El Juego de Mefistófeles Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Al trasponer el umbral del despacho encontró a Sandro concentrado en la lectura. A Oriana le costaba lo suyo imaginarlo un ávido lector, aunque reconocía aquel como un prejuicio algo tonto, como si solo los ricos de fortunas limpias tuvieran el monopolio de la cultura.

—Creo haber sido claro la vez anterior acerca de tu vuelta a esta oficina —comentó Sandro, dejando el ejemplar sobre el escritorio.

—Sí, tanto como lo fui yo acerca de las circunstancias que lo motivaron —respondió Oriana en el mismo tono sereno pero firme.

Sandro suspiró ligeramente; sus dedos jugaban distraídamente con uno de los bolígrafos. Este gesto no pasó desapercibido para Oriana.

—¿Entiendes la asimetría entre nosotros y cómo puedo aprovecharla?

Oriana no respondió inmediatamente. Por primera vez desde que llegó allí se sentía un tanto insegura acerca de la forma en que habían escalado los sucesos desde su llegada.

Sin embargo, no iba a permitir que la responsabilidad de todo aquello recayera en ella; si tu barco tiene una grave falla estructural, culpar a un marinero recién contratado era lo más ruin que podías hacer.

—No tienes la única casa de todo el país, y si pretendes usar tu influencia para cerrarme las puertas, tu negocio también perderá reputación en el proceso —comentó.

La determinación y vehemencia la hicieron tutearlo de manera inconsciente—.

Eso sin mencionar que el estatus legal de tu modelo de negocios no es el más apropiado.

Oriana se sentía mentalmente expectante y rogando porque Sandro no lo notara; en realidad necesitaba el empleo y su permanencia allí dependía solo de que él no estuviera dispuesto a correr el riesgo de despedirla.

Sandro dio tres palmadas al aire de manera muy ostensible.

—Tú ganas, Oriana —reconoció—. Sin embargo, no es de mí de quien debes preocuparte ahora.

Volvió a hablar aún antes de que Oriana pudiera hacerlo. El propio Sandro no tenía idea de qué buscaba adelantándosele.

—Iris llegó aquí prácticamente desde que iniciamos —comentó de manera casual—. Es de esas que tiran primero y analizan después.

—Es decir que es predecible.

—En su patrón sí —confirmó Sandro—, pero no en la forma ni en el momento en que te atacará.

Oriana reflexionó en aquello por un momento. De camino hasta allí se preguntaba por qué ni él ni Brenda llamaban también la atención de Iris; pero ahora era capaz de entender el motivo: ella era de esas que no sabías cómo reaccionarían si eran arrinconadas.

Sus ojos repararon de manera casual en el volumen de prolija encuadernación que Sandro había dejado sobre el escritorio. Alcanzó apenas a leer el título; sin embargo, aquello era más que suficiente para ella.

—Fausto —comentó de forma casual—. Interesante lectura.

Sandro arqueó una ceja.

—¿Ah, sí? —inquirió con algo de ironía—. ¿Lo has leído ya?

—Sí —confirmó escuetamente Oriana—. Lo analizamos en secundaria.

Sandro la miró entre divertido y curioso. Parecía un chiquillo pillado in fraganti en alguna travesura.

—Y supongo que te identificaste con el doctor Faust desde el primer momento...

Oriana le sostuvo la mirada, pero la suya era más sobria; como la de la madre o tutora que corrige al niño travieso.

—No, todo lo contrario, lo detesté por arrogante —comentó con todo el énfasis que pudo—. La novela lleva su nombre, pero el verdadero protagonista es otro...

—¡Ah, claro!

—El gran error del doctor Faust es pretender que puede controlar a un demonio —declaró Oriana—. Es ahí donde empieza su fracaso: en creer que es el dueño del juego y quien marca las reglas.

—¿Entonces eres Mefistófeles? —la cuestionó Sandro con afectada ingenuidad.

—Ni lo soy ni pretendo serlo —negó de manera categórica—. Pero tú sí eres Fausto, en más de un sentido.

El silencio volvió a ganarles.

—¿Puedo retirarme ya?

Sandro pareció recuperar su aplomo acostumbrado. Oriana debía reconocer que aquel sujeto era un maestro demostrando confianza, o fingiéndola; daba igual.

—Por supuesto, y no olvides a Iris —recomendó.

Oriana pensó en recordarle en cambio a Fausto, pero prefirió asentir y marcharse. Nunca le había interesado ganar discusiones y mucho menos era de las que consideraban que una discusión se ganaba con la última frase.

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Phoebe se encontraba en la barra. Había ejecutado su sesión de baile hacía apenas media hora. Ahora observaba a Iris, quien solía ser muy performativa; a Phoebe le intrigaban aquellas ansias de protagonismo de Iris, como si nunca acaparara suficiente atención.

El hombrecillo calvo había vuelto aquella noche. Lo saludó con la mano apenas verlo. Lo vio acercarse a la barra con su paso desenvuelto.

—¿Cómo has estado? —saludó el sujeto—. Cuántos días sin vernos.

A Phoebe le empezaba a resultar agradable su compañía. Era muy empático; parecía un buen tipo.

—Y que lo digas, me tenías descuidada —le reprochó haciendo un puchero.

—¿Una copa? —propuso el hombre.

Phoebe apoyó un brazo en la barra.

—De acuerdo —concedió—. Daiquirí.

El hombre llamó con la mano a Lizzy.