48 #3
—¿Y qué opinas de este momento bonito? —Grité mientras iba corriendo al centro de la pista de baile para toparme con la duquesa contoneándose delante de mi chico.
La observaba embobado, como si rezumase sexo.
Si las miradas pudiesen matar, humillar, quemar, entonces la mía habría inmovilizado a Honor, la habría levantado y luego la habría arrojado a una pira.
Maldita bruja . La droga no me concedió ese poder sobrenatural, solo la capacidad de obsesionarme.
Noté una ráfaga de aire cálido al oído.
—¿Estás bien, corazón? —preguntó la voz de Linda a mi espalda—. No te preocupes, hay Jacques de sobra para todas…
¿Es que no veía lo mismo que yo? Esa bruja tenía un plan para arrebatarme al amor de mi vida y a ella, mi mejor amiga del mundo mundial, sin la que esta vida no tenía ningún sentido, o eso sentí en aquel momento.
Mi cuerpo entero tintineó con un sonido discordante y chirriante, parecido al que hacen los zorros al aparearse de noche; me inundó los oídos.
La Jalousie vio su oportunidad y la aprovechó.
Se metió dentro y ocupó todos los rincones de mi cuerpo.
Mark me observaba desde el otro lado de la sala. Podía ver cómo le brillaban los ojos en la oscuridad y cómo se le crispaba la boca. «¡Cuidado…! Es el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne con la que se alimenta».
Linda me dio un apretón en la mano antes de alejarse de mí e ir hacia la bruja, que se giró en su dirección con una sonrisa amplia y los brazos abiertos.
Se deshicieron en un abrazo y empezaron a bailar de manera seductora; mi chico seguía observándolas, hechizado.
Las dos vibraban con una energía lasciva, eran dos exhibicionistas que irradiaban un rollo ninja supersexual.
Si la duquesa y yo hubiésemos sido del mismo curso, estaba claro que no me habrían elegido como la novata más cañón.
Tenía tanto control sobre mí misma como una cría de dos años en mitad de una pataleta cuando me lancé en mitad de la pista de baile y aparté a mi novio de un empujón, con tanta fuerza que casi lo tiré al suelo.
Abrí los brazos en dirección a las chicas en un supuesto gesto de camaradería femenina: «Venid aquí, mis bellas diosas».
Les di la mano y giramos en círculos. Entonces, a medida que la música se fue intensificando y el público comenzó a saltar y a mover la cabeza, la pista se convirtió en un pogo que invitaba al desmelenamiento y a una carnicería.
No fue culpa mía. Mi frente impactó contra el frágil cartílago de su nariz perfecta.
Por lo visto, fue una ruptura limpia. No fue más que un accidente, un accidente tonto y desafortunado.
Honor parecía fascinada por el reguero de sangre que le salía de la nariz, que los demás atribuyeron a las drogas.
Al menos, no parecía para nada angustiada.
Linda recobró la sobriedad durante un instante, me agarró del brazo y me sacó de la pista a rastras en dirección al baño de tías.
—¿Qué ha sido eso, pirada? —Parecía estar a punto de explotar, aunque no sabía si de risa o de ira.
Incluso con la sangre corriéndole por los labios y la barbilla, la duquesa estaba preciosa y, por supuesto, en cuestión de segundos ya estaba rodeada de secuaces.
Daba igual, nada de eso importaba. Había conseguido que ma meilleure amie, m’anam cara , mi hermanita del alma, volviese conmigo, costara lo que costara.
Jacques nos seguía de cerca; estaba justo donde debía, trotando detrás de mí.
En el espejo de los aseos, fuimos testigos del torrente y el subidón al ver el reflejo de nuestros cuerpos jóvenes y esbeltos, intensificados por la droga que corría por nuestras venas.
Un chasquido repentino: las luces azules nos dieron un aspecto macabro y me entraron ganas de potar. Nos rodeó un grupito de chicas.
—Llevas pintas de payasa —le dije a una de ellas, que llevaba demasiado colorete y pintalabios. Puso morritos de forma lamentable y se observó el estúpido rostro con detenimiento.
—Ah, mira quién es —contestó una de sus amigas para referirse a mí.
—¿Y quién coño se supone que es? —pregunté en voz más alta—.
A ver, ¿quién soy, si puede saberse? —Miré a Linda, que estaba haciendo la mierda esa de compincharse con esas chicas y se encogió de hombros a modo de disculpa.
Quería estamparles la maldita cara contra el espejo, a Linda y a la payasa, y luego a las demás.
Los cambios de humor eran rápidos e intensos—.
Más vale que Jacques no esté cerca de esa bruja —anuncié cuando Linda me sacó del baño.
No estaba, de hecho, estaba esperando fuera de los aseos, preocupado por mí y no por ella.
—Nena —dijo mientras me abrazaba.
Sujeté a Linda, que estaba intentando huir después de haberme sacado de ahí a salvo.
No permitiría que ninguno se fuese. Me aferré a mis seres queridos como si fuese a derrumbarme y a hacerme añicos sin ellos y lo único que quedase de mí fuese polvo.
Un rato después, los dos consiguieron librarse de mis garras y se alejaron de mí, pero se quedaron lo bastante cerca como para que pudiese tocarlos.
Mark y Jonathan se pasearon hacia nosotros y Jonathan me preguntó si estaba bien con una expresión de preocupación auténtica.
—¿Estás herida?
—Uf, mañana te vas a despertar con una buena marca —dijo Mark al mismo tiempo que noté un moratón incipiente en la frente.
Adoraba que me prestasen atención, el hecho de que los cinco volviésemos a estar juntos conmigo como núcleo.
Los recuerdos vienen y van en forma de emociones parpadeantes: la sensación intermitente del aire frío y húmedo cuando salimos del sudoroso interior al frío exterior; los árboles, gigantas gloriosas que susurraban sus invocaciones al viento; las luces artificiales en la oscuridad, estroboscópicas, que acariciaban y asustaban; las nubes fustigadoras; había más reinos además de este.
—¿Qué son las estrellas? —preguntó Linda, como en un sueño, cuando nos alejamos del ritmo atronador.
—¿Esas cosas titilantes del cielo despejado? —dije para seguirle el juego.
—No hay estrellas, Linda, está demasiado nublado —contestó Mark.
—Yo también las veo —respondí.
Mark mencionó algo sobre alucinaciones titilantes y que solo veíamos lo que queríamos ver.
—Lo de ahí dentro ha sido bastante intenso —comentó con malicia.
—The Prodigy hace que la gente haga cosas raras —afirmé.
—¿Te refieres a que los vuelve locos? —prosiguió—. Espero que las heridas de Honor hagan que su futuro como modelo peligre.
—¿Qué heridas? —preguntó Jacques.
—Parecía que tenía la nariz rota después de que la pirada de tu novia le diese un cabezazo. —Mark estaba acelerando.
—¡Lo dices como si hubiese sido a posta! —exclamó Jacques, ofendido por mí.
—¿Lo ha sido? —Mark se giró en mi dirección.
—¿Que si ha sido qué? —pregunté.
—A posta. ¿Pretendías romperle la nariz?
—¡Ya lo creo que sí! —respondí, y Linda soltó una risita. Nuestras miradas se cruzaron y ella me sacó la lengua y encogió la punta. Yo hice lo mismo y doblé los laterales para que se tocasen.
—¡Qué pasada! No sabía que podías hacer eso… —dijo.
—¡Hay muchas cosas que no sabes de mí! —repetí las palabras que ella me había dicho antes.
—No seas boba, nena, solo ha sido un accidente —afirmó Jacques, que, o bien era incapaz, o no estaba dispuesto a asumir la posibilidad de que fuese una psicópata celosa. Y que pudiese ejercer ese tipo de violencia. Fui hacia él y lo abracé con fuerza.
—Pues claro que solo ha sido un accidente —le susurré al oído. Me volví en dirección a Jonathan—. ¿Y Phil? —pregunté, necesitaba desviar la atención.
—No soy su niñera —contestó Jonathan, estaba bien enseñado.
—Sois muy monos. —Le lancé un beso en el aire.
—Pero bueno, ¡qué sociables estamos esta noche! —Mark se bajó las gafas y se las colocó en el puente de la nariz con una sonrisa. Tuve que reprimir el impulso de guiar su mano al interior de mi muslo. Echó un vistazo al reloj y nos dedicó una sonrisa—. Creo que es hora de tomarse otra, ¿no?
Jacques nos miró a Linda y a mí con el ceño fruncido y preguntó si hacía falta. Jonathan le aseguró que no se preocupase, que ahora venía la mejor parte.
—Tengo la dosis controlada a la perfección —garantizó Mark.
¿Para qué exactamente? Recuerdo pensar mientras me tragaba otra pastilla. Todos hicimos lo mismo. De todas formas, ¿quién sabe cuánta voluntad nos quedaba a esas alturas?
—¡Hace una noche preciosa! —Sentí una oleada de calor instantánea.
—En realidad, hace un frío de cojones —respondió Mark.
—Bueno, pues yo tengo calor, calor, calor… —Sentí como si tuviese fiebre.
—¿Qué papel estás representando ahora? —Linda se rio.
—Un fuego agde en mi integiog … —dije con el mejor acento absurdista de criada francesa.
— Oh, là, là! —exclamó Linda.
Eché a correr movida por una energía incansable, por un calor imposible de sofocar; los demás me siguieron dando gritos y aullando por las canchas mientras las nubes recorrían el cielo nocturno y un resquicio de luna fue iluminando partes de cuerpos, la mayoría nalgas blancas que se movían arriba y abajo.
El campo de críquet era el escenario de una orgía desenfrenada.
—¡Guau! —exclamó Mark, asombrado. ¿Es que creía que era cosa suya?
—¡Más vale que Phil no sea uno de esos culos! —espetó Jonathan.
—No es de tu propiedad —respondió Mark.
Jonathan se quedó en silencio y se le empañaron los ojos.
Yo empecé a dar volteretas laterales y alguien se puso a silbar; quería experimentar todas las emociones extremas que pudiese, quería estar en un plano distinto, arriba, más arriba.
La silueta de la Gran Sabia apareció en la oscuridad.
Se avecinaba un hechizo, sus ramas eran dedos huesudos indicándome que me acercase.
Eché un vistazo a Linda.
—Es un árbol enorme… Su copa llega hasta las nubes y… ¡Rick, encima del árbol siempre hay algún país extraño!
—Ay, Rick —suspiró Linda con dramatismo cuando nos acercamos. Apoyé la mano en el tronco de la giganta.