Capítulo 4 #3
Iris vestía un traje gris con discretas bandas de lentejuelas diminutas, bajo un abrigo de visón blanco, con zapatillas y cartera a juego; llevaba además un reloj que ni siquiera diez años de su paga podían comprar.
«No me querrás vestida allí con baratijas, desentonaría», le sugirió; como mujer de sus lides, sabía ser persuasiva.
Miró a su alrededor: arañas, paneles con molduras, moqueta. Pronto empezaría a delirar de tanta regularidad en su vida.
Fueron conducidos hasta su mesa.
—Hacía tiempo que no tenía una cita —comentó Iris.
Merritt la miró entre curioso y contrariado.
—Yo debía ser quien propusiera el tema.
Iris le acarició la mano, rodeando con elegancia el jarrón transparente de rosas al centro de la mesa.
—De acuerdo, cielo, en la siguiente ocasión.
Merritt retiró la mano con la mayor naturalidad y gracia.
—Las excepciones y gestos audaces deben reservarse para quien uno ha calado —comentó Merritt— y de quien las merece.
Iris soltó una risilla ensayada. No entendía del todo, pero debía mantener su papel.
Cuando el camarero se acercó con la carta de vinos, Merritt ni siquiera la hojeó.
—Lo usual —indicó cortés.
—También para mí —lo secundó Iris.
No sabía de vinos; no obstante, no se colocaría en evidencia. Bien jugado, pensó Merritt.
—Pareces en tu elemento —comentó Merritt.
Iris lo miraba aparentando distracción.
—¿Debo tomarlo como un cumplido?
—Depende —respondió él—. Frecuentemente el objetivo importa más que la intención.
El camarero llegó con la botella solicitada; distribuía la botella y las copas de la bandeja a la mesa con una agilidad y gracia de oficio. Luego de descorchar el vino se retiró con la parsimonia habitual.
Merritt escanció el vino en las copas. Al pasarle la suya, su mirada se posó casualmente en su bolso; no recordaba haberlo pagado, al menos no directamente.
—Veo que conoces de marcas —comentó casual.
—¿Te gusta? —preguntó Iris, siguiendo el rastro de su mirada.
—Sí —admitió Merritt—, aunque la costumbre debe racionalizarse.
Iris mantuvo la sonrisa; sin embargo, su pensamiento la traicionaba. ¿Qué se creía aquel sujeto? Era solo un cerdo con traje caro. Actuaba como si la clase y el estilo hicieran desaparecer los esqueletos del armario.
Merritt alzó su copa ceremoniosamente.
—Por la prudencia, que es la virtud más infravalorada en nuestros tiempos.
Iris chocó la suya, manteniendo la sonrisa y felizmente ignorante de que la prudencia es justo la virtud que se echa de menos más adelante.
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Pasaban ya de las doce; el club estaba desierto, excepto por Sandro en su oficina.
Sandro sacó su teléfono de prepago y encendió la aplicación de estática; aquella precaución era adicional, ya que además el sistema VPN del teléfono reportaba direcciones de veinte países a la vez.
Calculaba que debían ser alrededor de las diez de la mañana en Israel. Marcó un número con la conciencia y destreza de quien lo sabía de memoria.
—Duncan al habla —expresó.
Aquel era su nombre en clave.
—Según creo, le habíamos prohibido contactarnos directamente —escuchó desde el otro lado de la línea—. La paciencia es una de nuestras más cultivadas virtudes; no abuse de ella.
Sandro esperó varios minutos antes de hablar.
—Lo siento, ¿qué decían sobre la paciencia?
Sandro casi podía imaginarse su gesto de exasperación.
—En fin… ¿qué es tan importante que no puede comunicarlo a través del canal que le proporcionamos?
—Una persona es un canal… —reflexionó Sandro—. Eso suena muy humano, digno de ustedes.
—¿Y es lo suficientemente importante como para que tengamos que disponer los honores póstumos de su canal si decide usarlo?
—Perfecto, adelante.
Sandro tomó aire.
—¿Lo quieren ahora, no? —preguntó finalmente.
—No podemos confirmarle nada.
—Puedo entregárselo —propuso Sandro.
Esta vez fue él quien percibió un silencio prolongado al otro lado de la línea.
—¿Y qué nos costará?
—Todos sus archivos míos.
—Usted no dicta las reglas, y ya van siendo demasiadas veces en que tenemos que recordárselo.
—¿Lo quieren o no?
—Eso queda a su criterio. Usted está solo en esto.
Nueva pausa de Sandro.
—Así trabajo mejor —expresó—. Luego les llegará la cuenta.
—Tomamos nota de su oferta —escuchó— y también de esta llamada.
Cuando se hubo cerrado la comunicación, al otro lado de la línea alguien en una oficina mucho más austera que la de Sandro, en cuyo fondo destacaba una ménora enmarcada por caracteres hebraicos, sostenía un dossier en el cual se asomaba el retrato de Martínez, sus credenciales y una imagen suya en el club.
Unas teclas fueron presionadas en aquella oficina israelí y un mensaje fue entregado, por un canal codificado y a través de tres filtros VPN. Alguien al otro lado del mundo, muy cerca de Sandro, lo recibió.
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Oriana se duchaba con la precaución de siempre; nunca se acostumbraría a aquella estancia.
Si al menos las finas capas de jabón que resbalaban por su piel desnuda en aquel momento pudieran llevarse también sus aprensiones…
por ella misma y, aunque odiara admitirlo, acerca de Sandro y por Sandro también.
No podía dejar que aquello la afectara. No podía enamorarse de Sandro, no por él mismo, sino por lo que arrastraba.
Estos pensamientos atrajeron a otros, específicamente el consejo de un hombre calvo y bajo en una lavandería de autoservicio…
¿Era posible que se estuviera refiriendo justo a aquello que acababa de evocar?
La pértiga, claro: ventajas, dinero y contactos.
Él los tenía, ella no. Pocas veces en su vida alguien le había dicho algo tan brutal y directo, aunque paradójicamente metafórico.
Una silueta alta y de cabello largo se situó a su lado. No tuvo necesidad de nombrarla.
—No me mires así. En algún otro momento teníamos que coincidir —expresó Iris.
El correr del agua amortiguaba el impacto de sus voces.
—Un simple buen día habría bastado —observó Oriana.
—No finjamos.
—No es fingir, se llama urbanidad —siguió Oriana.
Iris ignoró o pretendió ignorar la carga de ironía en su voz.
—Supongo que te habrás percatado de que ya no vengo aquí tan seguido…
Por supuesto que Oriana lo había notado.
—Sí, ya sabía que estabas de pesca —comentó secamente Oriana—. Supongo que picó alguno.
Iris hizo una mueca condescendiente.
—Querida, no somos tan diferentes —declaró Iris—. Lo único distinto es que yo sí tuve éxito.
—A veces el éxito tiene un precio demasiado riesgoso de saldar.
La pelinegra cerró el grifo de la ducha y procuró su albornoz.
—Y frecuentemente la envidia de algunas guía sus palabras —aseveró Iris—, sobre todo tras tantos intentos inútiles…
Se dispuso a salir de allí con el aire más altivo que pudo.
—La seguridad es más importante que ganar una discusión —alcanzó Iris a escuchar decir a Oriana a sus espaldas.
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En su oficina, Sandro marcó de memoria otro número, realizando el procedimiento acostumbrado.
—¿Tomó todas las precauciones?
—La pregunta está de más.
Lo que escuchó al otro lado descolocó ligeramente a Sandro.
—Sin embargo, demanda respuesta —escuchó desde el otro lado, en tono sobrio.
Sandro suspiró, tratando de hacer su fastidio lo más ostensible que pudo.
—Sí, de acuerdo.
—Esperamos que la imprudencia de contactarnos directamente valga la pena —escuchó decir a Masterson al otro lado de la línea.
Sandro se tomó todo el tiempo que quiso; le encantaba hacer esperar a esta gente.
—Tengo una confesión muy truculenta —anunció.
—Dejémonos de jueguitos de palabras, señor —expresó Masterson, sin apenas rastro de exasperación.
—Perfecto, lo acabo de anunciar: la información que entregaré es mía —explicó.
¿Qué reacción habré producido esta vez?, se preguntaba.
—Perfecto, hable entonces —le apremió Masterson.
—Voy a confirmar sus sospechas: ustedes no son los únicos a quienes les doy mi almuerzo.
Del otro lado no se escuchó ninguna reacción que denotara queja o sorpresa.
—Bien, supongo que sabe que ese juego es insostenible a largo plazo —comentó Masterson.
—De momento tengo claro que con ustedes los límites están más claros —expresó Sandro—. Es cosa suya que sigan estándolo.
Sandro dio por terminada la llamada sin esperar respuesta.