Capítulo 3 #3
Phoebe asintió, ya más calmada, mientras se secaba el rostro.
—¡Cielos, mírame! —comentó observándose en el espejo—. ¡Estoy hecha un desastre!
Oriana soltó una carcajada.
—¡Y ahora es cuando te das cuenta!
Phoebe se dispuso finalmente a vestirse.
—Cuando estés lista te acompaño y mañana temprano llamamos a tu madre —prometió Oriana.
—Eres un primor.
Al salir de aquel camerino, Oriana tenía sentimientos encontrados.
Era cierto que, a pesar de su prestancia y empatía, la indiscreción de Phoebe era un inconveniente muy difícil de ignorar.
Por otro lado, todo aquello era demasiado extraño y temía ser cómplice de lo que fuera en lo que Sandro estuviera metido.
¿Sería posible que, luego de conocer su lado más sensible y empático la noche anterior, no estuviera tan equivocada con respecto a aquel hombre después de todo?
Ahora bien, de lo que sí estaba convencida era de lo que haría al día siguiente:
Hablaría con alguno de aquellos dos.
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Lo de relajarse no estaba funcionando para Brenda en aquellos días, o al menos no del todo.
Aquellas sales marinas prometían maravillas en su etiqueta cuando las adquirió, y las velas de vainilla eran sus favoritas; su aroma siempre la transportaba al séptimo cielo.
Sin embargo, algo era distinto esta vez.
Las mismas burbujas que emanaban de su jacuzzi en aquel momento parecían invadir su mente. Sandro ocupaba el centro de sus pensamientos, o más bien lo que Sandro estaba haciendo y lo que pretendía hacer.
Conocía a Sandro desde hacía ya ocho años, de los cuales llevaba cinco trabajando con él. Desde entonces, nunca había tenido la sensación de que le ocultara algo. Nunca como ahora, desde luego.
Y pensar que, si se acostara con él, tal vez podría sacarle aquello que sustraía de su relación con bastante facilidad. Sin embargo, Brenda nunca había compartido su cama, a pesar de toda la familiaridad en su trato con él.
Y ahora que lo pensaba, se daba cuenta de que tampoco funcionaría. Aunque no lo conocía en la intimidad, sabía lo suficiente de él como para tener claro que no era del tipo de hombres que se abren en la cama, por más sensual o encantadora que sea —o pretenda ser— quien los lleve hasta allí.
En aquel preciso momento, saliendo de la tina y en busca de su albornoz, Brenda tomó una decisión muy importante con respecto a todo aquello: no iría con Sandro a buscar más explicaciones. Él seguiría respondiendo con evasivas o dorando la píldora.
Iría hacia la fuente más confiable y, también, menos riesgosa según su juicio.
Tras cortar el flujo de la tina, se envolvió en el albornoz y salió de su terraza con la misma inquietud, pero con una nueva determinación.
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No sabía decir si era por tratarse de la oficina de otra mujer —aunque, pensándolo mejor, aquello no tenía demasiado sentido— o por la mayor sobriedad de su decoración.
El caso es que la oficina de Brenda le resultaba mucho más acogedora a Oriana que la de Sandro, sin aquella sensación de abuso de poder que se respiraba allí.
Aunque tampoco era ingenua. Oriana intuía que Brenda estaba también involucrada en los negocios turbios que Sandro llevaba con aquellos hombres. Lo que ignoraba era hasta qué punto.
—¡Vaya, Oriana! A este paso ya debes de estar acostumbrada a visitarnos —comentó Brenda, pretendiendo parecer divertida—. Llegará un momento en que pasarás más tiempo con Sandro y conmigo que con los clientes.
—Sí, así parece —confirmó Oriana—. Debe de ser el café o las atenciones.
Ambas rieron discretamente.
—Y bien, Oriana, ¿a qué debo el honor?
—Hablemos de Phoebe —propuso Oriana.
Brenda se mostró extrañada. Le resultaba inusitado que Oriana, siendo tan sensata y autocentrada como la suponía, se interesara por lo que sucediera con Phoebe, especialmente por aquello.
Por un momento se sintió tentada de pasar la pelota a Sandro, pero rechazó casi de inmediato ese curso de acción. Su deber como asistente era apoyar, no sustraerse, al menos en casos como ese.
No conocía del todo las razones de aquella decisión. Lo que Sandro le había planteado no la había dejado muy convencida, pero haría lo posible por cubrir sus lagunas con sentido común.
—Oriana, te aprecio sinceramente, pero debes entender que no puedo discutir contigo esa decisión —explicó Brenda—. Eres una de mis subordinadas y este asunto no te involucra.
Oriana tragó saliva. Quizá debía quedarse ahí. No podía negar que Brenda tenía razón y, quizá en otro contexto y otras circunstancias, se la habría dado.
El problema era que hablaban de una persona injustamente despedida de un negocio clandestino.
Antes de llegar allí había trabajado para un servicio de escort y sabía muy bien —por experiencia acumulada— que ninguna decisión que tomaran los ejecutivos a nivel administrativo era legalmente vinculante.
Mucho menos cuando tu club, ya de por sí ilegal, servía además de puente para delitos aún más graves, según intuía Oriana.
—¿Están conscientes tú y Sandro de que esa decisión no tiene validez fuera de estas paredes?
Oriana se guardó la parte de que, al menor ruido al respecto, podrían tener a toda la policía metropolitana encima, y no precisamente por despido injusto. Aquella era una carta que dejaría para el final.
—Sí, lo sabemos —reconoció secamente Brenda—. No obstante, actuar en consecuencia puede ser tan riesgoso para ti como para nosotros.
Oriana no supo cómo responder en aquel momento. No podía negar que Brenda tenía parte de razón.
Aunque la caída de cualquier magnate del proxenetismo suele ser estrepitosa —implicando no solo un tortuoso proceso policial y penal, sino también todo un infierno mediático—, para las chicas la situación no es mucho mejor.
Incluso bajo el estatus de víctimas, debían soportar todo un proceso de testimonios, revisiones, exposición mediática y evaluaciones que, en muchos casos, dificultaban su reinserción familiar y social.
Eso sin contar con la protección bajo la mesa que muchos de ellos tenían, incluyendo, por supuesto, a Sandro.
—No pelees batallas ajenas —concluyó Brenda—. Phoebe no es apropiada para esta empresa.
Hizo una breve pausa.
—Puedes retirarte.
Brenda lo había dicho en un tono lo suficientemente enfático como para no dejar lugar a dudas de que era una orden.
Oriana comprendió que no tenía caso seguir argumentando. No solo por no romper la disciplina, sino porque entendía que aquello no estaba realmente en manos de Brenda.
Asintió levemente y abandonó la oficina.
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—¿Ya ha conseguido establecer de dónde se están colando al corral? —preguntó Masterson.
Martínez tragó saliva, como un chiquillo al que le estuvieran revisando la tarea.