El juego de la verdad 48 #4
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—Pero ¿de qué estáis hablando? —preguntó Mark, y me di cuenta de que eso le molestaba, teníamos un mundo privado al que no podía acceder; me sentí poderosa.

—¿Qué dice la Sabia? —inquirió Linda a la vez que pegaba la oreja contra el tronco.

—¡La aventura aguarda! —exclamé mientras me subía a las ramas bajas.

Linda se remetió el dobladillo del vestido largo por las bragas. Los chicos nos observaron aplaudiendo y riéndose. Me agaché para darle la mano y tiré de ella para que subiese a mi lado.

—¡¿Verdad o atrevimiento?! —gritó Linda.

—¡Atrevimiento! —contestó Mark a gritos.

—¿Y bien?

—¡Subíos a la copa! Superad vuestros límites.

(¿Había planeado que nos subiésemos ahí, al árbol más alto de todos?).

Trepamos a una rama alta sin esfuerzo y nos metimos en un recoveco, como si fuésemos unas criaturas del bosque. Unas voces gritaban desde abajo. Linda bajó la vista y se echó a temblar.

—¿Tienes miedo?

—¡Estoy cagada! —confesó a la vez que se aferraba mí y se partía de risa.

—Es hora de que superes tu miedo a las alturas —dije, representando un papel cuyas líneas ya me habían escrito.

Las dos estábamos acuclilladas sobre la misma rama robusta, que se transformó en una cosa plateada, dorada, de cobre, bajo nuestros pies; era una escoba, una alfombra mágica, un cohete que nos llevaría a lugares remotos.

La sensación del fuego que ardía en mi interior me azotó y me quemó, se me acumuló en la garganta y me partió la vista en dos, así que lo que vi a continuación no fue una invención, sino algo tan real como el resto de cosas que había visto en mi vida.

—¿Ves esa escalera? —pregunté, y señalé al palpitante cielo sobre las copas de los árboles caleidoscópicos.

—No estoy muy segura —respondió.

—Que sí, que sí, es dorada y brillante.

—¡Estás colocadísima! —contestó.

—En lo más alto del árbol descubren una escalera que les conduce a un país mágico —dije, poniendo la mejor voz de narradora de Sue.

—El País de las Chuches —contestó ella mientras levantaba la vista.

—¡Yo creo que hace ya muchas horas que llegamos!

—aullé. Me levanté, solté la rama a la que me había estado sujetando, extendí los brazos todo lo que pude y fingí que volaba.

Linda me agarró el tobillo y soltó un gritito y una risa, un sonido de miedo y de emoción a partes iguales.

Proseguí—: Podemos ir a cualquier parte…

al País de Llévate-Lo-Que-Quieras, al País de Haz-Lo-Que-Te-Venga-En-Gana…

—Al País de la Libertad —gritó a pleno pulmón.

Era un reto, una amenaza, un golpe que me partió en dos.

Imité el sonido de una corneta (algo que pegaba más en el territorio de Golding que en el mundo de Blyton). Se produjo un murmullo de hojas muy por debajo de nosotras, una advertencia.

—Te reto a subir por la escalera —dije.

—Sigo sin verla —contestó ella.

—Solo quienes creen en la magia pueden hacerlo.

Linda puso una expresión de completo embelesamiento, tenía las pupilas enormes y dilatadas, como la primera vez que Sue le leyó El árbol muy, muy lejano , y se puso en pie sobre la rama, tambaleándose, agarrándose al tronco para equilibrarse, cada músculo tenso, preso de la determinación.

—Sube, sube, sube —empecé a cantar. Estaba canalizando una fuerza más grande que yo misma, estaba poseída por la necesidad de recuperar el control, de volver a ser su número uno.

Levantó los brazos para sujetarse a una rama más alta e intentó auparse. Yo iba variando entre momentos de lucidez y de abstracción absolutas, pero nunca olvidaré lo que sucedió a continuación: ahuequé las manos y la ayudé a subir.

Las voces de Jacques y de Jonathan llegaron desde muy lejos, como si estuvieran bajo el agua, y nos ordenaron que bajásemos ya. La voz de Mark se abrió paso, ¿o era la mía? «Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente».

Linda y yo estábamos en el mundo dorado de nuestra infancia y ella volvía a ser completamente mía.

—¿Ahora la ves?

—Creo que sí. —Linda se quedó quieta cuando las ramas se volvieron peligrosamente finas, donde el cielo se encontraba con la copa del árbol, y bajó la vista hacia mí desde el borde, aterrada y contenta. Me tendió la mano para que la acompañase. Yo negué con la cabeza y sonreí para darle ánimos.

—Tienes que ir tú sola. —Yo sería el último eslabón en su último intento por hallar la liberación, yo sería la voz decisiva en su oído.

Volví a pronunciar el voto que me hice cuando la vi por primera vez en su espantosa casa: sería siempre su protectora, su salvadora.

Quería que se liberase de su pasado, de su madre, de ese hombre.

«La libertad requiere de una especie de ruptura»; en aquel momento, adopté la lógica seductora de Mark.

Se dio la vuelta, alzó la vista al cielo brillante y respiró hondo. La observé, rebosante de amor, impresionada por su valentía. Subió y subió, incluso cuando parecía que ya no había más árbol, y entonces vi a mi Hada de Seda subirse a la escalera, con las alas preparadas para echar a volar.

Ni siquiera hice amago de detenerla cuando ascendió por esos peldaños dorados hacia la nada.