El Juego de Mefistófeles Capítulo 1 #4
13%

Capítulo 1 #4

Su grácil y juvenil figura destacaba en aquel ambiente recargado y pomposo: la barra de caoba con ribetes dorados, la moqueta de un bermellón opaco, los empapelados de rosas y pájaros, las luces tenues.

Nadie parecía sugerirle a Sandro juegos de luces, pirotecnia o barras de pole dance; detalles que a él le parecían obscenamente kitsch, algo en lo que coincidía la inmensa mayoría de su selecta clientela.

Oriana se dirigió primero al hombre que se encontraba más cerca: un octogenario con anteojos de pasta, pantalones de algodón crudo y camisa de lino.

Sentada en su regazo, se contorneaba en torno a él, rozándole la boa en el rostro.

Se movía con emoción y sensualidad aparente, lejos de sentirla realmente.

En los cuatro años que llevaba dedicándose a entretener caballeros, podía contar con una mano los que le habían interesado de verdad, y ninguno era uno de aquellos sujetos empeñados en burlar los signos más palpables de su decadencia.

No sintió ningún aumento de volumen; sabía bien que aquello, antes que decencia o discreción, podía deberse a la simple imposibilidad.

Vio por el rabillo del ojo al hombre del sombrero Panamá acercarse a la barra. Había escuchado en los camerinos que se trataba de un concejal de la ciudad, uno de los políticos que, según los rumores, frecuentaban el bar y eran discretamente conducidos a la oficina de Brenda.

Notó también a otro sujeto, sentado en la sombra, con una chica al lado con la que apenas interactuaba.

Era bajo, con calvicie incipiente, y no destacaba demasiado; parecía incluso mimetizarse con el local.

Sin embargo, había algo en sus maneras que inquietaba a Oriana: los demás hombres parecían urgidos aunque intentaran disimularlo; este, en cambio, parecía fingir urgencia sin sentirla realmente.

Cuando se acercó a bailar para uno de los chicos de la barra, el hombre del sombrero Panamá rozó discretamente su hombro y señaló en dirección a las alcobas.

—Claro —concedió Oriana, con media sonrisa—. Venga conmigo, por favor. ¿O prefiere pasar a nuestra zona VIP?

—No hace falta —negó él con un gesto de la mano—. Ya soy miembro, pero esta vez me apetece más tu compañía en un entorno aún más privado.

No era la primera vez que el concejal se fijaba en ella ni que conversaban, pero sí la primera en que se decidía a llevarla a la alcoba.

—Como usted lo desee.

El hombrecillo calvo miró en su dirección.

—Algo peculiar ese sujeto —comentó a la chica que lo acompañaba.

Era Phoebe, por quien las otras sentían una mezcla de lástima y fastidio, siempre algo ingenua y demasiado habladora.

—El concejal Phillips —aclaró ella—. Toda una joyita…

—No lo digo en mal sentido —replicó él—. Parece torpe.

—Pues para ser torpe, siempre es muy bien agasajado…

El sujeto se mostró incómodo.

—Creo que te has excedido un poco —dijo—. No luce como uno de esos tipos que se aprovechan de las situaciones.

—Perfecto —concedió Phoebe—. ¿Y cómo explicas lo de los sobres?

Ahora el hombre parecía ligeramente interesado.

—¿Sobres, dices?

Phoebe mostró de pronto un interés exagerado en la coreografía de las chicas y en animarlas, obligándolo a imitar su actitud.

Nadie prestó mayor atención a aquella extraña dinámica, excepto Oriana. ¿Por qué una chica tan locuaz como Phoebe se mostraba de pronto contenida?

********

En su dormitorio, Sandro se revolvía entre las sábanas de satén rojo. Conciliar el sueño se le había vuelto difícil desde hacía al menos dos años. Su cama de amplio dosel, barroco-decimonónica como casi todo lo que lo rodeaba, no lograba ya proporcionarle descanso.

Desde hacía un par de meses, además, había otra circunstancia, más obvia y urgente, que lo desvelaba. Trivial en su opinión, pero angustiante como preludio de algo que no quería admitir. Mantuvo la mirada fija en la penumbra y, casi con fastidio, pensó en el orinal a los pies de la cama.

Pensó en los sujetos con quienes tenía que tratar en la oficina; no era la primera vez que caminaba al filo de la navaja, pero sí la primera en que sus inquietudes se materializaban en rostros en concreto.

Y también era la primera vez, en mucho tiempo, que su interés se centraba en alguien tan particular.

¿Quién era Oriana Vance? ¿Cuál era su historia?

La idea de investigarla cruzó su mente más de una vez, pero la descartó casi de inmediato. Obtendría lo que quisiera saber de sus propios labios.

Sacudió la cabeza, como si quisiera ahuyentar ese pensamiento. Estaba acostumbrado a mirar y tomar, nada más. Antes, después ni en el medio.

Recordó el incidente del corpiño. Debía admitir que había sido audaz; incluso, si él estuviera en su lugar, probablemente habría hecho lo mismo. Pero no estaba en sus zapatos, y como dueño del negocio no podía mostrarse débil ni dispuesto a ceder.

Con excepción de Brenda, estaba habituado a la vacilación en su presencia. Con Oriana no ocurría.

Esbozó una media sonrisa.

Esto será interesante.

Consultó el reloj de su abuela: las 4:15 de la madrugada. Volvió a sentir ganas de orinar. Suspiró.

Se levantó, tomó un vaso de agua en la cocina y regresó. No despertaría a Walter; aquello sería el colmo de la dependencia, y Sandro detestaba depender.

Sentado al borde de la cama, marcó un número.

—¿Hola, Pam? ¿Te desperté?

—…

—Estoy en mi cama ahora, solito… —comentó con un tono que intuía travieso—. Me preguntaba si…

—…

—Perfecto. Enviaré por ti.