El Juego de Mefistófeles Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—Sí, señor —confirmó—. No proviene de la prensa. Es un youtuber de poca monta. Un riesgo menor.

El gesto sobrio de Masterson pareció relajarse un poco.

—Eso no lo decide usted —añadió, no obstante.

Momentos como aquel eran de los pocos que le hacían plantearse en serio su profesión. Entendía el valor de la disciplina, pero ¿nunca se dignarían aquellos sujetos a darle más crédito a uno? ¿Tenían que ser siempre tan verticales aquellas reuniones?

—Metamos un poco de ruido en sus redes.

—Perfecto, eso funcionará —confirmó Martínez.

El sonido del minutero en el reloj de pared era la única distracción posible allí y, al mismo tiempo, lo más desesperante. Incluso para un hombre con la experiencia y el entrenamiento de Martínez.

Sabía que Masterson estaba más curtido que él en aquellas lides, pero, demonios… ¿cómo lograba soportar tanta monotonía diariamente sin quebrarse? Aquello no era una maldita sala de interrogatorios; era su oficina, y nadie más del personal merecía ese ambiente.

—Es todo —concluyó—. Buen trabajo.

¡Ya era hora!, pensó Martínez para sí.

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El vino y los bocadillos corrían como siempre en el salón VIP. Merritt escanciaba un poco de merlot. Frente a él, en una pequeña mesa, reposaba una bandeja de plata con finas rebanadas de queso gouda, uvas negras y algunas croquetas.

Acababa de reunirse nuevamente con Sandro y con Weber, quien ya se había marchado. Le recriminaron otra vez por quedarse allí.

¡Pero al diablo!

Era un magnate por derecho propio. No respondía a órdenes de ninguno de ellos; quizá todo lo contrario. Y si quería deleitarse, lo haría, estuvieran ellos de acuerdo o no.

Además, aquellas chicas eran tontas como chorlitos. Era prácticamente imposible que sospecharan nada de todo aquello. Él estaba acostumbrado a ir un paso adelante de aquel mundo.

Aquella tigresa alta y de gran porte que le había llamado la atención la vez pasada se dirigía ahora resuelta hacia él. Merritt la veía taconear con fuerza con aquellas zapatillas doradas de tacón de aguja.

Sí que tenía aplomo y conciencia de su sensualidad. Los muslos parecían desbordarse del corpiño, que apenas lograba sujetar sus exuberantes pechos.

Entonces, a lo lejos, la vio.

Ya la había visto otras veces, pero no había reparado en ella como en aquel momento.

No era que no destacara; era que se esforzaba de manera consciente por no hacerlo. Y ese esfuerzo nunca era gratuito. Había en cada uno de sus gestos una precisión y un cuidado inusuales en esa clase de chicas, y él había visto demasiadas como para no notarlo.

—¡Hola, guapo! —saludó Iris—. Qué agradable coincidencia.

Merritt ensayó su sonrisa más convincente y tomó delicadamente su mano.

—El cumplido es más tuyo que mío. Me desmereces —comentó con tono adulador.

Iris sonrió de manera sensual, casi como una tigresa. Merritt notaba ahora lo obvia que resultaba en comparación.

—¿Y quién es? —preguntó señalando en dirección a Oriana de la manera más disimulada que pudo.

Y, por supuesto, fingiendo que preguntaba de manera casual.

Iris miró en la dirección que señalaba. Su leve mohín de desprecio no pasó desapercibido para Merritt.

—Alguien de quien no vale la pena ocuparse.

Unos metros más adelante, confundido entre la multitud, había alguien para quien no pasó desapercibida aquella mirada de Merritt hacia Oriana.

Era un hombrecillo calvo y bajo que ya empezaba a resultar habitual allí.

A Martínez, que había adquirido también amplia experiencia en aquel mundillo, le parecía que la mirada de Merritt era más de escaneo y evaluación del terreno que de simple lujuria.

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El concejal Phillips se balanceaba en la silla frente a Brenda.

Brenda no era de las que se intimidaban ante el trato masculino. Podía sostener un encuentro delicado con cualquiera y sabía muy bien detectar y contrarrestar amenazas, por más encubiertas que fueran.

Sin embargo, aquel sujeto le resultaba francamente desagradable y difícil de tratar.

—Y bien, ¿qué tal lo han tratado?

—Todo lo bien que esperaría en estas circunstancias —respondió, subrayando las últimas palabras.

Brenda empezaba a impacientarse.

—Señor Phillips, nuestro trato ya está sobreentendido.

—Y aun así me permito recordárselo —replicó—. A ambos.

Brenda suspiró pesadamente y se dirigió a la caja fuerte, de donde sacó un grueso fajo.

Una vez entregado al señor Phillips, este procedió a contar los billetes. Ni siquiera necesitó hacerlo dos veces.

Tras completar la operación, Brenda le proporcionó un sobre manila, haciendo nuevamente un gran esfuerzo por parecer solícita, o al menos neutral.

—Los perros del ayuntamiento están cada vez más cerca de mi cuello —anunció Phillips—. Ya sabe usted lo que eso significa.

El rostro de Brenda era inexpresivo en aquel momento.

—Por supuesto. Se lo notificaré a Sandro.

Tras guardar el mazo de billetes en el sobre, Phillips hizo una tosca reverencia. Todo en aquel hombre gritaba anacronismo: desde su indumentaria, propia de un contrabandista de la Prohibición, hasta aquel gesto que Brenda apenas recordaba de sus abuelos.

—Como siempre, un placer.

—Lo mismo de nuestra parte —mintió Brenda.