48 #2
Jacques y yo nos las ingeniamos para incorporarnos apoyándonos en el otro empezamos a mecernos espalda con espalda en una armonía preciosa.
Un rato después (el tiempo carecía de significado), nos pusimos en pie antes de separarnos un poco y de volver a juntarnos, fluíamos como un río que se aleja y se acerca de su nacimiento.
El universo y yo éramos un solo ser, estaba libre de condicionamiento, ego, celos, envidia e inseguridad conforme iba andando, ¡no, bailando!
Por la sala. Ahí, en un rincón, estaba mi querido y deslumbrante amigo Jonathan con su nuevo enamorado, que lo hacía muy feliz.
¿Por qué iba querer que se conformase con menos?
Abracé a mi amigo, le solté que lo quería y luego le dije a Phil que, si alguien hacía feliz a Jonathan, entonces yo también era feliz.
Mi corazón estaba abierto, era amplio y rebosaba un amor tan poderoso que se me levantó contra las costillas.
Phil se rio y yo no di por sentado que lo hizo con maldad o condescendencia.
Los dos queríamos a Jonathan. C’était tout , eso es todo.
Jacques se me acercó por la espalda y me rodeó la cintura con los brazos mientras me la apretaba con fuerza.
— Je t’adore —me susurró al oído. Las palabras más bonitas en la lengua más exquisita que había escuchado nunca: frescas, delicadas y sensuales al mismo tiempo. Me giré hacia él y nos besamos con los ojos cerrados, la sensación como de terciopelo comestible.
Aquella primera parte de la noche, nada desafió mi felicidad, mi equilibrio. Dicho de otro modo, no le vi el pelo a Honor.
Nos quedamos la habitación de Mark hasta que anocheció para poder colarnos entre la marabunta del baile al cobijo de la noche.
No me podía creer que consiguiese meter a tanta gente de gratis (Por supuesto, Mark no hacía nada sin una intención en mente: acabarían estando en deuda con él después, sobre todo teniendo en cuenta que estaba siendo bastante frugal con sus chuches).
— Perpetuis futuris temporibus duraturam . —Mark pronunció el lema de nuestra universidad a la vez que abría su puerta de entrada a los terrenos, que se habían transformado mágicamente. «Seguirá hasta un futuro sin fin...».
Destellos de imágenes: una bola de discoteca gigantesca dando vueltas bajo el campanario, estallando en llamas, chispas volando, molinillos, ruedas de fuegos artificiales, globos de helio rosa, focos móviles, luces de neón rosa y verde que iluminaban estatuas de hombres emblemáticos —antiguos rectores, escritores, filósofos—, focos que destacaban su virilidad, andamios a media altura, carpas, compañías de circo, escupefuegos en zancos, humo seco, luces estroboscópicas, carpas de tecno, raves, grupo de ska , carpas de dance , The Prodigy, pantalones anchos, gente de un lado a otro, desperdigada, desmayada, un escenario descomunal, un aparcamiento abandonado, pantallas parpadeantes, basura tirada, latas de Carlsberg, luces intermitentes persecutoras, ruido a decibelios excesivos, gente fumando, droga y cigarrillos, LSD, éxtasis, amor, puestos de comida que rezaban Cerdo asado victoriano , boas de plumas, trajes, pajaritas, pantallas, sudor, sexo en lugares públicos, y baile, baile y más baile.
Las ráfagas de aire fresco me empujaron a una especie de frenesí eufórico.
Mi cuerpo comenzó a dar volteretas laterales sobre los adoquines, con los zapatos de plataforma.
La mayor parte de lo que recuerdo de ese momento de la noche es la sensación de tropezarme, como si estuviese en el País de Al Revés.
(¿Acaso existía ese mundo de Blyton? Debería).
En una carpa abarrotada y sudorosa de dance sonaba la canción juguetona de The Cure, «The Lovecats».
Esa canción absurdamente teatral y llamativa de los ochenta ME FLIPABA, así que empecé a dar saltitos, era una gatita.
Miaaaaaaaau. Jacques estaba a mi lado, partiéndose de risa.
Jonathan y Phil se estaban morreando en la pista de baile, y yo me emocioné.
Por fin mi amigo estaba siendo como era en realidad.
El brillante cordón umbilical dorado de amor que nos unía, y que esa noche fluía con libertad entre Linda y yo, atrajo a mi mejor amiga, que estaba al otro lado de la carpa, hacia mí.
El mundo era un lugar grande y espléndido rebosante de belleza, magia, música, bailes, canciones, sentimiento y la lumière et l’amour .
El calor, el sudor, los cuerpos moviéndose, el cosquilleo eufórico y, ¡ay, esto a Sue le encantaría!
De repente, se me encogió el corazón por mi querida Sue.
Cuánto la había abandonado. Se acabó. Mañana por la mañana, a la fría luz del día, iríamos a visitarla con nuestras ropas de gala y ella nos daría pasteles caseros y té caliente, y se alegraría gracias a mi amor deslumbrante.
En un sorprendente momento de claridad, vi la verdad tal y como era; Sue, de pie en nuestra cocina cutre la víspera de que me fuese a la universidad, diciendo: «Que le den a tu padre, menudo narrrcissssista…
», y pensé, eso es, Sue, sí, tenías razón.
Él se largó, pero tú no. Podías haberlo hecho.
—Vamos a visitar a Sue mañana —le susurré a mi mejor amiga al oído.
—Venga, sí —contestó ella con una sonrisa radiante. Después, me retorció la muñeca con tanta fuerza que me escoció. Luego, puso los labios contra el pulso y me dio un beso—. El corazón te late muy deprisa —afirmó.
—Sí —dije, animada gracias al torrente de mi sangre joven y una sed y un apetito insaciables por la novedad.
Abrí el cierre del colgante de ojo de tigre y se lo pasé por el cuello—.
Te queda de cine. —Nunca me había sentido tan generosa, tan sociable.
La parpadeante luz ambarina contrastaba con su cabello brillante y la luminiscencia de su piel.
Lo tapó con la mano, cerró los ojos y se quedó en silencio; simplemente se meció de un lado a otro como si estuviese en éxtasis.
Pasamos al interior del Dungeon: a reventar, calor, empujones, drogatas, zumbidos, paredes húmedas y borrachera, sin ventanas ni ventilación, sonaba The Prodigy y todo el mundo quería estar ahí.
La electricidad estaba en el aire y el calor en nuestros cuerpos, y quería arrancarle la ropa a todo el mundo, ansiaba el contacto piel con piel y el sonido de los corazones martilleando los unos contra los otros, el sabor a sudor, la alegría y la dulce agonía de un orgasmo prolongado, la exquisita oscuridad del olvido y la sensación de imprudencia, de amor, de pertenencia y de algo sagrado, sagrado, sagrado .
Tantas bocas que probar, tantos cuerpos que explorar.
Jacques estaba muy alerta, consciente de mis límites porosos.
Me pareció irritante y restrictivo, protector y perfecto, mi caballero, mi captor.
El ritmo de la pista de baile se intensificó y la multitud se volvió aún más enérgica, delirante.
Entonces, la vi: mi némesis, vestida con un bañador esmeralda de los 50, una réplica del mío, aunque el suyo parecía increíblemente caro y era de color llamativo, y estaba puñeteramente alucinante con ese pelo rubio oscuro voluminoso y desordenado recogido en un moño suelto con unos rizos traviesos bajándole por el cuello.
¿Linda le había chivado lo que me iba a poner?
¿Cómo iba a saberlo si no? La electricidad estática se empezó a acumular en mi cabeza.
Me quedé mirándola mientras ella estaba en una esquina de la pista, sorbiendo por una pajita y vigilando a la plebe que prácticamente caía rendida a sus pies, asombrada por su belleza.
Entonces, se le iluminó el rostro perfecto cuando nos saludó a Jacques y a mí.
Jacques le devolvió el saludo con un brillo peligroso en la mirada.
Justo en ese momento, alguien la levantó en volandas por detrás y le dio vueltas en círculo.
Patrick. Por supuesto. La plantó en el suelo, la giró hacia él y se dieron un morreo de manera teatral antes de que él se pirase contoneándose y ella siguiese su camino de sirena en nuestra dirección.
Jacques se quedó embelesado a medida que ella venía hacia nosotros.
Pensaba que ella iba a hacer un bis… Entonces, Linda apareció de la nada como un duendecillo, una fresca pequeña y peligrosa, y me susurró al oído: «Compersión…
». Empezó a martillearme la cabeza: el ritmo de la música, la rabia, la rabia, la rabia, la rabia.
Honor estaba delante de nosotras, le brillaban los ojos, irradiaba luz. Su destello era cegador.
—¿Te importa? —preguntó mientras le tendía ambas manos a mi chico.
—Pues claro que no. —Linda me apoyó la mano en el antebrazo. Me dijo al oído—: Déjale disfrutar de su libertad.
—Solo será un baile, nena. —Jacques me miró, esbozó una amplia sonrisa y se encogió de hombros.
Los dos fueron al centro de la pista, había tanto movimiento de cuerpos que alguien me tapó la vista, e intenté tragar saliva, pero fue como si estuviese masticando trozos de cristal.
Linda tiró de mí hacia ella y nos pusimos a bailar pegadas. Se puso a canturrear gilipolleces.
—Si lo dejas ir, volverá si es tuyo… Pero bueno, «tuyo» y «mío». ¿Qué son esos, salvo conceptos triviales inventados por gente insegura?
Me alejé de ella y la miré directamente a los ojos. Al parecer, fue el momento en el que el sérum de la verdad surtió efecto.
—Bueno, pues en ese caso, no te extrañará saber que Mark y yo…
— Shhhhhh . —Me puso un dedo en los labios para callarme—. Lo que no sepa, no me hará daño.
Fue como si alguien me hubiese tirado un cubo de hielo encima, tuve un frío instante de lucidez.
—Eso es una puta chorrada y lo sabes…
—No. No pienso permitirte echar a perder este momento tan bonito —dijo con los ojos llenos de lágrimas y de luz.