Capítulo 4 #2
—Puede que sea solo eso —reconoció—, pero no soy tan tonta como para creer que un concejal de distrito pueda manejar información sensible de operaciones portuarias.
Martínez parecía reflexivo.
—Ya veo —fue todo lo que respondió tras dar un mordisco a su croissant.
Brenda tomó un sorbo de su malteada.
—Bien —le apremió.
—Me imagino que comprende que no puedo revelarle nada que comprometa la operación —explicó Martínez.
—No quiero nombres, ni ubicaciones, ni montos —negó Brenda.
—¿Entonces qué quiere de mí en concreto?
Brenda le sostuvo la mirada con más énfasis aún.
—Esto va más allá de Merritt o Weber, ¿verdad?
Martínez carraspeó de manera disimulada.
—Aun eso no puedo asegurárselo —comentó, tomando un sorbo de agua.
El gesto de Brenda se ensombreció ligeramente.
—Entiendo.
—Me alegro —aprobó Martínez.
Buscó a la joven con la mirada; una vez la vio llegar, sacó su billetera.
Brenda seguía aparentando sobriedad, pero por dentro sentía certeza: ya tenía lo que quería saber.
—Un placer, señor Martínez —se despidió al incorporarse del asiento.
—Lo mismo digo.
Protocolar y frío, justo como todos aquellos sujetos.
—Señorita Sanders —lo escuchó a sus espaldas, a apenas un par de pasos.
—¿Sí? —inquirió sin volverse.
—Apelando a la misma inteligencia que mostró hoy, es prudente que se quede con lo que obtuvo —le aconsejó—. Su seguridad depende de esa decisión.
Brenda asintió apenas; la gravedad de todo aquello era evidente.
—Vuélvase y siéntese de nuevo con naturalidad —le indicó discretamente.
Brenda le obedeció; parecía saber lo que hacía.
—Supongo que tampoco tengo que advertirle que no tuvimos esta conversación, al menos en lo que a usted respecta.
Brenda parecía incrédula.
—¿Es en verdad necesaria esa advertencia?
—Usted dígamelo. Me ha contactado a espaldas de su superior.
Brenda suspiró. No tenía respuestas para eso
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Sandro parecía preocupado, aunque no lo suficiente para la gravedad de la situación.
No era la primera vez que surcaba en medio de los vapores de la Estigia y siempre lograba ganar la otra orilla.
La suya era, sin embargo, una preocupación prudente, ya que solo los insensatos se mostraban inmunes ante las preocupaciones en situaciones como aquella.
El clic del picaporte se materializó en medio de sus pensamientos; no obstante, lo esperaba.
La silueta de Brenda apareció en su campo visual. Fue a sentarse frente a él, como siempre lo hacía.
Sandro se incorporó, dirigiéndose al armario de estilo barroco, con molduras de leones y gárgolas, junto a su escritorio; de donde sacó una ostentosa licorera de cristal de roca y dos vasos. Sirvió ambos con toda la calma que pudo y volvió con ellos al escritorio.
—¿Tan especial es lo que tienes que decirme? —inquirió Brenda al momento de tomar el vaso que Sandro le alargaba.
—¿No puedo tomar con una vieja amiga y confidente? —preguntó casual.
Se dedicó a mirar el whisky en su vaso, como los catadores expertos; en verdad lo era.
—Sabes perfectamente en qué ocasiones bebemos en esta oficina —comentó Sandro en el mismo tono sosegado.
—¿Temes algo de mí? —le cuestionó Brenda.
—¿Debería?
Brenda no tuvo que escarbar demasiado en su mente.
—Lo siento, no me dejaste opción.
Fue toda la respuesta que obtuvo Sandro.
Sandro sonrió de manera ladina.
—Un consejo de amigo: debes ser más lista cubriendo tu rastro para una próxima ocasión.
Brenda dio un sorbo de su vaso.
—Un consejo del mejor.
—¿Y valió la pena? —le cuestionó.
—Tengo lo suficiente como para comprender que estamos en mayores problemas de los que suponía.
—¿Y qué hueso tuviste que darle a cambio? —inquirió en tono aún más grave.
Brenda tragó saliva, muy a su pesar.
—Uno descartable.
Sandro se acercó al doble espejo. Brenda lo contemplaba a sus espaldas: algo bajo, de espaldas anchas, broncíneo pelo revuelto y excelente gusto en el vestir.
Brenda no comprendía del todo cómo había resistido la tentación de enamorarse de él, pero en efecto nunca había proyectado nada entre ellos más allá de la amistad al borde de la línea.
—¿Comprendes ahora que ocultarte esto iba por tu propio bien? —le cuestionó Sandro, aún a espaldas de ella.
—No soy una niña —replicó Brenda—. Esa decisión debía tomarla yo.
Sandro miró hacia abajo, hacia el bar desierto. Pasaban de las doce.
—A partir de ahora se pondrá más feo —le advirtió Sandro.
Brenda elevó su vaso.
—¡Salud! —brindó sin sonreír.
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Iris reclinó la cabeza en el cojín de terciopelo granate. Observó de reojo el hirsuto vello entrecano de Merritt y comenzó a juguetear con él. Merritt rió un poco.
La amplia cama de ébano con detalles rococó era testigo de sus escarceos.
En el cuarto había cortinas de raso y empapelados de rosas, y una mesita Luis XVI servía de cómoda, con un jarrón transparente en el que reposaban claveles rojos y amarillos.
Toda aquella escena, incluyéndolos a ellos, parecía sacada de un cuadro de Boucher.
Iris hizo ademán de incorporarse; Merritt la retuvo.
—Se acabó nuestro tiempo, primor —protestó.
Merritt se acomodó entre las sábanas.
—Hoy eres mía —declaró.
Iris sonrió de lado.
—Tengo que informarlo —le avisó Iris.
Iris se desembarazó del brazo de Merritt y, sentada en la cama, recogió su abundante cabellera negro azabache en una coleta y se incorporó.
Merritt observaba, medio aletargado, su rostro pálido, ovalado y largo, como una alubia mondada, sobre el cual destacaban grandes ojos de sedosas pestañas y labios generosos.
Sus pechos, también abundantes, herían el aire con el filo de sus pezones danzarines; su piel sedosa, que sin embargo ya empezaba a perder lozanía; su sexo dilatado y muslos esbeltos.
Ciertamente era exquisita, pero su belleza tenía también mucho de evidente, casi obscena.
Tras colocarse el albornoz, Iris se dispuso a salir.
—No te demores —le rogó Merritt.
No hubo respuesta de parte de Iris, quien caminaba de manera pausada y calculadamente sensual hacia la puerta.
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Sería ideal para cualquier trabajador poder emplear sus días libres descansando o realizando actividades placenteras y relajantes.
Ser de la clase trabajadora —y ella lo era, eso estaba fuera de discusión— siempre implicaría no tener tiempo para uno mismo, ya que el tiempo libre que otorgaba el empleo se debía aprovechar para las labores domésticas, y aquello ni siquiera era cuestión de género.
El hombre soltero debía ponerse el mandil en casa, mientras que al casado, si había acuerdo de roles, le tocaba la podadora o el taladro.
Luego, sin ser invitado, Sandro se atravesó en su memoria; había pasado ya una semana y le costaba admitir frente a sí misma que no sabía cómo procesar lo de la oficina. ¿En serio fue todo responsabilidad de él?
En tales reflexiones ocupaba Oriana su mente mientras esperaba sentada su turno en la lavandería; prácticamente se obligó a sacar a Sandro de sus pensamientos. Miró de manera distraída a su alrededor y entonces vio algo, o más bien a alguien cuya presencia allí le resultaba cuando menos curiosa.
Le hizo un saludo discreto con la cabeza y ambos siguieron en lo suyo.
Se acercó a la lavadora que alguien había dejado libre. Unos instantes después el señor de mediana edad a su lado se retiró de la máquina vecina.
¡Oh, no! ¡Aquí viene! Fue el primer pensamiento que llegó a la mente de Oriana.
Martínez se acercó sin hacer ningún gesto evidente de conocerla.
—El gobierno tiene luz verde para espiar a los ciudadanos —comentó Oriana casi en un susurro.
Clasificaba la ropa que echaría.
Martínez disimuló como pudo su sorpresa al notar que Oriana había descubierto su pantalla.
—No creerá que es la primera vez que me topo con encubiertos en el trabajo.
—¿Y cómo ha aprendido a identificarlos? —preguntó Martínez mientras echaba la carga de ropa que había llevado a lavar.
Parecía genuinamente curioso.
Oriana se echó a reír.
—¿En su agencia no le enseñaron el performance para lavar antes de enviarlo tras mis pasos?
—Soy soltero —se excusó Martínez, con cara compungida.
Oriana depositó las monedas, echó la ropa blanca, seleccionó la cantidad de detergente y puso en marcha la máquina.
—Con más razón —afirmó Oriana.
Le ayudó a seleccionar la cantidad de detergente y el tiempo de lavado, lo mismo que a poner en marcha la máquina.
—¿Es su primera vez en una lavandería de autoservicio?
Aquella era, por supuesto, una pregunta retórica. ¿Qué iba a saber aquel hombre de un establecimiento así?
—Yo pregunté primero —le recordó.
—Ah, claro. En nuestro trabajo solo tenemos dos tipos de clientes: los que piden el servicio y los que no —explicó Oriana—. Adivine quiénes son los que no.
No parecían estar llamando la atención.
—Parece conocer muy bien su trabajo —comentó Martínez de forma casual—, y algunos parecen también haber empezado a notar eso...
Oriana pareció impacientarse.
—¡Vaya al grano! Aquí la gente suele ser también muy observadora, sobre todo con extraños.
—Perfecto. Usted está empezando a llamar la atención de las personas equivocadas.
La lavadora se detuvo y Oriana sacó la primera camada.
—No es la primera vez que debo respirar con un cuchillo junto a mi garganta —mintió.
Martínez sacó la ropa y la colocó en el cesto.
—Me lo imagino, pero si no se cambia a nuestra acera no podremos hacer nada por usted.
Se alejó despidiéndose con la cabeza.
Oriana volvió a lo suyo, aparentando toda la naturalidad que pudo. Sin embargo, lo sintió volver sobre sus pasos.
—Una cosa más: algunos tienen una pértiga lo suficientemente larga, otros solo se la sostienen.
Oriana intentaba procesar la metáfora.
—Conviene no confundir el lugar que se ocupa —añadió Martínez, antes de abandonar definitivamente el local.
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—Mesa de siempre, señor Merritt —preguntó el gerente del restaurante.
Desde su traje blanco con pajarita negra hasta sus modales contenidos, nada denotaba la extravagancia y ampulosidad que exhibía con frecuencia en el club; ni siquiera su compañía.