Capítulo 1 #3
Cuando iba pasando por el frente de las demás duchas, comprobó que en efecto se trataba de una de ellas: Donna, la más bobalicona e insípida, si cabía ese superlativo en el caso de aquellas tres.
Siempre le gustaba hacer una performance exagerada, sin importar si la vieran o no, como si todo el tiempo estuviera en la barra.
Se frotaba en aquel momento los pezones perforados con el agua jabonosa, manteniendo el contacto visual e incluso atreviéndose a prolongarlo.
Oriana se veía obligada a reconocer que tenía cierta gracia y un cuerpo interesante: era una chica de bronceado firme y parejo, abundantes rizos negros, caderas anchas, sexo breve y busto firme.
Aunque ya había sido advertida por otras chicas acerca de sus preferencias.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, insinuante y sin dejar de tocarse.
—Sí —reconoció Oriana—, aunque no en el sentido que imaginas.
La chica se encogió de hombros, continuando con su inédita puesta en escena.
De repente, y sin que Oriana alcanzara a percatarse, otra chica salió rauda desde detrás del muro de concreto que separaba las duchas de los lavabos, echándose encima de ella hacia la pared opuesta. Tardó un poco en reconocer que se trataba de Iris.
Oriana sintió de repente en su espalda el inconfundible tacto gélido de una navaja.
—¿Dónde está tu valentía y presencia de ánimo ahora, muñequita? —la escuchó susurrar en su oído.
La tibieza de sus cuerpos desnudos bajo el albornoz contrastaba con la frialdad del acero.
Donna había abandonado la ducha para ir a vigilar el corredor.
El aliento tibio de Iris le rozaba el hombro.
Oriana sentía la sangre golpear en torno a sus sienes; no obstante, procuró imprimir seguridad a su voz. El silencio que siguió fue el más incómodo que probablemente ambas hubieran vivido. La tensión se podía cortar con la propia navaja de Iris, solo atenuada por la humedad del cuarto de baño.
—Haz lo que tengas que hacer; de lo contrario, te sugiero dejarme ir —se oyó decir Oriana.
—¿Sabes que puedo acabar con tu miseria en un segundo si quiero?
—Para eso se necesitan más agallas que las tuyas —expresó Oriana en tono bajo pero firme.
De repente sintió cómo la presión del filo sobre su espalda disminuía, aunque no lo suficiente como para darle margen de maniobra.
—Puede ser, pero aun así puedo dejarte un bello recuerdo en tu preciosa carita —comentó, desplazando juguetonamente la navaja en torno a su mejilla.
Oriana trató de apartar de su mente la angustiante sensación de la punta acerada contra su indefensa epidermis.
—Algo que tendrías que explicar llegado el momento —comentó, esperando con todas sus fuerzas que Iris no notara la sutil vacilación tras sus palabras.
En la boca del corredor, Donna comenzaba a impacientarse.
—¡Déjalo ya, Iris! —urgió—. Quizás no es tan buena idea…
Iris mantuvo el contacto y la amenaza unos segundos más, pero ya sin la convicción de antes.
Odiando reconocer que quizás, como decía esa tonta —a quien por primera vez se le ocurría algo con sentido—, aquella no fue una jugada tan inteligente después de todo.
O tal vez sí lo hubiera sido, de haber obtenido de Oriana la reacción que esperaba.
Oriana la sintió relajar la postura y lo confirmó al verla tomar distancia para retirarse, con la navaja aún en mano.
—Esto no termina aquí —anunció antes de irse.
Procuraba parecer tan intimidante como al principio; no obstante, a Oriana le pareció entrever una ligera grieta en su resolución previa.
Solo cuando las sintió retirarse, Oriana se permitió relajarse un poco. Fue hasta el lavabo para rociar su cara; las piernas le temblaban ligeramente y sus esfínteres se habían relajado un poco. Si Iris irrumpía nuevamente en la estancia, quizá le sería más difícil simular aplomo.
Aunque, sin duda y de manera paradójica, aquella experiencia había dejado para ella un balance positivo: no solo enviaba un mensaje a Iris y sus cómplices, sino que pudo medir cuáles eran sus límites.
********
En su oficina del primer piso, justo detrás del bar y el escenario, Brenda anotaba cifras en los libros y coordinaba algunos pedidos de insumos.
La decoración allí también era decimonónica, pero mucho menos recargada que en el despacho de Sandro, con paneles rosa, molduras discretas y acabados dorados que lucían más funcionales que ostentosos.
De pronto, el timbre del teléfono la sacó brevemente de su concentración. La llamada provenía del cuarto de vigilancia.
—¿Qué tienen, chicos? —preguntó al levantar.
—Alguien busca pasarse de listo en la sala de duchas —escuchó a Roger por el altavoz—. Están allí Iris, Donna y la chica nueva. No vemos la acción; ocurrió en el punto ciego.
—¿Intervenimos?
Brenda evaluó mentalmente tanto las eventualidades como las consecuencias probables del incidente.
—No de momento —negó tras unos breves instantes—. Continúen vigilando y notifíquenme si observan agitación en el área o cualquier desenlace que consideren sospechoso.
—Copiado.
Brenda colgó con un gesto grave. No era la primera vez que Iris cruzaba una línea, pero aquella vez algo le inquietaba más de lo habitual.
Tal vez fuera la forma en que la nueva había sabido mantenerse firme desde su llegada; o tal vez el hecho de que Sandro, sin decirlo abiertamente, ya la tuviera en el radar.
********
El escenario junto al bar estaba tan animado como de costumbre y había mucha expectación: sonaba uno de los temas más sensuales de la selección musical.
Las chicas iban saliendo por la puerta del fondo, cadenciosas, exultantes, incitadoras.
Eran el vehículo y, a la vez, el combustible de la pasión y la entrega; entrega mediada por la transacción, pero entrega al fin y al cabo, porque cuando se cede consentimiento el deseo sigue siendo el mismo, lo que varía, si acaso, es su lectura.
Sandro era fanático del orden y la uniformidad, quizá a riesgo de sacrificar rentabilidad —aunque por sus números no parecía cosa de preocuparle—.
Los corpiños blancos translúcidos eran prácticamente el uniforme de las chicas, lo cual daba a cada una de ellas muy poco margen para impresionar mediante el atuendo.
Entre el público se encontraban unos cuantos hombres seniles; uno de ellos vestía una vistosa camisa hawaiana y bermudas, sobre las que dejaba caer las cenizas de su puro.
En la barra, dos jóvenes amigos que parecían fugados del colegio aguardaban por unas margaritas, y un hombre de mediana edad con sombrero Panamá bebía con parsimonia.
Iris y Donna estaban entre el público, ya que no era su turno de baile.
—¿Cuánto te juegas a que no aparece? —susurró Iris.
—Es lo más probable —concedió Donna—. Quizá después de todo solo estaba faroleando.
Ambas fijaron la vista, junto con todos los demás, en la puerta tras el baile de Karina.
Sandro tenía prohibidos tanto los strippers como las “probaditas” en la sala; toda la acción debía ocurrir en las alcobas.
Lizzy estaba siempre atenta a cualquier asomo de exceso: si Brenda notaba el más mínimo rastro u olor de fluidos corporales, había descuento seguro en la paga.
Los bailes privados, en cambio, estaban permitidos, aunque no la toma de iniciativa por parte de los caballeros.
Y entonces la vieron.
La siguiente silueta que se adivinaba tras el vapor que ascendía de las boquillas era inconfundible para ellas.
Oriana se contorneaba sensual y melosa, como una gata traviesa, ensayando el rostro más natural que pudo, sin dramatizar.
Sostenía la boa con una gracia distinta a todas las demás; era uno de sus toques personales.
Después de todo, si no podían resaltar por la indumentaria, siempre quedaba el performance para agotar cierto margen de originalidad.
Había considerado por un momento excusarse de salir, pero decidió en el último instante presentar su número. No solo por evitar la consabida sanción económica, sino —y quizá más importante— para no conceder a Iris y Donna la oportunidad de especular en torno a su ausencia.