El juego de la verdad Epílogo
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Epílogo

E stoy de pie delante de la casa de mi infancia.

C’est le moment, il est le temps ; esta mañana me he despertado con la voz de Jacques en la cabeza, es la primera vez que la escucho desde aquella noche.

Intento relajarme, prestar atención, percatarme de las cosas.

Dos gatos atigrados esqueléticos están repantigados en dos parches de sol; los gatos callejeros siguen viniendo por aquí.

Veo un par de boles junto a la puerta de entrada, uno para el agua y otro para la comida.

Han pintado la puerta, ya no es fucsia, sino de un negro lacado. Es elegante. Es impropio de Sue.

Me dirijo hacia la puerta de entrada y mi dedo se queda suspendido sobre el timbre.

Siento la mano de la doctora Collins apoyada en la parte baja de la espalda, dándome un empujón.

Han pasado más de dos años desde la última vez que la vi.

El libro ya se ha publicado, ha vendido bien.

Las reseñas dicen que la narradora es demasiado antipática, demasiado egocéntrica, y que, aun así, espera que a los lectores les importe, o similares.

Al menos no me liberé del anzuelo por completo.

Llamo al timbre. Trago saliva y espero. Nadie viene a abrir.

Me imagino que veo las cortinas moviéndose en la ventana de la planta de arriba.

Pero entonces me doy cuenta de que el coche no está en la entrada, no se están escondiendo de mí.

Casi me desmayo del alivio. Coloco la mano sobre la puerta y cierro los ojos. ¿Estoy rezando?

Uno de los gatos viene hacia donde estoy y me restriega el cuerpo roñoso contra las espinillas.

Me inclino hacia ella y mis dedos le rascan la barbilla de forma automática, ella estira el cuello para que siga.

Me agacho y le doy un beso en la cabeza.

Me he pasado. Bufa, da un zarpazo al aire y se aleja.

La luz se desvanece, el sol se enfría. Doy con el último resquicio de sol y me siento en el escalón de la entrada, encima de él.

Han pasado casi treinta años desde aquella noche.

Pienso en el concepto de legitimidad, de propiedad, del recuerdo.

¿En algún momento me correspondía a mí escribir sobre ellos?

La gata vuelve y me olfatea. Le doy su espacio y me quedo quieta para no asustarla.

Se me sube al regazo y se pone a amasarme mientras empieza a ronronear con intensidad.

El sol desaparece y me da la sensación de que escucho el coche avanzando por la calle.

Contengo la respiración y la gata deja de ronronear en un reflejo de mi inquietud.

Cada parte de mi ser quiere salir corriendo.

El coche está en la entrada, el destello de los faros delanteros asusta a la gata, que me clava las uñas antes de salir corriendo. Me armo de valor para ponerme en pie y sonreír para enfrentarme a mi pasado.

—Hola, desconocida… ¿Qué haces ahí sentada en la oscuridad? —pregunta Sue tras bajar la ventanilla.

Puedo distinguir la silueta de Linda en el asiento trasero. Me la imagino con ocho años otra vez, sacándome la lengua en punta de flecha. Madre mía, cómo he echado de menos a mi rarita.

—He venido a visitaros —respondo. Sue se baja del coche y se apoya contra él como para equilibrarse—. Siento que haya pasado tanto tiempo. — Patético .

—Ahora estás aquí, eso es lo que importa. —Se queda donde está, a una distancia prudencial.

Mi cuerpo busca unirse al suyo.

Soy esa chica a la que su padre abandonó.

La veo sobre el peldaño de la entrada, aferrada a Sue, sollozando, quejándose y después pataleando, golpeando, y me dan ganas de devolverle el golpe, pero Sue la abraza para consolarla.

Huelo los pastelitos recién horneados, escucho «Waterloo» de Abba a todo trapo, el canto del cisne de mi padre y nuestro grito de batalla (siempre tan dramática, no es culpa mía).

Sue se dirige a la puerta de atrás, la abre y coloca una rampa para que Linda pueda bajarse con la silla. Hola, hermanita del alma.

—Hola —saluda.

—Hola —contesto.

—He leído tu libro.

Inspiro con fuerza, retengo el aire en el diafragma hinchado.

Sue va hacia el maletero y se entretiene con las bolsas de la compra.

—Lo siento, debería habértelo contado —digo.

Se encoge de hombros. El aire que nos separa se llena con todas las cosas que faltan por decir.

—Ha sido sincero.

Me permito espirar un poco.

—Mucho mejor que la versión de Whitman.

—Anda, ¿asististe a The Jealousies ? —pregunté, y solté todo el aire.

—Así es. Me aborreció. Era una absurdez teatrera y pretenciosa.

—A los críticos les gustó —apunto.

—Pues claro que sí, siguen tan engatusados e impresionados como lo estábamos nosotros.

—¿Qué te parece su final? —pregunto en voz baja.

—Me gustó más el tuyo —afirma.

—A mí también —contesta Sue al acercarse con los brazos cargados de bolsas de Tesco—. Es imposible que todo fuera culpa de esa chiquilla. Tu versión dejaba espacio a más matices, a más complejidad.

—¿Tú también la has leído? —Se me hace un nudo en la garganta. Creía que estaba preparada para esto.

—A las dos os habían drogado y manipulado… —Sue suelta las bolsas en la entrada.

—De todas formas, tampoco absolví a esa chica por completo. No pretendía hacerlo.

Nos quedamos en silencio mientras los años van rebobinándose entre nosotras. Unos instantes después, Sue habla.

—Estoy tan orgullosa de ti… Llevo tiempo queriendo deciros lo orgullosa que estoy de las dos. —Voy a apretarme esa zona irritada de la garganta, pero me detengo, respiro y trago saliva—. ¿Sabes que Linda se graduó la semana pasada?

—Por fin —contesta Linda—. ¡Soy la graduada más vieja de la ciudad!

—Enhorabuena, es increíble —digo—. Tú eres increíble. ¿Ahora eres una doctora?

Linda asiente con rapidez. Se acabó eso de ser servil y condescendiente . Se pone el abrigo y lleva la silla hacia la puerta de entrada.

—Me gustó el título —dice por encima del hombro. La miro en la silla de ruedas y pienso: menudo puto juego —. ¿Piensas entrar o qué? —pregunta Linda desde el umbral.

Sue se coloca a mi lado con los brazos cargados de las bolsas de la compra. Estiro los míos para ayudarla y me hago con un par. Se gira hacia mí y sonríe, se le arrugan las esquinas de los ojos. Esto . Mi corazón… está bailando.

Cruzo el umbral.