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E ntonces me desmayé. Fue una sensación como de estar cayendo; ¿la culpa puede hacerte sentir eso? La conmoción sí. La cobardía sí. El terror sí. La vergüenza sí.
A día de hoy, sigo imaginando que la veo tropezar, estamparse contra el suelo; imagino que escucho un golpe sordo intenso, un chasquido; imagino que la veo retorcida en la base del árbol, inconsciente; imagino que escucho las sirenas, que veo cómo la suben a una camilla; imagino que estamos todos juntos en la ambulancia; imagino (lo más imposible de todo) que Mark demostró ser un novio leal, que se disculpó por el papel que desempeñó, por el atrevimiento, por suministrarnos las drogas responsables de todo aquel viaje tan salvaje; imagino a Linda despertándose cuando le acaricié la frente, teniendo que andar un par de meses con muletas y después recuperándose; imagino que todos seguimos siendo amigos.
En realidad, lo último que recuerdo es verla subida a la escalera, que era tan tangible como cualquier otra cosa de esa noche.
A continuación, yo en el suelo. Debí de haberme bajado del árbol sana y salva, porque recuerdo estar de pie en la base del tronco, con la vista levantada a medida que el amanecer se deslizaba y lo iluminaba todo con una luz fría y dura.
El árbol estaba bañado de sangre. Vomité.
Nadie se acercó a abrazarme o a consolarme.
Entre nosotros, solo hubo silencio y frialdad.
La humillación de después fue completamente merecida: el aislamiento, el no saber qué había sido de ella (no recuerdo ninguna ambulancia ni que se llevasen su cuerpo en una camilla, pese a ser lo que pasó).
Anhelaba que Jacques me abrazase, pero tenía el cuerpo rígido, con los brazos pegados a los costados.
Era incapaz de mirarme, mucho menos de tocarme.
Seguro que me escuchó alentarla. Ya no había forma de negar quién era yo, ni tampoco de lo que era capaz.
Me estrujo los sesos en busca de una imagen de Mark justo después de que pasase.
Estaba ahí, lo sé, pero se portó con tanta indiferencia que parecía un desconocido observando un choque en una autopista.
Y entonces, si retengo la imagen, si me sumerjo bien en ella, puedo ver cómo su mente va girando, su mente generativa que, con el tiempo, recogería los frutos creativos de esta calamidad.
¿Sentía algún atisbo de remordimiento, de responsabilidad?
No, me había tendido la trampa perfecta. Había encaminado a sus creaciones por el sendero de la destrucción voluntaria. Había desatado las fuerzas del caos. Y, en última instancia, yo era su estrella.
Jonathan y yo intentamos mantener el contacto un tiempo, quedábamos en el campus y tratábamos de hablar del tema, después, intentamos evitarlo y mantener una relación informal, aunque fuese en apariencia, pero fue como si tuviésemos alergia al otro, nos poníamos enfermos en nuestra presencia.
En los meses sucesivos, no volví a verlo con Phil, ni con nadie.
Mark se las ingenió para terminar la beca y, durante el año siguiente, me pareció verlo de pasada algunas veces, pero siempre desaparecía.
Perfeccionó la capacidad de desvanecerse, al igual que el arte de materializarse: salía del éter solo para volver a él.
Jacques no volvió a pasar una sola noche conmigo, y entonces sí que me convertí en ese agujero .
Aún lo sigo siendo. Terminé los tres años restantes, pero no son más que un borrón.
Jacques debió de graduarse más adelante ese año, aunque no lo recuerdo.
Me pasé el tiempo que me quedaba en Wilde escabulléndome en las sombras a las que pertenecía.
Ya no era la número uno de nadie. Al año siguiente, los de HUP!
me sustituyeron como novata más cañón. Me las apañé para no perder la ayuda, y la vida, por los pelos.
No hubo más sexo, o al menos que yo recuerde; de todos modos, nunca era sobria (pero esto apesta a autocompasión, así que no lo meteré en la novela).
—¿Qué ocurrió justo después del accidente? —La doctora Collins me redirige a la secuencia de acontecimientos.
Hago una mueca al imaginar que escucho el chasquido de la columna de Linda.
—Linda se pasó semanas en el hospital, luego meses en rehabilitación y acabó mudándose con Sue.
Pienso en ese extraño presagio que anunció aquella pesadilla: yo mascullando en un rincón oscuro, excluida, rechazada, repudiada por mi culpa.
—Algo muy generoso por su parte.
—Algo muy típico de Sue. —Pienso en cómo adaptó nuestra casa para que fuera accesible con silla de ruedas, que dejó de ser mi casa y se convirtió en un lugar que me echaría en cara lo que había hecho para los restos—.
Linda se partió la espalda a los dieciocho.
¿Te haces una idea del dolor y el trauma que supuso?
—La repercusión de una herida así a una edad tan temprana es innegable, pero suena como si gracias al apoyo que tuvo se hubiese adaptado bien.
Pienso en cómo se metió a un doctorado en Psicología hace unos años, en mitad de los cuarenta. Pienso en los cuidados que le ha prodigado Sue y en lo cercanas que se han vuelto, en lo mucho que se quieren y se apoyan la una a la otra. Y en la intrusa en la que me he convertido.
—Pero su vida podría, debería haber sido mucho más fácil.
—¿Y qué me dices de la tuya, Jessica?
Pienso en mi matrimonio condenado, en mi carrera fallida. Y en el aislamiento autoimpuesto de la única familia que he conocido. La última vez que las visité hace seis meses fue insoportable, la fachada de educación que adoptamos nos asfixiaba a todas.
Una pena incontrolable se apodera de mí y por fin dejo que las lágrimas fluyan a su antojo.
La doctora Collins empuja una caja de pañuelos en mi dirección.
Casi pongo los ojos en blanco, pero ya no queda ni rastro de la actriz que fui en mi interior.
—Las echo de menos.
El insoportable peso de esta culpa se desplaza por mi cuerpo y me hace temblar y convulsionar.
La doctora Collins se acerca un poco, acoge el silencio y el espacio de forma preciosa.
—¿Has decidido cómo termina?
—Acabé la universidad de algún modo y los cinco no volvimos a dirigirnos la palabra.
—No me creo que ese sea el final de la historia…
—¿Te refieres a que necesita un epílogo?
—Creo que hay espacio para algo más, sí.
Miro por la ventana: un insólito haz de luz ilumina el muro, y el moho se transforma en una suave cama de musgo verde brillante; entonces veo otro mundo, abundante, habitado por criaturas diminutas. Existen otras vidas, otras realidades, además de la mía.
Me vuelvo hacia la doctora Collins por última vez.
—Tengo un título —digo—. Para la novela.
—¿Cuál? —pregunta.
— El juego de la verdad.
—Me gusta.
—Todavía no he decidido el final.
—Mis libros preferidos son los que acaban con un interrogante… Los que dejan espacio para un nuevo comienzo. —Me doy cuenta de que la había subestimado—. Termínalo y mándalo.
—Pero no me acuerdo de todo.
—Nadie se acuerda de todo —contesta. Me miro las manos y veo que las venas sobresalen aún más. El tiempo corre—. Es tu versión, tu verdad, tu historia. Reclámala.
—Gracias… por todo —respondo. Lo digo en serio.
—Hazle caso a tu vida, Jessica. Sé amable, estate presente, presta atención…
Su voz me persigue a medida que salgo por última vez.
Fuera, me doy cuenta de que hace un día cálido de mayo. El aroma a césped recién cortado, el juego de la luz. Este teatro llamado vida.