmo en todas las actividades, incluida aquella.
A una semana de aquello no lograba procesar lo que había sucedido, ni admitirlo tampoco: que no era completamente dueño de sí cuando estaba frente a Oriana.
Precisamente por eso debía alejarse de ella, antes de hacerle daño.
Alguien más se unió a su marcha, alguien que vestía un hoodie y llevaba puesta la caperuza, pero a quien Sandro reconoció casi de inmediato.
—Notamos que tienes nuevos amigos —comentó aquella voz femenina.
Sandro ni siquiera la miró.
—Buen día para ti también —comentó sarcástico— me encuentro perfectamente, gracias.
La chica se mantenía a su ritmo sin prácticamente nada de esfuerzo.
—¿Estamos equivocados? —inquirió ella, ignorando su sarcasmo.
Sandro bajó el ritmo y dio un sorbo de su botella de agua.
—Eso depende —contestó secamente— tengo tantos amigos que ya no los cuento.
La chica lo miró.
—No mientas, sabemos que eres un lobo solitario.
Sandro simuló un aullido por toda respuesta, que se oyó bastante extraño por el ritmo de su trote.
—En fin —siguió ella— mis superiores aceptan tu propuesta.
—Ya se habían tardado —comentó Sandro con una mueca.
—No queremos a la sanguijuela, solo la sangre que chupó —explicó crípticamente.
Sandro miraba el paisaje.
—No nos importa cómo lo hagas, ni a qué costo.
Sandro le hizo la seña del aviador.
—Ah, y no te creas tanto —le advirtió— nadie es imprescindible en esta partida.
Sandro se carcajeó.
—¿Quién mejor que ustedes para decir eso?
La chica apretó los labios casi de forma imperceptible.
—Como quieras —continuó— solo recuerda que mientras más alto el sicómoro, más duele la caída.
Apuró el paso alejándose de él. Sandro la despidió con la mano en alto.
Solo entonces paró un momento para tomar aire, apoyando el brazo en un pino del sendero, como si el bosque también escuchara.
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