El Juego de Mefistófeles Capítulo 4
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Capítulo 4

La verdad es que luego de estar allí, nuevamente frente a Sandro, Oriana debía admitir que había perdido parte de su convicción inicial.

Ciertos indicios le hacían sospechar que esto iba más allá de un asunto administrativo, como quiso aparentar Brenda ante ella, pero no tenía claro de qué más podría tratarse y, fuera como fuera, de camino allí se fue dando cuenta de que a Phoebe en realidad le convenía más estar fuera de todo aquello que a ninguna otra de ellas; el club de Sandro tenía demasiadas áreas opacas, frente a las cuales la falta de licencia de un negocio de ese tipo se le antojaba un asunto casi banal.

Entonces ¿por qué estaba allí en realidad? Quizás porque su serendipia solo llegó al girar el picaporte y le faltó el valor suficiente para retroceder. Luego de aquello se hizo un vacío total en su mente.

No, estaba allí por una explicación y, si no la obtenía, o peor aún, si esta confirmaba sus peores temores, pondría tierra de por medio de todo aquello.

—¡Caramba! Me había olvidado de la nueva sesión de nuestro taller literario. Esta vez propongo El príncipe.

A Oriana le pareció notar una leve grieta en su armadura; como si parte del Sandro de la cafetería de Joe se hubiera colado allí. Sin embargo, debía ir al grano o, de lo contrario, perdería el hilo de sus pensamientos y se diluiría aún más su resolución.

—Antes de que me lo saques en cara, te diré que en un principio subí hasta aquí por Phoebe.

Sandro no pareció sorprendido.

—Me lo imaginaba —confirmó—. ¿Qué cambió entonces?

Oriana se acomodó la gabardina. Fue un gesto espontáneo, natural, lejos de la sensualidad mecánica e interesada; sin embargo, no pasó desapercibido por Sandro, quien no obstante hacía denodados esfuerzos por ignorarlo.

¿Qué le estaba pasando? Normalmente era él quien hacía sentir inseguras a las chicas.

—Previo a mi llegada aquí trabajé para Hotties Club.

Sandro se acomodó en el asiento. En aquellos meses ella nunca le había contado una sola palabra de su pasado, ni siquiera habló nada al respecto en el restaurante. Por supuesto, él ya había hecho sus deberes.

—Sí, lo pone en tu currículum —confirmó Sandro—. ¿A dónde quieres llegar?

—Ni siquiera en los mejores días de la casa había tanta holgura económica como aquí, ni paga tan competitiva.

Sandro rió ligeramente, reclinándose de manera leve en el asiento. Oriana lo vio más radiante así, más creíble, más humano; tanto que, por un breve instante, se sintió culpable de acosarlo de aquella forma.

—No sabía que eras mi contadora —comentó sarcástico—, y si te molesta la paga te la puedo reducir, sin problema alguno.

Por un momento Oriana se sintió verdaderamente intimidada, tanto que tuvo que reunir todas las fuerzas de las que fue capaz para continuar.

—No necesito administrar esta casa para darme cuenta de que te va demasiado bien —comentó, haciendo énfasis en demasiado.

En aquel momento Sandro parecía haber bajado la guardia. Un gesto ominoso apareció en su rostro, muy a su pesar.

—No sigas este sendero, Oriana —le advirtió—. Podrías adentrarte aún más en el bosque y perderte.

Oriana le sostuvo la mirada a pesar de sus dudas. ¿Jamás renunciaría aquel hombre al lenguaje críptico?

—Ese es un consejo que aplica mejor para ti mismo —comentó, incorporándose y dirigiéndose a la puerta.

—No te he mandado retirar —oyó a sus espaldas.

Oriana sostenía el picaporte.

—Fui yo quien vino aquí por iniciativa propia.

Sandro se levantó raudo de su asiento y se colocó frente a ella en un par de zancadas; nunca se había sentido más urgido. Se encontraba apenas a un palmo de su cuerpo, tanto que sus alientos parecían quemarlos mutuamente.

Decidió bloquearle la salida y sostenerla de la muñeca. Su mirada, ahora acerada, parecía traspasarla.

Luego su mente se nubló, así de repente, de una forma en que nunca antes lo había experimentado, y lo siguiente que percibió fue la tibieza de sus labios contra los de Oriana y, como en un continuum, su lengua invadiendo su paladar, su brazo en su cintura rozando el algodón crudo de la gabardina y estando apenas a un paso de perder la batalla contra sí mismo y hurgar bajo ella.

Para Oriana aquello era inaudito, pero no tanto por Sandro, sino por ella misma. Tenía la puerta allí mismo. ¿Por qué su mano se había relajado y luego retirado del picaporte? ¿Por qué estaban ahora ambas en torno a la nuca velluda de Sandro? ¿Por qué sus labios y su barba le quemaban la cara?

Cuando logró recuperar la compostura, apenas pudo apartarlo débilmente. Sandro parecía tan confundido y urgido como ella, pero no intentó recuperar el contacto.

En el momento en que Oriana volvió a sentirse dueña de sí, una bofetada se estampó fuertemente en su rostro.

Sin atender al ardor de su cara, Sandro le sostuvo el brazo por un rato, pudiendo casi sentir sus pulsaciones; luego lo llevó a su pecho.

Oriana sentía latir el corazón de Sandro contra su palma. Luego la soltó tan de repente que casi pierde el equilibrio.

—Es prudente que te retires —sugirió, casi suplicó.

Oriana salió de allí tan rápido como pudo, tratando de contener algunas lágrimas. ¿De rabia? ¿De frustración? ¿O de deseo? Probablemente jamás lo sabría, pero en aquel momento ni siquiera quería saberlo.

Y lo peor es que, bajando las escaleras lentamente —pues temía que el temblor de sus piernas la arrojara de bruces—, cayó en cuenta de que Sandro ni siquiera le aclaró sus dudas. Fue lanzada a la lona justo cuando más pretendía tener el control de la situación.

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En un café anónimo de uno de los pueblos más perdidos y remotos de Maryland, Martínez esperaba por quien fuera con quien quedó de reunirse.

Vestía camisa y pantalón casual, combinados con zapatos de gamuza; si bien su pinta lucía algo cara para el entorno, no llamó tanto la atención, afortunadamente.

A juzgar por el deformador de voz y el uso de un teléfono de prepago, quien fuera que lo había contactado sabía perfectamente cómo jugar a aquel juego.

Echó una vista al alrededor. Sin duda, aquel lugar perdido en el fondo del estado era el sitio perfecto para confidencias delicadas; aquella, por su parte, era una de tantas cafeterías de ruta que ya casi nadie pisaba y cuyos parroquianos actuales eran en su mayoría nostálgicos de sus tiempos de mayor esplendor.

Aparte de él solo había allí un matrimonio de mediana edad acompañado de una chiquilla de unos ocho o diez años que suponía su nieta; ambos devoraban sándwiches con gaseosas.

Una joven de coletas se acercó a tomarle los pedidos.

Debía admitir que se estaba bien allí, con sus barras adosadas a la pared y de cuatro asientos cada una, la barra de ordenar, mesas con manteles de aquellos que se usaban para picnic; parecía un restaurante sacado de una sitcom sesentera.

Martínez estaba acostumbrado a confiar en su cuadriculado cerebro de agente y observaba el mundo a través de él.

Entendía que nada era lo que parecía; aquel podía ser efectivamente un matrimonio de la tercera edad sacando a pasear a su nieta o también dos ancianos cómplices en el secuestro de una niña; nada nunca era lo que parecía...

Trató de relajarse un poco. Aquello era excesivo.

—Más tarde, gracias —rechazó—. Estoy esperando a alguien.

Cinco minutos más tarde vio llegar a aquella mujer, la asistente de Sandro Bruzzo, según tenía entendido.

Brenda, le habían dicho que se llamaba. Se notaba su esfuerzo en llevar un perfil bajo allí: no vestía su acostumbrado traje de chaqueta y falda a la rodilla o pantalones a juego, nada de aquella imagen sobria y protocolar; aquí llevaba franela y jeans.

Lo saludó con la mano desde la distancia y se acercó a su mesa.

Martínez se compuso lo mejor que pudo.

—Señorita Sanders —saludó—, qué grata sorpresa.

—El placer es mío —replicó Brenda.

La pareja con la niña se había retirado.

—Ya casi iba a ordenar. ¿Quiere algo?

—No me vendría mal —reconoció Brenda.

Martínez llamó con la mano a la joven camarera.

—Croissant y agua, por favor —pidió.

—Sándwich de queso y malteada —fue la opción de Brenda.

Brenda miró a través del escaparate. Aquella era la calle principal, la calle del comercio; estaba desierta y cuarteada. Unos adolescentes jugaban béisbol en un lote baldío al frente, junto a una tienda de conveniencia.

—Crecí muy cerca de aquí —comentó.

Martínez sonrió discretamente.

—¡Qué bien! —comentó—. Es un lugar muy agradable este.

En verdad lo era. Acariciaba la idea de mudarse a algún lugar como aquel en su retiro, aunque más de montaña.

Aquella información le parecía innecesaria en aquel contexto. Pero reconocía que, tras veinte años como agente del gobierno, tendía a exagerar con las precauciones, sin importar el ambiente en que se encontrase.

Martínez pulsó dentro de su bolsillo el botón de su pequeño aparato generador de estática.

—¿Y a qué debo el honor? —preguntó.

Brenda no pareció sorprenderse por el brusco cambio de escenario. Tal vez estuviera acostumbrada a aquello.

—Le propongo un intercambio de información —sugirió Brenda finalmente.

—Eso solo se solicita cuando uno tiene información valiosa —observó Martínez.

El mundo parecía detenerse en aquel momento en torno a su mesa.

—Puede que la tenga —contestó Brenda de manera enigmática.

Un hombre pasó por el frente aparentemente distraído con su celular, lo cual no pasó desapercibido para Martínez. Brenda no sabía cubrirse tan bien como aparentaba, después de todo.

—Cuando quiera —la animó Martínez.

—¿Hasta dónde puede llegar sin pedir permiso?

La joven llegó con sus órdenes; ambos demostraron una afectada concentración en los platillos.

—Hasta donde usted necesita —comentó secamente Martínez cuando la chica se hubo retirado.

Brenda suspiró.

—Phillips es solo un peón jugando a ambos bandos.

Martínez levantó discretamente una ceja, gesto que se acentuaba con su calvicie.

—Me parece que esa es más una sospecha que una certeza —comentó—. Usted no tiene manera de saber eso más allá de toda duda.

Brenda se acomodó ligeramente en su asiento.