El juego de la verdad 47 #3
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—¿Crees que a Jacques le gustará el vestido? —Ladeó la cabeza.

—¿Crees que a Mark le gustará el bañador? —Se la devolví.

—Creo que nuestros hombres darían el visto bueno a la chica del otro.

—Nuestras miradas se cruzaron y ella pasó el dedo por el borde del vaso y después lo sumergió en la ginebra antes de metérmelo en la boca—.

Chúpalo —ordenó. Estaba bien enseñada. Se escuchó un murmullo por el bar—.

Oye, no es por disgustarte ni nada de eso —empezó—, pero ¿pasa algo entre Honor y Jacques?

—No pasa nada —contesté con demasiada rapidez—. ¿Por qué?

—Creo que a ella le gusta.

—Bueno, pues eso es problema suyo —respondí—. Estoy segura de nuestra relación, y ella puede irse a tomar viento.

—¿Alguna vez has oído hablar del concepto «compersión»?

—No, ¿qué puñetas es eso?

—Alegrarte por la libertad sexual de la persona que amas, o algo así… —dijo mientras se mordía las cutículas.

—Por el amor de Dios, Linda. —Me giré hacia ella—. Tú no eres así.

—Ojalá pudiese ser menos posesiva.

—Eso es una estupidez y lo sabes —continué, cabreada—. Mira, la duquesa podía tener a cualquier persona del campus y está yendo detrás de mi chico. Es una ególatra megalómana. —Mi ira me dejó sin palabras.

—Le gusta de verdad —contestó Linda al mismo tiempo que se tiraba de la cutícula del índice derecho con los dientes.

¿En serio se lo creía?

—¿Y a ti? —pregunté mientras le quitaba la mano de la boca. Me dejó hacerlo.

—¿Cómo? ¿Que si a mí me gusta Jacques? No seas ridícula. Estás paranoica .

—Me refiero a que si te gusta ella.

—Ha sido una buena amiga para mí. Pero no me gusta que esté intentando ligar con tu chico, aunque eso es bastante provinciano por mi parte.

Me escoció. Provinciano . Vaya cabrona.

—¿A qué te refieres con que es buena amiga?

—Nos lo pasamos genial. No me juzga. Le gusto tal y como soy.

Estuve a punto de preguntarle: «¿Qué versión?», pero me contuve.

—¿Sabes? Siento que estoy creciendo como persona.

Últimamente, me siento libre. Como si, por primera vez en mi vida, fuese yo misma.

—Esas palabras se estaban convirtiendo en el himno de nuestro grupo—.

Ya no oigo la voz despiadada susurrándome al oído dondequiera que voy.

Ya no siento su mirada acusadora clavada en mí…

—Y me alegro por ti, Lindy, de verdad. Pero…

—Siempre hay un «pero» cuando se trata de mi felicidad. —Me lanzó una mirada penetrante.

—No es eso, quiero decir, ¿seguro que esas drogas te vienen bien? Tu estado de ánimo es como una montaña rusa.

—¡Pero mira quién fue a hablar! ¡La señorita malhumorada! —Era el término cariñoso que empleaba Sue cuando me paseaba por casa dando pisotones durante uno de mis arrebatos hormonales.

—Espero ser un pelín menos caótica de lo que era. —Sonreí.

—Puede que un poquito… —Linda me guiñó el ojo.

Dos tíos en traje se lo tomaron como su entrada y se acercaron a nosotras.

—¿De qué estáis disfrutando? —preguntó uno.

—La una de la otra —respondió Linda. Después, se acercó y me dio un beso con lengua.

No estaba segura de si lo hizo solo para impresionar.

Uno de los tíos aplaudió y el otro se quedó observando en silencio.

Nos prestó mucha atención. Pidió una botella de champán «del mejor» y bebimos, bebimos y bebimos, y yo avasallé a Linda a preguntas.

¿Está intentando ligar con mi chico? ¿Eh?

¿Eh? Pero ¿quién se cree que es esa tía?

A la mierda la conversión o compersión o lo que coño sea eso…

Él es mío, mío, mío… Recuerdo que los hombres se rieron y uno dijo que era una criaturita posesiva y peleona, y que a él le encantaría ser todo mío.

Dijo que era intensa y que eso era supersexi.

Aquí es donde me falla la memoria. Nada… Salvo que Linda y yo nos despertamos desnudas en la cama de un apartamento empresarial vacío, por encima del paisaje urbano.

—Qué mal rollo —dijo Linda mientras echaba un vistazo a su alrededor a medida que nos vestíamos.

Por lo menos, las dos estábamos implicadas en lo que quiera que hubiese pasado.

A día de hoy, sigo sin acordarme de nada, no recuerdo salir del bar, ni cómo entramos al apartamento, ni lo que nos hicieron, ni si hicimos cosas entre nosotras, ni tampoco me acuerdo de sus caras o de cómo me hice un moratón en la axila.

Nunca le he preguntado a Linda sobre lo que ocurrió aquella noche.

Podría haberlo hecho, pero parecía muy banal comparado con lo que sucedió después.

Y, de todos modos, no hizo mal a nadie: ninguna sufrió heridas graves, no hicieron falta puntos y dio la casualidad de que ninguna se quedó embarazada.

—Mark estaría orgulloso —afirmó Linda mientas volvíamos a casa bajo la luz fría y gris del amanecer.

Me agaché y vomité, por suerte, en mi ropa de diario, porque uno de los tíos había doblado nuestros vestidos con cuidado, los había metido en una bolsa de algodón y los había dejado en la cama con una nota que decía: «Gracias por el fiestón, zorritas atrevidas». De eso sí que me acuerdo.