El juego de la verdad 48
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– W ilkommen… Bienvenue… ¡Bienvenidos! —Mark era un artista de cabaret.

Llevaba una chaqueta de esmoquin, unos pantalones de pinzas y una pajarita de color teja y el pelo revuelto, llevaba una barba de tres días sorprendente que no sabía que se podía dejar.

«Don Artífice del Despiste Consciente», aunque había que admitir que esa tarde le salió bien y se portó con una arrogancia aún más serena que de costumbre.

Sostenía una bandeja de plata con un bol lleno de un surtido de chuches que ofrecía a todo cuanto atravesaba su umbral—.

Cierra los ojos… a ver qué sorpresa sale.

—Jacques y yo habíamos quedado en que esa noche iríamos con todo.

Dijimos que cuidaríamos el uno del otro.

Apenas había sido capaz de mirarlo a la cara desde aquella mañana en la que llegué manchada de pota hacía dos semanas, desvariando sobre que me había pasado la noche fuera para cuidar a mi amiga, que iba tan pedo que ni siquiera podía andar y se negaba a subirse a un taxi por los sustos que se habían estado llevando las estudiantes borrachas últimamente, así que alquilamos una habitación de hotel para estar a salvo (Linda fue buena gente y asumió las culpas de buena gana antes de desplomarse sobre mi cama).

Jacques se lo tragó sin hacer preguntas.

Antes, ¿qué había ocurrido antes? Honor había empezado a colmarlo de atención, y Mark y él se habían hecho…

¿colegas? Antes sabía reconocer hasta mis cambios de humor más sutiles, aunque desde hacía poco no parecía percatarse o importarle que me hubiese distanciado.

Seguimos acostándonos, yo hacía los movimientos que tocaban y a veces hasta lo disfrutaba, pero ¿seguía habiendo intimidad? ¿Y a qué parte de mí me abstraía?

— C’est le moment, il est le temps! —exclamó Jacques mientras metía la mano en el bol, al igual que yo.

Nuestras miradas se cruzaron, asentimos y nos metimos las pastillas en la boca de forma ceremoniosa a la vez.

Linda apareció justo entonces con dos copas de vino—.

Pensaba que se suponía que no debíamos mezclarlo con alcohol —dijo.

—Esta noche no hay reglas —contestó Mark.

—¡Es el baile de Wilde! —Linda dijo lo evidente. Estaba motivadísima, preciosa y eufórica, con los labios definidos en un tono color vino y el pelo ondulado y engominado à la Clara Bow.

—Esta noche estás muy guapa, Linda —indicó Jacques de una manera de lo más apropiada, que aun así no disminuyó el efecto que me causó.

—Lo mismo digo. Me encanta el traje —contestó tras ruborizarse en un tono rosa precioso. Jacques estaba para comérselo con el traje de terciopelo granate oscuro. No tenía ni idea de dónde lo había comprado ni de quién le había acompañado. Estaba demasiado asustada como para preguntar.

—Tú tampoco estás nada mal, Jess —me dijo Mark, parecía divertido. Me repasó con la vista de arriba abajo y después la clavó en el interior de mis muslos enfundados en unas medias de rejilla. Una ráfaga de calor y de humedad se extendió entre mis piernas.

—Está más guapa que nunca —me susurró Linda al oído cuando se acercó.

—Bueno, pues muchas gracias, amiga. —Capté su mirada e hice una reverencia. Ninguna de las dos había mencionado nuestra noche de borrachera desde que ocurrió.

—Dale las gracias mi chico generoso —espetó. Le lancé una mirada de advertencia, y ella lo captó.

Jacques pareció confuso, pero nadie le aclaró que fue Mark quien nos había comprado los conjuntos, a pesar de que Mark nos estaba observando con el deleite posesivo de siempre. No tenía ninguna intención de empezar la noche con mal pie.

—¡Hola, guapísimos! —saludó Jonathan al entrar por la puerta.

Parecía una estrella de cine antiguo con el traje ceñido de color medianoche que llevaba.

Linda volvió a soltar un silbido, esta vez con más ganas y lascivia.

¿Era otro truco que le había enseñado Mark?

Jonathan sonrió complacido—. Me lo ha regalado Phil —confesó. Más bien, el papaíto de Phil, pensé.

Jonathan se tomó una pastilla y una copa de vino, le dio un beso a Linda en la mejilla y le dijo que estaba deslumbrante. Cuando pasó a mi lado, me sujetó la mano y me dio un apretón.

—¡Estás despampanante! —Iba a ser una noche increíble.

Dentro, las velas bailaban en cada superficie y parpadeaban al compás de la dolorosamente conmovedora voz de Sinéad O’Connor, que fue pasando de un suave susurro a un angustioso gruñido en un abrir y cerrar de ojos.

Mark había escogido el álbum «I Do Not Want What I Haven’t Got» para marcar el tono: moderno, transgresor, trascendente, puro, algo para activarse; la banda sonora perfecta para el melodrama psicosexual que estaba orquestando.

La gente iba de un lado a otro, había más de la que esperaba: tíos de pelo revuelto en traje y pajarita, con zapatos negros lustrosos o de cuero desgastados; chicas con los previsibles vestidos de crinolina tipo debutante, con abundantes melenas con capas y tacones con medias negras.

También estaban las disidentes, que llevaban sujetadores deportivos con pitillos, el pelo suelto y enredado, combinados con unas Doctor Martens.

Aunque estas chicas eran un pelín más atrevidas de lo que me había imaginado, Linda y yo las dejábamos a todas por el barro.

Nuestra originalidad no tenía parangón. La voz hipnótica de Sinéad cantó: «Nothing compares to you».

Pensaba que sería una reunión de gente selecta, pero, por lo visto, Mark estaba magnánimo. Estaba dejando entrar a cualquiera. ¿Les había ofrecido drogas a todos los asistentes?

—Oye, ve más despacio —dijo Jacques. Iba por la segunda copa de vino—.

Tenemos que ir con calma y ver cómo nos afecta.

Preferiría que bebieses agua. —Metió los dedos por debajo de la estola de piel y me acarició el moratón.

Susurró—: ¿Me vas a contar dónde te has hecho eso? —Pensaba que no se había dado cuenta.

La droga me hizo efecto en un santiamén.

El mundo adquirió nitidez de un plumazo y se dispuso en líneas rectas.

Esta vida, el caos de fuera, esta sala, la gente desorganizada que albergaba y mi desorden interno se alinearon y se entrecruzaron en horizontal y en vertical: catalogados, organizados, contenidos.

Era una experiencia parecida a cuando probé la cocaína, sentí como si Dublín se hubiese transformado en las calles cuadriculadas de Nueva York, que transité con seguridad, como una estrella del rock en unos tacones de aguja muy altos.

Entonces, otro sentimiento se apoderó de mí con la misma rapidez y se convirtió en algo más suave y fluido; estaba descalza en un prado iluminado por la suave luz del sol al oeste de Irlanda y me asaltó una belleza tan enorme —el cielo abierto, los corderos que balaban, la hierba verde— verdísima, que me eché a llorar.

—Veo que ya te ha hecho efecto, Jessica —comentó Mark cuando vino hacia nosotros. Sonreí. Mis ojos eran portales a unos reinos celestiales—. ¿Tú qué tal, Jacques?

—Todavía no siento nada. ¿Tengo que tomar más? Visto que soy una bestia descomunal.

—No —respondió Mark—. Confía en mí, lo sentirás.

Unos recuerdos fragmentados me bombardearon: el aroma a madreselva, que llevaba sin oler desde que era pequeña, el olor a Sue horneando; el jabón con el que me bañaba, que olía a peras, tan suave, terso y delicado; el roce de sus manos al cepillarme el pelo con ternura y recogérmelo con un lazo rosa de satén; y, ay, mis zapatillas de ballet , las dos bailando, yo en pointe y con su mano en la parte baja de la espalda, sujetándome.

El sonido ligero y tintineante de un piano flotó por el aire y se elevó, tan suave y doloroso que me caí al suelo, no me quedó más remedio.

Me quedé tumbada bocarriba, observando las partículas de polvo que flotaban como hadas diminutas que bailaban.

Jacques se sentó a mi lado y soltó una risa.

—Espero sentir un ápice de lo que estás sintiendo tú.

Me incorporé y lo abracé, y una imagen de mi padre se me apareció delante de los ojos.

Me estaba haciendo cosquillas, diciéndome: «Basta de lágrimas, no hace falta llorar…

», mientras se reía, siempre se reía, todo era un chiste, salvo que no lo era, ¿verdad, papá?

Entonces, las lágrimas se convirtieron en lágrimas de dolor, pero seguían siendo puras, depuradoras.

Me invadió una luz brillante y blanca. Estaba dentro de ella, hecha de luz, yo era la luz.

—Estás radiante —afirmó Jacques.

—Joder, sois guapísimos. No os hacéis una idea… —Mark estaba de pie, delante de nosotros. Jacques empezó a desternillarse tanto que le tembló el cuerpo y las lágrimas le descendieron por el rostro. Mark se quedó mirándolo—. ¿Ves, Jacques? ¡Te lo dije!

Jacques se giró hacia mí y me envolvió en un abrazo de oso a la vez que nos quedamos ahí tumbados en el parqué, embelesados con la vida y con el otro, con un hormigueo en la punta de los dedos y sintiendo un éxtasis prácticamente insoportable.

Ese primer subidón no tardó en llegar a su punto álgido y después remitió, solo para volver a subir en varios puntos de la noche, cada crescendo orquestado a la perfección por el maestro, o eso parecía.

Aquella noche, Mark estaba en todas partes: sembrando susurros, dándole vidilla a las cosas, llevando a sus «sujetos» al límite.