El Juego de Mefistófeles Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Señor Bruzzo, usted no suele subrayar sus enunciados —observó Merritt—. Más vale que en este caso su intuición tampoco esté equivocada; no solo por nosotros, sino especialmente por usted mismo.

En este punto ya ambos se habían reclinado del asiento.

—Nuestro siguiente embarque llegará en abril de este mismo año —añadió Merritt—. Hasta entonces todo deberá seguir como hasta ahora. ¿Está limpia la contabilidad?

Sandro esbozó su mejor sonrisa.

—Por supuesto, mi asistente es la mejor en eso.

—De acuerdo, todo queda en sus manos por ahora —concluyó el señor Weber incorporándose junto a Merritt.

—Perfecto, serán escoltados por el pasadizo hasta sus vehículos —prometió.

Merritt titubeó un poco antes de salir.

—Creo que bajaré al bar, me apetece un trago —comentó.

—No sería muy prudente de su parte —observó Weber.

Sandro no podía estar más de acuerdo con el señor Weber, y entre los dos trataron de convencer a Merritt.

—Será solo un trago para celebrar —insistía Merritt—. Me siento dichoso. Si usted mismo no confía en la discreción de su establecimiento, entonces deberíamos reconsiderar nuestros acuerdos.

Sandro arqueó un poco la boca; su sonrisa lucía algo más tensa ahora. Procuraba engañarse a sí mismo suponiendo que aquellos hombres carecían de su misma habilidad para interpretar el lenguaje corporal.

—De acuerdo —concedió finalmente—. No tenemos nada que ocultar aquí, ni temer filtraciones.

Naturalmente, Sandro contaba con la discreción de todo su personal. No era un hombre de rezar, pero de momento rogaba porque todo transcurriera sin incidentes.

Una vez que Weber y Merritt se retiraron de su oficina, Sandro telefoneó a Brenda.

—Merritt bajará al salón VIP. Debes estar atenta, pero sin que parezca que lo estamos acosando.

—De acuerdo —concedió Brenda al otro lado de la línea—. Enviaré a los muchachos para allá. Por otro lado, tú y yo tenemos algo aún más urgente que tratar. ¿Vienes o voy?

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Sandro tamborileaba distraídamente sobre el escritorio de Brenda. Su distracción duró justo hasta que alcanzó a ver sobre la encimera una colección de pipas y sobres de polvo blanco.

—Ya sabes, las chicas y algunos chicos tontos que nos visitan —comentó Brenda suspirando, tras seguir su mirada.

—¿Nunca seré lo suficientemente enfático con respecto a esas porquerías? ¿Qué tendré que hacer, Brendy? —su gesto con Brenda ahora, más que firme, parecía suplicante.

—De momento tenemos cosas mucho más urgentes de que ocuparnos, créeme.

Brenda le colocó dos carpetas sobre la pulida madera.

—Estas partidas y contrapartidas no coinciden, y no por centavos, sino por varios millones —observó—. Compruébalo por ti mismo.

Brenda le señaló las páginas en cuestión. Sandro pudo comprobar al rato la enorme disparidad.

—¿Sabes cuán grave es esto? —le cuestionó—. Esos sujetos nos han estado viendo la cara de tontos.

—¿Puedes arreglarlo?

—Lo que me pides es literalmente magia —declaró Brenda—. ¿No lo comprendes? Estas operaciones de estos sujetos van más allá de lo que nos contaron y no sabemos qué más nos ocultan.

Sandro comenzaba a exasperarse.

—Tengo todos los riesgos calculados.

Brenda se paró de su asiento y empezó a caminar alrededor. Era la primera vez desde que la conocía que Sandro la veía tan preocupada.

—No, no los tienes —sentenció—. Entiende de una vez que esto nos supera a ambos.

Se apoyó en el archivero, a sus espaldas. Cuando volvió a hablar, a Sandro le pareció que hubiera pasado toda una vida.

—De niña crié algunos cachorros de gato hasta verlos hacerse adultos —comenzó a evocar, aún de espaldas a él—. Lo mordían todo y con frecuencia se les trababa la mandíbula, teniendo yo que irlos a rescatar; hasta que de adultos aprendían que no debían rodear más de lo que podían morder.

—¿Cuál es el punto?

—Me extraña que un hombre tan suspicaz como tú no lo capte —comentó Brenda, fingiendo sorpresa—. Eres como uno de esos cachorros ahora.

Sandro no contestó inmediatamente; después de todo era un hombre que sabía administrar las pausas.

—Yo también conozco algo que los gatos aprenden desde cachorros —comentó ya más seguro de sí—.

Viví en Italia hasta los diez años, más o menos, antes de que mis tíos me trajeran a América.

En nuestra propiedad familiar allá en Emilia Romaña había muchos gatos silvestres; los jardineros me contaban que desde cachorros se inflaban al encontrarse con culebras y, cuando estas los enrollaban, soltaban el aire para volver a su tamaño habitual; con lo cual no solo escapaban, sino que atacaban a las serpientes a la cabeza.

—Sandro, esto va mucho más allá de ganar una discusión y lo sabes perfectamente.

Él se incorporó y tomó su mano, besándola de manera galante.

—Pierde cuidado, cara mía —comentó con tono meloso—. Pronto estaremos riendo al acordarnos de esto.

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Merritt ya iba por su décimo sorbo de vodka. Al final no se decidió a ir al salón VIP. Lizzy se preguntaba si debía seguírselos sirviendo; el hombre ya empezaba casi a delirar.

Weber estaba allí sentado en las cercanías, vigilando la situación. Desde su perspectiva, aún no había pasado nada preocupante.

Fue solamente cuando se acercó a Phoebe que comenzó Weber a inquietarse, y no solo él, sino también uno de los muchachos de seguridad enviado allí por Brenda.

—Tiene usted unos ojos preciosos, señorita —comentó con voz rasgada—. ¿Se lo han dicho alguna vez?

La música se colaba en su conversación. Donna bailaba en aquel momento.

—Pues, la verdad es que sí... —comentó Phoebe, apenas resistiendo su aliento etílico.

—Me siento eufórico en este momento, porque estoy en compañía de una hermosa chica y voy a recibir...

Farfulló aún algo más antes de que los chicos de seguridad vinieran a llevárselo.

Desde el sofá donde se encontraba sentado, Weber suspiró aliviado.

Alguien más en quien ninguno de ellos reparó, un sujeto totalmente anodino, confundido entre la masa del público, registró la escena con una microcámara, sobre todo los rostros de Weber y Merritt.

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—Creo que debería intentar ligar con uno de esos sujetos —aventuró Iris.

—Puede ser —comentó Cynthia, la restante de su trío—. Donna y yo estamos exhaustas y las demás están ocupadas con los demás.

—No me refiero solo a una noche —expresó.

Cynthia la miró como si fuera un pollo de tres patas.

Era una chica pelirroja, rapada a un lado y llena de tatuajes y perforaciones, incluyendo las de la nariz, cejas y orejas.

Al principio Sandro la rechazó por su imagen tan audaz y disruptiva, que rompía con la discreción y clase de su establecimiento; pero Brenda lo convenció de que su catálogo debía ser lo más variado posible, para poder satisfacer todas las demandas.

Cynthia había sido pareja de Donna y aún sostenían encuentros ocasionales.

—¿En serio crees que es tan fácil? —comentó irónica—. Además, no sé si entiendes lo que se dice de estos caballeros que nos acompañan aquí... ¿Crees en serio que son una puerta de salida?

—Son una puerta —corrigió Iris—, y cualquier cosa que haya al otro lado será mejor que bailar la mitad del día, sonrisas impostadas, no poder elegir con quién estar y encima soportar a tipas como la estúpida esa.

Voy a cumplir ya 36 años, de los cuales llevo 16 en estos asuntos; lo que sea que encuentre detrás me sirve más que esto.

—¿Y supongo que también te da igual el estado en que atravieses esa puerta o siquiera si aún estás en este plano al cruzarla?

Iris no entendía o fingía no hacerlo.

—Ve al grano, chica, estás muy mística.

—Iris, eres una mujer experimentada en estas lides, lo suficiente como para comprender que algunos sujetos vienen a lugares como este por nosotras y varios otros por algo más que nosotras.

Si cruzas de la mano de ellos la línea que nos separa, te encontrarás con lo que ocultan y créeme, esos no suelen ser encuentros gratos.

Iris la miró entre irónica y curiosa.

—¿Has estado con alguno de ellos ya?

—No, pero conozco y conocía a otras que sí... y en la mayor parte de los casos no terminó bien para ellas.

Iris manoteó al aire como si espantara una mosca invisible.

—¿Crees que las mujeres como nosotras tenemos acceso a fortunas limpias? —preguntó con énfasis—. Lo intentaré, no soy como esas tontas de tus amigas.

—Pero ellos sí son uniformes entre sí —expresó Cynthia—. No dobles la apuesta sin conocer el juego.

Ambas continuaban mirando hacia donde se habían llevado a ese sujeto casi a rastras del lado de Phoebe.

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Pamela se reclinó aún más sobre el vello dorado del pecho de Sandro, al cual los rayos de sol que se colaban por el ventanal de la alcoba arrancaban destellos ambarinos, lo mismo que a sus perfiles desnudos.

La rizada cabellera de Pamela rozaba sus ensanchados pechos, cuyos enhiestos y sonrosados pezones se erguían al aire como cimas incolumnes. Sandro pasaba distraídamente su mano por su piel tersa, de chica joven.

—Diez centavos por tus pensamientos —propuso Pamela.

—Te horrorizarás de escucharlos —intentó bromear Sandro.

Y lo peor de todo es que aquello estaba muy lejos de ser una broma.

Se reacomodaron uno junto al otro bajo las sábanas de satén. Walter les había traído el desayuno.

—Siempre me he preguntado: ¿por qué no me involucras más en tus cosas?

—Estamos bien de esta manera —declaró Sandro sin descortesía, pero con la firmeza suficiente para no dar lugar a réplicas.

No es un mundo que quieras conocer, fue la respuesta alternativa que llegó a su mente.

Sandro arrimó aún más su tibia desnudez a la de Pamela, con una confianza renovada, nacida de la confrontación consigo mismo y sus temores.

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Es ya la tercera vez que vengo a la oficina de uno de estos dos en apenas tres meses aquí, reflexionaba Oriana de camino al despacho de Sandro; y en cada una de esas ocasiones el motivo guardaba relación con Iris.

Oriana a veces se preguntaba si no sería acaso prudente poner distancia de por medio entre ambas, más allá de aquel lugar.