El Juego de Mefistófeles Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

—¿Y qué? ¿Jornadas arduas como siempre? —preguntó casual—. Apuesto a que te siguen tocando sujetos peculiares; tal parece que eres un imán para eso.

—Ni falta hace que lo diga —confirmó Phoebe—. Antes de anoche mismo, sin ir más lejos, viví uno de los bochornos más grandes desde que estoy aquí...

Aquel hombre fingió aún más interés.

—A veces es difícil tratar estas cosas entre compañeras —reconoció el hombre—, pero puedes desahogarte conmigo; no tengo ningún inconveniente en escucharte.

Esbozó una amplia sonrisa.

—¡Eres un pimpollo! —lo elogió Phoebe, acariciando su mano—. Fíjate que era un tipo borracho que estuvo farfullando incoherencias...

—Tonterías acerca del servicio, seguramente —aventuró el hombre.

—Pues no lo creo; lo que capté fue algo como “cargamto abr...”. Deduje que quiso decir “cargamento abril”. Siempre fui buena en Scrabble y con los crucigramas. Afirmaba sentirse dichoso por eso y propuso un brindis.

El hombre apuró su trago.

—Pues sí que era extraño lo que dijo, pero aun así sigo sosteniendo que probablemente se trate de una tontería sin sentido —terció.

Phoebe pareció reflexionar un momento.

—Puede que tengas razón —concedió—. Una escucha tantas chorradas aquí que ya aprende a no tomar nada en serio.

El sujeto asintió.

—¿Por qué nunca vas a las habitaciones con nosotras? —inquirió Phoebe melosa y colgándose de su hombro—. Te trataremos bien.

La música inundaba el ambiente.

—Tengo todo el sexo que quiero allá afuera —afirmó—. Lo que me gusta de ustedes es su conversación, su perspectiva.

Chocó su copa con la de Phoebe y se quedaron disfrutando del resto de las coreografías.

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Luego de descongelar su cena, Oriana se sentó a la mesa y empezó a masticarla con algo de desgano.

Tenía pendiente la manera en que distribuiría su tiempo en sus días libres, como aquel, para poder sacarles el mayor provecho y verdaderamente descansar y relajarse, o al menos ocuparse en actividades que disfrutara.

Su día estuvo plagado de trámites, como ir donde su casero a abonar la mensualidad o comprar provisiones.

Hacía ya demasiado tiempo que no tenía el lujo de dedicarse un día completo para sí.

Había llamado a su madre y conversaron largamente; podría decirse que esa había sido la única actividad que verdaderamente había disfrutado.

Su relación con ella era cordial, aunque no eran tan unidas en realidad; lo mismo pasaba con el resto de su familia, incluyendo a sus cuatro hermanos.

Quizás se trató de todo el tiempo de vicisitudes en que ella estuvo a punto de abandonar la escuela para contribuir a sustentar el hogar, y finalmente dedicándose a ser dama de compañía; en aquellos años la relación fue tan intensa que quizás simplemente se desgastó, y por eso ahora era más bien normativa, formal, ritualista.

Se comunicaban, se trataban, pero nadie exigía un gesto extra; nadie pedía incondicionalidad, ni buscaba estar más tiempo del requerido, ni cuando no se le llamara.

Sandro se coló en sus pensamientos sin ser llamado. Le extrañaba en aquel punto lo receptivo que parecía estar cuando la llamó, incluso algo relajado y dispuesto a hacer concesiones.

De repente aparecieron también en su mente esos hombres del club: extraños, de comportamiento anticlimático, justo cuando más pretendían encajar. ¿Qué oscuros designios se esconderían tras aquellos trajes caros y tan cuidado aspecto?

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Richard Martínez se acomodó en el asiento que el director le señalaba, en su amplio despacho de las oficinas locales del Bureau Federal.

Era un espacio más funcional que vistoso, como todas las oficinas del gobierno.

Con su escritorio cuadrado de aluminio delante de la ventana con cortina corrediza del mismo metal, bandera a un lado y paredes desnudas, con apenas un mural lleno de pendientes.

El director Masterson hojeaba en aquel momento el informe rendido por Martínez que su asistente le había entregado previamente.

—Ya veo... —comentaba el director Masterson de manera casual, aún revisando el informe—. Parece un esquema muy confiable y Bruzzo un sujeto muy disciplinado.

Martínez se reacomodó en su silla.

—Sí, así parece —comentó—, aunque en lo que sin duda ha fallado es en filtrar a las chicas por su discreción.

Allí no se escuchaba ni el teclear de alguien. Aquello volvía la tensión casi insoportable para individuos no adaptados a aquel ambiente.

—Naturalmente existe la posibilidad de que todo esto no sean más que fanfarronerías de ebrio —comentó Masterson, deteniéndose en una de las últimas páginas del informe—, pero aun así no debemos correr el riesgo de no aprovechar esta pista.

—Comparto su opinión —corroboró Martínez—, y me parecería demasiado coincidencial que Merritt estuviera faroleando con algo tan delicado luego de reunirse a puertas cerradas con Bruzzo.

Masterson dejó el expediente a un lado, junto al ordenador.

—Simplemente se confió demasiado —concluyó—, lo cual no es extraño según lo que sabemos de Merritt.

—Mantenga su pantalla, con más discreción aún —ordenó Masterson.

Tras el consentimiento de Martínez y su retirada, aquella estancia recuperó su mutismo acostumbrado.