Capítulo 3
Oriana iba saliendo del club, que estaba preparado de forma que pareciera la entrada a un edificio de oficinas cualquiera.
A Oriana le parecía increíble cómo nadie sospechaba de un local de oficinas de dos niveles donde hubiera una proporción tan abrumadora de damas y sujetos que iban y venían con tanta regularidad.
Estaba marcando su salida cuando, por el rabillo del ojo, alcanzó a ver salir a alguien más. Se trataba de Sandro, que venía caminando con la chaqueta en la mano y desabrochándose los puños de la camisa. Oriana se veía obligada a reconocer que aquella era una imagen muy favorecedora para él.
—¿Oriana? ¡Qué sorpresa! —expresó con genuina sorpresa—. Nunca coincidimos aquí.
—Tienes razón —admitió Oriana—. Es un evento inusual.
Sandro se revolvía el pelo con inquietud.
—¿Vas al centro? —preguntó con aparente casualidad—. Porque puedo llevarte.
Oriana no respondió de inmediato. Evaluaba sus posibilidades. Al final se decidió: no le parecía tener nada que temer.
—De acuerdo —concedió—. Vamos.
Contrario a lo que esperaba, Sandro no hizo ningún comentario sarcástico ni broma pesada. Se limitó a asentir y a pulsar el botón del control.
Se trataba de un Mustang negro del 68. Ciertamente un vehículo caro y lujoso, pero no al nivel de lo que ella esperaba tratándose de él. A esas alturas Sandro ya no le parecía un mal sujeto; sin embargo, su ego lo traicionaba.
En su retrato mental de Sandro se cruzaron su ocupación y sus conexiones, y entonces todo dejó de ser tan blanco. Pero aquello era solo un empujón más a sus dudas.
Aquel lugar formaba parte de un distrito administrativo en los suburbios de Baltimore.
Sandro entró en el vehículo, seguido de Oriana.
La chica siguió llevándose sorpresas, porque el interior no era en absoluto extravagante.
Los asientos no estaban forrados con imitaciones de leopardo ni nada por el estilo, ni el volante estaba cubierto de fieltro, como en los vehículos de algunos chicos con los que había salido. Era el interior de fábrica.
Luego reflexionó que, dadas las circunstancias en que se movía Sandro, lo menos sensato sería llamar la atención fuera de su club.
Sandro condujo en medio del silencio de la noche hasta la salida de la calle, donde se encontraron con la congestión de la ciudad a esas horas.
Si estaba contrariado, Oriana no podía advertirlo en aquel momento; ni siquiera su instinto bastaba para adivinarlo.
Su cabello revuelto y su barba incipiente enviaban señales equívocas.
—¡Esto nunca va a cambiar! —se quejó de repente.
—Ya lo has dicho —coincidió Oriana—. Y no has visto el embotellamiento a la salida de Harlem Park.
—¿Allí vives? —preguntó Sandro con genuina curiosidad.
—Sí —fue la sobria respuesta que obtuvo.
Sandro no pareció dispuesto a indagar más sobre su domicilio, cosa que ella le agradeció. No tenía nada de qué avergonzarse; sin embargo, aquel era un tema que prefería dejar fuera de su…
Oriana detuvo de repente el ritmo de sus pensamientos.
¿De verdad iba a formular mentalmente la palabra relación?
Sí que tenían una. Todas las personas que entran en el círculo de alguien, por más superficial que sea su contacto, tienen una relación con ese alguien.
Solo que, en este caso, la suya era tan distante y confrontativa que no cabían entre ellos conversaciones como aquella.
El centro de Baltimore lucía como siempre lo había visto en todo el tiempo que llevaba recorriendo aquellas calles en transporte público: gigante, asombroso, pero también frío e impersonal.
Para alguien que creció en Barclay, uno de los pueblos más pintorescos de Maryland, aquello era una pesadilla de concreto a la que quizá nunca se acostumbraría del todo.
No era que no fuera capaz de desenvolverse allí —Oriana era una todoterreno—; era solo que su infancia y adolescencia habían transcurrido en un entorno de apenas ciento veinte habitantes, con casas bajas rodeadas de árboles a los que solía trepar y apenas cuatro calles, tan poco transitadas que ella y sus amigos podían pasar el día entero jugando a la pelota o a las escondidas sin tener que detenerse por la llegada de algún vehículo.
Ya cerca de Harlem Park cruzaron frente a una cafetería que Oriana estaba acostumbrada a ver como parte del paisaje urbano, pero a la que nunca había dedicado una segunda mirada.
Era un local que probablemente datara de mediados de los cincuenta y que se había quedado congelado en aquella época, contrastando dramáticamente con la modernidad de todo lo demás a su alrededor: su toldo blanco de listas rojas, el amplio escaparate con muestras de comida y los carteles que anunciaban el plato del día.
Joe’s Diner, se leía en las llamativas letras de neón del escaparate.
¿Quién se anuncia con neón hoy en día?
—¿Te parece bien si paramos aquí? —preguntó Sandro.
—Por mí está bien —accedió Oriana encogiéndose de hombros.
Faltaba un cuarto para las once. Era increíble que aquel local estuviera abierto a esa hora.
Apenas cruzaron el umbral, Oriana se sintió transportada a los tiempos de Elvis y Ava Gardner.
Los azulejos negros y blancos dispuestos como tablero de ajedrez, el mostrador de chapa roja con sus banquetas cromadas fijas al frente, las mesas tendidas con manteles a cuadros rojos —de aquellos que solo recordaba de los picnics—: todo le evocaba tiempos que ni ella ni Sandro habían vivido, pero que admiraba profundamente.
Y lo mejor de todo era que aquel era un auténtico restaurante de los cincuenta, no uno ambientado en esa época.
—¡Joe! —saludó Sandro al dueño cuando este se acercó a su mesa.
El caballero abrió de par en par sus rollizos brazos y envolvió a Sandro en un abrazo. Se besaron varias veces en ambas mejillas y se estudiaron con caras risueñas.
A Oriana le resultaba increíble cómo, en brazos de aquel robusto sujeto con cara de abuelo de feria, gorro y delantal, Sandro lucía muy distinto de la versión que ella conocía en el club.
Había algo vivencial y tierno en aquella calidez y hospitalidad italianas que parecía disolver toda desconfianza.
Luego, sin embargo, a la mente de Oriana acudieron imágenes que había visto en libros de secundaria, que hablaban del hampa de la costa este.
—¿Todavía sirves tu famosa sopa de camarones? —preguntó Sandro cuando se sentaron a la mesa.
—Sí, aún la hacemos —confirmó Joe.
A Oriana no dejaba de sorprenderle la familiaridad de Sandro en aquel espacio, en un vecindario marginado e incluso peligroso.
—¿Quieres probarla? —le preguntó Sandro—. Fue lo que hizo famoso a este restaurante en los sesenta.
—¿Por qué no? —convino Oriana.
—Perfecto —aprobó Sandro, ordenando dos platos a Joe.
Sandro miró alrededor, estudiando el ambiente.
—No deberías mantener abierto hasta tan tarde —le advirtió—. Sabes que aquí es peligroso, y menos aún quedarte solo. ¿Cómo se te ocurre?
—Despaché a los chicos hace apenas media hora y ya estaba a punto de cerrar —comentó Joe—. De todos modos, nací y crecí aquí. He sido testigo de la vida de este lugar durante seis décadas. Nada puede sorprenderme ni asustarme en este vecindario.
Oriana admiraba a las personas resilientes como aquel señor, pero nunca acabaría de comprender su lógica. Siempre hay una primera vez, y las cosas pueden cambiar mucho con el tiempo.
Ambos se quedaron mirando desde su mesa hacia la calle, a través del escaparate.
—Crecí en Harlem Park —comentó casualmente Sandro—. Mis tíos venían a comer aquí con frecuencia.
Oriana levantó una ceja discretamente, pero no lo suficiente como para que pasara desapercibido para Sandro.
—¿Te extraña?
—¿Fue por eso tu sorpresa en el vehículo? —preguntó ella a su vez.
Sandro jugueteaba con el portaservilletas.
—Me pareció una grata coincidencia.
Los coches afuera seguían su paso. Oriana jugó a imaginárselos con amplios guardafangos, cromados por todas partes, diseño art déco y adornos de capó, justo como los de los cincuenta. Procuró repetir el ejercicio mental con la indumentaria de ellos, pero no funcionó.
—¿En serio te criaste aquí?
—Lo dices como si fuera un vertedero nuclear —comentó Sandro divertido—. Pues sí. Aunque en Italia teníamos dinero, mis tíos se vieron en una situación difícil y tuvimos que emigrar a América en condiciones algo duras.
—El asunto está en que lo que para ti es solo evocación, para mí es el día a día.
El olor de la sopa comenzaba a inundar el local. Era un aroma muy agradable, como una receta de abuela.
—Tío Andrea trajo todo lo que quedaba de la fortuna familiar, pero eran fondos bastante magros.
Solo en un lugar de renta tan baja como este podíamos permitirnos tener excedentes —explicó Sandro—.
Él invirtió parte de esos excedentes montando una ferretería, la cual yo liquidé hace ya veinte años para tener fondos para la universidad.
Aquello fue después de la muerte de mis tíos, cuando la heredé…
Oriana casi podía imaginárselo: con camisa de lino —no podía entender del todo por qué lo imaginaba así—, pantalones cortos de casimir, calcetines y zapatos de vestir; su cabello negro peinado a los lados y muchos granos.
Probablemente fuera delgado entonces. Tal vez sufría acoso escolar y tuvo que empezar a defenderse en el plantel desde entonces.
—¿Extrañas a tus tíos?
Sus ojos verdosos tenían una expresión inescrutable.
—No lo sé —reconoció Sandro—. En mi crianza no me faltó ni me sobró nada, incluyendo afecto. Tanto mi padre como mis tíos eran muy parcos en eso.
Su conversación fue interrumpida por la llegada de Joe con la bandeja. El rollizo caballero puso un humeante cuenco de sopa frente a cada uno, rodeado de panecillos de ajo.
—Espero que no te moleste, pero haré los honores de inmediato —comentó Oriana.
—En absoluto —negó Sandro.
Oriana comenzó a tomar de aquel rico caldo, soplando y tratando de sorber lo menos posible. Se imaginó retratada por Sandro en aquel momento; de seguro debía de estar horrorizado…
Rió ante ese pensamiento.