El Juego de Mefistófeles Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

A pesar de que las instalaciones estaban adecuadamente climatizadas, transpiraba algo, lo suficiente para que se le corriera el maquillaje y empezara a oler.

Aquel rostro que el espejo le devolvía hizo un ligero gesto de decepción.

En la superficie cristalina, rodeada por pequeñas bombillas rosa, se reflejaba un cabello que oscilaba entre el rojo y el zanahoria, que nunca se ocupó de teñir, ya que decía que ese era uno de los rasgos que la distinguían, que la hacían única y, en un negocio como aquel, eso era algo de vital importancia.

A pesar del chasco de aquel día, continuaba siendo la más solicitada de la casa, y eso que era nueva aún.

No sabía cómo sentirse al respecto, pero lo que sí notaba era algo de fricción en el trato de las demás hacia ella, para lo cual estaba más que preparada.

Con solo veintitrés años, Oriana Vance era la chica con más temple y con los pies mejor puestos sobre la tierra que cualquiera pudiera conocer.

Un día, apenas llegar, Iris y las suyas le hicieron una novatada bastante cruel, al menos en los términos de ellas; aquello fue antes de que le asignaran su casillero.

Recordaba haber llegado a aquel mismo camerino y encontrarse con el corpiño blanco que iba a lucir en su primer baile todo pintarrajeado de rojo.

Quince minutos después y bajo la expectación maliciosa de aquellas tontas, Oriana salió tras ser anunciada con varios cortes en el corpiño, ninguna mancha de pintura y el gesto más decidido y desenfadado que pudo, mirando de cuando en cuando hacia Iris y el resto de aquellas zorras con un velado y anticipado gesto de triunfo.

Su look causó una impresión aún más favorable que la que hubiera causado con el corpiño completo.

Uno de los viejos verdes más asiduos al local le dijo incluso que se veía como una explosiva y paradójica combinación entre audacia e inocencia.

A quien, al parecer, no le gustó del todo fue al dueño… ¿Cómo era que se llamaba? Ah, sí, Sandro; con frecuencia lo olvidaba. Claro, no era tanto de extrañar, tratándose de un sujeto tan predecible y poco interesante.

La mandó a llamar a su despacho; precisamente quien le dio el mensaje, sin poder disimular la complacencia, fue la propia Iris.

—Tanto nadar para acabar muriendo en la orilla… —comentó a su paso.

Oriana solamente la ignoró y continuó como si nada. Iba camino allá con aquel mismo corpiño rasgado, bajo la gabardina que Sandro las hacía usar cada vez que debían reunirse con él o con Brenda.

No obstante haberla mandado a buscar con tanta urgencia, el bruto se hizo esperar; estuvo un largo rato llamando a la puerta de su oficina, hasta escuchar su cavernosa voz invitándola a pasar casi quince minutos después.

Aquello no le lucía para nada a un sujeto que no tenía ni siquiera recepcionista.

Aunque le resultaba casi risible que un negocio de aquella naturaleza tuviera un organigrama laboral tan complejo.

—Entra —oyó lacónicamente Oriana desde dentro.

Una vez que estuvo frente a él, no hizo sino confirmar su juicio.

Todo aquel lujo, toda aquella pompa y ceremonia, para tan soberano fiasco.

A Oriana no podía impresionarle menos todo lo que rodeaba a Sandro; es más, a esas alturas lo veía como un signo más de su debilidad, el más visible, si cabe.

Era como si tuviera que suplir con aquello todo lo que le faltaba como persona.

Le recordaba aquello al cuento del burro prolijamente adornado, al cual el comprador vio lleno de mataduras al quitarle todo el aparejo.

Hubo un silencio incómodo, al menos para él. Los ojos color miel de Sandro, encuadrados por su barba castaña y sus abundantes rizos, la escrutaban entre acerados y curiosos, muy a su pesar. Oriana le sostenía la mirada de manera inexpresiva.

—¿Sabes por qué estás aquí, ante mí? —preguntó secamente al final.

—Porque me mandó a llamar —fue su respuesta.

Un nuevo silencio. Sandro continuaba escrutándola, como si buscara algún signo en ella que aún no acababa de comprender.

Parecía intrigado; al menos desde su perspectiva, parecía pensar algo del estilo: Esta chica es demasiado…

Esto le comenzaría a pasar sin duda a su edad: se quedaba buscando las palabras, no podía en ocasiones recuperar el ritmo de sus propios pensamientos.

Ah, sí: insolente. Era sin duda la palabra apropiada.

—Has de saber que esta casa tiene una política muy estricta con respecto a la ética de trabajo y el trato con los clientes.

—Pues no, aún lo ignoro; no se me informó al ser contratada —comentó Oriana de manera sobria, pero segura—. ¿Podría hacerme el honor de explicármela?

Lo notó luchando por encender un nuevo cigarrillo, pero conteniéndose al final.

—La única parte que debes saber de momento es que nadie aquí, que no seamos Brenda o yo, toma decisiones por su cuenta.

Aquel tipo era el colmo de la contradicción, pensaba Oriana. Se contrariaba por el incumplimiento de reglas que no explicaba a tiempo y, luego de rotas, aún se daba el lujo de comunicarlas solo parcialmente.

—Perfecto, me consta —admitió ella.

—Entonces, espero no volverte a llamar por la misma razón.

Esta vez fue Oriana quien prolongó el silencio.

—No tendrá que hacerlo, a menos que se repita la circunstancia que me llevó a tomar esa decisión.

Sandro la estudió nuevamente. A Oriana le parecía que, quizás, muy en el fondo, no podía negar que aquella apuesta, a pesar de ser arriesgada, había funcionado muy bien; aquellos corpiños blancos y cuasivirginales proyectaban sin duda una imagen de peligrosa sensualidad, pero resultaban, en el fondo, predecibles.

Por otro lado, había algo que él seguramente temía y, a la vez, le irritaba de ella y, por supuesto, ni muerto le diría que en el fondo la apoyaba.

¿Intuiría Sandro en aquellos momentos la forma en que ella lo leía?

—¿Cuál circunstancia?

Nuevamente se hizo el silencio.

—Pregúntele a las demás… —respondió Oriana finalmente, sin prisa pero con toda la convicción que pudo.

Más que contrariado, en ese punto Sandro parecía intrigado. ¿Por la queja velada de Oriana o… por ella en sí? Oriana no lo sabía de momento, ni quería averiguarlo por ahora.

—Puedes retirarte —concedió al fin.

Luego de pronunciar un parco “gracias”, Oriana salió sin más ceremonia. Aquella era toda la escena, tal cual ella la recordaba. Tal vez alguno de los dos hubiera cambiado algo en el proceso. ¿Quién sabe?

Manoteó ligeramente al aire, como si intentara disolver ese pensamiento. Tres meses no le parecían tiempo suficiente para vivir alguna experiencia transformadora y cambiar a partir de ella, mucho menos en el caso de patanes como aquel.

Luego de aquel breve soliloquio mental frente al espejo, Oriana se desvistió para ducharse.

Revisó con cierto interés sus caderas: aún se veían lisas; su vientre, firme; su busto se veía firme y rosado; y su sexo, incitante sin llegar a la sensualidad obscena.

La suya era, en efecto, una sensualidad contenida.

Oriana vigilaba la estética de su cuerpo, pero no con una obsesión superficial como frecuentemente notaba y achacaba en otras.

Aquellas precauciones parecían exageradas a los veintitrés, pero en este trabajo el cuerpo era el activo más importante y Oriana, que desde hacía cinco años lo hacía por supervivencia, tenía aquello como regla de oro.

Se envolvió en la bata de seda rosa con claveles y tomó su toalla.

Las duchas estaban contiguas a los camerinos, separadas apenas por un breve y estrecho corredor.

Para ser Sandro un sujeto tan obsesionado con el orden y el control de todo, se le habían escapado varios detalles relativos a la logística de aquel lugar.

Había una cámara en el corredor y también en los baños, pero eso no impedía una emboscada de chicas rivales que estuvieran dispuestas a correr el riesgo de ser vistas, sobre todo tratándose de cualquiera de las dóciles joyitas que había allí.

Por supuesto, no era cuestión de todas: hasta el momento solo eran Iris y las dos descerebradas que la secundaban; las demás se habían mostrado razonablemente empáticas.

¿Investigaría aquel sujeto a las chicas al contratarlas?

Porque tratándose de estas se le fue el tino; es más, puede que incluso alguna de ellas, si no las tres, tuviera antecedentes.

Aquel corredor y los baños eran los únicos espacios libres de esa pomposa decoración que parecía salida de un museo. A Oriana no le desagradaban las antigüedades, pero sí los ambientes saturados de ellas.

Llegó a las duchas, otro espacio más donde el bruto ese había metido la pata bien hondo: parecían más las regaderas de un estadio de fútbol que los aseos de un club de damas de compañía.

Aquella escasez de privacidad en esa área era uno de los temas a los que quizá nunca llegaría a acostumbrarse del todo.

Abrió la válvula del agua tibia e intentó relajarse un poco. Tal vez en el siguiente baile le fuera mejor, así tuviera que irse solo con puros viejos; solo le importaba una buena racha. Había aprendido muy pronto la regla de oro de las mujeres de este oficio: no mezclar placer con trabajo.

Con el agua y la espuma de lavanda resbalando por todo su cuerpo, se relajaba tanto como podía, aún atenta a lo que ocurría a su alrededor.

No estaba acostumbrada a sentirse tan expuesta, y mucho menos allí.

La casa donde trabajaba anteriormente era ciertamente menos lujosa, pero al menos tenía duchas cerradas.

Sintió otra ducha abrirse más adelante, aunque no vio a la chica que entró en ella. Tomó su toalla, se secó, se envolvió en el albornoz y salió. No temía a Iris y a las suyas, al menos no de manera visceral, pero las evitaba siempre que podía, ya que eran encuentros que le alteraban el humor.