El juego de la verdad 47 #2
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47 #2

Aunque me sentí estafada por no haber sido la primera en verlo, tenía que admitir que sí, que era perfecto.

Incluso me gustaba la pinta que tenía el chal de cola de rata, le daba un aspecto aún más decadente al conjunto.

Linda sacó la tarjeta de Mark y se largó, conmigo pisándole los talones.

En cuanto salimos fuera, hurgó en su bolsillo en busca de los cigarros y un mechero y se lo encendió con las manos temblorosas.

¿Mark la había animado a darle a los «palitos cancerígenos»? Aspiró con fuerza.

—He tenido a un animal muerto en los hombros.

—Bueno, ahora no está sufriendo. —La observé—. Pero tú sí.

Soltó el humo por la nariz, como una reina dragona.

—¿Podemos retomar nuestro día de chicas?

—preguntó mientras le daba otra calada y retenía el humo en la boca un segundo antes de tirar de mí hacia ella y metérmelo en la mía.

Me pasó el cigarrillo y yo le di una calada, luego lo tiré al suelo y lo aplasté con el talón de una manera excesivamente sexi como si llevase tacones de aguja.

De pequeñas, fui Olivia Newton-John en Grease , y lo seguía siendo.

Siempre sería la líder. La estudié con detenimiento en busca de signos de querer ser la número uno, pero no pareció importarle.

Hizo ese gesto familiar de rendirse ante mi elegancia, belleza y talento indiscutibles.

Recuperé mi puesto en la cumbre de nuestra relación—.

Venga, guapa. Vamos a que te pruebes ese bañador del que me estabas hablando.

Seguro que estás para morirse —dijo con alegría.

Le lancé un beso, le di la mano y la guie hacia la tienda de segunda mano, un sitio diminuto con aspecto de taberna con todas las superficies tapizadas de pana; incluso el suelo tenía una alfombra roja de pega deshilachada.

El ambiente general era indulgente y un poco de mala muerte, los probadores con luz tenue recordaban a un burdel anticuado.

Linda silbó (no sabía que podía hacerlo) cuando me retorcí para ponerme el bañador estilo Monroe.

—Debería existir una orden que prohibiese que una chica como tú se pusiese algo así.

—¿A qué te refieres? ¿Es muy de putón? —Esbocé una sonrisita.

—Qué va, estás despampanante. Haces que el resto de simples mortales parezcamos trols.

Me gustaba esa idea, a pesar de saber que no era cierta; la llegada de Honor me había bajado de mi pedestal.

Me di la vuelta frente al espejo y Linda me soltó un azote en el culo.

Tenía que admitir que había estado inspirada con la idea del bañador: la parte de abajo consistía en unos pantalones cortos y sexis, la parte de arriba con volantes me hacía tetas y las tiras de cuello halter me resaltaban los hombros de gimnasta y los brazos tonificados. Saqué bíceps y Linda me lo apretó.

—¡Vaya brazos! —Me di la vuelta y meneé el culo delante del espejo, se me estaba empezando a subir a la cabeza la atención—. ¡El mejor culo del campus! —exclamó al mismo tiempo que aplaudía con fuerza.

Hice una aproximación de lo que hoy en día se llamaría twerking , aunque en esa época no existía una palabra para describir a una irlandesa blanca meneando el pandero.

—Necesitas algo como un abrigo —dijo, y dio un paso atrás para observarme.

—¿Lo dices en serio? —Seguía acalorada por el esfuerzo y me gustaba cómo me quedaba llevar los hombros al aire.

—Sí. Te pelarás de frío cuando estés fuera a las cuatro de la mañana —afirmó, sonaba como su antigua yo, más precavida. Le gritó a la dependienta—: ¡¿Tienes algo de piel sintética?! —La chica nos pasó una chaqueta tipo bolero, marrón oscura y brillante—. ¿Segura que no es de verdad?

—Es demasiado barata para serlo —contestó la chica, anonadada.

Yo estaba segura de que era armiño de granja industrial y, aunque no me hiciese gracia, tampoco iba a decir nada; además, el bicho ya llevaba tiempo muerto y la chaqueta era ideal, ceñida y sibarita. Me gustaba que oliese dulce.

—Unas medias de rejilla y unas plataformas para completar el conjunto, ¿qué me dices? —dije mientras salía a la tienda y sacaba unos zapatos y unas medias de la estantería.

—¡Digo que eres una genia! —Me lanzó un beso al aire—. Ponte todo y yo me pongo lo mío. —Fuimos al probador y ella se sacó el vestido de satén de la bolsa y se lo puso. Me calcé las medias de rejilla.

—¡Prueba de vestidos! —exclamé entusiasmada.

La parte de mí a la que le encantaba estar en el escenario entendía la naturaleza transformadora de un disfraz, pero esto era la vida real, así que tenía más peso.

De pronto, comprendí lo que significaba cada cambio de imagen para el sentido de identidad cada vez más amplio de mi amiga.

Me quitó el sujetador.

—No lo necesitas con esa delantera perfecta de Kate Moss. Queda más sexi sin nada. —Tenía razón. Nos quedamos mirando el reflejo de la otra en el espejo, embelesadas por nuestra belleza, juventud y la aceptación que suponían.

Salimos de ahí con un subidón por las compras, después de habernos gastado cincuenta libras del dinero de Mark en mi conjunto, algo que por aquel entonces era una pequeña fortuna.

—Dile a Mark que se lo devolveré —anuncié.

—Ay, no, no te preocupes. Le gustará saber que es el responsable de nuestros modelitos.

—Me emocioné. Pues claro que le gustará—.

¿Tienes ganas de otro experimento sociológico?

—preguntó al salir. La miré de soslayo mientras la adrenalina se acumulaba—.

Busquemos algún sitio donde causar problemas —prosiguió.

—¡Sííííí! —grité al mismo tiempo que un chute de cortisol me recorría las venas.

—¡Conozco el sitio ideal! —Ese deje peligroso de su voz nos impulsó a recorrer las calles de la ciudad y a atravesar las puertas de un bar de lo más anodino, completamente blanco y antiséptico, un nuevo añadido a la escena dublinesa, una importación esterilizada llena de corredores y agentes de bolsa, abogados jóvenes y otros tipos de su calaña.

—Es perfecto —dije en cuanto abrió la puerta.

Cuando hicimos nuestra entrada triunfal, muchas cabezas se giraron en nuestra dirección.

¿Éramos actrices ? Fuimos derechitas a la barra y nos sentamos en unos taburetes altos, cada una con la mano apoyada en el cuerpo de la otra, lo que por lo visto hizo que los hombres que nos rodeaban entrasen en un estado de agitación hormonal.

Se palpaba la tensión y el poder que emanaba de ella.

La beca de Mark nos pagó cuatro rondas de gin-tonics.

—Creo que lo mejor es que esta noche me quede en tu casa —declaró Linda con una risita, estaba sonrojada y electrizante.

—¿A Mark no le va importar?

—No. Me ha animado a abrir un poco las alas.

—¿En qué sentido? —le pregunté.

—Pues, en el de que sea libre, ya sabes…

—¿Quiere que te acuestes con otras personas? —continué, y casi se me escapó una confesión al pensar que podía haberle parecido bien, pero incluso en el estado de embriaguez desinhibida y parlanchina en el que estaba, sabía que eso jamás podría pronunciarse en voz alta.