Capítulo 2
Sandro observaba, como siempre, sus dominios desde su despacho; no podía negar lo mucho que le agradaba la sensación de poder y control que este acto le producía: poder ver sin ser observado y, por supuesto, sin tener que depender de esos juguetes.
Lo que se veía a través de una pantalla le parecía menos auténtico, como si la transmisión le robara verosimilitud a lo que reflejaba.
Veía a Lizzy sirviendo tragos y recibiendo pedidos, a las chicas sentadas en sus puestos; el primer show estaba por comenzar.
Notó de casualidad algo muy extraño, desde su perspectiva al menos: se trataba de Iris y Oriana.
No era que Iris se mostrara hostil —esa sería la reacción esperable, considerando que Oriana la había delatado—; más bien ambas se evitaban de manera sutil, incluyendo la evasión velada del contacto visual.
—El sabotaje entre compañeras va totalmente en contra de la ética de trabajo de nuestra empresa —recordaba ahora haberle dicho a Iris cuando la mandó a llamar—. Espero no tener que repetírtelo.
Pudo haber dejado aquello en manos de Brenda, pero Sandro prefería cortar él mismo aquellas situaciones de raíz una vez que aparecían.
—De acuerdo, señor Bruzzo.
Cualquier otro se hubiera dado por satisfecho con aquella respuesta; pero a Sandro le pareció notar un ligero dejo de ironía, mezclado con algo de sensualidad mal contenida.
Ya estaba al tanto de los avances de Iris y sus planes con respecto a su persona; como hombre de tantas conquistas y acostumbrado a acaparar miradas femeninas, sabía muy bien cómo detectar esas señales.
—¿Hay algo en particular que quieras decirme? —la interpeló Sandro.
—No, señor.
Sandro no le creía, pero tampoco podía prolongar aquello más de lo necesario; eso, de alguna manera, sería ceder a su juego.
—Bien, puedes retirarte, pero recuerda que tengo mis ojos sobre ti.
—Sí, señor Bruzzo.
Al verla abandonar la estancia, Sandro notó un brillo en la mirada de Iris y una cadencia de movimientos que no había exhibido al entrar. ¿Era una actitud desafiante o estaba tratando de seducirlo?
Otro gesto que captó en el bar lo sacó de su evocación. La sensación de Sandro de que algo no encajaba se intensificó cuando vio a Brenda llamar discretamente la atención de Oriana y abandonar la sala, seguida de esta última, probablemente en dirección a su oficina.
Algo más debió haber pasado entre aquellas dos, y debía averiguarlo.
Aquel último pensamiento dibujó en su rostro un gesto ladino.
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Era la primera vez que Oriana pisaba la oficina de Brenda. Vio aquel espacio acogedor, también algo anticuado en su decoración, pero sin la atmósfera opresiva e intimidante del despacho de Sandro.
—Probablemente te extrañe nuestro encuentro —aventuró Brenda, cerrando con llave tras el paso de ambas—. No acostumbro a citar a las chicas durante el horario de trabajo, a menos que la situación lo amerite.
Oriana le sostenía la mirada a Brenda en todo momento; en sus verdosas pupilas no había hostilidad, pero tampoco cercanía: era una mirada institucional.
—Entiendo —confirmó Oriana—, y ya creo saber la razón; no espero una felicitación.
Brenda disimuló como pudo su gesto de satisfacción. Esta chica era en verdad muy franca y autoconsciente, pero sin olvidar los límites.
—Tampoco es una reprimenda; de lo contrario no estaríamos aquí ni conversando en un tono tan relajado.
Oriana pensó que las reprimendas no necesitaban ser airadas y que, de hecho, las sutiles y amables solían ser las más ponzoñosas. Aquello, por otro lado, no era relajación: era tensión contenida.
—Pareces una chica lista, Oriana —observó Brenda—. Lo que te diré a continuación debes tomarlo como consejo más que como advertencia: aquí no importa tanto ser audaz, sino resiliente. Tenlo en cuenta si quieres sobrevivir en este medio.
Oriana se acomodó mejor en el asiento. El corpiño no le irritaba, pero la áspera tela de la gabardina sí.
—Gracias, procuro ser ambas —expresó—, y a pesar de mis años, no soy novata en este mundo.
—Iris no suele ser de las más dóciles ni empáticas —admitió Brenda—; sin embargo, contigo ha salido su peor lado.
—¿Sí sabes que lo volverá a intentar?
—Estoy perfectamente consciente —corroboró Oriana—; trataré de estar preparada.
Brenda suspiró.
—Oriana, estoy de tu lado —declaró—. Ayúdame a seguir estándolo.
—Lo aprecio, y todo seguirá como antes —prometió Oriana—, a menos que ciertas actitudes persistan.
Brenda escrutó sus ojos nuevamente. Su gesto pretendía ser inexpresivo, pero había un leve rastro de frustración en ellos.
—Puedes retirarte.
La chica se levantó para salir de allí; giró el pomo en forma de cabeza de león.
—Ah, Oriana —añadió—, una cosa más...
—Soy toda oídos.
Esta vez fue Brenda quien se tomó una pausa.
—Recuerda que Sandro siempre está al corriente de todo, aunque parezca lo contrario.
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La zona VIP era todo lo lujosa que se podía esperar en un negocio como el de Sandro. Era un espacio amplio con paneles de palisandro, molduras doradas, mullidos sofás de terciopelo rojo, una gran araña en el centro, buffets, puros y una nutrida carta de licores.
Dos sujetos vestidos de manera casual conversaban junto al buffet; uno de ellos sostenía un plato con camarones y algunas croquetas.
—Nunca sé qué elegir —comentaba el otro, que no tenía aún nada en su plato—. Este es el problema de los buffets.
—Le recomiendo los camarones y la crema de ajo, nunca decepcionan —comentó el del plato servido.
A su alrededor todo era igual de animado; algunas chicas platicaban en los sofás con los caballeros a su lado.
De repente todos miraron en dirección a la puerta, por donde acababa de entrar Sandro; quien, con su particular estilo y proyección de seguridad, saludaba a los presentes mientras se dirigía a los dos caballeros del buffet.
—Señor Merritt, señor Weber —saludó Sandro—. Es como siempre un placer que nos honren con su presencia; vine en cuanto mi asistente me informó.
—¿Qué tal han sido nuestras atenciones? —preguntó—. ¿Las chicas de siempre? Siempre es bueno variar.
—Todo ha estado a pedir de boca —expresó el señor Merritt—; sin embargo, no fueron solamente las magníficas atenciones de su casa lo que nos trajo aquí hoy.
Sandro comprendió casi de inmediato a qué se referían.
—Ah, por supuesto —se corrigió—. Acompáñenme, por favor.
Se dirigió a la puerta secundado por aquellos dos sujetos.
Todo el mundo seguía como si nada hubiera visto; pero otros pocos fijaron en su memoria la escena, incluyendo a Iris y a Phoebe, que se encontraban atendiendo cada una a un caballero.
Aunque, por supuesto, el impacto de aquel incidente sería muy diferente para cada una de ellas.
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Oriana estaba siendo retenida por un chico tonto y pueril, dos años menor que ella, cuya conversación le aburría, pero ante el cual debía fingir interés. Por suerte, sabía mejor que ninguna otra cómo parecer interesada en cualquier disparate que le estuvieran contando.
—He cambiado ya por tercera vez la pintura de mi vehículo —comentaba aquel niñato—. Mi padre dice que pierdo mucho tiempo en eso... pero es que no me gusta para nada el color azul metálico...
Le sorprendía la forma en que estaba invertida la lógica del mundo y cómo algunos jóvenes dilapidaban alegremente oportunidades que otros echaban en falta.
—¿Y qué tal la escuela? ¿O vas a la universidad? —quiso saber.
—La universidad es para tontos y perdedores.
Oriana recordaba en aquel momento cómo quiso ella misma durante un tiempo agarrar carrera, buscar por aquella vía un propósito a su vida, y también cómo las difíciles circunstancias que le habían tocado se lo hacían casi imposible; y al mirar a la cara de aquel chico mimado mientras comentaba algo así, apenas podía resistir las ganas de ponerlo en su lugar.
—Y esto, en cambio, ¿te parece de listos?... Aún tienes muchos reveses que enfrentar de la vida, dulce criatura —sentenció.
—Apenas entiendo la mitad de todo lo que dices, eres una puta rara —comentó el chico—. ¿Vienes conmigo al VIP?
Ya estaba sosteniéndola del brazo.
—¿Tienes membresía? —preguntó Oriana, retirando su brazo, discreta pero firmemente.
—Por supuesto —comentó el chico—. Mi papá la paga.
Debí imaginarlo, fue lo primero que llegó a su mente.
—Vamos entonces —expresó Oriana resignada.
Cuando iba entrando a la sala VIP con el chico, vio salir a Sandro seguido de cerca por dos sujetos. Al pasar junto a él, su expresión lo confundió. Era una expresión que parecía sobria, pero se adivinaba expectante; el rastro de su aroma de sándalo se quedó a su paso.
¿Estaría pensando en ella de casualidad?
Oriana se sacudió levemente la cabeza. ¿Y a ella por qué le habría de importar?
Aquel pensamiento fue sucedido por otro aún más inquietante: ¿quiénes serían esos individuos?
—¿Me enseñarás tu conejito rosadito? —le susurró de repente el chico.
Ese comentario tonto de aquel crío la distrajo momentáneamente de sus preocupaciones.
—Sexo o compañía —le propuso también por lo bajo—. Debes decidirte.
Este es el eterno problema de niñatos como este, pensaba.
—Está bien, ya entendí —dijo el chico poniendo una cara tragicómica—. ¿Quieres un bocadillo?
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—Bueno, si usted nos asegura que ese tal Phillips es confiable, nos fiaremos de su palabra, por ahora —anunciaba Weber.
Ambos hombres mantenían su espalda lejos del respaldo de las sillas en las que se encontraban, frente a Sandro, quien desde muy joven se había convertido por necesidad en un lector casi radiográfico del lenguaje corporal.
La postura de aquellos sujetos decía mucho más que su resolución de hace unos segundos.
Nunca le había gustado resaltar lo obvio ni emplear palabras adicionales una vez que un asunto estaba resuelto; pero debía hacer una excepción con tal de convencer a aquellos sujetos de verdad.
—Por supuesto que lo es —corroboró—. Tenemos dos años tratando con él y siempre se ha asegurado de mantenernos libres de sospechas.