Capítulo 3 #2
Aquella sopa era verdaderamente una delicia. Si no fuera por los camarones, Oriana habría jurado que se trataba de una receta campestre.
—Apenas logro imaginar cómo serías entonces… —reconoció Oriana tomando un panecillo—. No sé por qué, pero te imagino delgado como una anguila, vestido con formalidad y con pinta de nerd.
Oriana se sorprendió riendo. ¿Se daba cuenta acaso de que ese mismo hombre con quien compartía cena en aquel lugar era…? ¿Quién? ¿El monstruo para quien trabajaba?
En aquel punto se le ocurría que, pese a sus tres enfrentamientos previos con Sandro, aún no sabía cómo caracterizarlo.
—Pues me impresionas —comentó Sandro riendo—. Has acertado casi en todo, excepto en lo de la formalidad. Mis tíos eran estirados, pero no para tanto.
Sandro tomó una cucharada de sopa. Debía reconocer lo agradable que era tener allí frente a él a Oriana con la guardia baja, sin su aprensión habitual, sin su intención de convertir cada conversación en un campo de batalla.
Incluso parecía más atractiva ahora que se permitía ser menos adusta: su cabello lucía, desde su perspectiva, más lustroso y su piel más tersa.
—Apuesto a que también sufrías bullying en la escuela —aventuró Oriana—. Con ese aspecto y asistiendo a clases en este vecindario…
—Sí, al principio —reconoció Sandro—. El come-pizza, el guido, uno que otro empujón, un raspón de rodilla al caer por culpa de alguno de ellos… Apenas si hice amigos. ¿Pero sabes cómo paró todo?
Oriana imaginó que habría tomado clases de boxeo o que se habría hecho amigo del más bravucón para que lo defendiera.
—Pues le dabas tu almuerzo al mayor abusón del patio para que no te pegara y, de paso, te defendiera de los otros —aventuró.
—¡Cielos! —se horrorizó Sandro—. Con una estrategia así solo habría conseguido seguir a merced de ellos y, de paso, quedarme sin almuerzo todos los días.
—¿Y entonces qué hiciste? —preguntó Oriana, llevándose a la boca la última cucharada de sopa.
—Aproveché los estereotipos a mi favor —explicó Sandro—. Difundí el rumor de que mis tíos trabajaban con la mafia siciliana. Nadie volvió a molestarme.
A Oriana le costaba creer lo simple y efectivo de aquella estrategia. Sandro tenía, al parecer, una gran inteligencia. Sin embargo, le inquietaba darse cuenta del propósito al que finalmente habían sido destinadas aquellas habilidades.
—Qué bueno que nunca tuve que pensar en estrategias como esa —reconoció Oriana devorando el último panecillo.
Sandro fingió sorpresa; era un gesto bastante divertido viniendo de él.
—¡Ya lo creo! Con esa lengua tan afilada que tienes…
—Crecí en Barclay, una comunidad que en ese entonces tenía menos de doscientos habitantes —recordó Oriana—.
Éramos poco más de una docena de chicos en la escuela y cada uno conocía hasta los detalles más nimios de cada familia.
Además, partíamos prácticamente de las mismas condiciones, así que no era conveniente acosarnos entre nosotros.
Sandro jugueteaba con uno de los panecillos que quedaban en su plato.
—¿Entonces tenían buena relación?
—Puede decirse que nos tolerábamos.
La conversación siguió fluyendo hacia temas más triviales. A Sandro le sorprendía no solo la fluidez de Oriana en un ambiente más relajado que el del trabajo, sino también su comodidad con lo sencillo.
De camino hacia su casa, mientras orientaba a Sandro, a Oriana se le ocurría que estaba lidiando en su mente con dos hombres distintos, cuyos intereses y personalidades eran muy difíciles de compaginar.
Extrañamente, ninguno se atrevía a comentar nada, casi como si temieran admitir algo que ninguno de los dos había previsto:
Se lo habían pasado bien.
A Sandro se le hacía casi imposible reconocer las mismas calles por las que alguna vez había circulado de camino a la escuela, a pesar de que, en esencia, nada había cambiado: edificios derruidos, grafiti…
Sandro pensó en mostrarle el lote donde creció, pero descartó la idea casi de inmediato. A esas horas de la noche, en un vecindario como aquel, un Mustang negro circulando era como un filete Angus en una perrera.
Llegaron finalmente al bloque de Oriana. Bajaron sin ninguna ceremonia en medio de la fría noche. El sonido de música distante parecía provenir de todas partes al mismo tiempo.
—Bares de mala muerte —aclaró Oriana.
Casi con la última sílaba le llegó el arrepentimiento por aquel comentario. ¿Lo percibiría Sandro de esa manera?
—¿Deseas que te acompañe hasta la puerta?
Oriana se mantuvo firme frente a él, sin saber muy bien por qué.
En el muro de la verja asomaba un grafiti; había algo de grama creciendo junto a él y, más al fondo, el yeso desprendido iba dejando al descubierto la pared desnuda de ladrillos.
—No hace falta —comentó en voz suave, pero firme.
Aún seguía allí. ¿Se estaría traicionando a sí misma?
El sentimiento de inseguridad se incrementó cuando Sandro alargó la mano hasta su cara, solo para acomodarle el pelo. Oriana se reprochaba a sí misma haber permitido aquel gesto.
Sandro no hizo ningún otro avance.
¿Esperaba que lo hiciera acaso?
Vamos, Oriana, vuelve a la realidad, se repetía.
—Es prudente que te retires ya —intentó, tratando de sonar convincente—. Las cosas han cambiado por aquí desde que te fuiste.
Sandro todavía tardó un momento más en reaccionar.
—Sí —confirmó finalmente—. Hasta mañana, entonces.
—Hasta mañana —corroboró Oriana.
Oriana lo vio entrar en el Mustang y partir como en un sueño lejano. No sabía por qué aquella velada le resultaba tan extraña. ¿Sería acaso porque se correspondía muy poco con su realidad del club?
Sacudió ligeramente la cabeza, como si tratara de conjurar aquellos pensamientos tan audaces respecto a un hombre al que una parte de su mente no comprendía ni aprobaba del todo, e inició el camino en solitario hacia la puerta del bloque.
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Desde el camerino donde se cambiaba para salir a casa, Oriana escuchó sollozos en el camerino contiguo. Aún antes de incorporarse para investigar, pudo darse perfecta cuenta de que era Phoebe quien lloraba.
Oriana se levantó, ya completamente vestida, y se acercó a la puerta de al lado. Tocó discretamente.
—¿Todo bien ahí, Phoebe? —preguntó en voz baja.
La puerta se abrió lentamente. Phoebe estaba dentro, toda desaliñada y con el maquillaje corrido. Sostenía en las manos una hoja de bloc y un sobre.
—¡Vaya! Parece que te estuvieras preparando para un show freak —comentó Oriana tratando de animarla.
Phoebe sonrió débilmente a través de sus lágrimas.
—¿Esto es lo que te tiene así? —preguntó Oriana señalando la hoja.
Phoebe se la entregó sin decir palabra. Oriana la leyó con rapidez. Era una carta de despido.
La carta no esgrimía razones. Como toda carta de despido, estaba redactada en un tono cortés y corporativo, lo cual contrastaba ampliamente con la naturaleza de aquel negocio.
A pesar de formar parte de aquel mundo y de haber sobrevivido gracias a esa industria, a Oriana todavía le resultaba difícil ver un burdel como una empresa en el sentido más formal y técnico de la palabra.
—¡Pero esto es una canallada! —protestó Oriana—. ¿Qué has hecho para merecerlo?
Oriana retrataba mentalmente a Phoebe en aquellos momentos: servicial, algo torpe, sumisa casi hasta la anulación, siempre dispuesta al trabajo. Nada de aquello parecía justificar su despido.
Fue entonces cuando reparó en lo que probablemente era la debilidad que más le jugaba en contra a Phoebe, a pesar de todas sus innegables fortalezas: la falta de discreción.
Phoebe, aunque de manera ingenua y bienintencionada, no tenía filtro alguno al comunicarse con nadie, y eso, en un medio como aquel y con la opacidad de las actividades de Sandro, resultaba muy peligroso.
—Phoebe, sé que esto debe de ser traumático y difícil para ti ahora mismo —se solidarizó Oriana—, pero trata de rememorar los sucesos de estas últimas semanas en busca de algo que pudieras haber hecho que pudiera considerarse una falta.
Phoebe, aún en albornoz y entre sollozos, trataba de hacer memoria.
—No lo sé… No he hecho nada inusual en estas últimas semanas —explicó—. Aparte de mi trabajo… bueno, y conversar con algunos sujetos. Pero se supone que sacarle plática a los clientes es parte de nuestro trabajo, ¿no?
—El problema es qué tipo de plática —explicó Oriana—. Phoebe, las damas de compañía deben saber decir mucho sin decir nada en realidad.
Phoebe sorbió algunas lágrimas.
—Pero es que no dije mucho —aseguró—. Aunque… espera. Solo recuerdo una conversación extraña. Fue con ese tipo bajo de estatura y calvo.
Se quedó buscando alguna señal de aprobación en Oriana.
—Sí, me resulta familiar —admitió Oriana.
—Pues bien, ese sujeto me estuvo haciendo comentarios acerca de los otros dos hombres que estuvieron aquí, a los que el señor Bruzzo vino a buscar.
A Oriana aquello empezaba a darle mala espina.
—¿Qué clase de comentarios?
—No lo sé —divagaba Phoebe—. Empezó preguntándome por mi día. Eso me pareció lindo… Luego terminamos hablando de ese sujeto que casi me vomita encima antes de que se lo llevaran y de lo que estaba farfullando entonces.
Oriana se llevó la palma de la mano a la cara.
—¿En serio no puedes ser más ingenua?
La palabra que en realidad había acudido a su mente era otra muy distinta.
—¿Tienes clara la primera regla de la que nos hablan al ser contratadas?
Phoebe parecía confundida.
—¿Entiendes que no debemos hablar de ningún cliente delante de otro?
La mente de Oriana era un torbellino de pensamientos contradictorios en aquel momento, pero lo que sí tenía claro era que de ningún modo podía dejar a Phoebe sola con todo aquello.
Aquella chica era cuatro años mayor que ella, pero ahora Oriana la veía casi como a una hermana menor, más aún teniendo en cuenta su mentalidad tan ingenua.
—¿Tienes claro qué hacer ahora?
—Supongo que iré con mi madre —dijo Phoebe—. Están algo apretados allá, pero nos llevamos bien.
—Bien. Es prudente que la llames en cuanto te repongas —aconsejó Oriana—. Ando un poco corta, pero creo que puedo prestarte algo para la semana.