El Juego de Mefistófeles
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Capítulo 1
Sandro miraba al aire a través de las volutas de humo, un gesto contemplativo que la mayoría de quienes lo conocían tomaban por arrogancia; lo interesante es que él no hacía nada para borrar esa impresión de sus mentes; muy por el contrario, procuraba reforzarla.
La arrogancia era su sello personal, más que nada por principio de supervivencia —o al menos de eso trataba de convencerse—.
Desde muy chico había aprendido a blindarse de la decepción y la falta de afecto con una apariencia de impenetrabilidad y sadismo; sobra decir que, al presente, había llevado esa actitud a su máxima refinación.
Sandro no confiaba en las personas, y eso era cada vez más evidente a medida que se profundizaba en el trato con él.
Luego de despachar todos los pendientes del día, se incorporó para dirigirse al frente, con su cigarrillo turco sostenido en alto.
No era de gran estatura; por el contrario, era una o dos pulgadas más bajo que el promedio y su físico no destacaba mucho.
Pero aun así era un sujeto muy magnético, con un carisma que emanaba de su interior antes que de su físico, que delataba una cierta mezcla inquietante de savoir-faire, autoconciencia y cinismo disimulado.
Por supuesto, su vestimenta era parte indispensable de su regia y a la vez sobria puesta en escena: llevaba traje de casimir negro algo ceñido, con corbata de seda, chaleco, zapatos de charol y pelo engomado.
Con toda esta mezcla entre físico y personalidad, Sandro Bruzzo se asomó al gran escaparate de cristal que comunicaba visualmente con sus dominios de la primera planta; aquello, por supuesto, era un espejo doble.
Sus labios, ligeramente gruesos y oscurecidos, se curvaron de manera discreta en un gesto de sobria satisfacción.
El bar ya estaba abierto, todo estaba adecuadamente acomodado, y Lizzy se encontraba ya detrás de la barra.
Sandro era disciplinado casi hasta la obsesión y, como tal, muy poco tolerante de la impuntualidad y el abandono de deberes; y, para ser justos, predicaba siempre con el ejemplo: en los diez años que llevaba administrando aquel negocio propio, acostumbraba llegar antes que cualquiera de sus subalternos.
Sandro además sabía reconocer cuando cualquier persona a su alrededor tenía una ética de trabajo alineada con la suya, y Lizzy era, definitivamente, una de estas últimas.
Lizzy no vestía de lencería: Sandro mantenía una estricta política de diferenciación de funciones, considerando de mal gusto sexualizar a su personal administrativo o de conserjería.
La chica llevaba un discreto traje de blusa blanca y pantalones negros, con chaqueta corta, pajarita y broche dorado.
Vestida aún más sobriamente iba Brenda, su asistente, a quien veía dirigirse a su oficina con su cadencioso caminar.
Sandro anticipó en su mente el momento de su llegada; la imaginó subiendo las marmóreas escaleras enmoquetadas en su centro, apoyando su delicada mano con su prolijo manicure sobre el pasador de bronce bruñido, pasando junto a la pareja de putti también broncíneos que custodiaban su despacho.
Hasta que el clic de la cerradura interrumpió su evocación.
A Sandro le costaba lo suyo adaptarse a los sistemas de vigilancia; entendía que arruinaban la experiencia de los clientes e introducían ruido en su mundo de discreción, sobriedad y sofisticación absoluta y, más importante aún, le restaban la oportunidad de hacer gala de su poderoso sentido de la intuición.
Sin embargo, fue convencido a regañadientes de instalar uno allí y contratar agentes de seguridad, por aquella misma mujer que ahora lo acompañaba en la oficina.
La seguridad, le dijo entonces, en lugar de entorpecer, garantizaría la experiencia de los clientes, además de que protegería a las chicas y a la casa de paso; inmediatamente se veía en los circuitos de cámara que, si algún cliente quisiera violentar a alguna de ellas, entraban en función Gage y Nate.
—¿Cómo están tus pulmones hoy? —fue la pregunta con que lo saludó. La misma con que acostumbraba hacerlo desde que iniciaron aquella extraña relación que llevaban, hace ocho años.
Sandro tenía muy claro a quiénes les permitía ese trato tan cercano, y Brenda definitivamente formaba parte de ese selecto círculo.
—Algo grises, sin duda —reconoció—, pero mucho mejor de lo que estará tu cordura tras una abstinencia tan prolongada.
Brenda emitió una risita discreta; sus hoyuelos destacaron sobre sus bronceadas mejillas y sus dientes perfectamente alineados y blancos asomaron de sus labios carnosos.
—Presupones mucho, querido —comentó—; ese siempre ha sido tu problema...
Sandro hizo un gesto de impaciencia.
—En fin, tienes tiempo de sobra para regenerarme —comentó—. ¿Qué me traes?
Ambos tenían aquel acuerdo tácito: cuando pasaban al trabajo, se acababan las insinuaciones y ninguno de los dos se atrevía a romperlo.
Sandro era un hombre estricto y controlador, era cierto, pero Brenda, más que temerle, se acoplaba a su personalidad, desafiándolo apenas lo suficiente, y eso le fascinaba… hasta el momento.
Brenda sacó una pequeña libreta del bolsillo lateral de su falda. Ese era otro de los aspectos en que coincidía con Sandro: ambos consideraban de mal gusto la tecnología de punta para ciertas tareas como aquella.
Aunque tenían un motivo aún más poderoso para desconfiar de los productos de la era digital y llevarlo todo a la antigua.
—Se retrasaron nuevamente con sus deudas el señor Donovan y el señor Garrison y Martínez, de nuevo.
Sandro parecía reflexivo, no como parte de su caracterización, sino auténticamente reflexivo; solo con Brenda se permitía mostrarse tan transparente.
Se dirigió en dos zancadas a su escritorio y, tras ocupar su lugar en el mullido sillón giratorio negro, sacó de uno de los cajones una libreta de gamuza negra con bordes metálicos dorados. La hojeó concienzudamente hasta encontrar lo que buscaba.
—Esos sujetos deben pensar que hacemos caridad —fue todo lo que dijo.
Pero Brenda sabía que aquello no era verdaderamente lo que le preocupaba; el negocio funcionaba con un amplio margen de superávit, estaban tan lejos de los números rojos como era posible y, quizás, un poco más.
Además, negarse a hacer aquellas pequeñas concesiones significaría perder una parte muy importante y fiel de su clientela, misma que siempre terminaba haciendo honor a sus deudas, por más que se tardara.
—¿Qué tanto sabe? —inquirió finalmente.
Brenda hizo una pausa estratégica, sentándose en la silla del frente.
—Menos de lo que cree, pero lo suficiente para mantenernos sobre aviso —aseguró.
Sandro no había escatimado en precauciones; al frente, un aparente edificio de oficinas, con una puerta disimulada que solo conocían los dependientes y los clientes de su verdadero emporio.
—Recuerda, el trato con él no variará —anunció Sandro—; veremos quién conoce más este juego y quién se quema primero.
El rostro de Brenda pareció ensombrecerse un poco.
—Seamos cautos —aconsejó—; jugar con antorchas es peligroso, por mejor malabarista que uno sea.
Sandro alargó la mano para tocar su muñeca, sintiendo el pulso de aquella diosa de ébano. Un poco agitado, a su pesar.
—¿Qué ocurre, Brendy? —la interpeló, escrutando sus verdosos ojos de gata sabia—. ¿La edad te está volviendo cauta?
Ella se desembarazó elegante, pero firmemente, de su agarre, rozando luego su mejilla con el índice.
—Puede ser... —sugirió—. A todos se nos acaba la chispa algún día, incluso a ti.
Acto seguido, caminó hasta la puerta con su porte y estilo entre sensual y sobrio, desapareciendo de su campo visual tras el clic de la cerradura, justo de la misma forma en que él había anticipado su presencia allí.
Sandro, muy a su pesar, se había quedado pensando en sus palabras; el mes pasado había cumplido 48.
¿Sería ya hora de dejar todo aquello atrás y retirarse a una bonita villa en el campo?
Aplastó la colilla en el cenicero con una fuerza mayor de la usual, como si tratara de conjurar esos pensamientos agoreros.
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Tras volver de una ardua sesión de baile, Oriana entró al camerino algo decepcionada consigo misma.
No logró atraer a ningún cliente adentro.
A pesar de ser la segunda más joven allí, no era precisamente una novata y, aun así, había oportunidades que debía dar por perdidas.
Recordaba en momentos como esos a Belkys, una cabaretera retirada que le decía con frecuencia que aquello era como el juego: se ganaba y se perdía, y una tenía que estar preparada para ambas posibilidades.
Belkys le comentaba que había días en que llegaba a casa con casi cien dólares —una fortuna para la época en que ella estuvo activa— y otros en los que debía contar las monedas para el autobús; aquello era, por supuesto, leitmotiv, sin importar si fueras un espantapájaros o una megadiva.
Y se lo decía aquella mujer de ochenta y tantos años que aún conservaba algo de su belleza de antaño, cuando era un bombón, según se apreciaba en la descolorida fotografía autografiada que le mostró una vez.
Para mi querido Sweetty, con amor,
Belkys
Allí de seguro habría una historia tan enternecedora como interesante, de la cual ella solo le dio detalles sueltos en el tiempo en que estuvo tratándola (esperaba con todo su corazón que aún viviera).
Era un chico pelirrojo, pecoso y aniñado; de allí que ella lo apodara Sweetty, hijo de un industrial que lo llevó al local donde ella bailaba para el clásico rito de iniciación que imponen algunos padres a los chicos; cosa que a ella, a pesar de su oficio, siempre le pareció algo autoritario e invasivo.
El caso es que Sweetty se terminó enamorando de ella y hasta prometió sacarla de allí; sin embargo, su padre se opuso tanto que lo terminó trasladando lejos.
Era momento de su receso, el cual aprovechaba para ducharse, comer algo de fruta y tomar agua.