El juego de la verdad 47
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D urante el camino de vuelta a mi cuarto, Jacques habló por los codos, una estrategia para asegurarse de que la conversación no volviese a girar en cierta dirección.

Le dejé hacerlo. Habló sobre la postura que tenían Linda y Mark respecto a las drogas.

Yo dije que ella se estaba rebelando por culpa del control absoluto de Mark.

Jacques se rio y respondió que le encantaba esa vena dramática con la que veía todo.

Como si al tachar todos mis pensamientos y sentimientos de «dramáticos» pudiese quitarle hierro a lo que había visto entre Honor y él: la intimidad fácil, su bondad, su ingenuidad al no saber que lo estaban manipulando.

Intenté convencerme de que no había nada más.

Estaba aquí conmigo, ¿verdad? No con ella, y, sin duda, podía estarlo.

—Aunque es vulnerable —afirmó.

—¿Quién, la duquesa? —bufé—. Más bien una manipuladora de manual.

—No, Jessica. —Parecía harto—. Linda, tu mejor amiga, es vulnerable.

Me quedé en silencio y me limité a hacer una cuenta regresiva mental rápida desde cien.

Como en casa en ningún sitio, como en casa en ningún sitio, como en casa en ningún sitio .

Linda entrechoca los talones de unos zapatos rojos brillantes y Sue la baña en confeti, lentejuelas, pompas o purpurina.

Yo soy verde, fea por culpa de la envidia, llena de verrugas y pelo, y estoy tramando travesuras siniestras en mi mundo, escondida, excluida.

Sue cubre a la pequeña Linda de besos y entonces aparece Mark, la abraza y ambos se fusionan en uno, como unos gemelos siameses; Mark absorbe todos los nutrientes esenciales de su gemela pequeña hasta que Linda encoge y desaparece.

Sue se pone como loca, me suplica: «Tráela a casa», mientras las lágrimas le corren por las mejillas.

La Sue que aparece es la mujer de la que se había enamorado papá: joven, animada, rebosante de amor y sentimientos, cargada de canciones, bailes y bollos. Huelo el aroma a cosas horneadas.

«Casa». Pienso en esa palabra. ¿De verdad Linda no tenía una sensación de pertenecer a ningún sitio que no fuese la casa en la que nació?

A la mañana siguiente, sentí como si no hubiese pegado ojo. Jacques me había tratado con amabilidad y ternura toda la noche, y me acurrucó contra él cada vez que me despertaba, que fueron muchas.

—¿Has tenido una pesadilla, mi amor? Cuéntamela. —Negué con la cabeza, no tenía intención de volver a pasar por ese horror. Cuando le dije que quería hablar con Linda, pareció aliviado y me animó a salir a buscarla—. Cuando la encuentres, salúdala de mi parte.

—Claro. —Ninguno estábamos hablando de lo que necesitábamos hablar, una postura poco habitual en mí, yo solía tirarme directamente a la piscina.

Linda no pareció sorprendida al verme esperándola cuando salió del seminario. ¿Cómo se las arreglaba para asistir a clase a primera hora y estar tan radiante después de haberse pasado la noche tomando drogas duras?

—Joder, tienes mal aspecto. ¿Va todo bien entre Jacques y tú?

No le conté lo de mis pesadillas, ni tampoco lo de los sudores y temblores.

—Solo estoy un poco cansada. Estamos bien… ¿Cómo os va a Mark y a ti?

—Nunca he sido tan feliz —afirmó con seguridad—. Hasta tú tienes que admitir que es verdad.

—Ya no sé distinguir la verdad.

—¡Pues seguro que eso es bueno! —Entrelazó el brazo con el mío—. Vámonos de compras. Mark me ha dado dinero para que me compre algo para el baile. ¿Quieres ser mi estilista? ¡Porfi, tienes un estilo increíble!

—¿Y qué pasa con Honor? —No pude evitarlo.

—Mark sugirió que me acompañases tú. —Me sentí ridículamente feliz y especial —.

Sugirió un estilo tipo años 20, ¿qué te parece?

—La observé. Tenía razón, la ropa de esa época le quedaría como un guante: vestido de flapper y boa de plumas, con el pelo a lo Clara Bow—. ¿Has pensado en lo que te vas a poner?

Sí, había visto un bañador fruncido de los 50, estilo Marilyn Monroe, y pensé en combinarlo con un abrigo de pelo falso que había visto en Herbert Arcade. Pasaríamos de la moda de los vestidos brillantes de crinolina con mangas abullonadas para debutantes, un vestigio de los ochenta.

—Vale, ¡vámonos de compras! —contesté.

El baile de Wilde se celebraría en dos semanas: era una tradición extraña, teniendo en cuenta que un par de semanas más tarde tendríamos los exámenes de fin de curso.

La universidad se estaba planteando prohibirlo debido al furor por el LSD y el éxtasis que se había apoderado del campus, lo que acabaría provocando cerebros aún más fritos y resultados que no dejaban de caer en picado (el que se celebró en nuestro año, en 1992, fue el último durante más de una década).

—Espero que seas muy sincera si algo me queda mal —comentó Linda con una energía alta y dispersa.

Recorrimos los terrenos exclusivos del brazo, nuestro propio País de las Maravillas, atravesamos el arco de la entrada y nos adentramos en el mundo «real» que estaba tras él.

Un mundo de cielos grises, edificios grises y rostros grises marcados por el estrés y la decepción.

Esa no sería la historia de nuestras vidas.

En cuanto llegamos a la galería comercial, Linda fue saltando de puesto en puesto y sacando las cosas de los percheros con un desenfreno y una euforia que no reconocí. Parecía escoger las cosas al tuntún, y luego las tiraba al suelo.

—Lo siento, lo siento. —No dejaba de repetirles yo a los dependientes mientras seguía su estela de destrucción.

—¡Deja de disculparte por mí! —No se me pasó por alto la ironía.

—Oye —dije—. ¿Has comido? —Linda se alejó bailando—. Me muero de hambre. Vamos al libanés.

—¿Al libanés de Mark? —Se detuvo en seco—. Ahí trabaja una chica que se llama Celine, ¿no?

—¿Por? ¿Mark la ha mencionado?

—Me gustaría ver el local —contestó con una expresión inescrutable.

Entramos al café y Linda se puso a mirar a su alrededor de forma compulsiva, estaba nerviosa. La conduje hasta el reservado con el escaparate mugriento que daba al callejón.

—Aquí es donde nos sentamos Mark y yo.

Me lanzó una mirada penetrante. No pretendía convertirlo en un juego.

—¿Qué os traigo? —La mismísima Celine se deslizó hacia nosotras. Linda parecía haberse quedado embobada, le recorrió todo el cuerpo con la mirada.

—Tomaremos el surtido de mezze vegetariano —contesté—. Y dos aguas.

Celine chupó la tapa del boli de forma sexi pero casual y luego se marchó mientras Linda la seguía con la mirada, con ansia.

—¿Es esa?

Asentí. Nos quedamos unos minutos sentadas y comentamos la decoración chunga. La rodilla de Linda se meneaba a una velocidad feroz. Le apoyé la mano encima, pero ella me la apartó de un manotazo (esta versión de Linda podía hacerlo).

Cuando Celine regresó con la comida, Linda se quedó mirándola de una manera abiertamente hostil, aunque intentó parecer indiferente con todas sus fuerzas.

—Ya veo por qué le gustas. —Se le quebró la voz cuando preguntó con aspereza—: ¿Qué le gusta hacerte a ti?

Qué manera tan interesante de formularlo. Recordé mi encuentro con Mark, cuando todo eso me lo hizo a mí . ¿Linda había pasado por lo mismo?

Celine la observó como si estuviese sopesando si merecía la pena contestar.

—No sé de qué me hablas. —Dio media vuelta. No merecía la pena.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté.

—No sé de qué me hablas.

Su expresión tensa y su lenguaje corporal me decían «no insistas», así que cambié de tema, ensarté un trozo de comida con el tenedor y lo llevé hacia su boca por el aire.

—¡Que viene el avión!

—Zorra —soltó tras apartarme la mano. Se llevó una migaja de falafel a la boca y masticó de forma metódica, procurando no hacer ruido.

—¿Te refieres a ella o a mí? —No contestó—. ¿Mark te compara con otras chicas?

—En lo que a ti respecta, yo estoy por encima.

—¿Y qué pasa con ella?

—Que te den, Jessica. —Linda se levantó. Salió ofendida de la cafetería sin probar más bocado.

Yo me quedé ahí sentada, desconcertada, ¿quién era esta chica tan susceptible y voluble?

En cuanto me recompuse, fui al mostrador sin mirar a nadie a la cara, pagué rápidamente y salí a la galería.

De camino, pasé junto a Linda, que estaba en un puesto enfundada en un vestido color crema de los años 20, largo y satinado.

El dependiente le estaba diciendo lo guapísima que estaba en cuanto sus ojos se toparon con los míos.

—Ay, aquí está mi mejor amiga. ¿Qué opinas, Jessie?

—Se giró para revelar un escote de espalda bajo, tenía la piel muy blanca con algunas pecas y unas escápulas delicadas y marcadas, como un par de alas de porcelana en reposo.

Me detuve y me quedé sin aliento—. Siento haberme comportado como una cabrona, esa tía me ha sacado de quicio —prosiguió.

—Ese vestido está hecho para ti —dije, impresionada por lo preciosa que estaba. La seda se pegaba a su cuerpo angular y le daba un aspecto, según Sue, de gamine .

El dependiente le pasó un collar de perlas y unos guantes largos de satén, y luego le echó una estola de piel por los hombros. Se quedó petrificada.

—Quítame eso de la espalda.

—No es de verdad —respondí.

—En realidad, sí que lo es —contestó el tío con orgullo.

—Quítamelo, quítamelo —repitió Linda, como si fuese un hechizo. Parecía que se iba a desmayar cuando se lo quité.

—¿Tiene alguno de imitación? —pregunté.

—Claro, pero ¿por qué conformarse con uno falso cuando puedes tener uno de verdad?

—Tenemos a una amante de los animales aquí presente —respondí.

Nos miró como si estuviésemos chaladas, pero regresó unos instantes más tarde con una estola sintética.

—Es un poco cutre —declaró.

—Es ideal —dijo Linda—. ¿Qué opinas, Jessie? ¿Es este el vestido?